LN ÁNCORA

Costa Rica, Domingo 10 de enero de 2010

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Ciencia

El espejo de la mente

  Viejo compañero El lenguaje humano apareció por una conjunción de factores biológicos y culturales

Edgardo Moreno | emoreno@racsa.co.cr

Si don Juan Manuel –político y escritor español del siglo XIII– resucitase para narrar un hecho de la Centroamérica de hoy, diría: “Et cuando el señor Manuel legó la casa de don Lula, el conde reçibiolo muy bien et díxol’ que non quería quel’ dixiesse ninguna cosa de lo porque venía fasta que oviese comido. Et don Lula pensó muy bien de’l et fizol’ dar muy buenas posadas et todo lo que ovo mester”.

Transcrito a una jerga josefina del siglo XXI, aquel discurso sería más o menos: “Y cuando el mae Mel cayó donde Lula, el paire lo recibió muy tuanis y le dijo que no quería que masticara ni hostia de las varas por las que venía hasta que terminara de monchar. Y el mae Lula, sin mates, maquinó que era compa y le dio güen chante y todas las tetas de Ofelia”.

Con el tiempo, se modifican o sustituyen muchas palabras, pero el lenguaje humano nunca pierde su capacidad simbólica; es decir, su facultad de comunicar las ideas –incluso, las mismas ideas–.

Todos los organismos poseen medios de comunicación para reconocerse y transmitir mensajes específicos, si bien no tan elaborados como el sistema de los humanos. Muestra de esto son las bacterias, que, al igual que otros seres unicelulares, se comunican mediante pequeñas “moléculas de quorum”, que les permiten la transición de la vida unicelular a la formación de colonias.

Con su danza, las abejas informan al enjambre sobre la ubicación de las flores, mientras las luciérnagas macho generan códigos para enamorar a las hembras por medio de coreografías luminarias.

Abstracción. La mayoría de los sistemas de comunicación de los seres vivos son determinados genéticamente; por tanto, son innatos y apenas sujetos a pequeñas variaciones dentro de un contexto restringido. Como excepciones tenemos a las loras, los simios y los cetáceos; todos ellos tienen mayor plasticidad de comportamiento debido a sus cerebros relativamente grandes.

Esos animales son capaces de usar algunos símbolos, principios de sintaxis y una semántica limitada, en especial cuando se los adiestra. Los delfines incluso pueden referirse a objetos que no están a la vista, lo que indica cierto grado de abstracción.

Sin embargo, esas propiedades son apenas rudimentos y esbozos cuando se las compara con el lenguaje humano, el que se caracteriza por ser complejo, versátil y sobre todo simbólico.

Producir y comprender frases como “Mi mamá me mima porque me ama” requiere niveles de abstracción que solo el cerebro humano puede procesar.

Ni siquiera la computadora más sofisticada puede identificar las propiedades simbólicas y abstractas de empatía que el crío percibe, y unirlas a un sujeto que corresponde a la hembra de Homo sapiens que lo concibió. Es decir, todo pensamiento humano busca su equivalencia en el lenguaje.

Aun más, hay lenguajes con tal nivel de abstracción y simbolismo que no se hablan. Por ejemplo, a nadie en sus cinco sentidos se le ocurriría conversar en binomios: “¿Sabía usted que la suma de dos términos elevada al cuadrado es igual al cuadrado del primer término más el doble producto del primero por el segundo más el cuadrado del segundo?” y pretender que el azorado interlocutor imagine un rectángulo con sus cuatro lados iguales.

El lenguaje de las matemáticas es mudo, preciso y desprovisto de emociones; es razón pura y, en consecuencia, se contrapone a la poesía, pero no por eso es menos hermoso.

Aunque la mayoría de los lenguajes vigentes son tanto orales como escritos, es probable que el habla haya precedido a la escritura. Esta premisa se basa en la dinámica de cómo aprenden a hablar los niños y en la existencia de idiomas sin representación escrita. Sin embargo, el verdadero misterio del lenguaje es su origen.

