Domingo 17 de noviembre, 1996



Caso del psicópata
Una luz en el enigma

Ronald Moya
Revista Dominical

Cuando se produjo el violento asesinato de Mauricio Cordero López y su novia Ileana Alvarez Blandón, en la calle El Aguacate de Patarrá de Desamparados, el pasado 26 de octube, algunos oficiales del OIJ empezaban a darle forma a una vieja sospecha.

La historia se remonta a julio de 1977, cuando el hijo mayor de una familia de clase media abandonó su casa, padres y hermanos, sin rumbo conocido.

Los vecinos de una barriada del sureste de San José, en donde vivía el joven, de 24 años de edad, descrito como apuesto y de mirada penetrante, tejieron la versión de que se había marchado a las montañas de Nicaragua a enrolarse en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que por esos años luchaba contra el régimen de Anastasio Somoza.

Esa historia se diluyó con el tiempo y nadie, ni siquiera sus familiares, volvió a saber de él.

El 6 de abril de 1986 se produjo la masacre de una mujer y seis menores en la Cruz de Alajuelita, cuando regresaban de una actividad religiosa. Tres de las niñas fueron violadas y todas acribilladas a balazos.

Este homicidio múltiple inauguró una cadena de asesinatos, mayoritariamente de parejas, entre los cuales se "intercaló" el crimen de Ligia Camacho Bermúdez, de 24 años, quien fue muerta el 14 de junio de 1987 mientras leía tranquilamente en su habitación, en ropa de dormir. El disparo, hecho a través de la ventana, impactó la sien izquierda de la mujer.

Cuando la policía llegó a la conclusión de que la muerte de Ligia era obra del sicópata, el caso se convirtió en un verdadero enigma para los investigadores, pues a pesar de que no había duda en cuanto al uso del arma, el modus operandi e incluso las razones que parecían haber impulsado al criminal en todas las otras muertes, eran radicalmente diferentes.

Sin embargo, de ser uno de los principales "dolores de cabeza" de esa pesquisa, el crimen de Ligia se transformó con el paso de los años en la pista clave, en el eslabón sobre el cual la policía ha enraizado las últimas investigaciones, que a la postre podrían dar resultados positivos.

Al intentar los agentes dar con aquel hombre desaparecido misteriosamente de su barrio e interrogar a los familiares sobre el paradero del hijo mayor, estos respondieron que tenían informes de que su pariente había muerto en la guerra civil nicaragüense. Hasta los vecinos de esa barrio cuentan la versión de su fallecimiento.

Entre 1988 y 1989 se produjeron cuatro asesinatos más con el el sello del psicópata, y se reconfirmó que el arma de fuego utilizada en ellos había sido la misma conque se ultimó a Ligia Camacho y a las víctimas de Alajuelita.

El año 1989 marcó el inició de un período de inactividad del temido asesino mientras que las autoridades, con menos entusiasmo, continuaban las indagaciones para atraparlo.

Pero seis años después, cuando la policía se encontraba enfrascada en una investigación de otro asunto, se enteró por casualidad de que aquel hombre desaparecido desde 1977, y presumiblemente muerto en el conflicto armado nicaragüense, había aparecido oficialmente una mañana de enero de 1995.

Fue una solicitud de cédula hecha ante el Registro Civil la que lo delató: en el documento no solo estaba su firma verdadera, sino también su fotografía.

Algunos elementos -que la policía prefiere mantener en reserva por el momento-ubicaron al misterioso desaparecido como el presunto culpable del asesinato de Ligia, y por ende, se planteó la posibilidad de que se tratara del sicópata.

Su internamiento en la montaña, su preparación militar, el uso abundante en Nicaragua de munición igual a la empleada por el sicópata, la estatura, contextura y la edad que tendría el hombre ahora, aunadas a algunas otras coincidencias que se mantienen en reserva, constituyen la base de la investigación que se cierne sobre este sospechoso.

Este hecho obligó al Departamento de Investigaciones Criminales del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), a principios de 1995, a conformar un equipo especial para darle seguimiento a las pesquisas contra el sicópata.

¡Aquí estoy!

Apenas comenzaban a escogerse los oficiales que integrarían este nuevo grupo cuando otro hecho de sangre sacudió a la policía judicial.

Pocas semanas después de que el misterioso individuo aparece en el Registro Civil, en la urbanización Bilbao de San Rafael Abajo de Desamparados, fue asesinado a balazos José Luis Monge Sandí, alias Tres Pelos, uno de los principales sospechosos de la masacre de Alajuelita.

El crimen ocurrió el 26 de febrero de 1995, a eso de las 9 p.m., solo dos meses antes de que se iniciara por tercera vez el juicio por ese crimen múltiple.

La víctima fue atacada por dos hombres que viajaban en una motocicleta. Sandí murió por un impacto de bala calibre 22 en la frente.

¿Quién lo mató? La tesis con más fuerza en la policía es que el crimen de Tres Pelos -aún impune- es independiente de los asesinatos del sicópata.

