INFORME ESPECIAL

El lado oscuro de JFK


Entre las revelaciones contenidas en la nueva biografía de John F. Kennedy se mencionan sus nexos con la mafia, su secreto estado de salud y sus desenfrenos con decenas de mujeres.

(Primera parte)

La figura del expresidente estadounidense, John F. Kennedy, guarda para el mundo un aire de singular magnetismo. Su prematura muerte fortaleció el mito del hombre bienhechor y carismático, el querido gobernante, el príncipe que no fue.

Treinta y cuatro años después de aquel fatídico 22 de noviembre, vio la luz un libro tan revelador como controversial. Escrito por el laureado periodista investigativo Seymour M. Hersh, ganador del premio Pulitzer en 1970, la obra The Dark Side of Camelot (El lado oscuro de Camelot) sacude los cimientos de la lealtad incondicional al mítico Kennedy y amenaza con dar a su historia un marcado viraje.

Little, Brown and Company, la casa editora que publicó el libro, lanzó al mercado una primera edición de 350.000 ejemplares, segura de que esta maraña de escandalosas revelaciones se vendería como "pan caliente".

No se equivocaron. El grueso libro de Hersh empezó a venderse en noviembre pasado y la demanda en Estados Unidos no cesa.

Hersh se ha labrado su prestigio haciendo público lo secreto. Denunciar --en 1969-- la masacre de My Lai, en Vietnam del Sur, lo puso en la ruta del Pulitzer, y delatar a la CIA en sus operaciones de espionaje doméstico acrecentó su notoriedad. Ahora presenta este libro, con el cual probablemente se catapultará a la fama.

Este reportaje incluye algunas de las aseveraciones que aparecen en la nueva obra de Seymour Hersh, quien asegura haberse "comprometido hace muchos años con la investigación sobre John F. Kennedy".

No pocos en Estados Unidos lo han recibido como una bofetada, sobre todo quienes recuerdan al exmandatario con ilimitada admiración, pero Hersh ha dicho tranquilamente que todos sus párrafos pueden ser sometidos al más riguroso escrutinio.

Propio código moral

"John Kennedy lo tenía todo. Y lo utilizaba todo --la fortuna de su padre, su propio atractivo físico, su inteligencia y su poder-- con un atrevimiento despreocupado e imprudente. No había secreto alguno que el dinero y el encanto no pudieran ocultar."

Lo que más revuelo ha causado es que Hersh muestra un ángulo muy poco conocido de John F. Kennedy, un hombre impermeable a las consecuencias normales del comportamiento desde mucho antes de llegar a la Casa Blanca.

Según el autor, el padre del gobernante, Joe, fijó el patrón con una arrogancia y un ingenio nunca apreciados en su verdadera dimensión: los Kennedy podían hacer exactamente lo que les venía en gana y podían evadir cualquier cargo que se les hiciera. Escribían su propio código moral.

Continúa Hersh: "Los Kennedy confiaban solo en los Kennedy. John nombró a su hermano Robert (Bobby) como el guardián de los secretos, entre ellos, la deuda de la familia con la mafia, el verdadero estado de salud de John, los orígenes de sus victorias electorales, las tramas para asesinar a líderes extranjeros y las intenciones del presidente en Vietnam.

Los hermanos se enorgullecían de otra característica que heredaron de su padre: un apetito voraz para las mujeres, al que se entregaban con abandono a diario, perturbando con ello a los agentes del Servicio Secreto que lo atestiguaban. Por primera vez en la historia, estos hombres accedieron a hablar acerca de su aturdimiento por lo que vieron y la impotencia que sentían respecto a proteger al líder de su país. Se lo dijeron a Hersh.

En los últimos días de su vida, el desenfreno privado de John Kennedy comenzaba a interferir en su vida pública, lo que lo ponía, al igual que a su nación, en peligro.

Ahora Hersh narra en El lado oscu-⋅ ro de Camelot -- Camelot en referencia a la corte del Rey Arturo--, la historia real de esos peligros en las manos de un gobernante asediado por crisis, que mantuvo una fachada de tranquila dureza mientras efectuaba negociaciones privadas que eran desconocidas aún para sus consejeros más cercanos.

