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Costa Rica, Domingo 3 de enero de 2010

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Música

Variaciones sobre el delito musical

  Creación protegida La propiedad intelectual es un derecho que debe reconocerse en la música

Gonzalo Castellón | tenore@racsa.co.cr

El Barroco –tal vez la época de la que más se nutrieron los estilos musicales siguientes– no se preocupó por las imitaciones ni por los derechos de los creadores. Es sabido que una de las obras más importantes de Johann Sebastian Bach, su Clave bien temperado , contiene una alta dosis de títulos “prestados”, sobre todo en sus hermosas fugas.

Otro tanto hicieron Haendel y Telemann, al amparo de una estética que no reconocía, ni tutelaba, mayores derechos. Al menos en la música, el carácter disvalioso de la acción de apropiarse de obra ajena es una reivindicación del Romanticismo.

Es de conocimiento público que Beethoven utilizó temas musicales de obras de Mozart, pero nunca pretendió hacerlos pasar como de su autoría. Tomó prestado un tema de Bastien und Bastienne –la prístina ópera de infancia del genio de Salzburgo– y la incorporó como base temática del primer movimiento de su Tercera sinfonía .

Otro tanto hizo con la lúdica melodía de Papageno – Ein Mädchen oder Weibchen , de la hermosa Flauta mágica –, que tituló Doce variaciones sobre un tema de Mozart y que constituye su Opus 66.

Variaciones. Franz Liszt es el genio de la variación sobre temas prestados. Se aprende a querer el Rigoletto a través de las imaginativas e intrincadas variaciones que el genio húngaro construyó sobre las efectivas melodías que Verdi había producido para su ópera, pero que Liszt recreó para el teclado. Una de ellas, la elaborada sobre el tema del cuarteto Bella figlia dell’amore , es pieza obligada del repertorio pianístico por su virtuosismo sin igual. Liszt hizo lo mismo con las melodías del Don Juan mozartiano y con otras obras del repertorio operístico.

Cuadros de una exposición (originalmente Suite Hartmann ), célebre obra de Modest Mussorgsky, fue escrita, originalmente para piano, en 1874.

Casi cincuenta años más tarde, Maurice Ravel –el mago de la orquestación– dio a luz una versión completamente nueva de la obra ( Tableaux d’une Exposition ), cuando la orquestó a solicitud de Serge Koussevitzki para la Orquesta Sinfónica de Boston. No hay duda de que se trata de una obra independiente en su concepción y trascendencia. Por lo demás, la versión orquestal es de hecho más difundida.

La segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX fueron testigos de la más profunda división de la música moderna: aquella que enfrentó a wagnerianos y antiwagnerianos. Muchos siguieron a Wagner como epígonos de su particular uso de la armonía y de la orquestación.

Sin embargo, importantes compositores italianos, de talento auténtico y personal, fueron desautorizados por la crítica nacionalista, que los apostrofó de wagnerianos . Tal fue la triste suerte de creadores como Boito y Mascagni, quienes –a diferencia de Puccini– no soportaron los embates del nacionalismo posverdiano.

Tutela jurídico-penal. Ahora bien, siempre nos hemos preguntado por qué, al hablar de violación a los derechos de autor en materia musical, pensamos comúnmente en la melodía. Suscribimos la tesis, acorde con la doctrina, de que la tutela jurídico-penal involucra también los ritmos, la armonía, el uso del contrapunto y los recursos tímbricos, en tanto sirvan para dilucidar la identidad misma de la obra musical. ¿No es reconocible plenamente la progresión rítmica del Bolero de Maurice Ravel, al margen de su repetitiva e hipnotizante melodía?

Conviene fijar entonces parámetros de ilicitud: al proteger la obra musical con el clásico copyright , es conveniente incluir en este los contenidos totales de la obra, aquellos visibles (o mejor audibles) y aquellos que pasan inadvertidos.

Actualmente, el fenómeno de la sustracción musical es casi privativo de la música popular. Ese abominable producto de la mercadotecnia contemporánea llamado Julio Iglesias –cuya meliflua voz es inaudible sin el concurso y complacencia de la tecnología del audio– ha corrompido ritmos, melodías, armonías y estilos de todas las latitudes, sin inmutarse en lo mínimo.

