HISTORIA

Golpe a los golpes

Mauricio Herrera
Revista Dominical

Hace 50 años, en abril de 1949, un grupo de oficiales costarricenses protagonizaron el último intento de golpe de Estado que registra la historia de Costa Rica, conocido como "El Cardonazo"

Al amanecer del 3 de abril de 1949, una bandera blanca en lo alto del cuartel Bella Vista silenció los morteros y ametralladoras que despedazaban la fortaleza, marcó el fin del último levantamiento militar en la historia de Costa Rica, dio el impulso final a la abolición del ejército y afianzó la nacionalización de los depósitos bancarios.

A las 7:20 a. m. la sábana de la rendición se elevó con dificultad en el asta principal del Bella Vista. El presidente de la Junta de Gobierno, José Figueres Ferrer, conjuraba así la más grave amenaza militar interna en los 18 meses de su gobierno de facto.

Cuando Figueres y las fuerzas leales tomaron el control del agujereado cuartel, los cañones de 75 milímetros de la fortaleza todavía apuntaban al centro de San José, listos para un bombardeo bestial.

Veintidós horas antes, un grupo de oficiales del ejército costarricense, encabezados por Edgar Cardona, ministro de Seguridad Pública, había iniciado una asonada militar contra la Junta de Gobierno.

Cardona se acuarteló en el cuartel de La Artillería —al lado de la antigua Penitenciaría Central— y casi al mismo tiempo, el Inspector General de Hacienda, mayor Fernando Figuls, se encerró en el fuerte bajo su mando: el cuartel Bella Vista, donde está hoy el Museo Nacional.

Los militares ofrecieron entregar de inmediato el gobierno al presidente electo Otilio Ulate. Además, exigían la destitución, "por comunistas", del ministro de Trabajo, presbítero Benjamín Núñez y del ministro de Hacienda, Alberto Martén, así como la derogatoria de la nacionalización de los bancos y del impuesto del 10 por ciento a los capitales.

A ellos los unía su oposición a Figueres, pero no compartían los mismos objetivos ni las formas para expresar su disgusto. La escisión se tradujo en un fracaso del golpe. Cincuenta años después, representantes de los dos flancos coinciden en sus diferencias.

Mientras Cardona quería protestar por el rechazo del nombramiento de su amigo Max "Tuta" Cortés en la Dirección General de Policía, y no pretendía atentar contra sus compañeros de gobierno, otros oficiales, como el mayor y directivo del Banco Nacional, Miguel Ruiz Herrero, buscaban derrocar a Figueres y contemplaron la posibilidad de bombardear la capital.

Con los principales cuarteles en su contra, Figueres, la Junta de Gobierno y el ejército que les era leal, se enfrentaron a los excompañeros de armas con quienes apenas 11 meses antes habían tomado el poder, al vencer al presidente Teodoro Picado y a la alianza del expresidente Rafael Angel Calderón y el Partido Comunista.

El intento de golpe se desbarrancó. Ulate se negó a apoyar la intentona y en La Artillería, los soldados bajo las órdenes de los golpistas atacaron a sus propios oficiales y los encarcelaron.

Quedó solo el Bella Vista. En la madrugada del 3 de abril, Figuls y 47 hombres soportaron vencidos hasta el amanecer la más intensa balacera que ha vivido San José. La aventura costó nueve vidas y 28 heridos.

Conspiración a medias

En la Cervecería Traube, a la salida de San José hacia Tibás, confluyeron y crecieron las distintas razones de disgusto de los militares contra Figueres, durante las tertulias que tenían allí una o dos veces por semana.

En la noche del 1ľ de abril, un brindis en el bar New York Inn, en el Paseo Colón, selló el trato de los oficiales para alzarse contra la Junta de Gobierno.

Pero al día siguiente, el levantamiento, pensado durante días, se derrumbó en horas por la falta de apoyo popular, la indecisión de sus cabecillas, la división de los oficiales y la oposición de los soldados.

Medio siglo más tarde, Cardona se enorgullece de haber frenado a sus compañeros en varias ocasiones y evitado así un baño de sangre.

Cardona, de 83 años, asegura haber rechazado propuestas para apresar a la Junta de Gobierno, reunida en la Casa Amarilla en la mañana del 2 de abri; ametrallar la Escuela Militar, combatir en las calles de San Jose y bombardear la ciudad.

"Hubiera sido una matazón tremenda y lo evité. Yo no siento absolutamente ningún remordimiento porque solo quise participar con unos amigos en una protesta militar pero no estaba decidido a permitir un golpe", explica Cardona, quien propuso la abolición del ejército en Costa Rica y fue el principal impulsor de esa idea dentro de la Junta de Gobierno.

