INFORME ESPECIAL: Ricardo Moreno Cañas

Doctor de prodigios

Lidiette Brenes
Revista Dominical

Ricardo Moreno Cañas fue un hombre creador y visionario que, aún después de muerto, se negó a desaparecer, y más bien se convirtió en una leyenda. Hoy hace 60 años se cruzó con un hombre lleno de ira, Beltrán Cortés, quien terminó con su vida, la del doctor Carlos Manuel Echandi Lahmann y la de don Arthur Maynard, en una jornada de horror que sacudió al país. Aquí están los protagonistas de esa historia.

Posiblemente el doctor Ricardo Moreno Cañas guardaba un lápiz especial para escribir páginas enteras en el libro de la historia: primero en realizar una operación de corazón abierto, primero en tomar la bandera de las luchas nacionalistas en nuestro país, primero en situarse en una trinchera en la política nacional, primero en subirse a una ambulancia en la Primera Guerra Mundial, primero en ganar una maratónica en Costa Rica, primero en crear una federación de futbol. Primero en todo lo que hacía.

Pero ocurrió un problema de sincronización entre el reloj de la historia, que caminaba tan bien, y su reloj vital. Este se adelantó y se paró la dramática noche del 23 de agosto de 1938, cuando recibió tres tiros de manos de Beltrán Cortés. Las circunstancias de su crimen y el de otros estimables ciudadanos conmovieron durante décadas a la sociedad costarricense.

Al cumplirse hoy el 60 aniversario de su muerte, puede decirse que su pacto con la historia está vigente, porque el Doctor sigue aquí, con las curaciones que le atribuye la mente popular, por las "operaciones" que realiza con la ayuda de una oración, por el recuerdo de quien -como dijo Rodrigo Facio- fuera estadista en el salón de operaciones y rotundo cirujano en la sala del Congreso.

La jornada del terror

La noche del 23 agosto de 1938 fue horrible: así la catalogan quienes la vivieron y otros muchos que han tenido la referencia de los trágicos acontecimientos. Se juntó la circunstancia del asesinato en serie de un hombre famoso, el doctor Moreno Cañas, con la muerte del doctor Carlos Manuel Echandi Lahmann, otro connotado médico, y del señor Arthur Maynard, un respetable ciudadano canadiense. Al saldo deben añadirse además dos heridos. Tanto daño causado por las balas de un solo asesino que corría por las calles disparando.

Beltrán Cortés, con un acto premeditado, dejó su estela de muerte en un episodio de la crónica roja nunca antes vivido y jamás repetido.

Ricardo Moreno Cañas ya había cenado ese martes, y estaba descansando en el hall de su casa. En los aposentos de adentro estaba su esposa, doña Graciela Ulloa Banuet, sus hijas Cecilia, de 12 años y Graciela de 9 -que iba para la cama- además de cinco empleados.

Los disparos retumbaron. Todos corrieron, la esposa se abalanzó sobre el doctor, quien tenía un pañuelo en el pecho que poco a poco se teñía de sangre. Pero ya había expirado. El chofer buscó un teléfono y avisó al hospital San Juan de Dios, mientras la casa se iba llenando de vecinos pesarosos.

No hubo nada que hacer, como tampoco sus colegas pudieron hacer algo por la vida del doctor Echandi Lahmann, un brillante cirujano de 38 años, egresado de la Universidad de Yale, exdiputado y gran amigo de Moreno Cañas.

Al día siguiente fueron los funerales de ambos en la Catedral, en una imponente ceremonia que congregó a representantes de los poderes de la República, a las altas esferas de la sociedad, pero especialmente al pueblo, para quien don Ricardo era el mejor exponente de la ciencia humanizada, el amigo que se desvelaba junto a los enfermos, que les regalaba las medicinas y que además nunca les cobrara por sus visitas. Era el médico más famoso de Costa Rica y el primer cirujano de la época, además de diputado y futuro candidato de la oposición a la Presidencia de la República.

