Sociedad

Huellas de maternidad

Antonio Jiménez Rueda
La Nación

Las mujeres con hijos viven aisladamente una batalla diaria entre sus intereses personales y la función de mamá, papel que ha cambiado en los últimos años. En nuestro país hay muchas maneras de enfrentar esa responsabilidad.

Todas las mañanas, cuando su esposo salía hacia el trabajo, Carolina tenía la sensación de que el recién nacido engendrado por los dos había cambiado radicalmente su vida, no así la de su marido.

él continuaba trabajando para mantener la casa y concretar sus proyectos universitarios mientras ella cuidaba de su hijo, una tarea que le limitó sus posibilidades de estudiar y desempeñarse como profesional. Carolina sabía que podía conseguir esos objetivos -y lo hizo- pero con un sacrificio mucho mayor que el de su compañero.

Miles de mujeres viven esta situación como madres. En la mayoría de los casos, ya sea que tengan un hombre al lado o no, conciliar la crianza de los hijos con la construcción de un proyecto individual de vida implica bregar en varios frentes.

Según afirma la abogada Rosalía Camacho, en su tesis La Materndad como institución del Patriarcado: representaciones y manifestaciones en obreras del sector textil, la sociedad ha disfrazado de "naturales" labores de cuido -como las que conforman la maternidad- que se le asignan a las mujeres con carácter obligatorio. Esto -plantea el estudio, realizado para obtener su maestría en Estudios de la Mujer, en la Universidad de Costa Rica- acentúa la desigualdad entre los géneros y reproduce los patrones de conducta que le acuñan a las madres el papel de cuidadoras por excelencia.

"Es un trabajo vitalicio del cual nunca nos van a despedir", expresó Camacho.

Esta concepción ha idealizado la labor que realizan las mujeres con hijos, planteándola sólo como ejemplo de sacrificio y entrega y no como una responsabilidad propia de la pareja.

Las estadísticas confirman esta realidad. En Costa Rica, uno de cada cuatro niños tiene padre desconocido. El estudio Maternidad y paternidad: dos caras del embarazo adolescente (1998),del Instituto Nacional de las Mujeres, revela que el 60 por ciento de esas madres son menores de 25 años, 16 por ciento no superan los 18 años y 94 por ciento son madres solteras.

De todos los nacimientos registrados en 1995, el 54 por ciento ocurrió en madres casadas y un 44 por ciento en mujeres sin compañero, según el Análisis situacional de los derechos de las niñas y las adolescentes, una investigación patrocinada por Unicef y la Maestría Regional en Estudios de la Mujer, de la UCR.

Para las madres, el trabajo fuera de la casa se ha convertido irremediablemente en una necesidad, más que en un medio de realización personal.

A pesar esto, según la Memoria Anual 1997, del Ministerio de Salud, la situación laboral mejoró durante ese año: el 25 por ciento de las mujeres ocupadas tienen niveles de calificación profesional.

Aún así, muchas no reciben la misma remuneración que los varones, en condiciones idénticas de trabajo.

Lo anterior sin mencionar a las amas de casa, cuyas jornadas exceden las ocho horas diarias y por la cual no reciben ningún reconocimiento económico.

Dentro o fuera de la casa, las mujeres enfrentan sus responsabilidades hogareñas sin esperar retribuciones materiales; pero para muchas de ellas, tener descendencia y criarla representa una enorme satisfacción, incluso con sus sacrificios.

Abundan las mujeres que viven día a día esa realidad. Dísimiles y semejantes a la vez, han contribuido a que la maternidad se valore en sus diferentes manifestaciones.

A continuación, algunos casos de nuestro país.

Amar lo diferente

Mildred García González siempre soñó con casarse, tener una vida normal y ser una madre común y corriente. La vida la probó, ella superó el reto y logró concretar su anhelo.

Nada se lo impidió; mucho menos el síndrome de Down con que nacieron sus dos hijas, Diana y Laura. Por el contrario, la discapacidad de las niñas fue un desafío que le permitió a esta bióloga de 42 años ser una madre singular y superar una realidad estigmatizada.

"Recibir la noticia de que su hijo no es el niño Gerber siempre es muy duro. La posibilidad de asumirlo en una forma 'natural' es difícil porque la sociedad no te prepara para un niño que no es 'perfecto'", explicó.