Miguel Ruiz coincide en que la indecisión de Cardona fue fatal para el alzamiento. "Si Edgar hubiera tenido la resolución hubiéramos triunfado. El nunca quiso que hubiera un derramamiento de sangre y menos causarle un daño a don Pepe. Pero esos titubeos no sirven cuando uno va a dar un golpe", recuerda este combatiente de la guerra de 1948, antiguo cazador convertido hoy en protector de la fauna silvestre.

"Los autores de este desafortunado movimiento militar habían manifestado una mentalidad conservadora, con relación a nuestras medidas reformistas de carácter social o económico" dice don Pepe en su libro El espíritu del 48.

El propulsor de la nacionalización de los depósitos bancarios y el impuesto al capital, Alberto Martén, recuerda la oposición que sus medidas tuvieron en los sectores más adinerados del país.

Esos grupos, dice Martén, derivaban su principal fuente de poder del control de los bancos privados, que subsistían gracias a los depósitos de los pequeños ahorrantes.

"Estaban ganando mucho con el dinero ajeno. Los banqueros tenían del cogote al gobierno con la plata del pueblo y propuse la nacionalización de los depósitos bancarios, pues si el Estado representa a todos los costarricenses entonces los depósitos debían ser del Estado", cuenta --perfectamente lúcido-- el abogado de 90 años.

Fue Figueres, rememora Martén, quien al escuchar la propuesta la aceptó y sugirió, además, nacionalizar los bancos.

Martén, Ruiz, Cardona y el excombatiente del 48, José Santos Delcore, niegan que El Cardonazo haya sido instigado por los capitalistas costarricenses, pero concuerdan en que, de haber triunfado, los golpistas hubiesen recibido el decidido apoyo de los grupos más poderosos del país.

Temor en San José

En la mañana del 2 de abril la situación era crítica para la junta.

El rumor de la sublevación cruzó con rapidez las semidesiertas calles capitalinas y a las 11:00 a. m., la Junta de Gobierno se reunió en la Casa Amarilla para valorar los hechos.

En ese momento, en La Artillería Miguel Ruiz reportaba con entusiasmo a Cardona el apoyo de los cuarteles de Heredia y Alajuela, de la Policía, del Resguardo Fiscal y el control del aeropuerto.

"Aquí no hay nada que hacer. El gobierno está caído — explicó Ruiz —, tenemos todos los cuarteles, no pueden hacer nada"

Apresurado, Max "Tuta" Cortés informó de que Figueres y su gente estaban reunidos en la Casa Amarilla, y de inmediato propuso rodear ese edificio con blindados y apresar a toda la Junta de Gobierno".

"¡Estoy de acuerdo!", respondió Ruiz. Pero Cardona se opuso.

"Vea qué error —cuenta Ruiz—, Edgar nunca quiso actuar contra Figueres. Si hubiéramos cogido ahí a la Junta se acabó todo".

El Consejo de Gobierno trasladó la sede del gobierno de la Casa Presidencial (donde hoy está el Tribunal Supremo de Elecciones) a la Estación del Ferrocarril al Pacífico. De esa forma, si los rebeldes tomaban la ciudad, la Junta tendría listo un tren para huir a Puntarenas.

"Matar a Figueres"

En medio de la confusión, el teniente coronel Frank Marshall — respetado combatiente del 48 y exjefe del Estado Mayor— fingió apoyar a los alzados cuando lo buscaron en su casa, poco después del mediodía del 2 de abril, pero aprovechó el caos para organizar el contragolpe. Acudió a la Academia Militar y se reunió con el mayor Sidney Ross para organizar un plan.

A La Artillería llegó el rumor de que Figueres también estaba en el desprotegido y viejo edificio de madera de la Academia (donde hoy está el Colegio Napoleón Quesada), al frente del cual transitaban los tranvías hacia Guadalupe.

"Entonces —cuenta Ruiz— le propusimos a Edgar parar dos tranvías, ponerle sacos de arena, montarles dos ametralladoras y volarle plomo a la Academia Militar, y se acababa de una vez la carajada. Y matar a Figueres, yo estaba de acuerdo en matar a Figueres, y Edgar no quiso".

En la tarde, los cuarteles de Heredia y Alajuela, que debían controlar el aeropuerto, no habían apoyado el alzamiento. Permanecieron fieles a la junta y varios oficiales que días antes brindaron por el golpe, colaboraron a sofocar la sublevación.