Hersh, reportero estadounidense, ha ganado más de una docena de premios de periodismo y ha escrito seis libros.

22 de noviembre

A las 12:30 p.m. del 22 de noviembre de 1963, el presidente John F. Kennedy fue baleado de muerte en las calles de Dallas, Texas. El vicepresidente Lyndon B. Johnson, quien acompañó al mandatario a Dallas, fue juramentado a bordo del "Air Force One", con la ensangrentada viuda de John Kennedy a su lado. El avión presidencial se elevó con rumbo a Washington.

En medio del dolor, la desesperación y las interrogantes que despertó el magnicidio, el hombre más cercano a John Kennedy, su hermano y Fiscal General, Robert F. Kennedy, dejó a un lado todo y puso en evidencia su reputación de pragmático y fuerte al tomar las previsiones para borrar las evidencias que hubieran destruido para siempre la imagen de su hermano como presidente.

No en vano, Bobby había pasado casi tres años en una situación confusa: como guardián de las leyes de la nación, como el agente secreto de su hermano en crisis internacionales, y como perro guardián de un hermano mayor que destacaba por sus excesos personales y por su temeridad.

Revela Hersh que los dos hermanos habían mentido en sus negativas a los periodistas y al público respecto a un primer matrimonio de John con Durie Malcolm. En 1947, John, quien era congresista por primera vez, y Malcolm, se casaron ante un juez de paz en Palm Beach, Florida.

Cuenta Hersh en su narración que la muchacha, de extraordinaria belleza, era una atleta que jugaba baloncesto y hockey sobre hielo. Para cuando se enlazó con Kennedy, tenía dos matrimonios a su haber.

Charles Spalding, uno de los más viejos amigos de Kennedy rompió su silencio de medio siglo para contarle al periodista la forma en que él y un abogado de Palm Beach se las ingeniaron para borrar toda huella de aquel matrimonio, por encargo del mismo John.

Spalding afirma que esta relación fue más "una broma de colegiales, un destello de osadía que llegó demasiado lejos".

Asesinatos

El libro afirma que los archivos del presidente podían revelar también que John y Bobby eran los mayores promotores de los planes de asesinato de la CIA en contra del gobernante cubano, Fidel Castro.

La necesidad de que Castro falleciera se convirtió en una obsesión presidencial después del descalabro de la invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 196. En esa fecha, desembarcaron allí 1.400 exiliados cubanos entrenados por la CIA, pero el ejército y las milicias rápidamente los pusieron a raya: mataron 114 y capturaron a 1.200.

Los archivos de la Casa Blanca también se referían a tres líderes extranjeros que fueron asesinados durante los 1.000 días de Kennedy en la presidencia: Patrice Lumumba, del Congo; Rafael Leonidas Trujillo, de República Dominicana; y Ngo Dinh Diem, de Vietnam del Sur. En este último caso, si bien los Kennedy no esperaban que la acción resultara en la muerte de líder sudvietnamita, los golpistas lo ejecutaron.

John Kennedy conocía y aprobaba los planes de la CIA para acabar con Lumumba y a Trujillo ya desde antes de tomar el poder, el 20 de enero de 1961. Pero su papel fue mucho más activo en el otoño de 1963, cuando un brutal golpe de estado en Saigón dio como resultado el asesinato de Diem.

Antes del libro de Hersh, la participación de Kennedy en la trama de Saigón había permanecido en la penumbra, a tal punto que ni siquiera el entonces vicepresidente Lyndon B. Johnson estaba enterado.

El vicepresidente tampoco sabía que el aclamado triunfo de John Kennedy en la crisis de los misiles de Cuba, en octubre de 1962, distó mucho de ser una victoria. Superado el temor a una guerra nuclear, al mundo se le dijo que el presidente se había plantado firme ante los soviéticos y había forzado al primer ministro Nikita Khrushchev a dar marcha atrás.

