TINTA FRESCA

Voces del manantial

Rodrigo Soto
Revista Dominical


Cuando me siento frente a la máquina, quisiera que sonaran cascabeles o yigüirros, y que brotaran aromas frescos como la canela, el romero o la guanábana. En su lugar, me sale a veces una cosa agria que no sé cómo se llama. Cuando escribo quisiera reír amablemente de las miserias humanas -empezando por las mías-; quisiera tener el don de mostrar con benevolencia y ternura lo ridículo de la mayoría de nuestros actos. Quisiera la liviandad, la ligereza, pero rápidamente se instala en mí un ceñudo sentencioso que abanica pesados pensamientos, densos como las nubes de invierno.

Quisiera escribir como jugando, y convidar a los lectores con una taza de alegría, un bocadillo de ingenio y algo de sorpresa, para que los mezclen con el café, los huevos y las tostadas del domingo. Nada de amargura. Nada de tristeza. La vida ya es bastante complicada para que un desconocido nos venga a chorrear aquí sus enredos.

Pero de una forma u otra reincido, y sin que me dé cuenta, voy cayendo en otra de esas letanías. Debe ser que soy un necio, o que mi amor por las palabras es tan grande, que permito que ellas solitas se busquen y se abracen. Entonces el que habla aquí no soy yo, y como un pájaro condenado a picotear los granos de maíz que otros lanzaron, yo sólo escribo estas palabras sin que pueda evitarlo.

¿Pero quiénes hablan por mi boca? ¿Quiénes son estos desconocidos tan cercanos, que me lanzan como dardos palabras que a veces no comprendo, o que yo mismo rechazo? Una cosa tengo clara, y es que -amados amigos y tiernos tiranos-, los que hablan por mi boca siempre me están buscando. Son sombras bajo mi sueño las que susurran sus hilos de plata y hablan desde mi corazón. Quieren que la palabra crezca y nos amarre a la vida en donde el gozo estalla. Arrastran soledades y amarguras y también lamentos, pero no se doblegan nunca, pues afirman que somos semilla de estrellas, y no roncas voces de la desolación.

¿Es uno o son muchos? No lo sé. Los que hablan son desconocidos, y aunque a veces los escuche escéptico o asombrado, siempre cedo a sus palabras, pues encuentro en ellas una fuerza y una claridad que no me pertenecen. Los que hablan se valen de mí para decir su palabra. Cuanto menos intervenga yo, mejor. Cuanto más silencio guarde, también. En el mejor de los casos, soy un simple taquígrafo, pero más frecuentemente soy su tapabocas, su bozal. Los que hablan siempre están luchando por nacer.

Un día vienen y me hablan con voz de campana. En mitad de la tarde, paralizan los carros y los autobuses y el viento, y se quedan sonando largo rato en mi corazón. Traen un asombro ciego y antiguo, una alegría elemental como el agua. Me abrazan con su magia de niño y hacen que las torres que sostienen la tarde se iluminen como volcanes. (Los que hablan aman la tarde y me susurran versos que a veces transcribo.) Traen palabras firmes y bellas, de las que no se quiebran cuando caen, y a las que puedo elevar como cometas para que brillen bajo el sol.

Hablan desde abajo, desde atrás, desde adentro; enredados en sus voces, reconozco ecos de todas las edades. A veces me parece que habitan un mundo en donde no hay presente, ni futuro, ni pasado, pero ¿qué importa mi parecer? Mis palabras son torpes y calculadas, las suyas brotan de un manantial que no conoce el miedo, y no tienen equívoco, fallo ni doblez... Sus palabras vienen en ráfagas, rompen la barrera del silencio y estallan en el papel.

A veces hablan de la tarde, de los deslices de la luz y de otras cosas semejantes, pero también lo hacen de la estupidez humana; se enardecen cuando la guerra, la injusticia y los fantasmas del odio y la venganza nos vencen; sus palabras echan chispas y arden como llamas; lanzan carcajadas amargas, pues de una forma extraña, sufren con nuestra idiotez. Los que hablan han sido torturados, desgarrados, sacrificados, desmembrados, asesinados, crucificados, enterrados, resucitados y vueltos a nacer, no una vez, sino infinidad de ellas, tantas como esto ocurrió.

Aún así, diría que hablan del amor, o más bien desde el amor. Hablan de lo que florece y se afianza. Traen un respiro a nuestros días cansados, nos acarician la espalda, suben como yigüirros a los árboles, nos regalan guijarros y cantos rodados. Las voces del manantial hablan para los miserables y para los desahuciados, para los enfermos y para los que sufren prisión; vienen y hablan para todos libremente, para los que disfrutan y para los padecen, sin ninguna distinción.

Vienen y nos dicen que cada atardecer, cada palabra de amor, cada momento de dicha y felicidad, todos los sueños y aspiraciones de los que han sido o han de ser, viven en nosotros, y que está muerto y perdido quien se cree solo, pero perdido también quien no pueda asumir la soledad magnífica de ser sólo un grano de polvo; las voces nos habitan y nos hablan de todos los dolores, de todas las miserias, de todas las desgracias; de la grandeza y la insignificancia de abrir los ojos un instante y comprender que estamos vivos.

De eso nos hablan. De eso escribimos.


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