Todo estilo, por puro y auténtico que sea, ha sucumbido ante sus musicófagas y expansionistas ansias de cantar. Parodiando a Somerset Maugham, Julio Iglesias no retrocede jamás ante lo fácilmente cantable. Las enciclopedias musicales del futuro lo identificarán, crede experto, como al gran corruptor –epítome de los disvalores– cual dudosa medalla que campea en la triste crónica de los antipremios.

Casos y jueces. Acaso convenga traer a colación famosos casos de similitud musical, como los que han envuelto a Madonna o a Luis Miguel. A John Williams, célebre compositor de temas musicales para el cine, le han echado en cara la sospechosa semejanza de su Star Wars , con música de Holst ( The Planets ), con Prokofiev ( El amor por tres naranjas ) y con obras de su antecesor hollywoodense, el laureado Erich Korngold.

Otro tanto habría ocurrido en los años 60 con el conocido adagio del segundo movimiento del Concierto de Aranjuez –para guitarra y cuerdas– del español Joaquín Rodrigo. Una canción popular, denominada desfachatadamente En Aranjuez con mi amor , fue objeto de disputa judicial por su similitud, casi total, con la obra guitarrística.

Un caso similar se dio con el conocido y lírico tema del intermezzo En un mercado persa , del inglés Albert W. Ketèlby, utilizada por la misma época en una popular canción. En ambos casos, el alcance tutelar de los derechos de autor estaba vigente pues Rodrigo aún vivía y Ketèlby murió en 1959.

¿Cómo preparar eficientemente a nuestros jueces para identificar y sancionar las obras musicales que sean objeto material de los delitos contra los derechos de autor? Su preparación podría ante todo ser la que Platón propone en su República: ¡formación en la música!; pero deberán ser además capaces de discernir formas, estilos y contenidos.

Proponemos abiertamente la creación de juzgados musicales. Al igual que los dikasteria , jurados populares de la Atenas de Pericles, se recurriría al pueblo para juzgar la obra musical; los jueces podrán tener parámetros estéticos individuales, pero deberán ante todo ser capaces de reconocer el valor perdurable de la obra de arte.

Como bien dijo Richard Wagner, los administradores de la ley condenarán al infierno a los corruptores de la música, sean aquellos en quienes habla alto el ánimo de lucro por encima de valores permanentes y universales. Tales operadores de la justicia, ante todo garantes de una estética pura, serán el ombusdman de las futuras generaciones en el sentido platónico de estas mismas.

FOTOS

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    A John Williams se le ha acusado de que la música para el filme La guerra de las galaxias tiene semejanzas con la música de Holtz, Prokofiev y Korngold. Archivo

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    Gustav Holtz (1874-1934), compositor inglés. Wikicommons

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    Sergéi Prokófiev (1891-1953), compositor ruso.

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    Erich Wolfgang Korngold (1897-1957), compositor checo para películas de Hollywood. Wikicommons

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Apropiación

y epígono

Queda terminantemente prohibido llamarlo plagio. Si bien José Ortega y Gasset definió “estilo” como sinónimo de autoplagio , el artículo 189 del Código penal de Costa Rica desautoriza el uso de esa expresión –tan usual periodísticamente hablando– y la constriñe “a la reducción de una persona a servidumbre o condición análoga”. En consecuencia, podemos hablar de violación a los derechos de autor o, en todo caso, de apropiación musical ilícita. A raíz de la aprobación del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, convendría fijar algunos parámetros que regulasen lo que se entiende por ese acto ilícito musical. ¿Sustraemos una obra de arte cuando, sin permiso de su autor o sin reconocer su mérito, la hacemos nuestra, o cuando la hacemos pasar fraudulentamente como propia ante terceros? La previsión más cercana es la realizada por el numeral 53 de la Ley de procedimientos de observancia de derechos de propiedad intelectual , Nº 8039, de 12 de octubre de 2000. Por otra parte, es radicalmente diferente la epigonía de la sustracción ideológica. La frase de Ortega y Gasset –genial en su misma profundidad– alude a los estilos que han dividido la Historia. Es epígono quien sigue una ruta, acaso trazada por un antecesor musical que define sus métodos y su estética, pero que no se apropia de la creación de otros. (G. C.)

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