Nuestro barrio virtual

María Lourdes Cortés
Para La Nación

Hoy, cuando los vecindarios están en vías de extinción -cada vez menos niños juegan en las calles y tenemos una carencia real de vecinos con quienes compartir- esta popular teleserie se inserta en nuestra vida como un barrio electrónico

Más de cien capítulos difundidos, casi tres años de trabajo, 20 actores permanentes, 80 invitados, 15 técnicos, 5 guionistas, 4 directores giran alrededor de una calle: esto es El Barrio.

Porque El Barrio no es sólo el programa de televisión que vemos todos los martes por Canal 6. El Barrio es, sin duda, la producción audiovisual más importante del país realizada hasta hoy; es una escuela permanente de dramaturgia y actuación para televisión; es un centro de investigación en la creación de programas propios; es, entonces, un laboratorio audiovisual que está sentando las bases de una industria cinematográfica y televisiva costarricense.

Y, más importante aún, es uno de los pocos espejos con que contamos los costarricenses para observar(nos) en el proceso de construcción/deconstrucción de nuestra identidad.

Analizar lo que ha sido hasta ahora la teleserie El Barrio, que cuenta ya con dos años de transmisión y promete muchos años más, es un trabajo arriesgado, en la medida en que no sabemos aún lo que va a pasar... ¿muertes? ¿matrimonios? ¿nuevos personajes? ¿o acaso la desaparición del barrio ante la inminente llegada de un mall, símbolo del progreso y de la americanización del país? No podemos llegar a conclusiones definitivas hasta que la serie no haya terminado. Y si pensamos que el programa inglés People of coronation street -que también se basa en las peripecias de un grupo de gente alrededor de una calle- lleva más de 30 años al aire en la BBC, podemos suponer que tendremos Barrio para rato.

No obstante esta incertidumbre argumental, es importante destacar algunos de los rasgos más llamativos de la teleserie, que no solo nos divierte e intriga, sino que nos hace reflexionar sobre la importancia de tener producciones audiovisuales costarricenses.

Entre un mar de "enlatados"

Hoy, las identidades se organizan cada vez menos en símbolos nacionales y más bien pasan a formarse a partir de lo que proponen Hollywood, Televisa y MTV, entre otros grandes centros de producción de imágenes.

Costa Rica no escapa a la avalancha de enlatados norteamericanos y a unas "ochenta horas de lágrimas y besos", es decir, de telenovelas latinoamericanas. Los programas costarricenses son escasos y se reducen, en términos generales, a noticieros, minutos con Dios, clases de cocina y manualidades, algunos programas de humor, y mucho -pero mucho- futbol.

Con la irrupción del cable y el satélite la oferta televisiva aumentó.

De allí el interés de las televisoras nacionales de ofrecer producciones propias, que si bien son más costosas que los enlatados, por lo menos están más cercanas de la audiencia costarricense y, por su regionalismo, no compiten con los sofisticados enlatados estadounidenses. En este sentido, San Buenaventura, que logró imponerse en los primeros lugares del rating, demostró que los costarricenses estamos ansiosos por vernos en las pantallas.

El grupo productor de El Barrio, no sólo ha logrado mantener su serie durante dos años, sino que inicia una nueva aventura audiovisual, La Pensión, que arranca en marzo por Canal 7.

Ya podemos decir, por fin, que en Costa Rica se produce con calidad y regularidad algo más que avisos publicitarios.

El Barrio... ¿una telenovela?

Algunos críticos y productores han querido ver en la serie El Barrio, una especie de "telenovela nacional". Las telenovelas tienen como característica fundamental un deseo de prolongación indefinida del relato. Parece que no van a terminar nunca y para mantener las ansias del espectador, recurren a todas las técnicas del impacto dramático; a todos los fetiches de la cultura de masas: dinero, violencia, sexo, cuerpos deseables. De igual modo, pretenden agotar las posibilidades combinatorias tanto en la trama como en el diseño de personajes.

Si bien El Barrio tiene algunas semejanzas con las telenovelas -su continuidad, los personajes fijos-, el mundo de valores de la teleserie dista mucho del de La Usurpadora, Los ricos también lloran o Cuna de Lobos. La teleserie costarricense más bien sigue el modelo de algunas series norteamericanas, que mantienen personajes fijos, semana a semana, pero que cuentan historias que se cierran en cada capítulo.

