TINTA FRESCA

Si el amor es posible, he vivido equivocado

RODRIGO SOTO



Para Laura.

Durante los últimos veinte años, he luchado a brazo partido por conquistar mi derecho a amar y a ser amado. En el papel, ese derecho todos lo tenemos garantizado, pero a los despistados que no se hayan dado cuenta, les anuncio que la vida es más compleja de lo que dicen los papeles y los sabios, pues no es lo que debe ser, ni lo que nos gustaría, sino simplemente lo que es, con todos sus vacíos, violencias e imperfecciones...

Buena parte de esa lucha la libré sin darme cuenta, defendiendo pequeños sueños y espacios, negándome a claudicar o a renunciar, refunfuñando y rabiando cuando tuve que ceder o hacer concesiones. A menudo destruí con un brazo lo que había edificado con el otro, víctima de mis angustias y temores, desgarrado por mis contradicciones. Con frecuencia me sentí como Tupac Amaru, amarrado de cada extremidad a un caballo, a los que yo mismo daba la orden de tirar.

Sobreviví, o al menos eso creo, por el remoto recuerdo de haber sido amado alguna vez, no recuerdo cuándo, no recuerdo dónde, no recuerdo por quién. Porque mi vida toda, como puedo recordarla y reconstruirla, ha sido la vida como una guerra, en palabras del poeta Miguel Hernández.

La vida como una guerra larga y defensiva; una guerra de resistencia contra el dolor, el miedo y la destructividad. Una guerra solapada en la que además hay que sonreír y comportarse, guardar las formas, el decoro y la decencia. Y trabajar. Trabajar como una mula, como nos dice Luisa González en su bellísimo A ras del suelo. Una guerra al fin y al cabo.

En medio de todo, aun en los momentos de mayor confusión, alenté la sospecha, la secreta convicción, de que no era posible que esto fuera todo. Supongo que a eso se le llama dignidad: a la fuerza y a la capacidad de mantener, no solo en las palabras, sino en las elecciones que hacemos durante la vida, algunos principios básicos: destruir y destruirse lo menos posible, ayudar cuando sea posible, abstenerse o retirarse en caso de duda, etc.

Pero la posibilidad del amor siempre me resultó remota o inalcanzable. Todo, o casi todo cuanto veía a mi alrededor, me lo confirmaba a cada momento. Es verdad que ahí estaban las nubes, las montañas, los pájaros y el viento, que de una forma u otra también me hablaban del amor, pero a la hora de encarnar ese principio en los otros, en mis semejantes, todo tendía a desdibujarse: demasiada angustia, demasiado ruido, demasiado miedo y confusión atravesando los gestos, las miradas, los silencios y las palabras.

Así me fui haciendo solitario. Yo me entiendo bien con las tardes, con el sol que se apaga o renace, me entiendo bien con el silencio y también, a veces, con las palabras; me entiendo de maravilla con las caminatas nocturnas y con los desconocidos -también defiendo a muerte mi amistad con unos cuantos amigos y amigas-, pero en cuanto al amor, tuve que conformarme con mantenerlo en el horizonte, a la distancia, como algo de entrada inalcanzable, pero a lo que tampoco me atrevía renunciar.

Naturalmente, mis contradicciones causaron dolor a quienes pretendí amar o quisieron amarme. Y así llegó un punto en que también a mí se me hicieron insoportables. Entonces tuve que hacer un alto y preguntarme... No creo que sorprenda a nadie escuchar que la búsqueda comenzó en mi interior; es decir, la pregunta por lo que me aparta de los otros tuvo que centrarse en mí mismo. Sería ocioso narrar los pormenores de esa búsqueda, y con toda seguridad, tampoco sería algo original, pues al fin y al cabo nuestras historias son todas variaciones de un mismo tema: un tema que nos habla del dolor, la angustia y la destructividad, pero también -ahora lo sé-, del amor, la lucha y las posibilidades de entrega, apoyo y compasión que habitan el corazón humano.

Descubrir y aceptar que en mi interior están los otros, estás vos, y que sólo a través tuyo puedo descifrar lo más secreto y profundo de mi ser, ha sido una revelación. Aceptar que el amor ha estado siempre ahí, atravesando cada milímetro del universo, en todos los momentos de mi vida, al menos como latencia y posibilidad, cambia por completo mi existencia.

Siempre es una persona quien nos revela esta verdad, una persona con quien la descubrimos; siempre hay alguien capaz de ponernos en contacto con esa zona donde todos somos uno, sin desdibujarnos ni perdernos en la unidad. Por eso el amor es siempre personal, pero jamás se agota en el otro. Es una catapulta que nos lanza y un río que nos sumerge, pero nunca un espejo sólo para dos.

Alguna vez, el cuentista norteamericano Raimond Carver se preguntó ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? Seguramente existen muchas respuestas, pero la mía es esta: cuando hablamos de amor, hablamos de aquello que nos une; cuando hablamos de amor, hablamos de todos y de cada uno de nosotros. Todos tenemos la llave. Todos somos la puerta. Todos somos la ventana y todos somos el jardín.

Así es como hoy puedo decirte: si el amor es posible, he vivido equivocado. Nunca, como hoy, he estado tan contento de equivocarme. Nunca, como hoy, he estado tan seguro de que valió la pena soportar. Tal vez es cierto, y la vida es como una guerra, pero bien vale la pena si la causa es el amor. No desistas. No renuncies. Resiste. Resiste. Lucha. Somos muchos más que dos.


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