José Delcore, uno de los primeros combatientes en la guerra del 48, había participado en las reuniones de los militares rebeldes.Incluso se ofreció a proteger el flanco norte del Bella Vista pero en realidad iba de parte de José Figueres.

Con esa treta, el gobierno colocó ametralladoras a una calle de distancia del cuartel alzado. Mientras el desconcierto se apoderaba de los golpistas, la junta tomó todos los edificios de la ciudad y sitió los cuarteles.

En el ferrocarril, Marshall y una caravana militar fueron recibidos con alborozo después de capturar un blindado rebelde en San José. Allí Figueres y Ulate se presentaron juntos ante la tropa y demostraron que no estaban enfrentados, como se rumoraba.

Golpistas golpeados

Ulate, representante de los sectores más conservadores del país, ganó las elecciones del 8 de febrero de 1948; por su parte, Figueres ganó la guerra el 19 de abril de ese año. Entre ellos había un acuerdo para que la junta gobernara 24 meses y luego entregara el poder al triunfador en las urnas.

Por eso, Ulate rechazó la oferta de gobernar antes de lo previsto cuando recibió en su casa a Cardona, a las 5 p. m.

Ante la negativa del presidente electo, Cardona propuso que todos los involucrados en el alzamiento renunciarían si también se iban los ministros Núñez y Martén y se daba marcha atrás en los decretos de nacionalización bancaria e impuesto al capital.

El mandatario electo prometió regresar a La Artillería, a las 8 p. m, con la respuesta de la Junta.

"La cosa se puso fea cuando Ulate no aceptó —explica Ruiz—. A las 6. p.m le dijimos a Edgar: ‘bueno Edgar, dejémonos de carajadas, saquemos los cañones de 105 mm y los morteros para morterear en línea directa el ferrocarril y acabar con todo".

Haroldo Mora, uno de los sublevados, estaba dispuesto a abrir fuego. "Levanté la mano para dar la orden, cuando salió Cardona y ordenó suspender la acción. Allí comenzaron mal para mí las cosas", cuenta Mora en el libro El Cardonazo, de Guillermo Villegas Hoffmaister.

Más tarde, Ulate comunicó en La Artillería el rechazo del gobierno a las peticiones. "Les di a conocer la rotunda negativa de la junta a tratar con ellos y la exigencia de que se rindiesen, añadiéndoles lealmente que yo mismo tenía que enfrentármeles", relató el gobernante electo en una carta a Figueres del 6 de junio de 1949, en la que pidió una amnistía para los sublevados.

Los golpistas advirtieron que antes de la medianoche abrirían fuego, pero el plan se frustró una vez más. Antes de que venciera el plazo, un puñado de soldados disparó contra Cardona y sus hombres, reunidos en la oficina de la comandancia. Los sublevados no pudieron reaccionar y quedaron arrestados.

Ninguno fue herido, pero una bala atravesó el techo y mató al teniente Andrés Meza, que dormía en el segundo piso.

En La Artillería la intentona había sido sofocada. Horas después, Figueres llamó a Figuls por teléfono al Bella Vista y le dio 10 minutos para rendirse, pero el alzado no creía en la captura de Cardona y se negaba a entregarse de noche.

Una balacera fue la respuesta del presidente de la Junta de Gobierno. Ametralladoras y fusiles abrieron fuego desde la azotea del antiguo anexo del Hotel Costa Rica (actual Hotel del Rey), desde la vieja Universidad de Costa Rica, en los alrededores de la Corte Suprema de Justicia, y desde la Casa Presidencial en construcción (actual Asamblea Legislativa). Apocos cientos de metros los morteros se encargaban de abrir hoyos en la estructura del cuartel.

Las huellas de la derrota del golpe, concluido el 3 de abril de 1949, todavía pueden ser vistas hoy en las torretas del Museo Nacional.

Resuelto por la fuerza, el episodio precipitó la desaparición del ejército, oficialmente abolido cuatro meses antes. El 5 de abril fue creada la Guardia Civil y el 25 de ese mes todos los soldados fueron dados de baja. El 26 de abril, Martén renunció a la Junta de Gobierno por otras razones. El impuesto al capital permaneció vigente hasta 1955, cuando Ulate lo derogó, pero la nacionalización de los depósitos sobrevivió casi medio siglo.

Políticos, excombatientes y ciudadanos en general pidieron una amnistía para los 63 acusados de participar en el alzamiento e incluso hubo cartas en los periódicos firmadas por más de 1.500 personas.

El 9 de julio el perdón llegó y los exmilitares salieron libres de la Penitenciaría Central.

El Cardonazo era pasado y los golpes de Estado también.


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