La serie posee dos líneas argumentales que se fusionan. Una general, que desarrolla las peripecias cotidianas de los personajes fijos: la historia de la familia de Maruja y El Cuervo con sus hijos, la historia del Dr. Zaldívar, Míriam y los hijos de ambos, la vida del Nene, sus amores y su mini-supermercado, y demás historias paralelas.

Estas se desarrollan de manera lenta -en relación con la otra línea argumental- a través de toda la serie y el final trascenderá sólo en el momento de la clausura definitiva de la teleserie. La segunda línea está compuesta por tres historias que se desarrollan en cada capítulo (una más importante que las otras y la cual da el título al episodio), y que inician y terminan en el mismo día, salvo algunas pocas excepciones.

Por otra parte, se considera que los personajes de las telenovelas se constituyen en un nuevo entorno interpersonal: en ausencia de vecinos con que chismear estos personajes se convierten en los temas de referencia de las conversaciones cotidianas, olvidando su estatuto de ficción. En Costa Rica todavía chismeamos bastante, pero ello no ha impedido que los personajes de El Barrio se conviertan en parte de nuestro imaginario, e incluso la audiencia ha mezclado ficción y realidad. Es el caso de la muerte de Míriam, que como cuenta la misma Maureen Jiménez, desató una avalancha de faxes y telegramas de pésame: "La gente todavía me para en la calle y me reclama que me haya muerto", cuenta con una sonrisa Míriam/Maureen, que es actualmente productora y directora de la serie.

Entre vecinos...

Ya sólo el título nos dice mucho del tipo de proyecto de Oscar Castillo, productor ejecutivo y "creador" de la serie: El Barrio. Se trata de una ubicación espacial en la que se realizan las acciones, pero no es una ubicación cualquiera. Un barrio implica convivencia, cercanía, cotidianidad&...; de alguna manera, una intimidad entre vecinos.

Además, hoy los barrios están en vías de extinción. Cada vez hablamos menos de "hacer vida de barrio", y los niños casi no juegan en las calles, sino que son "conectados" directamente al televisor o al nintendo. Tenemos una carencia real de vecinos con quienes compartir, y en este sentido, El Barrio se inserta en nuestra vida como un vecindario electrónico, no sólo por su estructura de personajes fijos -como en las telenovelas-, sino también por su contenido mismo: El Barrio nos cuenta la vida de un barrio.

Castillo sitúa su teleserie en el mundo urbano, a diferencia de la tradición "neocostumbrista" de los espectáculos nacionales, que se inició en el teatro y la radio, y que ha ido pasando a la televisión e incluso al cine. Nos referimos a lo que por años se ha considerado "lo popular costarricense" y cuya figura emblemática es Carmen Granados.

Recordemos, por ejemplo, El fogón de doña Chinda, producido por Miguel Salguero y que por años fue un éxito de la televisión nacional. Y si bien hemos tenido también historias urbanas, como Las fisgonas de Paso Ancho, de Samuel Rovinski, que primero fue un éxito teatral y posteriormente fue llevada a la televisión por Alfredo Catania, sus personajes se proyectaron, más que como simples ciudadanos, como estereotipos: el lumpen, la vieja vina, la chica plástica...

Ahora contamos, en esta misma línea, con el programa Caras vemos, de las humoristas Marcia Saborío y María Torres.

Sin embargo, Castillo traslada su acción -al igual que en Eulalia, su largometraje- del campo a la ciudad. Desarrolla la teleserie en un barrio de clase media, con un "equivalente" en la realidad -el barrio Santa Cecilia de Guadalupe- y con ello da la espalda al "concho" y a los estereotipos urbanos.

Los personajes de El Barrio no son ni buenos-buenos, ni malos-malos (como en las telenovelas), sino seres contradictorios, con sueños y ambiciones, defectos y cualidades. Además, el lenguaje de los personajes de El Barrio es el de un costarricense neutro, y no utiliza las distintas jergas de los estereotipos mencionados, que han caracterizado el "humor a la tica".

De la pulpería al Minisuper

El Barrio, como todo barrio, tiene algunos espacios de sociabilidad que son claves para el desarrollo de la trama, ya que permiten la interacción de los distintos personajes. Nos referimos esencialmente al salón de belleza y al super del Nene.

