TINTA FRESCA

El santo cachón

Rodrigo Soto



Lo creía que todos los cachones eran malos, hasta que oí hablar del santo cachón. No por nada, al pisuicas se lo conoce entre nosotros como "el cachas", y lo que lo caracteriza es justamente eso: dos largos y curvados cachos que nacen de su frente, y una risa que sólo admite el calificativo de diabólica. (Pobre risa: cuántos pecados que se cometen con tu nombre.)

Esa imagen, tomada de los libros infantiles y de los dibujos animados, alimentó durante años mis terrores de niño. El diablo tenía patas y barba de chivo, y, por supuesto, una larga cola terminada en un gancho. El tridente era meramente decorativo, aunque luego descubrí que era su instrumento de trabajo, pues de él debía valerse para mantener a raya a los condenados que luchaban por salir de las pailas hirvientes. Pensé entonces que, tal vez, el diablo era sólo un funcionario del orden trasmundano, condenado a realizar ciertas tareas, marcar tarjeta y cumplir horarios... Pero entonces, ¿quién era el patrón?

Años después, realicé lo que para mí fue un descubrimiento vital. Tras las barbas y las patas de chivo, reconocí a los faunos, esas criaturas de la mitología griega (y romana) que habitan los bosques, seducen a las ninfas, aman el vino, la música y la vida primigenia y primordial. Descubrir esto me produjo una conmoción tremenda, pues en ese instante comprendí que la energía sexual había sido satanizada y condenada a encarnar el principio del mal. Más importante aún, comprendí que esa satanización era una causa de sufrimiento, pues implicaba negar uno de los principios y soportes de la vida.

Enseguida me di cuenta de que los cachos del diablo no eran de chivo, sino de toro. ¡Los toros! Siempre enamorados de la luna -luna lunísima de la noche en la laguna-; enormes animales solitarios, ciegos y dulcemente torpes en su fuerza primordial de machos saltones; los toros que resoplan aliento de estrellas; los toros y su poderosa energía masculina y viril, también habían sido satanizados, y así nos obligaban a negar el toro y sus significados. De esta forma la vida se nos iba destrozando, y nosotros vivíamos cada día más divididos y desgarrados.

Desde entonces -hace muchos años de esto-, he tenido que hacer un gran esfuerzo para reconciliarme con el toro, con el chivo y con el fauno; para recuperarlos y aceptar que viven en mi interior, que soy parte de ellos como ellos parte de mí: para asumir esas dimensiones de mi ser a las que se me ordenaba condenar y proscribir. A los que prefieren metáforas bíblicas, diré que no es más santo un cordero que un toro, ni un chivo menos sagrado que los peces del mar. Palabra de boy-scout o así hablaba Kama Sutra.

Quienes me hayan seguido hasta aquí, comprenderán mi asombro cuando llegó a mis oídos el runrún del santo cachón. En los buses primero, en las sodas, en los parques, en las transmisiones de fútbol, venían aquellas palabras enredadas con el viento... Pero un santo cachón es una contradicción en los términos; había que examinar de cerca el asunto.

De esa forma llegamos al venado, o dicho más claro, al cornudo y sus cuernos. El diablo tiene cuernos y los cornudos también, pero es obvio que se trata de distintos cuernos. De los del diablo ya hemos hablado, pero los del cornudo, ¿qué son?

Aquí el asunto comienza a ponerse interesante. Lo primero que hay que decir, es que al cornudo lo caracteriza llevar sus cuernos sin saberlo. Por eso existen tantos gestos para comunicárselo, tantas formas de hacérselo saber, y tantos chistes sobre el tema, como el del tipo que va entrar en su casa y no puede hacerlo porque los cachos le pegan arriba, en el marco de la puerta.

De acuerdo: el cornudo no sabe de sus cuernos (aunque todos los demás los vean), pero los cuernos mismos, ¿de dónde vienen? ¿Qué son? No faltarán quienes encuentren esto indecente, pero para mí es claro que los cachos son ni más ni menos que genitales masculinos. Los hombres que se acuestan con mujeres casadas, están atravesando también al esposo ausente, y le estampan su marca en la frente. Así, los hombres pueden ser infieles o cornudos, y las mujeres engañadas o adúlteras, pero nunca cornudas.

Por otra parte, la canción sugiere que santo es aquel capaz de perdonar -algo no muy original pero que al menos merece discutirse-, pero inmediatamente después equipara la capacidad de perdón con la pura idiotez. No creo que Mahatma Gandhi, Francisco de Asís o Teresa de Calcuta estarían contentos, y, por supuesto yo no estoy de acuerdo. Peor aún: la canción reivindica la incapacidad de perdón como un atributo exclusivamente masculino, del que además habría que enorgullecerse. Nada que ver.

En fin, el santo cachón resultó ser pura y simplemente un cornudo rencoroso, o dicho en buen castizo, un gran baboso. Y yo me meto por un huequito y me salgo por otro, o mejor me meto y me quedo adentro, porque es más rico y, además, cada vez que salgo me llueven piedras y palos. Y a ver quién cuenta el otro.


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