Y Dios se asomaba a verlo

Nació el 8 de mayo de 1890, con la estrella del éxito en la frente o la pluma de la historia en la mano, porque nunca fue uno más, sino el mejor de todos en las tareas que emprendía.

Fue un gran deportista. Corrió y ganó la primera maratón realizada en Costa Rica, en 1910. Dicen sus hijas, Cecilia y Graciela, que nunca se entrenaba solo, sino que siempre lo seguía su perro a corta distancia y la lora, muy rezagada, pero que los tres ofrecían un espectáculo poco común.

También fue futbolista sobresaliente, fundador y primer presidente de la Liga Nacional de Futbol, entidad que con el tiempo se convertiría en la Federación Nacional de Futbol. Además, tuvo un importante papel en la construcción del Estadio Nacional.

Con una beca partió a Suiza a estudiar medicina; obtuvo en 1915 el título de doctor y el respeto de sus condiscípulos y profesores por sus especiales dotes para la profesión. La Primera Guerra Mundial ya había estallado, por lo que Moreno Cañas se cuelga del guardabarro de una ambulancia para ir a un hospital de campaña. Allí operó heridos que venían del frente y adquirió una gran pericia en cirugía, porque en esos días todo era emergencia, todos eran casos críticos.

Cuenta Graciela -directora del Teatro Nacional- que allí también se puso de manifiesto la humanidad de su padre. Le asignaron la misión de amputarle dos miembros a un soldado francés muy mal herido. Al soldado no le importaba tanto su pierna, pero le suplicaba que le salvara el brazo, porque era escultor y con su mano cosechaba el pan de la vida. El doctor estudió, se desveló, hizo prodigios de cirugía y salvó el brazo.

Profundamente agradecido, el militar esculpió un busto con la efigie de Moreno Cañas, que Graciela conserva como tesoro y todos admiran con respeto.

En 1919 regresó a Costa Rica y aquí domina. En el hospital San Juan de Dios subió los peldaños de su disciplina muy rápido: fue jefe del servicio de ortopedia, de cirugía, presidente de la Facultad de Medicina, consejero de médicos, maestro de todos.

Moreno Cañas creaba, inventaba nuevos métodos, buscaba otras alternativas que ni la ciencia ni la tecnología ofrecían en esa época. Era un estratega de la cirugía, y nada tenía de raro que se encerrara antes de practicar la operación a buscar la mejor técnica para realizarla, o que llamara al encargado para pedirle que le construyera un instrumento o un aditamento. Por eso no se amedrentó la madrugada que supo que tenía que sacar la bala de un hombre moribundo. Abrió un corazón, como si fuera rutina, cuando no había un solo antecedente. (Véase recuadro.)

Sin embargo, la rama de la medicina que ejerció con más sabiduría fue la rama humanitaria. Generoso, dedicado, no distinguía entre días y noches para ver pacientes, a quienes no cobraba y más bien, regalaba medicamentos. "Ya no hay médicos así", dijeron sobre él las personas entrevistadas para este reportaje.

Nunca ausente

La vida fue otra después de la muerte del padre, confiesan Cecilia, hoy de 72 años, y Graciela, de 69, aunque ambas reconocen que la madre hizo grandes esfuerzos por hacerles la vida llevadera. Eliminó de la casa todo lo que hacía recordar al padre, desde fotografías hasta libros, pero las rodeó de especiales cuidados. El golpe fue durísimo cuando doña Graciela falleció, ocho años después.

La circunstancia económica fue difícil, puesto que el doctor -que no lucraba con su profesión- falleció sin dejar mayores bienes materiales. La familia se mantuvo gracias a la renta de unos cuantos bonos, así como del alquiler de la casa y de un pequeño terreno en Río Segundo. "Encontraron unas 20 facturas de gente muy adinerada, pero cuando se les cobró, nadie, excepto un caballero, nos pagó", aclaró Graciela.

La ausencia fue acrecentando la presencia del padre. Extrañaban su cariño, su manera de ser con ellas, tan sonriente y comprensivo y paciente con sus travesuras.

