SOCIEDAD

Mucha tela que contar...

Néfer Muñoz


Hace medio siglo llegaron desde Italia sin más fortuna que su oficio de sastres, hoy encabezan las compañías de ropa más conocidas del país.

Todos han enhebrado la aguja del éxito. Pero para lograrlo tuvieron que trabajar muchos años sin desmayo. Di Mare, Mainieri, Feoli y Scaglietti son cuatro apellidos que con el tiempo se han vuelto muy familiares para los costarricenses.

Ahora están lejos de poseer las diminutas sastrerías que tuvieron en sus inicios, pero sus cinco gestores no se olvidan de las batallas, casi aventureras, que tuvieron que librar para dar vida y consolidar a sus crecidas tiendas de hoy.

Llegaron sin dinero, sin amigos y sin idioma, huyendo de un continente despedazado por la guerra. Cincuenta años más tarde, su empeño les ha dado la razón y han logrado su meta: una mejor fortuna.

De la India a Costa Rica

Blas Di Mare Schifino tiene 76 años de vida y 61 de ser sastre. Es bajito y canoso, de voz menuda y casi minúscula.

Todavía hoy, él mismo fabrica los trajes que vende en su tienda, un lugar inundado por telas, corbatas y camisas.

Para hablar de su pasado, don Blas se recuesta livianamente en el mostrador y descarga su relato a ráfagas, con su español agrietado por el acento mediterráneo...

Llevaba una juventud tranquila como sastre en Italia justo cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Como muchos jóvenes de su edad, fue enlistado en el Ejército italiano del Eje y viajó junto con su batallón a Africa del Norte.

Allí peleó y en una ofensiva fue apresado por las fuerzas aliadas de Inglaterra.

Como prisionero de guerra fue enviado a la India donde permaneció cuatro años en cautiverio.

Pero durante esta estadía no se quedó de brazos cruzados. Los ingleses le permitieron continuar con el oficio que había aprendido en una escuela de corte de Torino y fue así como comenzó a coser los uniformes de batalla y los trajes de los británicos.

Más tarde fue trasladado a Londres y cuando acabó la guerra se comunicó con un primo que vivía en Costa Rica. El lejano país centroamericano le pareció un excelente lugar para empezar de nuevo. El calendario marcaba el año 1949.

Ya en el país no le costó mucho encontrar trabajo. Su fama como sastre italiano le abrió las puertas de la entonces reconocida sastrería Ramírez-Valido y, poco tiempo después, ya se había independizado y tenía su propio negocio.

Aunque desde entonces ha tenido varios locales, desde hace 12 años se instaló definitivamente en el Centro Comercial San José 2000.

Allí recibe a sus clientes; él mismo toma las medidas y, junto con dos operarios, confecciona los sacos, pantalones y vestidos enteros. Políticos, empresarios y hasta presidentes han sido los asiduos visitantes de este sastre, que ya se considera costarricense por convicción.

De buen corte

En los años 30, el pequeño pueblo italiano de Morano tenía una realidad descarnada: o se vivía de la agricultura o se moría de hambre.

Y era una situación allende a Morano, era general en toda Italia.

Luis Mainieri Aronne era de los que no querían morir. A Costa Rica llegó con un equipaje de ilusiones, $12 dólares en el bolsillo y una deuda de más de ¢1.000 colones, pues un tío le prestó el dinero del viaje, pero había que pagarle.

Este familiar tenía en San José la reputada sastrería Delcore Aronne y allí fue donde le dio espacio al joven Luis para que trabajara.

Por ¢5 colones diarios tenía que pasar muchas horas frente a tijeras, telas, hilos y agujas.

Pasaron los meses y logró ahorrar lo suficiente para hacer casa aparte. Compró una cantina en el Paseo de los Estudiantes y se dedicó a atenderla.

Los tiempos de guerra llegaron. En julio de 1942 en el muelle de Limón, un barco fue supuestamente atacado por un submarino alemán. La reacción en el interior del país no se hizo esperar en contra de los extranjeros cuyos países peleaban junto a los alemanes.

"Una turba saqueó mi bar y casi lo destruyó", recuerda don Luis. La muchedumbre enardecida se llevó todo lo que pudo, pero nadie se dio cuenta que detrás del aparato de radio, Mainieri guardaba una alcancía con sus ahorros. Con ellos reparó la cantina y la vendió, para luego volver a su oficio, la sastrería.