Un grupo de oficiales a cargo del caso, se inclinan por la versión de que la muerte de Tres Pelos golpeó el orgullo del sicópata, quien a partir de entonces habría optado por dar nuevos golpes como para recordarle al país su presencia.

El 12 de marzo de 1995, precisamente 14 días después de la muerte de Monge Sandí y cuando la policía apenas esbozaba una estrategia para esclaracer el caso, Marjorie Padilla Sequeira fue asesinada por un desconocido cuando transitaba por un predio solitario y oscuro, camino a su casa en la urbanización Jerusalén, en Higuito de Desamparados.

Su cuerpo presentaba un impacto de bala en la espalda, hecho con un arma calibre 45, igual a la usada en los hechos ocurridos entre 1986 y 1989.

"No cabía duda, el sicópata actuaba de nuevo; los indicios apuntaban al presunto exguerrillero que había llegado en busca de una nueva cédula, cuando todos lo creían muerto", dijo un oficial.

Sin embargo, existen otros dos sospechosos -aunque en menor grado- a quienes igualmente se les sigue el trazo de cerca en este momento.

Pese a las sospechas, la falta de pruebas contundentes no ha permitido a la policía capturar al exguerrilero, ni tampoco revelar su identidad y fotografía.

"La actuación del sicópata ha sido tan inteligente que la policía no ha hallado en las escenas de los crímenes alguna evidencia que lo comprometa", ha reconocido el director del OIJ, Manuel Alvarado.

En los 19 asesinatos con arma de fuego que se le atribuyen -hay otros con los cuales podría tener relación pero en ellos las víctimas no fallecieron por heridas de bala- el arma utilizada podría ser una subametralladora M-3 o una pistola del mismo calibre.

Ante la ausencia de evidencias, un investigador admitió que resultará difícil detener a cualquier sospechoso mientras no se localice el arma asesina.

Entre las hipótesis que se llegaron a barajar en el transcurso de la investigación, algunas apuntaban a un exguerrillero que habría hecho morada en las montañas que conectan Tres Ríos con Desamparados y Escazú.

También se consideró la posibilidad de que se tratara de un residente de uno de los muchos poblados esparcidos por la zona.

Se cree que el homicida pudo haber tenido algún entrenamiento de tipo militar, como el que se obtiene en la policía o la Reserva Nacional. Uno de los hechos que hacen creer esto, es la destreza conque el sicópata maneja la subametralladora M-3 o la pistola.

Entre 1992 y 1994, la delegación del OIJ de Tres Ríos, a quien se confió el seguimiento del caso, entrevistó a un pariente de un alto dirigente político, de quien se presumía podía tener algún nexo con los hechos, pero se le descartó al comprobarse que había estado fuera del país durante la ejecución de al menos dos de los homicidios.

También se interrogó a un exdiplomático, poseedor de una buena cantidad de armas, con resultados similares al anterior.

El OIJ, en colaboración con la Guardia Civil, ha rastreado las montañas en busca de indicios de la permanencia del hombre en ellas. Se considera que independientemente de la condición del misterioso personaje, conoce muy bien las montañas en donde se han producido los 19 asesinatos.

Aunque por lo general se piensa que el sicópata es una sola persona que actúa sin ayuda, un sector de la policía no descarta que más bien sea un grupo el responsable de los homicidios. El mismo director del OIJ, Manuel Alvarado, admitió que esa posibilidad no se ha descartado.

Los asesinatos

El 6 de abril de 1986 el país fue sacudido por la masacre de las siete mujeres acaecido en la Cruz de Alajuelita.

En el centro de la tragedia se hallaba doña Rosario Zamora, Martínez, madre de tres de las niñas, hermana de la única adulta que iba en el grupo y tía de las otras tres menores.

Ahí se comenzaba a escribir también un capítulo de horror que se constituiría en la más grande incógnita para la policía nacional en toda su historia.

El 6 de abril de 1986, varios miembros de las familias Salas Zamora y Sandí Zamora asistieron a un acto litúrgico en el cerro de la Cruz de Alajuelita, con el fin de pagar una promesa.

Dos de las nueve mujeres que iniciaron el ascenso desistieron de la travesía a medio camino por cansancio, y las restantes siete continuaron.

Ellas eran Marta Eugenia Zamora Martínez, de 41 años; sus hijas María Gabriela, de 16, María Auxiliadora, de 11 y Carla Virginia Salas Zamora, de 9, y sus sobrinas Alejandra, Carla María y María Eugenia Sandí Zamora, de 13, 11 y 4 años, respectivamente.

A eso de la una de la tarde de aquel domingo el grupo de mujeres inició el descenso, pero tomaron un atajo para acortar camino. Poco después fueron interceptadas por uno o varios desconocidos, quienes violaron a tres de las menores y luego las asesinaron a todas a balazos.

