TINTA FRESCA

Malas noticias

Rodrigo Soto



Es horrible tener que dar malas noticias. Y recibirlas también. Creo que el refrán se queda corto cuando las compara con un balde de agua fría; después de todo, el golpe de agua helada nos espabila, nos arranca del sopor y nos empuja a la acción. Las malas noticias, en cambio, son como una telaraña que nos cae encima y nos sume en la mudez y la inmovilidad.

Desgraciadamente, las malas noticias son muchas, demasiadas en realidad. Cada día, los medios de comunicación nos sepultan con decenas de ellas. Hay algo pornográfico en la idea de que "sólo las malas noticias venden", pero supongo que es verdad. Es probable que a estas alturas todos tengamos una inclinación inconfesable hacia la obscenidad.

Pero en definitiva, lo obsceno no son las noticias (el malestar no está en el dedo que señala), sino en "el hecho informativo", es decir, en aquello de lo que nos hablan. En todo caso, para no quedarme atrás, aquí van algunas:

Como peces en un acuario, vivimos sumergidos en la mentira. Por supuesto no me refiero sólo a Costa Rica (aunque seamos un buen ejemplo), sino a la sociedad global, al planeta entero. Mentimos y nos mentimos cada día para seguir viviendo. En el mejor de los casos, alimentamos la ilusión de que en nuestro pequeño refugio familiar las cosas son de otra manera, pero al salir de casa, asumimos de antemano que mentiremos a mansalva para poder sobrevivir. Mentiremos y nos mentiremos para ocultar el hecho simple y brutal de que, en nuestra sociedad, el pez grande se come siempre al pequeño. Está obligado a hacerlo.

Pero no existe un pez tan pequeño que no encuentre otro al cual devorar, ni uno tan grande que esté completamente a salvo. Así, cuando somos devorados mentimos para olvidar el dolor y la humillación, y cuando nos toca devorar a otros, lo hacemos porque vivir de los congéneres perturba las buenas conciencias y crea dudas sobre si de verdad merecemos el paraíso. Para contrarrestar ese inconveniente, existen los encargados de fabricar los detergentes que limpian la sangre y desinfectan los malos olores, y hacen que todo luzca pulcro, super-decente y natural, como en los comerciales de televisión.

Quienes alientan la ilusión de que en el pequeño espacio doméstico las cosas pueden ser distintas, cometen un error de cálculo, porque la mentira se propaga y quedamos atrapados en ella. Luego ya no sabemos dónde termina la realidad y comienzan nuestras fantasías, y terminamos mintiéndole a nuestros seres queridos y mintiéndonos a nosotros mismos.

Pero hay más. Vivimos también en un mundo en el que estamos obligados a tratarnos como cosas. La naturaleza y los seres humanos somos reducidos a máquinas, y tratados como objetos que se compran, se manipulan, se explotan, se desechan y se venden. De hecho. en muchos aspectos nos comportamos cada vez más como cosas. ("Sombis", los llamaban antes). Vacíos de sentimientos, incapaces de comunicarnos hasta con nosotros mismos, de apreciar y disfrutar los pequeños detalles que le dan significado a la vida. Desconectados de nuestro cuerpo y de nuestras emociones, narcotizados por el exceso de información y de publicidad, somos incapaces de recrear las tradiciones y los símbolos de quienes nos antecedieron.

Lo peor es que mucha gente parece convencida de que todo está "super". Nos laceramos, nos mutilamos y compramos los instrumentos para hacerlo con un préstamo por el que además pagamos intereses. (¿Sabía usted que hace unos años, un gobierno demasiado amigo nos regaló cientos de millones de dólares para que les compráramos semilla de maíz...? El único problema es que eran semillas híbridas, de las que no se reproducen. Así, tras unos pocos años, nuestros propios semilleros -seleccionados durante cientos de años por generaciones y generaciones de campesinos-, se empobrecieron hasta el punto de que ahora sí tenemos que comprarles la semilla a ellos, pero -¡sorpresa!-, ya no nos regalan la plata para hacerlo...).

En 1950, cuando empezamos a "desarrollarnos", alrededor del 15 por ciento de la población de América Latina era considerada "pobre". En la actualidad ese porcentaje supera el 60 por ciento (Fuente: Banco Mundial). ¡Qué curioso! El desarrollo nos subdesarrolla. Y tenemos que estar contentos y agradecidos.

Lamento este tono. Quisiera hablar de otra manera, pero no es posible. No veo cómo vamos a reaccionar, si tenemos como modelo precisamente a los solitarios e insensibles, a los desalmados que imponen esta ley y tienen la sartén por el mango.

En el camino de la mentira y la deshumanización, muchos nos llevan ventaja. También en eco somos subdesarrollados. (Los verdaderos "sombis" no están en Haití ni son producto del vudú, para verlos basta darse una vuelta por las grandes ciudades de Norteamérica y Europa). Al menos aquí, como dice Mercedes Sosa, todavía cantamos, todavía reímos; todavía hacemos el amor (¡y lo disfrutamos!); hablamos con desconocidos y nos burlamos de los gobernantes... Aunque cada vez hay menos salones de baile y más "vídeo clubes".

Lo dijo mil veces mejor mi amigo Federico Lepeniz la otra noche, en medio de la bailadera, la música, la risa y la celebración: mientras gocemos así, somos ricos. Lástima que, en medio de las fábricas de chips y superconductores, lo olvidemos, como olvidan tantos tontos (y tontas, por aquello del género) que el objetivo de la actividad económica es el bienestar de las personas, y no a la inversa.


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