Entre la frustración, el dolor y los problemas, García vivió ese momento hace 17 años, cuando nació Diana. Un año después, la historia se repitió con Carolina.

Para esta vecina de Heredia, los primeros años fueron difíciles principalmente por la idea de que sus hijas no tuvieran acceso a una educación y a una niñez normal, como la que ella tuvo.

Tampoco aceptaba que por culpa de una sociedad que no toleraba a personas "imperfectas", la familia que formó con su esposo tenía que renunciar a la normalidad.

Mildred quería seguir trabajando y terminar su maestría en fisiología, así que no estaba dispuesta a encerrarse en su casa, para el cuido de dos personas con discapacidad.

Ella no quería responsabilizar a sus hijas por algo que no era culpa de ellas, ni quería vivir frustrada. Fue así como decidió tratar a sus hijas como niñas normales, sin olvidar que por su condición eran personas más lentas que el resto.

Las pequeñas asistieron al kínder, a la escuela y ahora cursan la educación secundaria.

No se perdieron de campamentos ni tampoco de desarrollar sus aptitudes artísticas: Diana empezó en clases de ballet desde los tres años y ahora asiste a clases de baile popular.

"Ellas se sienten personas útiles y conocen su discapacidad. Saben que son diferentes y que tienen síndrome de Down (...) pero que en la calle la gente les dice mongolas o mongolitas. Para ellas no es ofensivo", manifestó la orgullosa madre.

Lo más difícil ha sido la aceptación social pero poco a poco han ido superando el rechazo.

¿Qué pasará cuando sean adultas? Mildred no sabe con certeza si vivirán juntas siempre o si las muchachas se independizarán algún día.

Ella vive el presente y está tranquila porque Diana y Laura son personas seguras de sí mismas, de lo que son, de lo que tienen y de lo que pueden hacer.

Por partida múltiple

Su vida ha girado alrededor de la maternidad. Con 84 años, nueve hijos, más de 30 nietos y 14 bisnietos, esta mujer repasa sus días -su historia- y con humildad reconoce que sembró en tierra fértil.

A los 12 años supo lo que era valerse por sí misma, cuando ella y sus seis hermanos quedaron huérfanos; su madre murió y su padre se marchó de la casa.

Entonces, Estela Arce Salazar asumió por primera vez lo que llama la tarea de su vida: el papel de madre. Se encargó del cuidado de una de sus hermanas, de cuatro años, y necesitó agenciárselas sola para salir adelante. Un tío suyo le proporcionaba refugio y comida, nada más.

Trabajó en lo que pudo para mantener a su pequeña familia y se hizo cargo de su hermana hasta que ella decidió casarse.

Su primera "maternidad", le enseñó a doña Estela el sentido de la responsabilidad y el del amor, conceptos que le fueron de gran utilidad posteriormente.

"Cuando tuve a mis hijos ya había practicado eso de entenderse con muchachos", rememoró esta herediana de nacimiento.

De sus dos matrimonios nacieron nueve hijos, situación que la obligó a entregarse por completo a su manutención. Trabajó en las labores domésticas de su casa y en una pulpería de su propiedad.

Criar a una prole tan grande significó muchos sacrificios, pero para doña Estela fue más la dicha. "A uno le tiene que gustar servirle a los hijos y sentirse satisfecho de la labor que uno está haciendo. Yo siento que con ellos siempre traté de que no les faltara nada."

De igual forma se entregó a sus nietos, en especial a tres de ellos. La hija menor de doña Estela tuvo que trabajar fuera de su casa para mantener a sus hijos y la abuela - como cientos en este país- se transformó en la mamá de los pequeños.

Hoy, Jockselyn, Karina y Manuel ya son adultos pero ella sigue aconsejándoles, jalándoles las orejas y chineándolos. En ellos se revitaliza.

"Yo no me siento aburrida, yo espero llegar hasta el último momento con ese optimismo."

Todo corazón

Su madre le enseñó a ayudar al prójimo en lo que pudiera. Ella así lo hizo. Míriam Boza Navarro no pudo tener hijos biológicos, entonces optó por convertirse en la progenitora de algunos que urgían de una mamá.

La adopción fue su alternativa. Aunque tenía un matrimonio estable y casa propia, Boza sentía que su vida no era la que ella deseaba. Un día de 1963, su padre la encontró llorando y ella le explicó que se sentía mal por la ausencia de hijos.