A finales de julio de ese mismo año, fueron detenidos José Luis Monge Sandí, conocido como Tres Pelos, y Arnoldo Mora Portilla, alias Arnoldillo, a quienes la policía adjudicó la masacre, la cual supuestamente habrían cometido junto con Alvaro Chinchilla Vásquez, conocido como Viruta y Arnoldo Mora Quesada, alias Galleta, quienes murieron en forma violenta en hechos separados antes de esa fecha.


El crimen de Alajuelita desmoralizó a toda Costa Rica.

Los dos juicios realizados contra estos hombres fueron anulados por errores procesales. Se estaba a la espera de un tercer juzgamiento, cuando Monge Sandí fue asesinado.

Arnoldo Mora Portilla quedó fuera del proceso cuando la Ley Tutelar de Menores estableció que no se podían juzgar los delitos cometidos por menores de edad, y en el momento de los hechos él tenía 17 años.

Las implicaciones de este intrincado caso nunca se aclararon, pero existen detalles no revelados hasta ahora sobre la muerte de Tres Pelos, que arrojan nuevas conjeturas en el caso.

Mientras en los estrados judiciales se debatía la culpabilidad de Monge Sandí y Mora Portilla, el crimen de una pareja de adolescentes -Víctor Julio Hernández Sánchez y Aracelly Astúa Calderón- ejecutado el 20 de agosto de 1988 en San Vicente de Tres Ríos abriría una nueva trocha en las investigaciones del crimen de Alajuelita.

Se insinuaba también la posibilidad -que hasta hoy es una incógnita- de que se hubiera cometido una injusticia con la implicación en la masacre de Tres Pelos y Arnoldillo, quienes siempre defendieron vehementemente su inocencia.

Víctimas preferidas

Fue el asesinato de Víctor Julio y Aracelly el que dio el campanazo definitivo sobre un asesino en serie, que para esas alturas ya habría segado casi una docena de vidas.

Además de otras coincidencias, como el área de acción y el modo de operar en la escena del crimen -en casi todas-, un elemento común unió aquellas muertes y posteriormente las entrelazaría con otras seis, para sumar las 19 víctimas: una subametralladora M-3 o pistola con silenciador dejó su huella común en la munición calibre 45 que se usó en todos los crímenes.

Si bien el vínculo con el crimen de Alajuelita está establecido por el arma, la diferencia en el modo de actuar en ese caso sigue siendo todo un misterio, al igual que en otros dos crímenes -los únicos que no involucraron a parejas- que supuestamente el sicópata cometió años después, empleando la misma arma.

Con el descubrimiento de parejas asesinadas -cinco en total- se fue perfilando también que ese era su objetivo predilecto.

Como verdugo del amor, la primera actuación comprobada del siniestro personaje ocurrió ocho meses después de la masacre de Alajuelita.

El 12 de diciembre de 1986, Roberto Castro Mora, de 27 años, y Francis Salazar Suárez, de 19, que mantenían un noviazgo, fueron asesinados en el Parque de la Amistad en Curridabat. El mismo sitio fue el escenario del ataque mortal que sufriría el 11 de febrero de 1987 la pareja compuesta por Juan Guillermo Nájera -de 23 años- y Damaris Rodríguez Martínez, de 21.

El cuerpo de Juan Guillermo fue depositado en el mismo sitio en que estaban los restos de Roberto, bajo unos matorrales, mientras que los cadáveres de las mujeres aparecieron en sectores diferentes de una hacienda vecina.

Al ser hallados los hombres, quienes habían sido reportados como desaparecidos con sus respectivas novias, se asumió casi como un hecho que ellas habían corrido la misma suerte, por lo que la policía inició la búsqueda en las vecindades del Parque La Amistad. Así hallaron los dos cuerpos femeninos.

Todos murieron a causa de diversos disparos, ejecutados sobre todo en la cabeza. Aunque no se pudo determinar el grado de ensañamiento que tuvo el asesino con Francis debido a la etapa de descomposición en que se encontraba, Damaris sí mostraba las heridas en los órganos genitales que más adelante sufrirían también otras mujeres.

Sin embargo fue la violencia con que ejecutó el asesinato de Víctor Julio y sobre todo la saña y el sadismo que evidenciaban las lesiones de Aracelly, lo que permitó a la policía formalizar el primer perfil sicológico del asesino.

Se detectó su predilección por atacar a las parejas que se aventuran hasta lugares oscuros y despoblados, su desmesurado odio contra la mujer, y su manía de asesinar al compañero de ésta más que todo por "quitarlo del camino", para descargar luego toda su furia contra ella.

La pareja de adolescentes -él de 18 años y ella apenas con 15- regresaba de una fiesta ese 20 de agosto de 1988, cuando fueron interceptados por su verdugo en una calle solitaria de San Vicente de La Unión, a alrededor de las ocho de la noche.

El homicida obligó a la pareja a introducirse unos 15 metros dentro de un cafetal adyacente a la carretera y casi de inmediato ultimó al muchacho de dos disparos, uno en la sien y otro en el pecho.

Luego inició una siniestra carnicería con Aracelly, a quien provocó heridas con arma blanca en los pechos y los glúteos, para luego ensañarse con su órgano genital.

