RELATO

Odisea en el Everest

YURI LORENA JIMÉNEZ


Como una ofrenda por la paz mundial, Eduardo Villalobos y Ronny Chaves sortearon los riesgos de la muerte y lograron lo que ningún costarricense había hecho antes: escalar el monte más alto del mundo.


¿Morir en el Everest? Habría sido un honor. Yo le dije a Dios: `Señor, si tu voluntad es que yo llegue hasta aquí y eso bendecirá a esas cien naciones que están sufriendo, que así sea, pero si deseas que el evangelio sea predicado para lograr una mayor apertura, entonces permíteme salir adelante." Tras dejar listo su testamento, Eduardo Villalobos compartió la anterior reflexión con su familia y se dispuso a viajar de avión en avión, durante cuatro días, hasta llegar a Nepal, desde donde intentaría, junto con Ronny Chaves, una proeza que ha seducido a miles de hombres a lo largo de la historia: la conquista del monte Everest, el pico más alto del mundo.

Villalobos, de 45 años, y Chaves, de 42, son dos empresarios evangélicos que se unieron a otras nueve personas, miembros todos de la asociación Libertadores de las Naciones. Se trata de un grupo que, desde hace cuatro años, se dedica a escalar montes en diversas geografías con una intención muy particular: orar por determinados pueblos una vez que llegan a la cima.

Tras nueve días de superar las más duras pruebas, destrozados físicamente y algo abatidos por el descomunal esfuerzo, las bajas temperaturas y otras experiencias, Villalobos, Chaves y el resto de los expedicionarios alcanzaron el sector conocido como "el hombro del Everest", una especie de límite al que muy pocos llegan, y de donde también son poquísimos los que continúan hasta la cima, dado el riesgo de muerte anunciado una y mil veces por propios y extraños.

Aun así, su idea original era llegar hasta el "techo del cielo" pero, pese a las previsiones meteorológicas, los vientos monzones tardaron en retirarse del lugar dos semanas más de lo previsto, y ello implicaba la inminente caída de avalanchas, principal enemigo de quienes se aventuran a la conquista del Everest.

Antes surcar sus destinos con esta inusual experiencia, ambos hombres iniciaron una intensa preparación en alpinismo, que incluyó varios ascensos al Chirripó, el monte más alto de Costa Rica (3.820 metros). Siguieron luego el Huascarán (5.452 metros) en los Andes peruanos y el volcán Popocatépetl (6.768 metros), en México.

No solo por sentido común se sometieron a un intenso entrenamiento para estar en la mejor condición física pues temían al llamado "mal de altura". Pero, además, el Gobierno de Nepal, país desde donde empezaron a bordear la Cordillera de los Himalayas exige -entre otros requisitos- un dictamen médico y un documento probatorio de que quienes intenten esta hazaña están físicamente preparados.

El martes pasado, la Revista Dominical recogió, con el testimonio de Ronny Chaves, el dramático relato de estos dos pioneros ticos en la lucha por domar el abrupto y gélido relieve del gigante más grande del mundo.

Culminaron su experiencia hace menos de dos semanas, pero es indudable que la huella de esta magna empresa se escribió con tinta indeleble en sus vidas. Con profunda emotividad, revivieron los momentos en que se doblegaron hasta las lágrimas para resurgir en medio de la nada, apoyados en aquella máxima divina: "la fe mueve montañas".

Lección dehumildad

"Nosotros somos cristianos. En realidad, esto no lo hicimos solo por practicar deporte, o por satisfacer una vanidad personal, como ocurre con la mayoría de quienes escalan el Everest. Y por eso la experiencia constituyó una lección de humildad y obediencia, tanto por la grandeza de lo que vimos como por la dificultad de lo que vivimos.

"Desde tiempos bíblicos, se oraba en lugares altos. Esta labor de oración empezó hace cuatro años en Costa Rica, en una misión que nos llevó por diferentes volcanes del país, y al punto más elevado, el Chirripó.

"Pronto descubrimos que era muy efectivo y seleccionamos otros lugares de América Latina. En aquellos primeros viajes al Chirripó nunca, jamás, pensamos que escalaríamos el Everest.

"En 1995 ubicamos varios puntos claves de oración para América Latina. Entonces subimos al Popocatépetl, en México, que es más alto que el Chirripó y tiene una gran dificultad porque en las tardes la nieve se derrite. Empezamos a pensar seriamente en los Himalayas.

desde que hicimos algunos ascensos en la zona Andina, por el Machu Pichu en Perú.