Este último espacio ha evolucionado de la simple pulpería de barrio a un supermercado en miniatura, con el rimbombante nombre de Siglo XXI. No obstante su aparente transformación, el minisuper sigue cumpliendo la misma función de la pulpería de antaño: prestación de servicios, reunión de personas de distintas edades, comentario de noticias, de política y deportes, espacio de encuentros, de chistes y de chismes. El minisuper sustituye en pequeña proporción a lo que antes era la plaza de las ciudades y los pueblos, es decir, su centro. De igual modo que en la pulpería, en el mercado, y hoy en el minisuper, en la plaza era donde antes se reunían las gentes, donde realizaban sus intercambios, sus relaciones sociales y comerciales.

En este sentido, el minisuper, al igual que la plaza, no sólo permite la relación de los distintos personajes, sino que nos integra a un mundo esencialmente de consumo, elemento fundamental en la serie, y que -sin duda- refleja lo que hoy en día es uno de los rasgos constitutivos de nuestra sociedad.

El otro espacio de sociabilidad que El Barrio destaca es el salón de belleza. Este ofrece dos características fundamentales del mundo de la teleserie: en primera instancia y de manera evidente, la importancia de la belleza física en nuestra sociedad. Pero más relevante aún, el lugar que el programa otorga a la mujer como sujeto independiente, parte fundamental de un sistema de producción y cabeza del hogar. No es casual que Míriam, primera administradora del salón de belleza y uno de los personajes más importantes de la serie, sea una madre que cría sola a su hija. Uno de cada cinco hogares costarricenses tiene una mujer como cabeza de familia.

Y este es otro de los elementos interesantes de destacar en la teleserie: el concepto de familia. Si observamos con detalle en El Barrio, sólo Maruja y Edgar conforman lo que podríamos llamar una familia "modelo", es decir, padre, madre e hijos. No obstante esta estructura clásica, de nuevo es una mujer -Maruja- el sostén económico y emocional de la familia. Primero maestra y después directora de escuela, ella es el centro familiar, sobre todo si recordamos que Edgar, "El Cuervo", ha tenido problemas de alcoholismo, y su trabajo ha sido inestable.

El resto de las familias no son tampoco las que se proponen en la "sociedad ideal". Míriam, cuando vivía, y el Dr. Zaldívar, constituían una pareja de "segunda generación", ya que ambos llegan al matrimonio con hijos de relaciones anteriores. Doña Chayo, otro de los personajes claves, es una abuela, que educa a sus nietos sin ayuda de nadie. Katia, también mujer sola, vive una vida independiente y autosuficiente económicamente. Y en Raquel ya vislumbramos una futura empresaria, muy firme en sus ambiciones, que suponemos triunfará, con o sin su querido Manuel.

Aunque estos distintos tipos de "familias" no sean, como dijimos, las que nos venden los estereotipos de una vida perfecta, están más cercanas a la realidad que vive la Costa Rica de hoy. Por lo tanto, la teleserie refuerza modelos alternativos de relaciones y de comportamientos que no han sido valorados por la "sociedad ideal", pero que, valga la simplificación, están más cercanos de nuestra "sociedad real".


La pionera

¿Se acuerdan de Hay que casar a Marcela? Es justo recordar esta serie pionera de la televisión costarricense. Producida en 1978 por Ramón Coll, y dirigida y escrita por el fundador del Teatro del Angel Alejandro Sieveking, dicho programa se difundía también una vez por semana, con una duración de una hora. Se llegaron a presentar unos 20 capítulos, con gran éxito de teleaudiencia. Marcela era protagonizada por Eugenia Fuscaldo, la popular Auristela, que a partir de marzo volverá a la pantalla en La Pensión.


Microcosmos del país

El Barrio se constituye en microcosmos de la Costa Rica actual, y por ello, se pretende espejo de sus estructuras sociales, de sus conductas, de sus aspiraciones y deseos. Pero esta teleserie no sólo se pretende espejo pasivo, sino que propone soluciones concretas a problemas sociales, intentando tener una cierta injerencia en la resolución práctica de estos asuntos.

El Barrio ha abordado, mediante algunos de sus personajes, problemáticas como la del alcoholismo -en la situación de El Cuervo- o de la drogadicción -en el caso de Rolo-. La respuesta parece ser la misma: la solidaridad y comprensión de la gente cercana, de la familia, de los vecinos, y la tenacidad del afectado para comprender su problema, afrontarlo e intentar superarlo.

Por su parte, capítulos como "Ladrones" o "Bienvenida la basura" ponen en escena asuntos de actualidad: la seguridad ciudadana o el problema de la basura. Ante este tipo de cuestiones la teleserie propone valores como la solidaridad comunal, y los personajes individualistas -como doña Chayo- son vistos negativamente.