Genes. La mayor incertidumbre sobre la génesis del lenguaje se deriva del hecho de que hay una diferencia de tiempo considerable entre la aparición de los primeros fósiles de Homo sapiens (de unos 200.000 años) y la prueba irrefutable de un elaborado pensamiento simbólico necesario para el surgimiento del lenguaje

Ese pensamiento probablemente se reveló hace unos 40.000 años, si nos atenemos a la antigüedad de instrumentos musicales y de esculturas de hueso hallados por los arqueólogos, objetos cuya confección requiere de un elevado nivel de abstracción simbólica.

Entonces, parece que la anatomía humana moderna y el tamaño del cerebro actual se lograron por lo menos 150.000 años antes del pensamiento simbólico y, por tanto, del lenguaje.

Por otro lado, para el antropólogo Ian Tattersall, el lenguaje fue precisamente el agente cultural que estimuló la adopción de patrones de pensamiento simbólico. Ante esta perspectiva se incurre en el típico dilema de “¿qué fue primero: la gallina o el huevo?”.

Por varias décadas se ha discutido sobre la eventualidad de que el lenguaje humano sea una propiedad innata. Parte de esta visión determinista se basa en interpretaciones exageradas de la propuesta que el lingüista Noam Chomsky formuló en 1988. Él planteó que tanto el lenguaje como los números pudieron haber surgido por una mutación que generó un cambio cualitativo súbito en el cerebro de los ancestros humanos.

Esa posición se ha visto reforzada tras el hallazgo del gen FOXP2 y otros (como el CNTNAP2), cuyas mutaciones generan alteraciones en el lenguaje de las personas.

Aunque ello se ha usado para defender la posición determinista, se sabe que esos genes también participan en la regulación de otras funciones de carácter cognoscitivo. Se ha demostrado que la mutación del FOXP2 induce alteraciones bilaterales en varias regiones del cerebro. Además, facilita la aparición de las malformaciones que trastornan el desarrollo de estructuras involucradas en el control de la musculatura de la boca y el rostro, necesaria para el habla. Por tanto, no se puede decir que tales genes sean específicos para el lenguaje.

Gota final. La hipótesis más plausible –tanto para el surgimiento del pensamiento simbólico como del lenguaje– es la del “vaso lleno”, el que, con la última gota, se desborda en venas de agua de curso impredecible.

De acuerdo con esa hipótesis, durante la evolución de los humanos, el “vaso se fue llenando” con los elementos necesarios del bagaje biológico. Este estaba formado mayormente por un cerebro grande con las áreas idóneas bien desarrolladas y un sistema bucal, nasal y orofaríngeo (de la boca y la faringe) adecuado para vocalizar. A la vez, ya existía un sistema de comunicación no simbólico, quizá por señas y pocos sonidos.

Todos esos elementos precedieron al pensamiento abstracto-simbólico y estaban ya presentes en la anatomía humana hace 200.000 años. Sin embargo, solamente unos 150.000 años después, un suceso sociocultural –como el incremento de personas en un grupo– pudo haber sido la “gota que derramara el vaso” y que originó simultáneamente el lenguaje y el pensamiento simbólico.

La virtud de esa propuesta radica en la congruencia que tiene con las propiedades emergentes de otras actividades humanas, como la escultura, la danza o la música. Estas posiblemente también surgieron como respuestas de eventos socioculturales particulares, bajo un contexto biológico subyacente que incluyó toda la información genética y orgánica.

Por tanto, no es necesario invocar la existencia de genes especiales para explicar cada propiedad de la cultura humana, en particular el lenguaje, en el que, de acuerdo a Ernest Hemingway, “se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para saber callar”.

EL AUTOR ES MIEMBRO DEL PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN EN ENFERMEDADES TROPICALES DE LA ESCUELA DE MEDICINA VETERINARIA DE LA UNA, Y DE LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS DE COSTA RICA.

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    Representación de las palabras de un cantor y poeta azteca en el Código borbónico (cerca de 1562). Edgardo Moreno para LN

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