Fue cuando nació la tienda Aronne Mainieri, que fundó con un compatriota suyo, Luis Aronne Mainieri, quien aunque curiosamente tenía sus mismos apellidos pero en diferente orden, no era de la misma familia. La sastrería estaba en los bajos del Diario Costa Rica y más tarde se trasladó a su ubicación actual, en plena avenida central. Luego el socio se retiró y la tienda tomó el nombre que hasta hoy lleva: Mainieri Aronne.

Después, todo fue una suma de disciplina, horas-trabajo y paciencia. Lo demás es historia...

La herencia de Santi

Para 1888 en medio de las crecientes arterias capitalinas ya latía la Sastrería Italiana, que con los años se convertiría en la Sastrería Scaglietti.

Más de un siglo ha pasado y la conocida tienda sigue ahí, a un costado de la aorta josefina, la avenida central.

El hilo de su vida nace con Santi Scaglietti, un sastre de Bologna radicado en Panamá, que tuvo que salir de las tierras del Canal para escapar de una epidemia de fiebre amarilla.

Después de un viaje de vértigo, llegó a Costa Rica con la ropa hecha jirones y los zapatos deshechos.

En ese tiempo en el país eran muy pocos los que podían hablar de moda con propiedad. Y ese era el campo de Santi.

Abrió una sastrería que prosperó y Scaglietti pudo pagar los estudios de tres sobrinos que estaban en Italia: Felice, Mario y Ugo.

En 1906, el exitoso sastre decidió que era hora de regresar a su patria y para que su tienda no quedara huérfana le propuso a sus sobrinos que se vinieran al país y se hicieran cargo de ella.

El trío italiano se dedicó a consolidar la sastrería y desde entonces hicieron de su local un lugar muy visitado por los altos jerarcas nacionales. Cleto González Víquez, León Cortés Castro, Rafael Angel Calderón Guardia, José Figueres Ferrer y Otilio Ulate son solo algunos de los mandatarios que frecuentaron la sastrería.

Mario y Felice murieron años después y ahora es la descendencia de Ugo la que se ha encargado de la tienda.

Su hijo, don Ferdinando --quien ahora tiene 74 años-- recuerda que la sastrería ha estado en la misma calle, desde que la vía no era pavimentada.

Pero no todo ha sido bonanza. La Gran Depresión de fines de los años 20 golpeó también de manera seria a las empresas locales y durante la Segunda Guerra Mundial estuvo incluida en la lista negra de las Naciones Aliadas.

No obstante, la sastrería ha sobrevivido y todavía hoy se pueden encargar en ella trajes a la medida, los cuales se fabrican en el tercer piso del edificio.

Ahora la sastrería ha encontrado un nuevo relevo generacional en el hijo de don Ferdinando, Hugo Scaglietti.

En el ambiente de la tienda flota todavía un aire de recuerdos y su piso guarda las huellas invisibles de muchos que por años han buscado el toque del buen vestir.

El papá de Sans Souci

Siendo muy joven, Carmelo Mainieri salió de una guerra para caer en otra.

En 1948, después de ver a un continente destruido por bombardeos y balazos, el joven Mainieri viajó a Costa Rica. Un cuatrimotor le zumbó en los oídos las 14 horas que duró la travesía desde Roma hasta el agreste aeropuerto de La Sabana.

Ya en suelo costarricense, se percató de que no había llegado en buen momento: acababa de detonar la guerra civil en el país.

"Sin embargo, después de ver los efectos de la Segunda Guerra Mundial, la revolución de aquí me pareció de mentiritas", recuerda -sonriente- don Carmelo.

Hoy tiene 71 años, viste siempre corbata y gafas de borde negro, habla ceremonioso y cuando lo hace reluce su populoso bigote blanco.

Es el inconfundible sastre de la tienda Sans Souci, que yace atrincherada, casi escondida, frente a la librería Lehmann, en San José.

En su interior, el pequeño local tiene una pared tapizada por telas de Inglaterra y El Salvador, muy demandadas desde aquellas épocas cuando la gente acostumbraba a comprar "cortes" de tela para llevárselos a un sastre.