Poco de eso fue cierto --revela El lado oscuro de Camelot--, como Bobby sabía. Consciente de que sus futuros políticos estaban en juego, los hermanos se vieron forzados a negociar un acuerdo secreto de último minuto con los soviéticos. Para que Kruschev interrumpiera la dotación de armas nucleares a Cuba, Kennedy ofreció sacar de Turquía misiles norteamericanos Júpiter que apuntaban hacia territorio soviético. Este acuerdo y la dimensión real de la crisis de los misiles se mantuvo como secreto de estado durante más de 25 años.

Tratos con la mafia

Bobby tenía que esconder otros secretos.

Durante los últimos meses de la administración Eisenhower, un notorio pandillero de Chicago llamado Sam Giancana se había incorporado al plan de asesinar a Castro, a sabiendas del entonces senador, John Kennedy.

Pero Giancana era un mafioso que hacía un favor al gobierno, a cambio de otro favor, por supuesto. El y sus rufianes de Chicago, una de las organizaciones criminales más poderosas de la nación, ya habían participado a favor de Kennedy en la campaña presidencial de 1960 contra Richard M. Nixon y lo habían hecho mediante el suministro de dinero y del apoyo de los sindicatos de trabajadores controlados por la mafia.

Fue este apoyo lo que ayudó a Kennedy a ganar en Illinois y por lo menos en otros cuatro estados donde tenía una mayoría escasa.

La intervención de Giancana por medio de Frank Sinatra, quien tenía relaciones muy estrechas con la mafia y con la familia Kennedy, así como con un prominente juez de Chicago, quien sirvió como intermediario para una reunión --de la que no se sabía antes de que Hersh publicara su libro-- entre el pandillero y el millonario padre de John Kennedy, el ambicioso Joseph (Joe) P. Kennedy. La reunión se realizó el invierno antes de la elección en las oficinas del juez.

Unos meses después de la elección, al Departamento de Justicia jefeado por Bobby llegaron reclamos de fraude con los votos en Illinois, pero no hubo respuesta.

Como Bobby sabía, el presidente Kennedy y Giancana compartían más que una elección robada y tramas de asesinato, también los unía una amistad muy estrecha con una preciosa divorciada de Los Angeles de nombre Judith Campbell Exner.

En entrevistas con Exner para su libro, Hersh encontró mayor evidencia de que la relación de la mujer con Kennedy, a quien conoció a principios de 1960, fue más que la de una de las tantas compañeras de alcoba del desaparecido presidente.

Exner tuvo el encargo de llevar documentos de John y Bobby hasta Giancana y sus colegas, junto con dos maletines llenos de dinero.

Exner también le contó a Hersh que ella personalmente llevó a John el dinero de empresarios de California. Los empresarios participaban en licitaciones de contratos federales.

De tal palo...

El lado oscuro de Camelot profundiza en las historias del abuelo materno de John y Bobby, John F. Honey Fitz Fitzgerald, y del padre de ellos Joseph P. Joe Kennedy. Las andanzas de ambos se reflejarían más tarde en las historias de sus nietos e hijos.

Honey Fitz, por ejemplo, se había presentado siempre como un político amigable y bonachón, sin mencionar que sus dos períodos como alcalde de Boston estuvieron marcados por la corrupción y el nepotismo.

También aparece en su historia la tendencia de la familia Kennedy a "borrar" toda huella que arruinara su imagen.

Fue por esto que pasaron 50 años antes de que salieran a la luz pública los pormenores de la fraudulenta elección de Fitzgerald al Congreso de los Estados Unidos en 1918.

Las dimensiones del fraude fueron tales que la Cámara de Representantes llevó a cabo una investigación y, ocho meses después de asumir su puesto, Honey Fitz fue expulsado del Congreso.

En cuanto a Joe, el dinero le permitió adquirir una enorme libertad personal y la presidencia para su hijo, afirma Hersh.

Al morir, en 1969, su fortuna se calculó en "unos $500 millones". Sin embargo, ese fue un cálculo somero, pues Joe dedicó su vida a ganar dinero y a esconderlo.

El hombre que en un momento dado ocupó el cargo de embajador de los Estados Unidos en Londres, cosechó éxito en los negocios pocos años después de graduarse en la universidad de Harvard.

Tras laborar en el sector bancario y especular en el mercado de valores, Kennedy padre se trasladó con su familia a Nueva York, al tiempo que se metió en la industria cinematográfica. Gracias a su extraño instinto para determinar tendencias, se salió del volátil mercado de valores antes del descalabro de Wall Street en octubre de 1929.