él le ofreció acompañarla al día siguiente a buscar una institución que la ayudara a recoger un niño. Ella accedió, a pesar de que no había contemplado esa opción dentro de sus planes de vida. Su esposo, Filiberto Araya Camacho, se opuso en un inicio, pero finalmente Boza lo convenció.

Los trámites se completaron y casi un año después, en 1964, llegó Ana Virginia. La niña había nacido con problemas de nutrición y fue entregada a Boza a los 15 días de nacida. Sin inconvenientes y con ilusión, la nueva mamá -que hoy tiene 60 años- empezó sus labores de cuido. Todo transcurrió normalmente hasta los seis meses cuando la pequeña comenzó a expresar anormales comportamientos agresivos e inquietos.

No fue sino en el momento quela niña cumplió cuatro años cuando Boza supo la razón de esas conductas: la pequeña sufría de una enfermedad mental heredada de su madre biológica.

La noticia conmovió mucho a doña Míriam, quien fue advertida por los médicos de que Ana Virginia era un caso delicado que requeriría de un tratamiento de por vida.

Entre el dolor y la incertidumbre, el matrimonio Araya Boza afrontó las consecuencias. Hubo una posibilidad de "cambiar" a la pequeña por otro niño, pero ambos la rechazaron.

Poco tiempo después de que le diagnosticaron el padecimiento a Ana Virginia, una amiga de Beto, como le dice Boza a su esposo, le contó que una conocida suya le había dejado un bebé que ella no podía mantener. Le pidió que lo consultara con don doña Míriam y que le contestara si podían recibirlo.

él respondió negativamente a la solicitud, sin consultarle a su esposa, porque no deseaba agregar más carga a la situación que ya tenían.

Sin embargo, la mujer insistió y le habló directamente a Boza, quien no lo pensó dos veces. Conversó con Filiberto y decidieron recibir al pequeño.

"Yo le dije a Beto que me podía hacer cargo de los dos", contó esta enérgica mujer, quien es vecina de Cartago.

El ambiente de su hogar oscilaba entre la angustia por las crisis de Ana Virginia y la alegría de tener a Víctor Manuel.

Pronto se complicaron las circunstancias.

A los ocho meses el varón tuvo meningitis y quedó seriamente incapacitado.

Hoy, con 30 años, es un adulto que requiere los mismos cuidados de un bebé. Ana Virginia, de 35 años, se casó y vive contiguo a sus padres.

El trabajo de mantener a sus dos hijos fue duro y significó mucha entrega; sin embargo, doña Míriam no renunció a seguir brindando su ayuda.

Hace nueve años llegó Geovanny, un niño que cursa el segundo grado y que llena de alegría la casa de sus papás.

Juntos forman una familia que se ha construido sobre la base de la solidaridad.

Con otra mentalidad

La imagen es recurrente: Alejandro grita, pelea, corretea y juega en la casa, con sus tres sobrinos más pequeños. Ellos tienen 10, 6 y 3 años. El tío es un niño más; nació en 1993.

Ana Luisa Montero lo trajo al mundo cuando ella tenía 46 años, casi dos décadas después de que pariera al último de sus tres primeros hijos.

Sin ser inexperta en los menesteres de la maternidad, la llegada de una nueva criatura significó para esta mujer de ojos vivaces volver a empezar en esas lides. Solo que esta vez, el panorama había cambiado... y mucho.

Era una mujer más madura, con una visión de la vida muy distinta a la que regía su conducta a los 20 años, cuando fue mamá por primera vez; y, además, no estaba casada.

El papá de Alejandro fue su compañero durante siete años y se fue tan pronto supo que ella esperaba un bebé. Ninguno de los dos se imaginaba la noticia, sin embargo para Montero fue motivo de entusiasmo y alegría.

Se hizo cargo de su maternidad con optimismo, a pesar de que los médicos le advirtieron que su bebé podía nacer con problemas o morir en cualquier momento, pero el niño nació sin contratiempos.

Lleva el mismo apellido paterno de sus hermanos. El exesposo de Ana Luisa, que vive en Venezuela, reconoció a Alejandro como hijo suyo.

Ese no ha sido el único apoyo que ha recibido esta mujer de 53 años. Sus hijos mayores (de 30 y 23 años, solteros todavía) han sido la figura paterna de su pequeño hermano y colaboran en su formación.