"En la India hemos ofrecido conferencias sobre cristianismo, y ahí uno puede palpar la realidad de la gente. Este es el centro de la llamada `ventana 10:40', una franja de terreno que está entre los paralelos 10 y 40 del Ecuador, y donde se ubican las cien ciudades más populosas del mundo, entre ellas Calcuta, Bagdad, Nueva Delhi, Afganistán, Bangladesh, y China comunista. Es como una ventana rectangular donde viven cerca de 4.000 millones de personas, justamente la gente por la que oramos.

"A finales del año pasado, una integrante del equipo fue a Nepal e hizo los contactos para la expedición. De inmediato, supimos que no sería fácil. Comenzamos a averiguar el costo económico, preparación requerida en alpinismo y cuál era la mejor época para ascender al Everest. Por supuesto que también indagamos sobre las rutas más apropiadas y los períodos en que moría más gente en el intento.

"El costo de la expedición fue impresionante. Haciendo un balance, entre tiquetes aéreos, hospedajes, permisos para subir al monte, ropa y zapatos especiales para los 11, oxígeno y otros rubros, gastamos $350.000 (poco menos de ¢87 millones). Este dinero se recolectó entre miembros de Libertadores de las Naciones de toda América.

Solo para conceder el permiso, el Gobierno de Nepal cobra $70.000 . Aparte de los controles médicos, es necesario contar con el apoyo de algún club de montañismo. Como esto no fue posible en Costa Rica, conseguimos ayuda en otros países de Latinoamérica.

"Para prepararnos, compramos un gimnasio casero, llevamos cursos teóricos de alpinismo y, por supuesto, practicamos escalamiento en diversos montes. En los últimos cuatro meses nos concentramos en subir montañas en Costa Rica, Los Andes y México.

"A esta cadena de oración se le llamó Cumbre Mundial de Oración por la Paz y la Erradicación del Hambre en la Ventana 10:40, y yo fui el designado para dirigir al grupo.

"Finalmente nos sentimos preparados ciento por ciento y confiábamos en alcanzar la cima. Pero, pese a todo lo que leímos y nos documentamos, ni en sueños imaginábamos lo que nos esperaba.

"El desgaste comenzó tras andar cuatro días en avión, de aeropuerto en aeropuerto. De Costa Rica volamos a Los Angeles, luego a Japón, Singapur, Bangladesh y Katmandú, la capital de Nepal.

"El 3 de setiembre Eduardo viajó en helicóptero hasta Lukla, desde donde empezó a subir con parte del grupo. Tardaron tres días en llegar a Namche Bazar, un pueblito habitado por sherpas, tribu cuyos habitantes están acostumbrados a las alturas y suelen ser los principales guías de las expediciones al Everest. El resto de los expedicionarios y yo llegamos tres días después. Y a partir de ese momento, continuamos juntos.

Contra el gigante

"Katmandú está ubicado a unos 1.200 metros sobre el mar, una altura similar a la del cantón de Aserrí. Si alguien quisiera tomar un helicóptero que lo conduzca hasta aquí para obviar el desgaste de los primeros kilómetros y reservar la energía para la parte más difícil, le causaría un trastorno mortal a su organismo. De manera que la única forma de subir al Everest es aclimatándose poco a poco.

"Lo que no sabíamos es que el ascenso obliga a hacer prolongados descensos. Eso es desesperante porque uno sabe que está bajando... para volver a subir.

"Por cierto, la entrada al parque nacional que bordea el Everest lleva un registro de todas las personas que han escalado (o intentado escalar) el monte, y fue allí donde nos enteramos de que éramos los primeros ticos en hacerlo. Así, registramos oficialmente en sus páginas el nombre de Costa Rica.

"Desde la primera caminata, sentimos la dificultad. Sin llegar a los 4.000 metros, ya sentíamos que nos asfixiábamos. Llevábamos oxígeno, pero había que aguantar hasta donde se pudiera para que los pulmones se acostumbraran a la altura. Tanto el oxígeno como las tiendas de campaña, alimentos y agua, los cargaban los yacks, unos animales de la zona parecidos a un burro que utilizan rutas más largas pero menos accidentadas y son guiados por sherpas.

"Ya estaba coordinado dónde íbamos a pernoctar. En el sitio fijado nos encontrábamos con los animales, instalábamos la tienda de campaña e intentábamos dormir.