Detalles de este comportamiento llevaron en algún momento a la policía a pensar que se trataba de un miembro de alguna secta satánica, pues luego de extraer por vía vaginal algunas vísceras, las destrozó y las dispersó por el sitio.

Para algunos agentes, esta podría ser la razón por la que en varios de los casos, el sicópata buscara un lugar circundado por un río o riachuelo, pues de esa forma podía eliminar los rastros de sangre de sus ropas.

Este crimen también dio origen a varias conjeturas sobre la posibilidad de que el asesino no siempre actúe sólo.

El testimonio que don Asdrúbal Vargas ofreció a la policía en aquel momento, y que aún sostiene, refuerza la tesis de que fueron dos o tres los asesinos de la joven pareja.

Un poco renuente a recordar los hechos, debido a que afirma haber recibido amenazas anónimas, este pastor evangélico accedió a reconstruir la forma en que él y su esposa encontraron los cuerpos de Víctor y Aracelly.

Ellos venían del culto religioso cuando una mancha de sangre en la carretera, cuyo rastro se dirigía al cafetal, los alertó sobre la posibilidad de que hubiera alguien herido. Pese a las advertencias de su mujer, don Asdrúbal cuenta que él levantó la cerca y entró al cafetal siguiendo el rastro. En ese momento dice haber escuchado el ruido de ramas moviéndose en distintas direcciones, como si varias personas se hubieran alejado de prisa del sitio cuando detectaron su presencia.

Pese a eso siguió avanzando y unos 15 metros más adelante encontró el cadáver del muchacho, boca arriba.

Horrorizado corrió a avisarle a algunos vecinos y a la policía, pero cuando regresó a la escena del crimen su sorpresa fue mayúscula: ahora, junto al cuerpo del muchacho, se encontraba el de Aracelly, semidesnudo, ensangrentado y con varias heridas de bala en el estómago y la cadera.

Un hijo suyo que había pasado minutos antes que él por el lugar, contaría después que observó a tres o cuatro individuos al otro lado de la cerca, quienes incluso -según cuenta el muchacho- le dijeron que se acercara.

No les dio mayor importancia, pensando que eran drogadictos de la zona, pero aceleró su camino para evitar problemas.

Aunque este testimonio, al fin y al cabo, no aportó mayor información a la policía, debido a que el muchacho sólo pudo observar siluetas debido a la oscuridad, sí sembró la duda sobre el posible número de victimarios.

El testimonio del médico forense que se encargó de las autopsias, Fernando Garzona, refuerza la hipótesis de una actuación conjunta: "Manipular un cadáver es algo sumamente difícil para una persona sola, y a esta muchacha la arrastraron tamaño trecho luego de matarla".

Este crimen es uno de los mayores enigmas del caso. Para Manuel Alvarado, director del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), "en estos casos es muy difícil actuar en equipo. Es muy difícil para dos o más personas no dejar ningún rastro en la escena del crimen. Y todavía más complicado mantener el anonimato".

Sin embargo, algunos otros investigadores que siguieron el caso en el pasado, mantienen un criterio diferente. Aducen, por ejemplo, que en el caso de la cuarta pareja asesinada -Marta Miriam Navarro Carpio y Edwin Mata Madrigal- la mujer fue semicubierta por grandes piedras cuyo peso hace casi imposible que fueran acarreadas y levantadas por un solo hombre, aunque fuera muy corpulento.

Este nuevo doble asesinato se produjo apenas ocho meses después que el de San Vicente de La Unión. Una vez más, la zona se ubicó en el inicialmente denominado "Triángulo de la muerte". Ahora se trabaja más la hipótesis de que en vez de un triángulo, la ruta del asesino es una especie de línea que corre paralela a las faldas de los cerros ubicados entre Tres Ríos y Alajuelita.

Finca Agrinca

El jueves 20 de abril de 1989, Marta Miriam -quien era casada y madre de tres hijos- salió de su casa en Barrio Pinto de Montes de Oca, con el fin de ir a aplanchar ropa donde una señora en el barrio La Granja.

En algún momento la mujer se encontró con Edwin, divorciado y con un hijo, y ambos se dirigieron en el pickup de éste a una callejuela desolada, en las inmediaciones de la finca Agrinca, en San Juan de San Diego de Tres Ríos.

Fue ahí donde la pareja sufrió el mortal ataque. Según las investigaciones, el psicópata llegó al carro y sin mayor preámbulo disparó a través del vidrio trasero a la nuca de Edwin, quien falleció reclinado en el asiento de su vehículo.

Acto seguido sacó a la mujer y la llevó dentro de la finca, para dejar su cuerpo abandonado en las inmediaciones del río Tiribí, a unos dos kilómetros de donde la encontró.

Uno de los oficiales que halló el cadáver dijo que estaba semidesnudo, cubierto por unas piedras y muy bien escondido. Según la policía, las lesiones vaginales y en otras partes del cuerpo que presentaba la mujer eran idénticas a las que recibió Aracelly.