Así era con ellas y con toda la chiquillada familiar. Cuentan que el doctor se convirtió en un extraordinario cirujano de muñecas, porque a las de antes, de cuerpo de celuloide, resultaba muy fácil para las niñas traviesas empujarles los ojos. Con sus manos privilegiadas, don Ricardo las abría y les colocaba los ojotes azules en su lugar.

Por eso fue tan duro para él la muerte de su hija de 15 años Flor de María, ocurrida dos años antes de su asesinato. Falleció de una crisis asmática, sin que el médico pudiera hacer nada para salvarla, porque entonces no había medicamentos apropiados ni los instrumentos de ahora. Desde entonces, en señal de duelo, cambió el color de sus corbatines por el negro, rememora Cecilia.

Presidenciable

Moreno Cañas no solo hacía milagros con sus manos sino también con el tiempo, porque le alcanzaba para todo. En 1932 obtuvo el primer lugar en la papeleta para diputados por Alajuela por el Partido Republicano que jefeaba Carlos María Jiménez. En esa misma elección, el partido Republicano Nacional, que postulaba a Ricardo Jiménez para la Presidencia de la República, no obtuvo mayoría absoluta. Se convocó a una nueva elección entre los partidos que habían tenido más votos, con lo que el candidato del tercer partido participante, Manuel Castro Quesada, quedaba fuera de la contienda.

Castro no lo pudo soportar, movió a sus huestes y tomó el cuartel Bellavista durante cuatro días. El famoso "bellavistazo" dejó un saldo de diez muertos y 15 heridos y provocó el repudio del pueblo.

Tras la violenta confrontación, se decidió que el Congreso, en la sesión del 1º de mayo, eligiera un Primer Designado a la Presidencia. La oposición escogió como su candidato al novato Moreno Cañas, quien perdió la elección por 7 votos contra Ricardo Jiménez, el fogueado, el gran liberal, el político de enorme trayectoria, a quien se le autorizó ser considerado el mandatario electo.

Moreno Cañas no se salió de la política, y en 1936 fue elegido otra vez diputado. Carecía de oratoria, por lo que tenía que leer sus discursos, pero era duro, violento, peleador, implacable, honesto. No fascinaba, pero convencía a todos.

Si no lo hubieran asesinado, habría tenido grandes posibilidades de llegar a la Presidencia de la República. Ya Rafael Angel Calderón Guardia le había ofrecido la candidatura y el financiamiento respectivo, para oponerse al partido de León Cortés Castro. Aquellos que todavía hablan de una conjura política como el origen de su asesinato se refieren a esta circunstancia.

Al enterarse de su muerte, Ricardo Jiménez, su enemigo político, dijo: "No solo el cuerpo humano sino que la República necesitaba su intervención decidida y su entereza moral para sajar tumores sociales y políticos". Por eso tenía enemigos implacables.

El país, primero

Lo que llena de entusiasmo fue su lucha nacionalista; es decir, sus peleas por recobrar la soberanía nacional en algunos campos. Por ejemplo, por mejorar los contratos bananeros de parte de la United Fruit Company o por nacionalizar los servicios de energía eléctrica que entonces prestaba la Electric Bond and Share.

Con este propósito fue que fundó, con otros notables ciudadanos, la Liga Cívica en 1928. En su consultorio se reunieron 75 caballeros para firmar el acta constitutiva, que incluso, se acabó de llenar en el papel membretado del doctor.

Origen de esa cruzada fue la creación del Servicio Nacional de Electricidad, semilla del Instituto Nacional de Electricidad y de la nacionalización de los servicios. Alfredo González Flores fue su presidente y Ricardo Moreño Cañas el vocal de la primera junta directiva.

Además, la Liga Cívica continuó con otras jornadas brillantes en los turbulentos años 40, y allí se distinguen Omar Dengo, Carmen Lyra y Joaquín García Monge. Seguro que el doctor les prestó su pluma de la historia.