En 1931 Joe se convirtió en uno de los mayores contribuyentes y recolector de contribuciones para la primera campaña presidencial exitosa de Franklin D. Roosevelt, quien a mediados de 1934 lo nombró presidente de la Comisión de Valores de los Estados Unidos.

Dado que a Joe se le conocía como un notorio manipulador del mercado de valores, el presidente Roosevelt explicaba riendo el perplejo nombramiento al afirmar: "Se necesita un ladrón para atrapar a un ladrón".

Tan importante como sus especulaciones en Wall Street, se considera que la obtención de dinero en forma ilícita fue clave para los primeros éxitos financieros de Joe Kennedy.

Cuánto dinero ganó y en qué forma lo obtuvo fue siempre un asunto secreto, al que no tenían acceso ni su esposa ni otros miembros de la familia, porque todos aprendieron a no hacer preguntas nunca.

Debido a la insaciable demanda de licor de parte de los estadounidenses y el advenimiento de la Ley Seca, Joe fue uno de los primeros en tomar una posición dominante en el negocio de la importación de licores, lo que despertó un rumor ⋅ diseminado por todo el país en el momento en que su hijo llegó a la Casa Blanca: que Kennedy padre estuvo involucrado profundamente en el contrabando de licor durante la Prohibición.

Pese a la ausencia de documentos, Hersh logró entrevistas con docenas de personas que confirmaron la participación de Joe en ese asunto.

Gracias a sus manipulaciones, Joe logró que Roosevelt lo nombrara embajador en Londres en diciembre de 1937. Su carrera en Inglaterra se vino abajo cuando la Segunda Guerra Mundial estalló y Kennedy comenzó, en 1940, a pasar las noches en una propiedad rural para huir de los bombardeos de los aviones nazis contra Londres.

Pero aún mayor fue el rechazo de los británicos hacia el embajador norteamericano de entonces, cuando descubrieron que Kennedy era aislacionista y derrotista. Joe incluso buscó negociaciones secretas con Hitler, a espaldas de Roosevelt, para evitar la entrada de los Estados Unidos en la guerra.

Mujeriego sin par, al punto de no importarle la presencia de su esposa Rose en la casa para tener relaciones sexuales con bellas jóvenes que lo visitaban, Joe Kennedy transmitió a sus hijos buena parte de las costumbres que los llevarían al borde del descalabro, cuando ocuparon las posiciones máximas en el gobierno de los Estados Unidos.

Salud

De vuelta al trágico 22 de noviembre de 1963, otros de los documentos que Bobby debía eliminar tenían que ver con la salud de John Kennedy.

Durante toda su carrera política, Kennedy mintió acerca de su salud al negar repetidamente que padeciera del mal de Adison.

Pero como Kennedy y sus médicos sabían, el mal de Adison, que afecta la capacidad del cuerpo para luchar contra las infecciones, estaba bajo control desde finales de la década de 1940 gracias a la cortisona. Era precisamente el mal de Adison lo que daba a John el supuesto bronceado permanente, uno de sus rasgos clásicos.

Mucho más dañino desde el punto de vista político era el hecho de que el presidente asesinado había sufrido de una enfermedad venérea durante más de 30 años (clamidia), tratada con altas dosis altas de antibióticos y que repetidamente se volvía a infectar debido a su desenfrenada actividad sexual, afirma el libro.

Mientras estaba en la Casa Blanca, Kennedy también usaba una gran cantidad de inyecciones "para sentirse bien"; en realidad eran dosis altas de anfetaminas.

Max Jacobson, el médico de Nueva York que preparaba las inyecciones, visitaba la Casa Blanca con frecuencia e incluso acompañó al presidente en muchos viajes al exterior. El doctor era la causa de fricción constante entre los ayudantes personales del presidente y algunos miembros de su Servicio Secreto, que de manera persistente trataban de mantenerlo alejado a él y a sus anfetaminas de la Casa Blanca. A Jacobson le revocaron la licencia para practicar la medicina en 1975.

