Domingo 29 de setiembre, 1996



El turno de los turnos

Jessy Chacón
Revista Dominical

"Imaginad la plaza llena de gente. Larga fila, interminable, de carretas cargadas de leña y de yuntillas de bueyes tirando de pesadas trozas. En las gradas del templo, el cura, situado tras la imagen de San Isidro, no cesa de dar gracias e impartir bendiciones, al tiempo que recibe los donativos que aquel interminable tren de boyeros pone en sus manos", así describió Arturo Castro Esquivel, en 1923, la bendición de los bueyes, componente fundamental del turno en San Isidro de Coronado.

El concepto del turno se originó durante la época colonial, cuando los devotos de cada pueblo se organizaban para recolectar dinero y bienes en beneficio de su comunidad.


La tradición del desfile de mascaradas se mantiene en muchas comunidades. Don Sacramento Ulloa (abajo), de barrio El Carmen de Alajuela, lleva años de experiencia en la confección de payasos, gigantas y calaveras.

Según Carlos Gagini, en su Diccionario de costarriqueñismos, un turno es "una feria o tómbola en donde se rifan y rematan diferentes objetos donados por los fieles para contribuir a un fin piadoso. El nombre se debe a que nunca se celebran dos ferias a la vez en una provincia, esto para no perjudicarse mutuamente. Por ello se hace por turnos."

La discusión en cuanto al nombre de la actividad estaba por comenzar.

En 1949, Luis Dobles Segreda en su periódico El Fortín, defendió el matiz tradicional y autóctono que distingue al turno de cualquier otro tipo de celebración: "Faltan palabras en los diccionarios para definirlos. Algunos filósofos piden que se les llame `feria' como en España, pero no es posible, ya que éstas son escandalosas subastas, en las que se saca el dinero a beneficio de nadie; Carlos Gagini pidió que se denominaran `tómbolas', concepto de origen italiano, y algunos pedantes unieron el término `quermés' (kermese), de los Países Bajos, pero no pueden compararse nuestros turnos con esos bacanales", escribió.

Para Segreda, los turnos no pueden conocerse como ferias porque, según la tradición costarricense, feria es el premio o recompensa que los pulperos entregaban a sus clientes después de una compra.

Para él, el turno es una cita generosa de vecinos, en la que nadie va a vender, sino a regalar productos en beneficio de su comunidad.

La tradición de los turnos y su importancia dentro del desarrollo social de Costa Rica se remonta a la época colonial y está íntimamente ligada a la fe católica.

Colonial tradición

Fe religiosa, necesidad económica y un sentimiento de solidaridad comunal fueron los tres componentes que dieron pie al surgimiento de los turnos.

Como principal antecedente, monseñor Víctor Manuel Sanabria cita a las cofradías, tipo de hermandad religiosa con devoción en determinado santo. Estas funcionaban como asociaciones laico-religiosas que recogían limosnas, ya fuera en propiedades, productos o dinero.

La palabra turno como tal, empezó a escucharse entre 1770 y 1820 y se asociaba con la recolecta de las limosnas para la cofradía que realizaban los diputados, quienes eran los directivos de la hermandad.

Gracias a tales donaciones, algunas cofradías acumularon valiosos capitales en monedas, propiedades, ganado o cacaotales.

Lo recaudado se destinaba a fines caritativos: auxilio de pobres y enfermos, celebración de funciones religiosas y reparación de templos, entre otros.

Con la expansión demográfica, los pueblos se multiplicaron y las cofradías se dividieron en filiales. Debido a esto, varios grupos tenían que celebrar su recolecta en la misma fecha. Fue entonces cuando se decidió dar un turno a cada comunidad para que no se afectaran mutuamente. También el clima influyó en esta división de fechas, ya que en la época lluviosa a los congresistas les costaba mucho hacer la recolección de ofrendas por la condición de los caminos. Fue por esto que los turnos tenían lugar en verano.

El historiador Ricardo Blanco Segura, en un escrito de 1976, asegura que la imposición del término se relaciona con los viajes que realizaban los jefes de las cofradías. "Los diputados ejercían el oficio por turnos. Así, cuando iban con el santo a recoger la limosna decían: "voy a mi turno"; y al regresar y rendir cuentas: "entregué mi turno".

Según Blanco, el significado que se le dio en este siglo al turno se debió a que la colecta y la posada del santo se efectuaban entre "fiestas, comilonas, juegos y tomatingas".