"Algo terrible fue saber que ni en los peores momentos de la caminata podíamos decir `hasta aquí llego', porque si no cumplíamos el horario establecido, la noche nos ganaría la partida y no podíamos dormir a la intemperie: el frío de la madrugada nos habría provocado una muerte segura.

"Todos nos derrumbamos en alguna ocasión, y quienes estaban mejor nos levantaban la moral, aunque no había tiempo para mucha terapia. No podíamos dejar enfriar el cuerpo porque allá el arranque es tan doloroso como al principio.

"Había otro aspecto que nos preocupaba muchísimo: el mal de altura o mal de montaña. Es una baja tolerancia que sufren algunas personas hacia las alturas, pero no se enteran de que la padecen hasta que sienten los síntomas.

"Eso le ocurrió a un norteamericano que viajaba con nosotros. Fue uno de los peores contratiempos, y habría muerto de no haber sido por un médico vasco que estaba en el lugar filmando un documental.

"Primero empezó a quejarse de un intenso dolor de cabeza y su desesperación fue aumentando hasta que casi se revolcaba. Pronto comenzó a delirar. Nosotros no sabíamos qué hacer, y fue cuando se nos acercó el médico español, cuya tienda estaba cerca.

"Fue muy dramático, pero de nuevo la experiencia nos mostró la grandeza de Dios y la bondad del ser humano. El médico introdujo al norteamericano en una especie de ataúd de plástico, que es una cámara especial para regular paulatinamente el oxígeno que recibe el cuerpo. En esa faena tardó 12 horas: no se separó ni un minuto del enfermo, hasta que los síntomas desaparecieron.

"Por supuesto, una vez aliviado, nuestro compañero desistió de continuar y con un acompañante de la expedición inició el descenso.

"También fuimos testigos de la emergencia que vivió un coreano, miembro de otro grupo, y que obligó a sus compañeros a llamar un helicóptero. Este muchacho sangraba copiosamente por nariz y boca, y cuando lo subieron al helicóptero -por medio de una escalera-iba realmente mal. No supimos que pasó con él.

"Por cierto, ese traslado en helicóptero cuesta $8.000, pero no siempre puede utilizarse. Después de cierta altura, las aeronaves tienen totalmente prohibido volar ya que la sola vibración de su ruido puede provocar avalanchas y desprender grandes trozos de hielo.

"Pronto adoptamos una rutina diaria, que, sin embargo, se veía interrumpida por algunos imprevistos. Nos levantábamos a eso de las 5, desayunábamos, recogíamos el equipo, cargábamos los yacks y nos encomendábamos a Dios para que nos diera fuerza. Caminábamos durante todo el día, a veces avanzábamos más, otras veces menos; todo dependía de lo escarpado del relieve.

"Siempre llevábamos un bastón de esquiar para `palpar' el sitio del siguiente paso y evitar así pararnos sobre una grieta y hundirnos. Cuando el sol caía, nos reuníamos con los yacks y el guía sherpa y el cansancio vencía al frío... por un rato. Caíamos rendidos, pero en la madrugada, cuando la temperatura bajaba a 40 grados bajo cero, nos despertaba el aire casi congelado y una desesperante asfixia. Era muy difícil conciliar el sueño otra vez porque, además, eran frecuentes las ganas de orinar.

"La comida y las necesidades fisiológicas eran otro inconveniente serio. A esa altura, el aparato digestivo se vuelve muchísimo más lento, y es muy fácil enfermarse del estómago. Tomábamos muchísima agua (es necesario consumir grandes cantidades por el desgaste físico), un suero vitamínico, Gatorade, nueces secas (tipo granola) y una suerte de sopa de especias. Esas raciones tan frugales eran insuficientes para compensar el desgaste, pero había que escoger entre el hambre perenne o un mal de estómago que estropeara la expedición.

"Ir al baño' no solo era terriblemente incómodo, por tener que hacer las necesidades en campo abierto: además era una tortura exponer un solo centímetro del cuerpo al frío. Para las tres mujeres que integraban el grupo la incomodidad era mayor, pero terminaron acostumbrándose.

"De noche, cuando sentíamos deseos de orinar, era imposible pensar en salir de la tienda por la temperatura, así que lo hacíamos en una botella, hincados dentro de la tienda.