Este asesinato fue el "broche de sangre" con el que el asesino cerró su ciclo de tres años de asesinatos, para perderse de vista durante seis años.

Conforme se alargaba el período de inactividad, la policía empezó a suponer que el hombre estaba fuera del país, se encontraba enfermo o encarcelado, o quizá había muerto.

Con las investigaciones girando alrededor del arma homicida, el modus operandi y algunos sospechosos que fueron prácticamente descartados, el asunto cayó poco a poco en un letargo del que saldría parcialmente con la muerte de Marjorie Padilla Sequeira, asesinada el 12 de marzo de 1995, y totalmente con el reciente asesinato de la quinta pareja, acaecido el 26 de octubre en Patarrá.

Esta vez, las víctimas del infortunio fueron Mauricio Cordero López e Ileana Alvarez Blandón, quienes fueron atacados cuando se hallaban en una callejuela solitaria, cerca de un tajo en Patarrá de Desamparados. Con 25 y 23 años respectivamente, sufrieron torturas idénticas a las infringidas a sus antecesores.

Casi desde antes de conocer el dictamen de balística, que agregaría a la siniestra lista del psicópata dos víctimas más, la policía descubrió con asombro que se hallaba ante una nueva e irrefutable actuación del casi olvidado asesino en serie; el manejo de la escena del crimen, la manera de operar y sobre todo la forma en que se ensañó contra Ileana, no dejaban duda alguna: el psicópata había vuelto.

Dos casos atípicos

¿Por qué se dice que el asesinato de Marjorie Padilla, quien fue muerta de un balazo en la espalda cuando intentó huir de su agresor, descubrió "parcialmente" el regreso del psicópata?

En aquel momento, cuando La Nación publicó que el arma y la munición homicida coincidían con las usadas en los demás casos, la información no fue confirmada ni desmentida por el OIJ.

El caso quedó impune y la alusión al psicópata no causó mayor mella en la población.

La convicción total de la reaparición del siniestro personaje se dio, entonces, con el crimen de Patarrá, por las razones antes establecidas.

Aparte del misterio que encierra el caso de Alajuelita, por su gran complejidad, todos los demás asesinatos del psicópata persiguen al amor: parejas en predios solitarios, sobre las que el asesino descarga toda su violencia.

Todos, menos dos. Uno es el de Marjorie, sobre quien se maneja a nivel policial la hipótesis de que el asesino pudo haber enviado un aviso (un reto interpretan otros) a la policía sobre su presencia.

Esta suposición se basa en que al morir Tres Pelos apenas dos semanas antes del crimen de Marjorie, el psicópata decidió aumentar el misterio que lo rodea y demostrar que Monge Sandí no fue el ejecutor de la masacre de Alajuelita. Fue, según esta tesis policial, un "simple": "Aquí estoy. Soy yo".

Otra de las hipótesis establece que el psicópata planeaba asesinar a Marjorie junto con su novio, lo que le adjudicaría una nueva pareja muerta, pero el plan le falló: el muchacho acompañó a la joven hasta 25 metros antes del punto donde fue interceptada por su asesino, cuando se dirigía a su casa por un camino solitario a unos 800 metros de Higuito centro de Desamparados.

Ella intentó huir del agresor, pero él alcanzó a dispararle por la espalda, lo que horas después le causó la muerte.

Esta muchacha es, quizá, quien más cerca ha estado de identificar, o al menos de describir certeramente, al psicópata, pues logró sobrevivir al menos algunas horas. Sin embargo, no pudo hacerlo.

Pero el caso que definitivamente se escapa de todos los patrones, y quizá de toda lógica, es el de Ligia Camacho Bermúdez, una de las primeras víctimas, quien fue asesinada el 14 de julio de 1987 en San Antonio de Desamparados. A diferencia de las demás víctimas, ella fue expresamente buscada por el asesino, quien la ultimó en su casa a través de una ventana.



Crimen de Ligia Camacho podría ser la clave

"La policía está en problemas"

Noche de luna del 14 de junio de 1987. A las 10 p.m., el novio de Ligia María Camacho Bermudez, de apellido Umaña, salió de la casa de la muchacha, en San Antonio de Desamparados, y abordó el bus rumbo a su casa en Fátima de Patarrá.

Cuando todos dormían, la madre de Ligia escuchó que tocaron a la puerta y que alguien gritó: "La policía está en problemas".

Doña Ana Isabel Bermúdez Garro abrió la puerta pero no encontró a nadie. Sin sospechar nada extraño, apagó las luces y regresó a dormir.

Ligia María leía un libro sentada sobre su cama en ropa de dormir. Su silueta se dibujaba a través de la cortina de la ventana principal.

A la mañana siguiente, cuando los familiares de Ligia acudieron a llamarla reiteradamante a su cuarto y no respondió, optaron por derribar la puerta y la encontraron sin vida.

El hallazgo se registró a las 7 a.m. del 15 de junio de 1987. Poco después los familiares notificaron al Organismo de Investigación Judicial (OIJ).