Derivados de la tradición religiosa, los turnos fundieron elementos de las culturas española, indígena y negra para crear la fiesta más típica del pueblo costarricense.

Fiesta del pueblo

"Las mozas campesinas, todas en traje de fiesta, engomado y oloroso a pacholí, hermosas y sonrosadas corren de aquí a allá.

Los mozos, no menos bien puestos, con su chaquetilla ceñida, sus pantalones de dril lavado, su sombrero de pita a la pedrada, y los pies brillantes y sonrosados de puro limpios, no cesan de hacer ojos a las muchachas y echarles piropos", narra en 1923 la Revista de Costa Rica para dar a entender que la celebración de un turno era todo un evento social. Durante años, el turno se consideró el punto de reunión de la comunidad, no solo un medio para recaudar dinero a beneficio del mismo pueblo.

Fue precisamente la unión de la comunidad en pos de un bien común lo que hizo de los turnos actividades tan importantes, asegura el historiador Carlos Meléndez.

Gracias a fondos obtenidos de estos, muchas comunidades lograron construir sus escuelas, templos o salones comunales.

Con sus juegos, música y comidas, el turno se desarrolló y popularizó en todos los rincones de Costa Rica.

Sabores de antaño

Tamales, pan de rosa, sopas, picadillos de papa y arracache; gallitos de tortilla, arroz con leche. Miles de delicias gastronómicas forman parte de un turno. Frente a sendos platos de delicias típicas costarricenses, nacieron muchas parejas de enamorados, se cerraron cantidad de tratos o, simplemente, se pasaron ratos muy agradables.

La comida ha sido, sin duda, un elemento representativo de los turnos. Al principio, se consideraba una buena forma de presentar el donativo al santo local; luego, elaborar el mejor platillo se convirtió en todo un reto para las mujeres de la comunidad.


Gallos de salchichón y de picadillo de papa y arracache, así como otros platillos típicos, siguen nutriendo el menú de las fiestas patronales en Costa Rica.

Primero, los platillos donados eran distribuidos gratuitamente entre los fieles; posteriormente, la venta de comida se convirtió en el método más práctico y eficaz para recaudar dinero.

Según Guiselle Chang, antropóloga del Ministerio de Cultura, es interesante el hecho de que los platillos que se ofrecen en los turnos varían según la región del país. "En el Valle Central siempre se preparaban picadillos y arroz con pollo; en Guanacaste, las comidas se basaban en el maíz, y en Limón, el fuerte era la cocina con influencia afrocaribeña", explicó. En un turno anunciado en el periódico El Fortín, en 1949, se adelanta que habrá procesión de campesinos que donarán tamales, pan dulce, bizcotelas, rompope, tortas de arroz, doradas de achiote y pan en tablero.

Los productos regionales constituían un orgullo para la gente de la zona. Meléndez menciona los enlustrados, típicos del cantón de Belén; los rosquetes, pan duro con sirope; las rosquillas, platillo tradicional de la época de la colonia, elaboradas con trigo y endulzadas con miel de tapa. También fue famoso el majarrete, un dulce hecho de fécula de maíz y cortado en pedazos; el papín, una mezcla almidonosa de color rojo que se comía en las cáscaras de las naranjas, luego de quitar su pulpa; y el totoposte, plato típico en Cartago desde la época colonial, que era una especie de bizcocho seco y duro, fabricado en bloque.

"Alrededor de las barracas, de amplios mostradores y surtida bodega, llenas de frutas, dulces y multitud de golosinas, bulle agitada y nerviosa, una multitud ensordecedora que no cesa de comprar. Sobre las mesas se ofrecen, tentadoras a la vista, mil cosas frescas y deliciosas, como turrones de dulce, confites, jaleas de guayaba, tosteles, melcochas y carnes fiambres de toda clase", describió Arturo Esquivel, sobre sus vivencias en los turnos.

En cuanto a las bebidas, también se desarrollaron especialidades; destacaron, por ejemplo, los frescos de frutas, el guaro de caña, la chicha y el chinchiví.

Si la comida fue fundamental para el buen desarrollo de los turnos, los juegos y el entretenimiento no lo fueron menos. Grandes y chicos esperaban ansiosamente participar y disfrutar de las atracciones del turno.

