Domingo 6 de octubre, 1996



El miedo

Rodrigo Soto
Revista Dominical

El miedo devora el alma es el título de una brillante película de Rainer Fassbinder. Y la devora. Calladamente, a fuego lento, sucumbimos a los miedos que nos inocularon en la infancia, que adquirimos en la niñez, que aprendimos en la juventud, que heredamos en la madurez... Miedo a respirar, a caminar, a reír, a pensar, miedo a morir y a vivir, a estar solos y estar acompañados, a amar y a que nos amen, a perder lo que tenemos y al ridículo... Miedos grandes y pequeños que se hacen hueso, se hacen carne en nuestra sangre, hasta el punto de que los hacemos parte nuestra y ya es imposible distinguirlos, separarlos de nosotros mismos.

En la esfera personal, los miedos nos paralizan, nos atenazan el pescuezo, la alegría y las ganas, y con su veneno invisible van adormeciéndonos, dominándonos, como un alacrán que nos clava su ponzoña hasta que nos acostumbramos a ella y ya no la sentimos, aunque su alarido estridente permanezca ahí, anestesiándonos, empujándonos dentro de nosotros mismos, alejándonos de los demás. Porque el miedo, nuestros innumerables miedos, al intimidarnos nos aíslan.

Pero el miedo puede ser también una enfermedad colectiva. Cuando una sociedad enferma de miedo, produce, qué duda cabe, cosas horribles. El sueño de la razón es la tiranía del miedo, que como ya se ha dicho, engendra monstruos. Una sociedad que enferma de miedo lo hace también de violencia. 0 para decirlo mejor: la violencia, la xenofobia, el fascismo, los paraísos plásticos de las flores artificiales, el hastío y la agresión doméstica son síntomas, manifestaciones de una enfermedad de cinco letras e historia vieja, llamada miedo.

Estamos acostumbrados a considerar la violencia como la causa de nuestros miedos, pero aún no hemos aceptado el otro lado de la moneda, es decir, a considerar el miedo como una de las principales causas de violencia. Después de todo, desde el punto de vista de la evolución de la vida, es muy poco lo que nos separa de otros animales que, ante una situación de amenaza, responden agresivamente.

Interpretar donde existe amenaza y dónde no, depende por completo de nosotros mismos. La riqueza y complejidad del ser humano es mayor que la de otros seres vivos; quiero decir con esto que, además de la amenaza o el riesgo físico, frente al cual reaccionan todos los organismos vivientes, nosotros también lo hacemos frente a lo que nos amenaza o nos hiere afectiva o psicológicamente.

Pero si las amenazas o las agresiones físicas no se prestan a ningún equívoco, las de carácter afectivo, sí. Imaginemos que hemos sido heridos en la espalda y que tenemos ahí una inmensa llaga en carne viva. Un amigo nos da una palmadita cariñosa en el hombro y nosotros, ay, queremos matarlo. Con las heridas del alma sucede lo mismo, con el agravante de que muchas veces ni siquiera nosotros sabemos bien cuáles son esas heridas, dónde están ni cómo surgieron, y solo reaccionamos cuando nos roza el viento de una risa, de una palabra o de un silencio.

El miedo disuelve el vínculo social básico, que nos permite considerar a los demás como congéneres, como iguales, potenciales hermanos o amigos, y deja en su lugar a extraños que quieren sacar provecho de mí, violentarme, humillarme o agredirme.

Cuando una persona o una sociedad enferma de miedo, se amuralla. Europa occidental y Estados Unidos se debaten en este momento entre la necesidad de seguir siendo comunidades abiertas, y el miedo a la inmigración, que es el miedo a la diferencia.

Durante siglos, la versión más burda y generalizada del cristianismo se propuso dominar a los fieles mediante el miedo. Y lo consiguió. Miedo a la furia de un Padre iracundo y vengativo, a los tormentos de ultratumba, a perder el paraíso. La religión era un simple garrote para mantenernos a raya, en el redil del orden.

Hoy, Costa Rica es un país enfermo de miedo. El ya difunto chupacabras es una buena expresión de ello. Pero también dan testimonio de esto la publicidad de los alambres de púas contra el hampa, las alarmas para proteger los carros, las casas de los ricos y de los pobres, igualmente amuralladas, las calles y avenidas semidesiertas tan pronto oscurece...

Caminante impenitente, y lo que es peor, limpio consuetudinario, a menudo atravieso la ciudad en plena madrugada. En pocos años, la cantidad de gente que duerme en las calles se multiplicó. Cubiertos con plástico y cartones, revolviéndose en quicios y rellanos, duermen o hacen que duermen. Niños y viejos, hombres y mujeres. Imposible no pensar en el inicio de El señor presidente, de Miguel Angel Asturias. Si nosotros les tememos a ellos, chapulines o padres y madres de futuros chapulines, ¿a quién le temen ellos?

El miedo devora el alma, es verdad. Contra su labor de zapa, su cotidiano y silencioso trabajo de hormiga, no creo que existan recetas infalibles. Hay que seguir las ramas de la enredadera una por una hasta encontrar el tronco, hasta dar con la raíz. Y entonces halar con fuerza. Sin miedo. Dicen por ahí que hay que morir un poco para vivir.






Este material tiene derechos reservados © y no debe ser reproducido sin el permiso explícito del Diario o del servicio en línea. La Nación Edición Electrónica es un servicio de La Nación, S.A. ®. Si usted necesita mayor información o si usted desea proponernos inquietudes o temas de cobertura periodística, escríbanos a webmaster@nacion.co.cr