Actualmente, este espacio desarrolla una temática de interés general, y que muestra lo que la teleserie, en su totalidad, propone. Nos referimos a la posible desaparición del vecindario, ante la construcción de un complejo comercial.

El barrio -símbolo de nuestra identidad- está amenazado nada menos que por un mall -el término no puede ser más claro al evocar la creciente americanización del país y el desmedido consumismo-. La teleserie permite revisar nuestra propia identidad y su proceso de construcción o disolución. Tony y Manuel, los hijos de Maruja y Edgar, se enfrentan como dos diferentes visiones de mundo y de valores. Tony representa al barrio, a la tradición, el jugar futbol, las cosas sencillas; Manuel está del lado del dinero, del consumismo, y sus sueños se orientan claramente hacia los Estados Unidos.

El envés de la ficción

De igual modo, la teleserie no sólo funciona como un espejo de la realidad costarricense, sino que al ser justamente una producción nacional, tiene la capacidad de mirarse a sí misma, de evolucionar y crecer con nuestra propia cotidianidad, de dialogar con otras producciones audiovisuales, y, finalmente, de dar el salto al otro lado de la pantalla y entrar en la realidad.

Si es Navidad, El Barrio nos habla de la nochebuena. También en él han entrado otros programas nacionales, como el de Amelia Rueda y hemos visto la filmación de otros productos audiovisuales, justamente en los estudios Orosi, lugar donde se filma El Barrio. Y la teleserie da el salto fuera de la pantalla, al involucrar a telespectadores en concursos y juegos, como, por ejemplo, el certamen de argumentos "Recuerdos de mi barrio", que permitió a los productores de la serie recoger casi mil historias. El especial navideño que cerró el año 98, revelaba el doble juego de los actores, ya que se mostraban tal cual, como actores que representan a su vez, personajes, y llevaban regalos navideños, de los patrocinadores, a diferentes instituciones de ayuda social.

El consumo como identidad

Finalmente, es interesante referirnos a una de las críticas más importantes que se ha realizado a la serie: el exceso de publicidad dentro de la serie misma. Pablo Merino, Víctor Flury y recientemente Olga Picado y Mauricio Mayorga, han aludido a este rasgo del programa. Es cierto, muchas veces el guión es evidente en la inclusión de los productos de los patrocinadores. Claro está que lo óptimo sería que los mensajes publicitarios no estuvieran incluidos en el programa. Sin embargo, lo que nos interesa destacar es, cómo este "exceso de productos" es también un índice de nuestra identidad social.

Como señala el sociólogo argentino Néstor García Canclini, el consumo debe ser visto, ya no sólo como escenario de gastos inútiles, sino como lugar donde se organiza gran parte de la racionalidad económica, sociopolítica y psicológica en las sociedades. Hoy en día, las identidades se conforman cada vez más por el consumo: dependen de lo que uno posee o es capaz de llegar a apropiarse. Y en este sentido, El Barrio, con los productos que lo patrocinan, nos muestra un aspecto de la identidad de la clase media costarricense. Recordemos la ingeniosa transformación de la célebre frase del expresidente Julio María Sanguinetti cuando decía: "Donde hay un costarricense, esté donde esté, hay libertad", y que fue "adaptada" a otro de nuestros rasgos identitarios: "Donde hay un costarricense, esté donde esté, hay Salsa Lizano".

Hoy por hoy, no podemos negar que Salsa Lizano y productos Dos Pinos, son parte estructurante de nuestro entorno, tanto como el volcán Irazú y las playas del Coco. Así que, El Barrio, con su minisuper y su salón de belleza, con sus mujeres fuertes, con sus familias atípicas, con sus problemas y la solidaridad para resolverlos, con su barrio y el mall que lo amenaza, y también -¿por qué no?- con sus productos de consumo, se constituye en un microcosmos del país. No hay duda de que hoy las pantallas audiovisuales son el espejo sociocultural de una comunidad, y sirven para autoreconocerse y construir parte de la identidad individual e histórica de una nación.

Gracias a Oscar Castillo, quien tiene más de 25 años soñando en imágenes en movimiento, hoy nuestro país cuenta con las bases de una industria cinematográfica. Esperamos que por fin, aunque sigamos construyendo malls, logremos también entender la importancia del audiovisual, como parte constitutiva de la construcción de la historia y de la memoria de nuestro país n


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