TINTA FRESCA

¿Por qué sonríe la Mona Lisa?

Rodrigo Soto

Porque cuando Leonardo la pintó, igual que ahora, existía esa clase de gente que considera inoportuno y vulgar reír a carcajada limpia (sobre todo cuando está en juego la Inmortalidad, palabra que pesa como un yunque). O tal vez porque, entre los innumerables aparatos que inventó el autor, no había uno que le permitiera a ella grabar unas palabras. (¿Sería dulce o grave su voz?). Pues de todas las expresiones posibles, la sonrisa es la que revela con mayor claridad la inteligencia humana. Ya el refrán nos enseña que un gesto dice más que mil palabras.

Pues si la belleza de la modelo resulta para muchos discutible, creo que nadie se atrevería a poner en duda la inteligencia de alguien que sonríe así.

Una cosa es clara: con su sonrisa, La Gioconda quiere decirnos algo. Mejor dicho: ella parece haber aceptado la imposibilidad de comunicárnoslo en el cuadro, y la sonrisa sube hasta sus labios y se le desborda como a alguien que probó a escondidas, antes de la fiesta, un bocado del pastel. Esa mujer sabe algo que nosotros ignoramos, y su sonrisa es, en el silencio palpitante de colores y trazos, la única manera que tiene de comunicárnoslo.

¿Pero cuál es su secreto, qué es lo que ella sabe?

A lo lejos se alzan picos escarpados y corren ríos entre los llanos. Es un paisaje duro, en apariencia impenetrable y hostil. Nosotros lo vemos difuso por la bruma y la distancia, pero ella ha estado ahí muchas veces. Transitó ese camino que se adentra en el paisaje, a sus espaldas, y ahora viene hasta nosotros para contarnos lo que vio.

No estoy seguro de que lo que encontró terminara de gustarle. Si uno la mira a los ojos, se da cuenta de que ella acaba de llorar. Pues cuando subió al primer pico, descubrió que tras él había otro más alto. Y cuando venció la segunda montaña, encontró que desde ahí veía un panorama aún más amplio. Cada vez ella fue más lejos, pero el horizonte siempre se alejó.

Es el camino del conocimiento. Ella lo ha emprendido.

Tras siglos de dogma y prejuicio, el conocimiento del mundo natural se liberaba entonces de ataduras y se abría a la experiencia y a la observación. Entre profundas convulsiones políticas, se cultivaba también el conocimiento del orden social: nuestra eterna lucha por el poder, y nuestra orgía incesante de injusticia y crueldad. Sin duda, La Mona Lisa además busca el conocimiento interior. Como Dante, ella está "en mitad del camino de la vida, y tal vez ya visitó el infierno de su propia alma y regresó de ahí. En todo caso, ¿quién dijo que estas tres cosas eran distintas, o que debían separarse?

Ahora ha interrumpido momentáneamente su viaje y vino hasta nosotros para decirnos que tiene más dudas que certezas, que cada día comprende mejor que hay cosas que no sabrá jamás, y que esas son la mayoría, pero que el hecho de saber que no sabe ya es algo, es mucho en realidad.

La Mona Lisa sabe que el paisaje es maravilloso pero inabarcable. Esa es la emoción que la embarga, el secreto manantial de donde brota esa sonrisa que dice lo que calla, y que es júbilo y tristeza a la vez.

¿Quién de nosotros no ha sentido en su corazón, alguna vez, el estallido de una revelación que, iluminándonos, nos lleva a ver las cosas de un modo totalmente distinto? Mas luego, cuando tratamos de comunicarlo, vemos cómo nuestra rutilante certeza se desvanece y queda varada en el lodazal de las palabras, tan distintas de la sensación original...

Tal vez esa sea otra clave para entender la sonrisa de La Gioconda. Tal vez ella renuncia a las palabras porque sabe que su tiempo no ha llegado todavía; se siente aislada de quienes la rodean, y comprende que nadie que no haya andado con ella el largo camino transitado, podrá entender jamás sus sentimientos.

Y La Mona Lisa sonríe porque su sonrisa es también la de Leonardo. Y por eso sigue aquí.



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