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Costa Rica, Domingo 10 de enero de 2010

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Literatura

La verdad transparente de Camus

  Redivivo A los 50 años de su muerte, el escritor se perfila como uno de los grandes del siglo XX

José María Ridao | El País. Madrid.@nacion.com

Albert Camus nunca dejó de ser un escritor leído, pero sólo la publicación póstuma del manuscrito inacabado de El primer hombre, en 1994, derribó las últimas barreras que habían impedido considerarlo lo que fue: uno de los más grandes del siglo XX.

En realidad, las últimas barreras eran una sola: el anatema lanzado contra él por Jean-Paul Sartre y su camarilla de Les Temps Modernes tras la publicación de El hombre rebelde , libro en el que Camus objetaba el papel que la izquierda intelectual asignaba a la violencia revolucionaria.

El escritor recibiría el premio Nobel en 1957, y poco después le darían la espalda quienes ingenuamente había él considerado sus iguales, sin advertir –desde una desarmante humildad– que su calidad humana e intelectual era infinitamente superior a la de ellos.

La madre. La sobrecogedora belleza de El primer hombre –novela en la que trabajaba cuando, el 4 de enero de 1960, lo sorprendió la muerte en un accidente de automóvil– no fue ajena a ese cambio en la apreciación de la obra de Camus, pero seguramente no lo explica por sí sola.

La principal aportación de El primer hombre a la obra de un autor que ya había publicado novelas indiscutibles como El extranjero o La peste , iba más allá de su excepcional mérito literario: mostraba lo que en vida Camus jamás mostró, huyendo del exhibicionismo al uso entre artistas e intelectuales de todas las épocas; mostraba la experiencia íntima desde la que había concebido la totalidad de sus libros y de sus posiciones políticas y morales.

Ante los asombrados lectores de El primer hombre aparecía desnudo por primera vez, sin las máscaras de la ficción o las deliberadas opacidades del ensayo, un mundo de fascinante belleza y, a la vez, de aterradora miseria, que no era otro que el mundo argelino en el que Albert Camus pasó su infancia y primera juventud.

En El primer hombre, con la ternura de la que sólo son capaces quienes deciden celebrar la vida por encima de todas las adversidades, Camus describe a una madre vestida de negro y analfabeta, sin otra diversión cuando regresa de su trabajo de doméstica que contemplar en silencio la calle desde un balcón.

Además, Albert Camus describe al maestro que creyó en él y lo libró de abandonar la escuela para buscar un salario de huérfano que aliviase las imperiosas necesidades de una casa donde lo único que había eran elementales virtudes humanas, como respeto y amor.

El padre. Camus describe el momento en el que visita por primera vez la remota tumba de su padre, caído como poilu (soldado) en la guerra de 1914, y descubre, con un estremecimiento de asombro, que él, el hijo, es ahora mucho mayor que el padre cuando murió y cuya imagen casi adolescente apenas consigue recordar.

Sus sentimientos filiales quedan de pronto desplazados por un incontenible torrente de compasión hacia una vida joven truncada, y la historia se le aparece como un monstruo mitológico que sacrifica, en la fatuidad de su fuego, seres humildes y anónimos.

Desde este mundo, desde esta experiencia íntima descrita en El primer hombre, era desde donde Camus siempre había hablado.

De inmediato cesaron las polémicas, muchas veces maliciosas, en torno a alguna de sus tomas de posición, como aquella en la que, refiriéndose a Argelia, aseguró que, entre la justicia y su madre, escogería a su madre.

Las polémicas no cesaron porque se reconociese por fin que Camus no se equivocó, sino porque –gracias a las páginas absorbentes, conmovedoras de El primer hombre – se descubría que el dilema era, en efecto, un dilema.

La justicia a la que Camus se refería era, sin duda, la justicia; pero también la madre era la madre, no un recurso estilístico para subrayar el contraste entre los términos abstractos y concretos.

El retorno. Comenzó a disiparse la bruma de sospecha, e incluso de desprecio, que envolvía su obra desde el anatema lanzado contra ella por Sartre y su corte de Les Temps Modernes .

Camus podía no ser un intelectual con sólidas bases académicas, según le acusaron, pero tuvo razón frente a sus contradictores bien pertrechados de títulos y posiciones universitarias.

Tuvo razón, por descontado, al condenar el abyecto papel que la izquierda intelectual asignaba a la violencia revolucionaria; pero también la tuvo al ser uno de los pocos escritores que, junto a Günther Anders y Karl Jaspers, condenó las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

Camus tuvo razón al negarse a establecer identidad alguna entre Alemania y el nazismo, interpretando el desenlace de la guerra como una victoria, no de unos países sobre otros, sino de los hombres y mujeres de cualquier nacionalidad comprometidos con la libertad sobre quienes abrazaron la causa del totalitarismo.

Camus tuvo razón al defender, desde la dirección de Combat , la necesidad de que quienes dirigen o escriben en los periódicos arrostren con orgullo, incluso con soberbia, las consecuencias de su independencia frente al poder.

Hoy, a los 50 años de la muerte de Camus, las tornas han cambiado, y son sus contradictores quienes han perdido el reconocimiento, no a causa de un anatema equivalente al que lanzaron contra el autor de El hombre rebelde, sino de la verdad transparente a la que siempre se mantuvo fiel Albert Camus.

FOTOS

  • Nacion.com

    Albert Camus (1913-1960), autor de novelas como El extranjero , de obras teatrales como Los justos y de ensayos como El mito de Sísifo . Biblioteca del Congreso de Estados Unidos

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