Como madre, Ana Luisa considera que a los 40 años se cometen menos errores en la educación de los hijos, se guarda un mayor respeto hacia sus ideas y manifestaciones, y se valora cada instante a su lado.

"A los 20 años uno cree que la vida es eterna, en cambio, a los 40, te das cuenta de que tiene un límite y quieres aprovechar todos esos momentos con tu hijo y darle lo mejor que podás."

Precoz despertar

En estos días, María Isabel Delgado Montoya se prepara para los exámenes de bachillerato que presentará el próximo 15 de noviembre: repasa ecuaciones matemáticas, memoriza fechas históricas y completa ejercicios gramaticales.

Al mismo tiempo, en su habitual jornada, se enfrenta a pruebas para las cuales nadie la preparó. Con 18 años, esta joven cartaginesa debe preocuparse por llenar biberones, cambiar mantillas y acurrucar a un bebé; su hijo de seis meses.

El año pasado ella pasó a engrosar la lista de madres adolescentes. Cursaba décimo nivel en un colegio diurno cuando el retraso en su período dio el aviso inequívoco de que sería mamá. Un presentimiento se lo había advertido.

María Isabel conocía los métodos anticonceptivos y planificaba con el ritmo, pero los cálculos fallaron. Tuvo suerte, el padre de su hijo -su novio de dos años y cinco mayor que ella- la apoyó en el proceso venidero.

Juntos le informaron a los padres de ella que serían abuelos. El momento estuvo lleno de tensión, recriminaciones y angustia, aunque sin consecuencias negativas para los jóvenes.

Gracias a la ayuda de su compañero y de sus progenitores, María Isabel pudo terminar el cuarto año y aprobó el primer trimestre del siguiente curso, en el colegio diurno.

En mayo anterior, la persona que le cuidaba a su hijo durante las mañanas renunció por lo que tuvo que matricularse en un colegio nocturno, para hacerse cargo de Rándall Federico en el resto del día.

Su novio le pidió que se casaran pero ella desistió porque primero quiere sacar una carrera. Quiere ser ingeniera electrónica, pero afirma: "como adelanté hechos en mi vida, primero voy a estudiar la carrera de educación en la UNED.

"Cuando yo pueda acomodarme y mi chiquito esté más grande, pienso estudiar ingeniería", aseguró. No siente arrepentimiento por haber concebido a su hijo, pero admitió que es mejor ser madre con más edad. "Uno piensa que es como cuando de chiquilla uno agarraba un (muñeco) Paco, y eso es mentira", expresó con una voz de niña que delata su juventud.

Doble realización

No ha sido fácil, pero la alegría de realizarse como madre y como profesional valió el esfuerzo. Lineth Saborío logró combinar la materialización de sus anhelos laborales con la crianza de sus hijos.

Su secreto: amar y estar contenta con ese doble papel de trabajadora y mamá. La Directora del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) divide su tiempo entre pesquisas policiales y compromisos hogareños.

Desde hace 18 años es empleada del OIJ y hace 14 tuvo su primer hijo, Carlos Andrés. Entonces, trabajaba en la Oficina de Asuntos Internos, un departamento que dejó para asumir la Secretaría General del organismo. Fue mientras ocupaba ese puesto, hace 12 años, que llegó Carolina, su segunda hija.

Ninguno de los dos retoños impidió que la carrera ascendente de su madre se detuviera. Tampoco lo hará la pequeña que viene en camino. Con siete meses de embarazo, Saborío - de 38 años- renueva la ilusión de ser mamá y reafirma el reto que implica trabajar al mismo tiempo.

"Si una está satisfecha de ser madre y también con el trabajo que se tiene, yo creo que el asunto se puede complementar muy bien", manifestó en una entrevista concedida en su despacho.

Reconoció la ventaja de contar con el apoyo incondicional de su esposo y resaltó el soporte que representa la familia. En un trabajo como el suyo -en que la disponibilidad es de 24 horas- los suegros, cuñados y hermanos de la pareja aportan una protección esencial.

"Con ellos se logra mantener a los hijos en un ambiente donde hay cariño, aun cuando uno no puede estar presente", explicó.