Al examinar el cadáver, se determinó que presentaba un balazo en la cabeza, sien izquierda, disparado por un arma de la cual hasta ese momento se desconocía su calibre. Luego se comprobó que era un arma calibre 45, igual a la usada en el crimen de Alajuelita y en el del parque La Amistad de Curridabat (11 muertes en total).

De acuerdo con el expediente judicial, el disparo se produjo a una distancia de 10 a 15 centímetros del vidrio y la bala dejó en él un orificio de unos cinco centímetros de diámetro.

Desde la ventana del cuarto a la cama de Ligia, según las autoridades, había unos 30 o 50 centímetros, lo que ubicó a víctima y victimario a menos de un metro de distancia uno del otro.

Lo extraño es que nadie, ni siquiera los familiares que se hallaban dentro de la casa, escucharon alguna detonación similar a la de un disparo.

Los parientes manifestaron a las autoridades que cerca de la casa, situada contiguo al cementerio de San Antonio de Desamparados, se realizaban unos festejos y que quizá esto habría influido para que no se escuchara la detonación. De lo contrario, el asesino tuvo que haber utilizado una pistola con silenciador.

De sanas costumbres

De 24 años de edad, Ligia era hija de Joaquín Camacho Carvajal y Ana Isabel Bermúdez; tenía cuatro hermanas y un hermano mayores que ella.

Ligia laboraba para el Banco Nacional de Sangre de la Cruz Roja y también conformaba un grupo evangélico de la comunidad denominado Escuadrón Cristiano.

En la policía judicial, ha prosperado la tesis de que Ligia pudo tener informes sobre la identidad de quien mató a las mujeres de la Cruz de Alajuelita y las dos parejas de novios en el parque La Amistad.

De hecho, según fuentes policiales, el principal sospechoso que ahora ubican las autoridades, tuvo un nexo con ella que la policía prefirió no detallar.

Ligia es la única de las víctimas atacada mientras se hallaba en su propia casa, contrario al resto de parejas sorprendidas en campo abierto, casi siempre en cafetales.

El novio de Ligia fue detenido algunas horas por el OIJ como principal sospechoso del asesinato; luego se determinó que no tenía ninguna relación con los hechos.

También fueron aprehendidos por sospechas un chofer del Banco Nacional de Sangre de apellido Carvajal y otro funcionario de esa dependencia de apellido Ramírez, con idénticos resultados.



¿Dónde está el arma homicida?

Ya se trate de una pistola o una subametralladora M-3 calibre 45, la localización del arma que usa el sicópata es vital para atrapar e incriminar al temido asesino.

Pero, ¿dónde está? ¿Acaso enterrada en los cafetales en donde acostumbra actuar el sicópata? ¿Talvez guardada en una gaveta con llave, o en otro escondite de su casa?

Por ahora solo se sabe que se trata de un arma de munición calibre 45. Por las estrías impresas en los casquillos, se determinó que sería una subametralladora M-3 o una pistola.

Una de las principales tareas de los invesigadores en estos diez años de pesquisas ha sido la de localizar esta arma a como dé lugar. No solamente han buscado en nuestro país sino también en Panamá y en Nicaragua, sin resultados positivos.

Una de las búsquedas se produjo en 1992 en Alto Telire, Talamanca, ya que la policía judicial tuvo informes de que había sido vendida a unos narcotraficantes por un inividuo de quien ese año se tenían sospechas de que fuera el sicópata.

Las sospechas se centraron en un exdiplomático del gobierno tico que vivió en Tres Ríos hace varios años y que, con base en indagaciones, tenía en su poder varias armas de guerra.

Para ese entonces se creía que el exfuncionario había participado en al menos en cinco de los asesinatos, uno de ellos el de la pareja conformada por Aracelly Astúa y Victor Julio Hernández, en agosto de 1988.

Durante las indagaciones por el crimen de Alajuelita y otros asesinatos del sicópata, el OIJ llegó a creer que una subametralladora M-3 robada al exministro de Seguridad Pública, Rodolfo Quirós, el 8 de marzo de 1986, era el arma homicida.

Estas armas llegaron al país en 1955. Habían sido fabricadas por industrias estadounidenses que se dedicaban al negocio de los electromésticos, pero que para la Segunda Guerra Mundial suplieron a la Resistencia Italiana.

Al país fueron enviadas 300, de las cuales 40 corresponden al mismo cañón utlizado en el caso del sicópata.

Búsqueda en Panamá

Con la presunción de que el arma había sido sacada del país hacia Panamá, oficiales del OIJ, viajaron a esa nación pero no lograron ubicar una igual a la Quirós.

El director de la policía judicial, Manuel Alvarado, confirmó la semana pasada que el arma podría ser una subametralladora M-3 o una pistola, ambas de calibre 45.

Con respecto a la M-3, el exjefe de balística del OIJ, Gustavo Castillo, quien analizó todos los casos atribuidos al sicópata antes de 1990, insiste en que tanto en el crimen de Alajuelita como en los demás, el sicópata usó una subametralladora M-3 A1.