Diversión para todos

El turno se convirtió, a través de los años, en el centro de reunión social de los pueblos. Niños y adultos podían disfrutar al máximo y encontraban diversión para todos los gustos.

"Las alegres y atronadoras bombetas que anuncian al público el inicio de las festividades", han sido siempre la primera atracción de una larga lista. Así constaba en los afiches de cuantioso texto que se colgaban en las puertas de pulperías y templos. Estaba además el desfile de mascaradas por las calles del pueblo en el que generalmente participaban un diablo, dos calaveras, una giganta y algún tipo de animal.

Estos personajes se encargaban de perseguir a los chiquillos y, de esta manera, se inauguraba oficialmente la festividad.

Entre los juegos destacó la carrera de cintas, en la que los jinetes pasan galopando e intentan insertar un madero en argollas que penden de cintas de colores, cada una para representar un premio.

El palo encebado o vara de la fortuna ha sido otra de las atracciones tradicionales, los organizadores ponían billetes en la parte posterior de un tronco de árbol recto, pulido y encerado. Los participantes trataban de escalar el árbol para atrapar el premio.

También se tiene referencia de juegos como la bruja, una especie de bingo en que se premiaba con botellas de rompope; las corridas de toros o el juego de insertar argollas en los cuellos de botellas.

Añade Guiselle Chang que a estos juegos y entretenimientos deben unírseles otras manifestaciones de tipo cultural, como el "baile de la yegüita", practicado en Nicoya, "el baile de los diablitos", de origen indígena, el carnaval de Limón, de origen caribeño, y la bendición de los bueyes, una peregrinación de boyeros con sus animales, en la que se entregan ofrendas y se recibe la bendición del sacerdote. Este rito se practica en poblaciones campesinas, principalmente en los caseríos dedicados a San Isidro Labrador.

Notas lejanas

Desde siempre, la música ha sido elemento inherente a la alegría del turno. Diferentes agrupaciones se han encargado de hacer sonar sus instrumentos para el deleite de miles de personas.

Las representaciones musicales han variado notablemente de acuerdo con su época.

Por muchos años, las notas musicales provinieron de copleros, payasos y cimarronas -una banda formada por cuatro o cinco músicos cuyos instrumentos fundamentales eran la tuba y el trombón-.

También fue común la presencia de tríos o grupos de músicos, que interpretaban instrumentos de viento, batería, tambor, guitarras, marimba, y que además contaban con un cantante.

Según Carlos Meléndez, la forma en que se celebraban los bailes también variaba de lugar a lugar. Por ejemplo, en Guanacaste se acostumbraba dividir los salones por la mitad, con un mecate, para que a un lado estuvieran los gamonales y sus familias y, al otro, las personas de inferior clase social.

Otra singular tradición se daba en Barva de Heredia, donde se acostumbraba bailar hombre con hombre, a lo que se llamaba bailar "pan con pan".

Aunque durante años, la vida de los turnos se ha prorrogado con ayuda de la música, la cooperación mutua y la alegría, esta arraigada tradición de la Costa Rica de antaño, pierde fuerza paulatinamente.

Tradición en peligro

Quizá sea un asunto de pérdida de valores, modernización o copia de otras culturas. Lo cierto es que los turnos han sufrido diversas transformaciones y soplan aires de amenaza sobre su futura existencia.

Si bien algunos aducen razones de índole económica (es más fácil y rentable rifar un automóvil que organizar un turno), el historiador Meléndez opina que el motivo de más peso es la asociación con lo campesino, lo sencillo y humilde.

Ahora se escucha que se invita a fiestas populares, ferias, miniferias, festivales. Y les ponen estos nombres porque, según ellos, suena menos campesino que la palabra `turno' ".

Pero, a juicio de Guiselle Chang, lo que ha cambiado es el nombre de la actividad -no su esencia- debido sobre todo a la influencia externa.

"En cualquier lugar donde haya fiestas, se encuentra la Ciudad Mágica, una discomóvil, puestos de comida china, hamburguesas, pizzas..."

La historia nacional seguirá recordando al turno como la actividad nacida en el seno de pequeños poblados, que vieron en la unión de sus vecinos la solución de sus problemas. Por eso, como escribió Dobles Segreda: "Si el diccionario no sabe lo que es un turno, el corazón de la gente de la provincia sí lo sabe". ¡Rescatemos al turno!






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