Estas ausencias que tantos sentimientos de culpa generan en las madres trabajadoras, ante las explicaciones que piden los hijos, le son familiares a Lineth. Sin embargo aseguró que para lidiar con ellas es preciso sacrificar el tiempo destinado a la familia solo en casos realmente necesarios.

"Si estás dejando de atender a tu familia -que no es desplazarla- es porque estás haciendo algo fundamental en tu trabajo".

Así lo explicó a sus hijos, con quienes comparte todo su tiempo libre. "Mi mayor esfuerzo lo hago por ellos mismos. Ellos creen en lo que la mamá hace y para mí eso es fundamental."

Separación forzada

La necesidad y los desastres naturales la obligaron a separarse de sus hijas.

En mayo de 1998, Zenayda Centeno González dejó Nicaragua en busca de mejores oportunidades y más dinero.

El salario que recibía como empleada de una panadería en Estelí -al noroeste de Nicaragua- no le alcanzaba para mantener a Magaly, de 21 años y a Zenayda, de 17, ni para ayudar a su mamá

"No había condiciones para mantener a las dos", recordó esta mujer de 38 años, sentada en la sala de una casa que comparte con nueve compatriotas suyos, en Dulce Nombre de Cartago.

Viajar sola fue una decisión que le costó tomar. Incluso fue doloroso, porque Zenayda y sus hijas construyeron una estrecha relación desde hace varios años, cuando ella se divorció.

"Es muy duro tener los hijos allá (en Nicaragua). Yo las llamo todos los domingos para saber cómo están." Una de esas llamadas le trajo malas noticias. En octubre pasado, las jóvenes le comunicaron que habían perdido la casa por el huracán Mitch.

Regresó a su país para ver cómo ayudaba a levantar de nuevo un hogar. Su objetivo era quedarse en Nicaragua, pero la necesidad pudo más que el deseo. En mayo anterior, Zenayda retornó a las labores domésticas en Costa Rica, donde su salario le permite ahorrar un poco.

Cada mes envía a sus hijas $100, cantidad que ellas guardan para construir su casa.

Las mujeres de ese país no celebran hoy el Día de la Mamá; lo hacen el 30 de mayo y Zenayda no ha estado con la suya en las últimas dos celebraciones. Ese día su nostalgia es doble y le pide a Dios que le dé fortaleza para sobrellevar la separación y que proteja a sus tres grandes tesoros de cualquier fatalidad.

El papá mamá

José Ortiz Soto es el padre de Estefan... y desde hace ocho años también es su madre. Luego de una intensa lucha que le cambió la vida, este hombre se hizo cargo de su hijo.

En 1984, la madre del niño -una mujer que con la que José vivió en unión libre durante media década- se marchó de la casa con la criatura de tres años, por problemas de pareja.

Ortiz visitaba a Estefan y siempre lo mantuvo económicamente, pero con una única preocupación: el niño no recibía de su madre el cuidado adecuado, necesario.

Según cuenta este hombre de 42 años, su excompañera -12 años menor- le proporcionaba un ambiente de inestabilidad al chiquito: cambiaba de casa regularmente, lo dejaba solo o con personas diferentes y desconocidas, y no lo atendía en su educación.

Ortiz acudió a los Tribunales de Justicia para reclamar la media potestad del pequeño, pero perdió la lucha. Solicitó la ayuda del Patronato Nacional de la Infancia y allí le dijeron que no había nada que hacer. Igual de infructuosos fueron los primeros intentos con la madre. Sin embargo, la señora aceptó ceder la patria potestad del niño un año y medio después.

"Ese día que lo pude recuperar le agradecí a Dios y me olvidé de lo mundano", rememoró.

Los primeros meses de convivencia fueron incómodos porque el pequeño tenía que acostumbrarse a vivir sin su madre.

Poco a poco, Estefan -que hoy tiene 13 años- aceptó esa condición y la relación se fortaleció.

Desde que viven juntos, José se ha dedicado a multiplicar su tiempo para atender las obligaciones como padre-madre y como corredor de bienes raíces.

En las mañanas prepara el desayuno; en el transcurso del día trabaja fuera de la casa, y en las noches colabora con las obligaciones colegiales de su hijo.

Ahora intenta construir su vida sentimental con una nueva compañera que trata a Estefan como su hijo.

¿Qué aprendió de todo esto? "Que la idea de que los hijos son solo para las madres es un mito. Los hombres también podemos sacarlos adelante."


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