Dureza

John y Bobby Kennedy eran más duros de lo que cualquiera de sus más ardientes admiradores podía imaginar. Parecían tener el control de la crisis tanto en el plano local como en el externo. Pero en realidad vivían y trabajaban al borde del abismo.

Nadie lo sabía --dice Hersh--, pero los hermanos comprendían que estaban muy cerca de un colosal escándalo político.

Pero de su padre habían aprendido a guardar secretos y a seguir adelante con sus actividades.

John y Bobby aprendieron también de su padre y de su abuelo que, como Kennedys, podían disfrutar de libertades que se negaban a otros hombres, añade el libro.

El principal antagonista de la familia era J. Edgar Hoover, el director de la Oficina Federal de Investigación (FBI por sus siglas en inglés), quien sabía y deseaba sacar ventaja --o eso creían los Kennedy-- de los secretos más oscuros de los Kennedy, incluyendo el hecho del matrimonio de John con Durie Malcolm.

El implacable director del FBI había seguido los pasos de los Kennedy, padre e hijos, desde principios de la década de los 40, y se sentía abrumado por sus excesos públicos y privados.

Pero los Kennedy sabían que Hoover, aparte de todo su moralismo, era un creyente firme en la institución de la presidencia y que se podía contar con él en los momentos de crisis.

La confirmación de Hoover como director del FBI fue el primer anuncio que Kennedy hizo como presidente electo.

De vuelta al 22 de noviembre de 1963, Bobby dio nuevas muestras de su entereza cuando, en medio del dolor por la muerte de su hermano, atendió lo concerniente al funeral, se deshizo de las evidencias y encontró tiempo para buscar al posible asesino de John.

Su primer sospechoso era Sam Giancana, el ayudante secreto de la familia Kennedy en la elección de 1960. En repetidas intervenciones telefónicas del FBI se le escuchaba quejarse de ser la víctima de traición desde 1961, porque Bobby había hecho de la organización de Chicago uno de sus blancos preferidos y las ganancias de la mafia estaban disminuyendo.

Otro blanco de la guerra contra la delincuencia que Bobby había desencadenado era Jimmy Hoffa y su corrupto sindicato.

Mujeres y fotografías

En la madrugada del 23 de noviembre de 1963, cuando Bobby y la exhausta Jacqueline Kennedy regresaron a la Casa Blanca acompañando el cuerpo del presidente caído, el fiscal general llevó a cabo otra tarea para echar tierra sobre el lado oculto de su hermano en la presidencia.

Se reunió rápidamente con J.B. West, el jefe de ujieres de la Casa Blanca, quien le entregó los Diarios del Ujier: los datos más detallados que existían sobre los visitantes, públicos y privados, a las habitaciones personales del presidente en el segundo piso.

Esos diarios contenían información detallada sobre las compañeras de cama del presidente, a quienes escoltaba por lo general uno de los más antiguos asistentes de John F., David Powers. Los diarios, a los que tradicionalmente se considera documentos públicos de la presidencia, nunca más volvieron a emerger y tampoco se encuentran en la Biblioteca Kennedy.

Bobby Kennedy sabía, al igual que muchos de los hombres y mujeres de la Casa Blanca, que John Kennedy había protagonizado una mentira pública como el atento esposo de Jacqueline, la atractiva y sobresaliente primera dama.

Según revela El lado oscuro de Camelot, en privado, John estaba consumido casi a diario en aventuras sexuales y en fiestas libertinas.

Durante su presidencia, aumentó crecientemente el número de mujeres con que anduvo Kennedy. A veces eran prostitutas de pago que le procuraban Powers y otros miembros de la llamada mafia irlandesa (eran llevadas a la oficina de Kennedy o a sus aposentos privados sin que hubiera conocimiento previo ni visto bueno del Servicio Secreto).

"El 70 u 80 por ciento de los agentes creían que era una locura", recordó Tony Sherman, un miembro del Servicio Secreto en la Casa Blanca durante la presidencia de Kennedy, en una entrevista que concedió a Hersh en 1995.