Pero para llegar a poseer este trozo de tradición josefina, don Carmelo tuvo que batallar.

Apenas llegó al país trabajó como cantinero en un bar de su hermano mayor, Luis Mainieri Aronne. Sin dominar el idioma y con el corazón hecho un nudo transcurrieron sus primeros días. Tenía que trabajar día y noche y no dejaba de pensar en Italia, en su familia, en su pueblo.

En ese primer año, ni siquiera podía escribir una carta porque apenas comenzaba lo quebrantaba la nostalgia.

Después trabajó con su hermano y otro socio como sastre en la tienda Aronne Mainieri, pero él lo que quería era tener su propia empresa.

Cuando logró reunir el dinero suficiente compró el local actual, que era un boutique de nombre Sans Souci, que en francés significa "pasarla bien". Como ya no le alcanzaba para el papeleo del cambio de nombre, le dejó el mismo.

Su nueva empresa tuvo un inicio muy duro, pero poco a poco fue surgiendo. "Y la suerte que tuve fue Dios", cuenta don Carmelo. Un día, un clérigo llegó a visitarlo a su tienda y le pidió que hiciera los uniformes para un nuevo colegio que se establecería en Costa Rica: el Calasanz. El trabajo y las ganancias crecieron.

Después se unieron nuevos clientes, el colegio Humbolt, el Sión y otros.

Ahora don Carmelo tiene la nacionalidad costarricense y en su rincón capitalino sigue cosiendo, sigue vendiendo...

Diagonal al Melico

Aunque en realidad no lo es, don Antonio siempre termina siendo Feoli. Durante años la gente lo ha conocido como la cabeza de una de las tiendas de más tradición en San José: Feoli Hermanos.

Lo curioso es que don Antonio no es Feoli, sino Scorza.

A pesar que no es sastre, sí ha estado muy ligado a esta actividad, pues por años su tienda se dio a conocer por proveer los "cortes" de tela.

De ojos verdes y comunicativos, cabellos contados y sonrisa amplia, don Antonio comenta que por su sangre no corre ni una gota de Feoli. Pero, ¿cómo llegó a dar a esta conocida empresa?

La respuesta es muy fácil: todo se debe a que hace medio siglo vino a Costa Rica para conocer a su papá.

Don Vicente Scorza era un italiano que salió de su país en busca de mejor fortuna para mantener a su mujer y a sus dos hijos.

Viajó hasta América y se estableció como comerciante en Panamá. Sin embargo enviudó a los 42 años pues su esposa murió en Italia por las secuelas de una enfermedad que le apareció durante la Primera Guerra Mundial. Sus hijos, de quienes siguió pendiente por carta, quedaron al cuidado de la abuela materna.

En 1949 Antonio ya era un adulto de 29 años y emprendió el viaje desde Italia para reencontrarse con su padre al que no veía desde los cinco años de edad, es decir, prácticamente lo venía a conocer a Costa Rica, donde se había radicado.

El reencuentro fue muy emotivo. Antonio tenía planes de quedarse apenas de manera temporal pero se enamoró. Resulta que a la salida de una película italiana en el antiguo cine Palace conoció a la que sería su esposa: Bina Feoli.

El padre de ella, don Nicolás Feoli, ya tenía una tienda de cortes de tela y artículos para caballeros en la avenida segunda.

Ahí todo comienza a encajar.

El comenzó a trabajar en la tienda de su suegro, quien años después murió. Con el tiempo, los otros socios Feoli decidieron retirarse de la empresa.

"Pero le dejé el nombre Feoli, porque ya la tienda se había dado a conocer así", relata don Antonio.

Aunque su fundación fue mucho antes, en 1970 la tienda Feoli se ubicó donde está en la actualidad, frente al costado este del teatro Melico Salazar, y desde entonces ha visto pasar muchas historias.

Doña Karen Olsen iba a esa tienda a comprarle los sombreros a don Pepe, su marido, y el expresidente don Chico Orlich era uno de sus más leales clientes. Incluso, don Antonio solía hablar largos ratos con Orlich en italiano.

Mucho tiempo ha pasado desde la Semana Santa en que llegó a San José, pero, a pesar de los años, don Antonio llega todos los días a su local . Usted puede reconocerlo por su inconfundible acento y su amena charla.


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