Domingo 11 de mayo, 1997



Las despedidas

Rodrigo Soto
Revista Dominical

A la memoria de Olga Jiménez, Fabián Dobles e Isaac Felipe Azofeifa, con cariño y admiración.

Aunque sabemos que son parte de la vida, mucha gente le huye a las despedidas. Yo no voy tan lejos como algunos amigos y amigas, que cuando van de viaje prefieren que nadie los vaya a despedir, para ahorrarse el ceremonial de las lágrimas, los consejos y los abrazos. Aunque sienta que hay algo confuso en todo aquello (puesto que ningún consejo ni abrazo me será de utilidad tan pronto nos hayamos separado), los aprecio como a extrañas mariposas, de esas que vemos sólo de vez en cuándo.

Todos hemos tenido que despedirnos. De niños le dijimos adiós al chupón, al amigo o a la amiga que se iba del barrio, al perro o al juguete que se nos perdió... Y diariamente nos despedimos del sol rojizo que se apaga, del momento de plenitud o felicidad que nos roza y se aleja, de las situaciones irrelevantes o significativas que nos trae la vida. Nos despedimos de las personas cercanas o queridas, con la certeza, sin duda irracional, de que las veremos de nuevo. Este sentimiento, esta confianza en que las despedidas no son definitivas, nos ayuda a sobrellevar el peso de este acto simple y cotidiano, que de otra forma se volvería intolerable.

¿Pero por qué son tan tristes las despedidas? O mejor dicho: ¿tienen que ser tristes las despedidas? Supongo que sí, pues despedirnos nos obliga a enfrentar la pérdida (temporal o definitiva) de un ser o de un objeto queridos, importantes o significativos. Enfrentar la pérdida: es decir, la incertidumbre a la que nos arroja su partida. La tristeza de las despedidas tiene entonces un dejo angustioso y autocompasivo: lloramos por nosotros, tanto como por lo que hemos perdido.

Trato de imaginar una despedida a ritmo de merengue, pero de entrada me resulta un contrasentido. Las despedidas tienen una música de violoncello o de guitarra acariciada en un puente, junto a un río, que nos lleva siempre a preguntarnos quiénes somos y qué estamos haciendo aquí...

Supongo que es eso. Supongo que las despedidas nos vuelven hacia nosotros mismos y nos obligan a preguntarnos quiénes somos, y que esa es la fuente de la tristeza melancólica y meditativa que nos invade en esos momentos ¿Quiénes somos tras la pérdida, quiénes somos tras la despedida? Estoy seguro de que todo el que se haya hecho estas preguntas, ha visto surgir del fondo de sus sentimientos la certeza de que, de alguna forma, somos aquello que perdemos, aquello de lo que nos despedimos.

Así, además de enfrentarnos con el dolor y la incertidumbre de la pérdida, la despedida nos abre a la comprensión de una de las pocas certezas reconfortantes que he encontrado en mi vida: no estamos, no somos solos; somos los demás y con los demás; somos recreación, diálogo, ventana, suma e intercambio, memoria y trascendencia de aquellos a quienes queremos o hemos querido, y significan algo para nosotros. Pero, aunque esto sea así, es también un hecho que, en el momento crucial, nos parece a menudo un consuelo pobre e insuficiente.

No es lo mismo decirle adiós al verano, con la seguridad de que el año próximo volverá a maravillarnos con sus guirnaldas rojas de poró y lilas de roble-sabana, que despedirnos de un ser querido sin saber si lo veremos de nuevo, o con la certeza de que no lo haremos. Y aunque despedirnos de una persona o de una situación indeseable o difícil no sea triste, es seguro que, tras la euforia de la liberación, vendrán la incertidumbre y el desasosiego propios de la despedida. Lo veo a menudo en quienes se divorcian, y supongo que algo parecido le sucedió a Hemingway cuando tuvo que decirle Adiós a las armas.

Y está también la despedida de las despedidas, la final y definitiva, aquella que Simone de Beauvoir llamó La Ceremonia del Adiós, y que en palabras del poeta Otto René Castillo nos deja "viudos de mundo..." Viudos del mundo van los que se han ido; ellos llevan el mundo en sus pupilas y nos legan la memoria de sus palabras y actos. Todos han realizado a su manera esa gran despedida que es la muerte, y nos ofrecen con ella una última lección de vida.

Porque las despedidas son un momento-de-la-verdad. Los amantes que se despiden esperan conocer la verdad del otro, la más profunda o al menos la que resta al final, cuando todo lo demás se ha ido, y deben estar dispuestos, de igual manera, a decir la suya. La persona que se dispone a morir también espera escuchar la verdad de quienes lo rodean, y anhela decir la suya. Cuando menos en el momento crucial de la despedida, se asume la verdad como una especie de obligación y derecho.

La despedida es la única pequeña muerte que conozco (y no el orgasmo, como creía Bataille). Ceremonia de agotamiento y de renovación, cada vez que nos despedimos pasamos una página, establecemos un antes y un después. Cada despedida nos sumerge en la conciencia de la vida como movimiento, como cambio y como renovación; nos arranca de las plácidas llanuras en las que solemos refugiarnos para dormitar y nos devuelve al torbellino de las preguntas iniciales, colocándonos en el filo del tiempo, entre el fluir y el permanecer, en el punto preciso donde algo se agota pero se vuelve posible otra vez.

Por eso despedirse es un arte. El arte de apagar las brasas con ceniza, pero también el de revivir de las cenizas el fuego.



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