Otro de los agentes del Servicio Secreto cumplía con la nada ceremoniosa tarea de llevar a enmarcar fotografías de un contenido explícitamente sexual en las que aparecía el presidente desnudo con varias de sus amantes. El trabajo lo hacía la Galería Mickelson, una de las más distinguidas galerías de arte de Washington.

De manera reacia, a mediados de 1996, Sidney Mickelson (cuya galería enmarcaba las fotografías de la Casa Blanca en los años 60 y lo siguió haciendo durante las tres décadas siguientes) admitió que "durante varios años enmarcamos un buen número de fotografías de personas --desnudas y a menudo acostadas--. Las mujeres siempre eran bellas".

En algunos casos las fotografías incluían al presidente con "un grupo de personas con máscaras". Otra fotografía memorable, añadió Mickelson, presentaba al presidente y a dos mujeres, todos con máscaras. "El agente del Servicio Secreto dijo que era Kennedy y yo no tenía razón para dudar", confesó Mickelson a Hersh. Las fotos eran siempre de alta calidad, similares a las que toman los fotógrafos oficiales de la Casa Blanca, agregó.

Mickelson explicó que nunca hubiera tenido oportunidad de hacer copias de las fotos, pues un agente secreto siempre permanecía con él cuando tomaba las medidas, y más tarde, mientras las enmarcaba.

Mickelson también le comentó a Hersh su incomodidad al manejar semejante material, pues en ese momento su negocio estaba seriamente involucrado en la restauración de la Casa Blanca, que dirigía la primera dama. "Tenía muy buena relación con Jackie y la respetaba mucho".

Precio máximo

Puede que la imprudencia de John F. Kennedy tuviera consecuencias funestas para él en las últimas semanas de su vida.

Una de sus amantes casuales en Washington, la esposa de un agregado militar de la embajada de Alemania Occidental, Ellen Rometsch, era considerada por un grupo de senadores republicanos como una posible agente de los servicios de inteligencia de Alemania Oriental.

En medio del pánico que esto desencadenó, a Rometsch y a su esposo los sacaron de Washington por avión y Bobby Kennedy recurrió a todos sus poderes como fiscal general, con la ayuda de J. Edgar Hoover, para sofocar las investigaciones al respecto por parte del Congreso y del FBI.

El daño potencial de la aventura presidencial tomó nuevas dimensiones, como lo comprendieron los preocupados hermanos Kennedy, debido al escándalo por un lío de faldas que involucró a John Profumo, el secretario de Estado para la guerra de Gran Bretaña, que acaparó la atención de Londres -- y de los tabloides británicos -- a lo largo del verano de 1963. El gobierno del primer ministro Harold Macmillan apenas si sobrevivió al escándalo.

No obstante, puede que John Kennedy pagara el máximo precio por sus excesos sexuales y su impulsividad. Sufrió una rotura severa de un músculo de la ingle mientras jugueteaba en una piscina con una de sus compañeras de cama durante un viaje a la Costa Oeste en la última semana de setiembre de 1963.

El dolor era tan intenso que el personal médico de la Casa Blanca le recetó un rígido aparato ortopédico de lona, que mantenía al cuerpo erguido. Restringía mucho más los movimientos que el que corrientemente usaba en la espalda, y que seguía empleando. Los dos aparatos estaban diseñados para darle tanta comodidad como resultara posible en extenuantes días de campaña, incluyendo aquel en Dallas.

Esos aparatos también le imposibilitaron al presidente doblarse por reflejo cuando una bala disparada por Lee Harvey Oswald impactó su cuello. El primer disparo que dio en el blanco no fue necesariamente fatal, pero el presidente se mantuvo recto y por ello constituyó un blanco excelente para el segundo y fatal impacto que recibió en la cabeza.

El aparato ortopédico para la ingle de Kennedy, que ahora se encuentra en poder de los Archivos Nacionales en Washington, no se mencionó en el reporte público de la autopsia, ni tampoco se habló de la lesión que obligó al presidente a usarlo.

El 22 de noviembre de 1963 pasaría como un día de secretos familiares, cuidadosamente guardados durante las décadas siguientes.

Próximo domingo, segunda parte y final:

John F. Kennedy y sus más famosos líos de faldas * ¿Por qué el carisma del presidente? * Los niños, su gran delirio.


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