Sin embargo, concluye que por las evidencias halladas se puede inferir que en la masacre de Alajuelita se usó otra M-3, pero del mismo modelo.

Castillo se opone a la tesis según la cual el arma usada en la masacre de Alajuelita es la subametralladora M-3 A1 del gobierno robada al exministro Rodolfo Quirós.

Una tesis contraria es la de el técnico en balística Luis Víquez Amador, quien dictaminó que el arma robada al exministro es la misma usada en la Cruz de Alajuelita y el resto de crímenes atribuidos al sicópata.

El exdirector de la Guardia Civil Guillermo Sáenz se inclina por creer que el sicópata está usando una pistola y explicó que hay dos posibilidades: la llamada Federal Ordenans, estadounidense, y la Apache, que es hecha en España. Estas son las clases que presentan cinco estrías (guías que posee el cañón del arma y que imprime en la bala cuando es disparada) y no seis, como casi todas las armas de calibre 45.

En las distintas pruebas de balística que se han hecho con el paso de tiempo, las marcas en los proyectiles reflejan un desgaste del arma por suciedad.

En criterio de Sáenz, tal característica podría deberse a que el sujeto no cuida el arma o que la mantiene oculta o enterrada. La segunda opción es, a su juico, la más acertada, pues si de algo están seguros los policías es que se hallan frente a una perdona ordenada y meticulosa.



Secretos en una "mariconera"

Tres días antes de que José Luis Monge Sandí, alias Tres Pelos, fuera asesinado por dos desconocidos que viajaban en una motocicleta, el hombre había llegado jadeante y muy asustado a la casa de su madre, Zoraida Monge Sandí, ubicada en el barrio Los nietos de Carazo, en la Colonia 15 de Setiembre, al sur de la capital.


Tres Pelos y Portilla siempre alegaron que eran inocentes.

Le contó entonces que su auto había sufrido un desperfecto mecánico "en la esquina de Conce" (Concepción abajo de Alajuelita) y que cuando él se había bajado para examinar el motor, notó que dos motorizados se acercaron en actitud sospechosa, por lo que él había optado por subir al carro y huir rápidamente del lugar.

Cerca de la misma fecha, le dijo a una joven que salía con él por esos días: "¿Sabe qué? No se enamore mucho de Tres Pelos, porque a Tres Pelos lo van a matar...".

Su olfato fue certero: el 26 de febrero de 1995, antes de las nueve de la noche, José Luis salió de un bar en Alajuelita centro en compañía de una mujer a quien apodaban La enana. Pocos minutos después era asesinado por dos hombres que le dispararon a quemarropa en la cara, y huyeron sin dejar rastro.

Antes de escapar, los desconocidos tuvieron el cuidado de recoger una "mariconera" que portaba Monge Sandí, pero no le robaron ni las joyas, ni la billetera, ni otros efectos personales de valor que había en el carro.

Cuando se fijó la fecha en la que se realizaría el tercer juicio por el crimen de Alajuelita, tras haberse anulado los dos primeros, doña Zoraida le expresó su preocupación a su hijo, quien la habría tranquilizado con las siguientes palabras: "No se preocupe jefa: ¡en esta mariconera ando todas las pruebas que me van a sacar libre de este asunto! ¡Yo no me voy a ir a canear otra vez por algo que no hice!".

Según estas declaraciones de la madre del hoy occiso, quienes lo asesinaron sabían la existencia de esos documentos y por eso, además de silenciar a su hijo para siempre, tomaron el portadocumentos.

Hasta la fecha no existen rastros sobre los homicidas y mucho menos sobre la "mariconera". Pocos meses después, la mujer que supuestamente sirvió como señuelo para el asesinato de Tres Pelos, también fue asesinada. Y, al igual que en el caso de éste, su crimen continúa impune.

¿Impunidad o injusticia?

Cuatro meses después de la masacre de Alajuelita, José Luis Monge Sandí y Arnoldo Mora Portilla, Arnoldillo, fueron vinculados como corresponsables del múltiple asesinato, que supuestamente habrían cometido junto con dos hombres que para esa época habían fallecido en circunstancias violentas.

El primer juicio declaró a Tres Pelos culpable en la coautoría de los siete homicidios y dos violaciones, y a Arnoldillo lo encontró responsable de una violación y robo agravado. Un segundo proceso, que se inició cuando se anuló la primera sentencia, encontró que no había suficientes elementos para considerar a Tres Pelos culpable, pero sostuvo que Arnoldillo sí había estado en la escena de la violación porque un mordisco en una de las víctimas coincidía con su dentadura, de acuerdo con los dictámenes de los especialistas policiales.

Ambos juicios fueron anulados por errores procesales, y la Corte se preparaba para un tercer juicio cuando Monge Sandí fue asesinado. Para entonces ya Mora Portilla estaba protegido por la Ley Tutelar de Menores y, por lo tanto, no se le pudo juzgar nuevamente.

