Domingo 16 de febrero, 1996



La pregunta del guardián

Rodrigo Soto
Revista Dominical

Cuando de niños jugábamos "ladrones y policías" nunca sabía qué bando elegir. Por un lado me gustaban los policías, porque eran los buenos, y nada me parecía tan importante en la vida como ser bueno y obediente, que es parecido. Pero había algo vacío e insustancial en la idea de ser policía, y era el hecho de que su única tarea era capturar a los ladrones. Ellos, por lo tanto, tenían la iniciativa, ellos tenían que enfrentar otros retos y desafíos.

El guardián se sabe prisionero de su obligación y mira a quien anhela la libertad con desconfianza. Sin duda siente algo más sutil que la envidia, es una forma oblicua de nostalgia y recelo, confusamente adivina que, aunque sea el dueño del poder, el otro es más libre por la fuerza vivificante de su deseo, por la posibilidad abierta de imaginar los rostros del futuro. Para el guardián las cartas están echadas y sólo queda la tarea, la tediosa ocupación que cumplir.

Pero no todos los guardianes son idénticos. No es lo mismo custodiar un bien que vigilar el infierno. Los guardianes del infierno son horribles y se parecen mucho a aquellos a quienes deben vigilar. Es la imagen del Cancerbero, animal monstruoso que guarda la entrada al Infierno. Solo un ser como ese podría vivir ahí.

En nuestra realidad de todos los días, tenemos a muchos seres horribles que guardan celosamente la puerta de hogares que ellos mismos convirtieron en infiernos, y tenemos a personas horribles que gruñen en la entrada de sus feudos --empresas, instituciones, academias de arte, federaciones de fútbol--, a los que también transformaron en infiernos.

Pues así como los planetas giran como trompos en la uña de Dios (que es una niña de 15 mil millones de años de edad), las situaciones dan muchas vueltas, y lo que empezó siendo una cosa, puede terminar siendo otra completamente distinta. Por eso hay que vivir despabilados, águilas y ojo al Cristo.

Por otra parte, los custodios del bien son innecesarios, pues la razón de ser del bien es expandirse, y no requiere de nada que lo limite o contenga. El oro, el dinero, y el poder que nos quieren vender como el mayor de los bienes, no son tal, y para ello basta con ver la forma como los resguardan y protegen. Me pregunto si los guardias de un banco, que tienen la obligación de matar a quien se acerque, piensan que protegen un bien, y si es así, cómo lo explican.

Pero más allá de estas consideraciones, si nos preguntamos qué cosa tienen en común todos los guardianes, la respuesta es que todos cuidan los límites, es decir, mantienen las diferencias. En esto son idénticos el ángel con espada de fuego apostado en la entrada del Cielo, y el exsoldado nicaragüense que trasnocha en bicicleta silbando "Pobre la María" en las calles de mi barrio.

Por eso, aunque a algunos les cueste admitirlo, creo que los guardianes son necesarios, pues un mundo en donde todo se confundiera no sería un mundo, sino un simple desorden. Según nos explican los teólogos y los físicos, todas las cosas que existen se desprenden de un origen común en pos de la diferencia. Los límites son igualmente importantes para distinguir el bien del mal, la verdad de la mentira.

Por esto, la pregunta del guardián es: "¿Qué mundo estoy defendiendo?". Y esto es igualmente válido para los guardianes mitológicos y los reales, para los de afuera y los de adentro. Detrás de todo guardián hay una figura de autoridad, la que establece las leyes y marca las diferencias, y es a ella a quien tenemos que interrogar.

Yo tengo mis guardianes adentro, mis secretos policías interiores. A veces sospecho que más que protegerme, ellos me vigilan; intuyo que no me salvaguardan de ningún peligro, sino que me encarcelan. ¿Cuál es el orden que defienden? ¿Uno en el que puedo sentirme a gusto, o en el que el precio por vivir es mi sufrimiento? ¿Quién los puso ahí y les dio autoridad para decirme lo que es malo y lo que es bueno?

Prometeo, el ser mitológico que robó el fuego para regalarlo a los hombres, fue torturado por los dioses porque, después de poseer el fuego, nos parecíamos más a ellos.

En nuestro mundo de carne y hueso, de días amargos y días festivos, ¿cuántos han sido y son torturados por amenazar los límites instituidos entre las razas, los clanes, las clases sociales, los credos religiosos? Para no ir más lejos, a los zapatistas, en el sur de México, los acusan de ladrones del orden, de ladrones de la paz, de ladrones de la concordia y de un montón de cosas más, pero no hay concordia donde sólo algunos tienen la voz y la palabra, no hay paz donde cada día miles de vidas son segadas gratuitamente por la miseria, y no hay, no puede haber orden donde unos pocos tienen todo y casi todos tienen nada. ¿Y son estas las diferencias, este es el mundo que se supone que tenemos que defender?

Hoy, tantos años después, comprendo que había algo profundo y revelador en mi confusión infantil, cuando me preguntaba qué debía elegir, policía o ladrón.






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