Los falsos patriotas

Rodrigo Soto
La Nación


Se llenan la boca para hablar de la patria cada vez que tienen oportunidad, y por supuesto, cantan el Himno Nacional de principio a fin, sin titubear ni equivocar uno sólo de sus versos, pero no dudan en destruir los ríos del país, ni sus montañas y sus bosques, todo para su beneficio personal. ávidos, destrozan y venden lo que no les pertenece, pues ¿quién puede decir "ese río me pertenece" o "ese árbol es mío" sin que la vergüenza lo haga enrojecer? Su verdadera patria es el dinero, pero cada 15 de setiembre, pasean con banderitas ondeando en las antenas de sus carros.

Se acuerdan de la patria cuando juega la selección nacional de fútbol, pero en su fuero interno, detestan este país y desprecian a su gente. (A lo sumo merecemos su sonrisa despectiva y burlona; compasiva y autosuficiente). Son los que nos envenenan la cabeza cada día con la ridícula idea de la superioridad costarricense; los mismos que repiten sin cesar el cuento de la Suiza centroamericana y nos ocultan hasta donde pueden (y pueden bastante) el hambre y la pobreza y la enfermedad de tantos y tantas compatriotas.

Para algunos de ellos, la patria es el estandarte que demarca una finca. Dicen: "Esto nos pertenece y aquí se hace como nosotros decimos". Supuestamente nos representan o dirigen, pero la buenas obras comienzan por casa; y por desgracia nunca alcanza para todos o no hay cama pa' tanta gente. En realidad solo alcanza para los mismos de siempre, pero qué vamos a hacerle, por algún lado hay que empezar, y si no le gusta, haga lo mismo y no sufra, papito. Le rezan a la Virgen de los Angeles, especialmente si es 2 de agosto y ojalá haya cerca cámaras de televisión. Ese día son muy creyentes.

Hacen como si la patria fuera la bandera; el himno y el escudo, la guaria morada, el árbol de Guanacaste y el yigüirro; pero no los hombres y las mujeres -los vivos, los muertos y los que aún no han nacido-; no las montañas y los árboles, los ríos y los mares que aquellos símbolos evocan. Defienden los símbolos pero destruyen lo que representan.

Por mi parte, no soy patriota y nunca lo he sido. O al menos, depende de lo que entendamos por patriotismo. Pues si se aman estas montañas, estos bosques, estos mares y estos ríos, y trato de convivir de la mejor manera que puedo con quienes aquí convivimos, estoy apuntado en ese bando. Pero si el patriotismo es el nacionalismo chato y ridículo que nos quieren meter en la cabeza, haciéndonos creer que somos la "octava maravilla del mundo" o la "divina garza envuelta en huevo", entonces es seguro que no soy un patriota. El nacionalismo es una forma de fanatismo. Y el fanatismo es una enfermedad del espíritu; una forma de ceguera que nos obliga a ver solo una pequeña parte de la realidad. Peor aún: el nacionalismo y todos los fanatismos nos llevan derecho al odio y al desprecio de los que son distintos o no piensan parecido.

Así que tenemos dos opciones. O seguimos creyendo el cuento que nos han metido, o nos sacudimos la modorra y tratamos de reaccionar. Porque no, no somos la Suiza centroamericana. No, no es cierto que nuestra democracia es centenaria y ejemplar, imperfectible y eterna. No, no es cierto que nuestros bosques, nuestros mares y nuestros ríos están protegidos. No, no es cierto que gozamos de una paz insuperable. No, no es cierto que tenemos el mejor sistema educativo, y basta dar una vuelta por San José, para saber que aquí hay más policías privados que maestros. No, no es cierto que contamos con un excelente sistema de salud (basta saber cómo nos envenenan cada día con pesticidas y agroquímicos). No, no es cierto que el país goza de una justicia social envidiable (al menos una de cada cinco familias la pasa mal de verdad). Ni siquiera es cierto que tenemos el mejor fútbol de Centroamérica, amigos. Tampoco es verdad que estamos a salvo de los narcopoderes, y que estos no han penetrado hasta lo más alto en la estructura institucional del país. Y los robos y los asaltos no son ante todo obra de extranjeros indeseables.

Por supuesto, para que el mito exista debe de apoyarse en algo que lo haga creíble y nos permita seguir consolándonos con él. Los logros y conquistas que heredamos, deben reafirmarse cada día para que sean verdad, pues de otra forma desaparecerían, como están desapareciendo nuestros bosques y nuestros ríos. Los falsos patriotas son los que nos hacen creer que a pesar de todo las cosas van bien. Los falsos patriotas son los cínicos.


© 1999. LA NACION S.A. El contenido de La Nación Digital no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito de La Nación S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.co.cr