Doña Rosario Zamora, madre, hermana y tía de las víctimas, comentó indignada que si los antes imputados no fueron culpables, al menos estuvieron en el lugar o sabían más de lo que dijeron. A diez años de la peor pesadilla de su vida, doña Rosario intenta recuperar la normalidad en su vida, pero está consciente de que las cosas nunca volverán a ser iguales.

En todo este tiempo no ha dejado de indagar por su cuenta, pues no pierde la esperanza de que algún día se conozca la identidad de quienes se ensañaron con su familia, según ella al menos cinco personas.

Comentó que ha sido agredida de palabra por Arnoldillo, quien presuntamente en cuatro oportunidades la ha insultado en la calle.

Ella ya interpuso una demanda judicial por estos hechos, e incluso visitó esta semana la Delegación de la Mujer Agredida, en busca de ayuda para defenderse.

Entretanto, los familiares de Monge Sandí siguen insistiendo en la inocencia que tanto defendió Tres Pelos, y a su vez afirman que no pierden la fe de que algún día su nombre quede limpio ante la opinión pública por ese crimen.



El perfil

"Cualquiera que haya estado en alguna de las escenas de los crímenes de parejas se da cuenta, a simple vista, de que este hombre está realmente enfermo de la cabeza, tanto así, que estoy seguro de que el día que lo atrapen su enfermedad mental y los crímenes que ha cometido se le van a ver en la cara".

La vehemencia con que el exoficial del OIJ, quien estuvo vinculado con algunas de las investigaciones entre 1986 y 1989, realizó la anterior afirmación hace pensar que la forma en que el asesino se ensaña con sus víctimas es realmente monstruosa.

Algunos especialistas en siquiatría general y forense han realizado aproximaciones sobre el tipo de sicopatía que sufre este asesino, y los posibles traumas que pueden haber causado su severo trastorno.

Para el forense Minor Aguilar, funcionario del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), con base en el análisis del modus operandi se ha concluido que se trata de un hombre con una inteligencia normal promedio hacia arriba, lo cual le ha servido para lograr mantener la impunidad de todos los homicidios que se le atribuyen.

"Partiendo del supuesto de que sea una sola persona es posible admitir que su personalidad está cargada por una fuerte tendencia hacia la rigidización de los valores, esto probablemente a consecuencia de preconcepciones éticas y morales adquiridas y afianzadas en épocas de su niñez o adolescencia", explicó el especialista, quien opina que ante la

dificultades para adaptarse a la realidad social, el sujeto trata de imponer su manera de ver las cosas.

Para Aguilar, es evidente que existe una perturbación de sus valores sexuales --en casi todos los delitos se ha detectado una laceración de los gentiales femeninos--.

"Es de creer que la historia sexual de este indiviudo esté determinada por la figura femenina, lo que obviamente ha causado un trauma de rechazo hacia esta figura. Posiblemente este trauma está originado en una actitud de maltrato", manifestó Aguilar.

Aclaró que de ninguna manera se debe considerar que el hombre esté loco, porque tiene la capacidad de orientarse en el tiempo y en el espacio: por algo logra escapar rápidamente de las escenas de los crímenes sin dejar rastro.

A juicio del siquiatra, lejos de ser inimputable --es decir, que no se le puedan achacar sus acciones debido a su enfermedad mental-- este sujeto es socialmente peligroso.

"El "sicópata' tiene una conducta cíclica; por tiempos puede presentar brotes específicos y reactivar su tendencia criminal, luego puede mantener períodos de calma. Estos períodos de calma podrían asociarse con migraciones hacia otros sectores del país o fuera del país. Es una persona que tiende a ser retraída socialmente, casi siempre agresiva y hostil, aunque no es raro que pueda trabajar normalmente debido a que el transtorno que sufre podría no afectar otras áreas de su personalidad", puntualizó el médico.

En este último punto coincidió el siquiatra Walter Herrera Amighetti, quien afirmó que no cree que necesariamente "la psicopatía se le vaya a ver en la cara".

"Casi siempre las personas con perversiones tienen disturbios sicológicos importantes que vienen de problemas de la infancia, pero no es una condición que siempre se da: esto también puede ser producto de experiencias muy traumáticas que sufrieron, ya como adultos, y que sin embargo los desequilibraron. El ejemplo más claro es el tipo de trastorno que sufren quienes han participado en guerras", opinó Herrera Amighetti.

El especialista explicó que si esta condición se une a aspectos genéticos de la persona, que ya nació con alguna predisposición hacia la violencia, el asunto puede derivar en un caso como el que se está analizando.

Herrera también es del criterio de que pese a su enfermedad, este hombre podría llevar una vida normal, como ha sucedido en otros lugares del mundo con algunos asesinos en serie.

  • Físicamente, las investigaciones lo ubican como un hombre fornido, de brazos fuertes y largos, de cabello peinado hacia atrás y tez morena. No mide menos de 1,75 de estatura, tiene un peso aproximado de 85 kilos y podría usar calzado número 40 o 41.






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