"A pesar del frío, sudábamos muchísimo con las caminatas, pero, ¡por supuesto!, no teníamos posibilidad de bañarnos. Es una utopía que haya allí duchas, pero aún si existieran, ¿quién se desvestiría? Al final olíamos mal, entonces nos limpiábamos el cuerpo con toallitas húmedas para bebé. Era, al menos, un pequeño alivio.

Dos escollos de horror

"Había dos sectores que realmente nos asustaban. Uno era conocido como `La morrena', una especie de roca congelada, con precipicios a ambos lados. Cuando nos tocó atravesar esa parte, solo nos encomendamos a Dios. La otra se llama `La cascada del hielo' y es una especie de catarata congelada, toda perpendicular, que no se puede subir si no es con el auxilio de los guías sherpas que van adelante marcando la ruta. Ellos montan escaleras de metal una semana antes, pero aún así es peligrosísima una caída o una avalancha. "Esto último no lo hicimos porque eso es ya casi llegando a la cima y desistimos por la amenaza de los vientos monzones y su temida consecuencia: las avalanchas. De hecho, dos equipos que decidieron seguir -uno de franceses y otro de italianos- fueron embestidos por un alud cuatro días después de que nosotros iniciamos el descenso. No sabemos qué les ocurrió.

"La gente hace cualquier cosa por alcanzar el techo del mundo. Vimos a un italiano que, en uno de sus intentos anteriores por llegar, perdió todos los dedos de un pie y tres de una mano. Se le congelaron y hubo que amputárselos. Y, sin embargo, ¡ahí estaba, intentándolo de nuevo!

"El frío es capaz de causar serios daños, aunque sea por una fisura milimétrica. A un español, por ejemplo, se le congeló la retina por una pequeñísima hendidura en su lente.

Principio del fin

"Nueve días después de empezar el ascenso, llegamos a la primera gran codiciada meta de los alpinistas: el llamado Campamento Base. Es una planicie tan desolada como todo lo demás. A partir de ese sector, al que se le conoce como `el hombro del Everest', se inicia la recta final hacia la cumbre.

"Las siguientes cinco escalas se llaman Campo 1, Campo 2, Campo 3, Campo 4 y Campo 5. Después está la cima del Everest, que solo ha sido alcanzada por unas 600 personas (los dos primeros alpinistas llegaron en 1953), al tiempo que centenares han fallecido en el intento.

"Ya después de Campo Base, el escalador necesita oxígeno artificial, pero el sueño de todo alpinista profesional es llegar a la cima sin oxígeno, una aspiración lograda por muy pocos.

"Por tres días establecimos nuestra Cumbre de Oración y realizamos algunos ascensos hasta Campo 1, pero el riesgo de las avalanchas nos hizo desistir de seguir subiendo, sobre todo cuando otros nos contaban que se habían devuelto porque la nieve les llegaba a la cintura.

"Aún no sabemos cómo, pero la distancia que duramos nueve días subiendo, la bajamos en tres. Así de desesperados estábamos por llegar a Katmandú, y por supuesto, a Costa Rica.

"Es imposible expresar con palabras todo lo que vivimos. ¿Que si lo volveríamos a hacer? Probablemente sí. Aunque iríamos mucho mejor preparados porque ahora entendemos las razones de que tanta gente haya muerto en el intento."

Quizá el sentimiento de Eduardo Villalobos y Ronny Chaves ante la majestuosidad del monte más alto del mundo, pueda explicarse parafraseando a Ricardo Torres Nava, el primer mexicano que logró llegar a la cima, en 1989: "El hecho de escalar las montañas tiene una forma muy especial de recompensa. Son invaluables los momentos de maravillosa soledad que en la montaña se viven, disfrutando de la blanca soledad que alimenta el espíritu y lo enaltece. También he vivido en la montaña la soledad negra que deprime y golpea el alma. Pero es a esas elevadas lejanías, bajo el apremio de muy difíciles condiciones, que no puede uno darse el lujo de abandonarse a las depresiones. Es verdad que a veces se siente uno un insecto, pero es verdad también que en tales actitudes resulta prodigioso enfrentar nuestra dimensión humana a la grandeza del mundo y del universo. Allá, en esa nevada soledad, he encontrado mi otra soledad, diferente y, sin embargo, complementaria de mi realidad de hombre de la ciudad, la cual también vivo, gozo y disfruto eternamente."


Datos de un coloso

Juan Fernando Lara


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