Pocos conocen el nombre y un misterio del parque situado al costado este del Cementerio General de Alajuela. Lo llaman “parque del Cementerio”, pero oficialmente es el parque del General Fernández, en honor al presidente Próspero Fernández.
Así, una plaza polvorienta es hoy parte de la constelación de parques surgidos al final del siglo XIX dentro de los planes urbanos de los gobiernos liberales.
El busto que se fue. Donde hoy está el parque Morazán había una laguna. Fue secada en 1878 para dar paso a la construcción de aquel espacio público que, concluido en 1887, devino en un rasgo señero de San José. Ya el diseño original mostraba una rotonda central, y allí se colocó el monumento al expresidente Fernández.
La historiadora Patricia Fumero escribe: “El General Bernardo Soto develizó […] el busto de su suegro, el general Próspero Fernández (1882-1885), a quien ‘la República era deudora de grandes beneficios’. Pese a la oposición política que se gestó por la instalación de esta estatua, los liberales intentaron reelaborar y legitimar una figura de por sí cuestionada”.
La inauguración despertó la inconformidad de los adversarios del liberal don Próspero. Tal incomodidad se mantuvo hasta que unos jóvenes destruyeron el monumento a inicios del siglo XX, presumiblemente por una reacción antiliberal. En 1920, su lugar lo ocupó el actual Templo de la Música.
El busto marmóreo del general Fernández siguió una ruta confusa. Aparentemente, luego de retirárselo, se lo embodegó, y parece que hubo esfuerzos familiares por volverlo a la luz pública. Al fin, el mármol terminó en Alajuela, en un pedestal más modesto que el original, al costado este del Parque del Cementerio.
Las lenguas de la tribu. En las dos décadas finales del siglo XIX, nuestros principales gobernantes fueron Próspero Fernández, Bernardo Soto, José Joaquín Rodríguez y Rafael Yglesias. Fernández fue suegro de Soto; Rodríguez fue suegro de Iglesias.
Don Próspero murió el 12 de marzo de 1885, cuando ejercía la Presidencia. Por súbito, su fallecimiento provocó sospechas. Algunos rumores incriminaron al sucesor de Fernández, Bernardo Soto, en la muerte de aquel.
En su artículo Don Próspero Fernández y su administración ( Revista del Archivo Nacional , 1991), Rafael Obregón Loría consigna que, por aquellos días, el presbítero Antonio del Carmen Zamora, gobernador de la Diócesis de San José, escribió a Bernardo Augusto Thiel: “Hay opinión de que [Fernández] murió envenenado”.
Obregón también refiere que el arzobispo Víctor Manuel Sanabria apuntó que la especie del asesinato estaba muy difundida.
Sin embargo, no hay pruebas de un magnicidio; en todo caso, ya siendo presidente, Soto tal vez intuyó cuánto urgía sepultar con honores a su suegro y entronizarlo de manera que se callase el cotarro.
Así, Fernández fue despedido con magnas exequias, y, para tallar un busto recordatorio, se contrató a un artista italiano que se encontraba en nuestro país: Francesco Durini Vasalli.
Magno marmolero. Durini fue un escultor con una gran presencia de obra en Hispanoamérica. Nacido en 1856 en Lombardía, a los 24 años se embarcó hacia América. En El Teatro Nacional de Costa Rica , la historiadora Astrid Fishel anota:
“Durini llegó a Costa Rica a mediados de 1886. Había iniciado un importante negocio de marmolería en Guatemala, que le produjo fama y prestigio en Centroamérica. A raíz de la bonanza económica de Costa Rica a partir de 1886 […], el señor Durini consideró oportuno trasladar sus oficinas centrales a este país”.
El Teatro Nacional aún no mostraba la impresionante calidad de Durini, mas, para escogerlo como el escultor del busto de Fernández habría bastado con apreciar alguno de sus trabajos funerarios.
Fue el tiempo en el que, al decir de Luis Ferrero, “la secularizaron de los cementerios acrecentó, entre la gente rica, el deseo de ostentación. A partir de entonces, cada vez son más numerosos los mausoleos adornados con estatuas de mármol” ( Sociedad y arte en la Costa Rica del siglo XIX , EUNED, 2004).
Es factible que los mausoleos hayan sido el “muestrario” que llevó a emitir el decreto del 3 de agosto de 1885 y a que se tomara el acuerdo n.º 3, de la Secretaría de Fomento, el 5 de enero de 1886.
Debido a ambas normas, el busto de Próspero Fernández y su pedestal se encargaron a Francesco Durini, quien lo concibió con los cánones europeos. El resto del monumento se adjudicó al prestigioso ingeniero Lesmes Jiménez Bonnefil, diseñador del templo de la Merced.
Toda la obra se inauguró el domingo 10 de agosto de 1887. El discurso de don Mauro Fernández fue el timbre de gloria de aquel día festivo, que había empezado con el arribo de la comitiva presidencial desde la estación del ferrocarril al Atlántico.
Años después, el monumento padecería daños: ejemplo de una difícil relación del arte finisecular con la política de entonces. Concebido para favorecer la imagen de Bernardo Soto, el monumento dedicado a Próspero Fernández fue un “mensaje” que desagradó a diversos sectores sociales.
La molestia creció hasta que, tres lustros después de la inauguración, la obra sufrió el vandalismo. De la destrucción parcial se salvó el busto. De inmediato fue ocultado para resguardarlo hasta su traslado al rincón provinciano donde hoy se mantiene.
Ignorado por la mayoría de los agitados paseantes, el busto del general Fernández guarda secretos aún por develar.
FOTOS

Busto de Próspero Fernández ubicado “inesperadamente” en el parque del General Fernández, en Alajuela centro. Jorge Arroyo para LN

Retrato de Bernardo Soto, decimoquinto presidente de Costa Rica y yerno de Próspero Fernández. Archivo
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