En vida, Ricardo Moreno Cañas tuvo grandes reconocimientos. Recibió la Medalla Conmemorativa de la Guerra Europea; la Medalla del Reconocimiento Francés; la Medalla de Abnegación de la Cruz Roja Francesa; la Palma de Oro de la Cruz Roja Francesa; fue Caballero de la Legión de Honor y la Facultad Medicina de Costa Rica lo condecoró con medalla de oro por su extraordinaria operación a corazón abierto.

Una vez muerto, fue declarado Benemérito de la Patria el 21 de noviembre de 1949. La escuela de Zaragoza de Palmares lleva su nombre; una clínica periférica del suroeste de San José ostenta sus apellidos; una calle en el barrio González Lahmann se bautizó con su nombre. Después del 23 de agosto de 1938, cuando murió el médico, el hombre y el político, nació la leyenda. n


Cuando el pueblo no quiere olvidar

Nada tenía de extraño que una vez desaparecido físicamente el gran doctor, el pueblo quisiera seguir contando con sus curaciones y operaciones milagrosas. Así, la gente inventó a un enviado de Dios para que bajara a la tierra a continuar con su misión. Solo se requería de un poco de fe.

Así nació el mito del doctor Moreno Cañas. La creencia popular es que basta con rezar una oración y dejar un vaso de agua encima de un mantelito blanco (por aquello de la higiene que necesitan los galenos) para que, de noche, el doctor agregue los medicamentos gloriosos. Un ingrediente más: una rosa roja de cortesía (aunque este detalle es opcional) para que la persona se sane de sus males.

Son ya 60 años de repetir una tradición que traspasó las fronteras patrias. La señora dueña de un tramo ubicado en la entrada noreste del Mercado Central, vende la oración del doctor entre otras estampas y bultos de santos. Ella asegura que la devoción tiene gran auge en Panamá, porque son muchos los turistas con esa procedencia que llegan a llevarse el pedacito de cartón milagroso.

En Nicaragua, asimismo, tiene fieles desde hace años. Encima de su lápida en el Cementerio General hay una especie de libro abierto donde puede leerse "Hermandad Cristiana Nicaragüense, 26 aniversario. A su querido Dr. Moreno Cañas, 23/8/64. Eternamente a tu espíritu."

En la tumba siempre hay testimonios de la fe y el agradecimiento del pueblo. "Nunca faltan flores" -aseguró un cuidador de jardines que dijo llamarse Pineda a secas-, tampoco frascos o botellas con agua de los que usan para hacer las curaciones. Además, son muchas las personas con las que hablo que vienen a visitarlo para darle gracias."

Todo costarricense, aun en nuestros días, tiene algún pariente o amigo que conoce o practica la devoción por el doctor. Las dos hijas cuentan que cuando están en público y por algún motivo la gente a su alrededor se entera de quién fue -o más bien, quién es- su padre, les comenta de las cosas que el médico portentoso ha hecho por ellos. En Tortuguero, relató Graciela, se encontró una fotografía del doctor en un restaurante, y al preguntar quién era ese, el dueño respondió que era el mejor médico de la zona.

Cecilia, la mayor, considera que Dios es quien hace el milagro a través del doctor, pero que él no se entromete en la medicina de los médicos de la tierra. Quien cree ciegamente en los milagros de su padre es Graciela. "Mire, yo soy testimonio vivo de su curación. Hace poco, cuando tuve un serio accidente en Cuba, del cual pensé que no salía con vida, me despertaron una noche los rezos de otra paciente compañera de habitación. Le dije que por qué rezaba tan de madrugada y me dijo que era para ayudar a mi papá, que acababa de entrar al cuarto. Me curé perfectamente y salí del hospital antes de lo esperado. No me importa que me critiquen porque digo esto, pero yo tengo una excelente relación con él. Mi papá está ahora más vivo que cuando lo mataron."

La fe, la confianza, las flores anónimas en la tumba, las esquelas de antes en el aniversario de su muerte, todo esto está muy bien; lo malo es cuando se utiliza la figura del doctor en la curandería o el espiritismo vulgar para explotar a los ingenuos. De eso hay mucho.


© 1998. LA NACION S.A. El contenido de La Nación Digital no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito de La Nación S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.co.cr