TINTA FRESCA

De las ventajas de ser tonto

RODRIGO SOTO
Revista Dominical


Claro que no pretendo ser original ni decir algo nuevo al respecto, sino, más humildemente, compartir mi experiencia personal sobre el tema. La verdad es que estamos hartos de apologías de la inteligencia, y ya tenemos suficientes panegíricos del pensamiento asertivo, la inteligencia emocional, y no sé cuántas cosas más. Pero defensas apasionadas de la tontería, se han visto pocas últimamente.

La primera y principal, la más importante ventaja de ser un tonto, (de la que sin duda derivan las demás), es que uno no está obligado a demostrar constantemente lo inteligente que es. A menudo siento pena por las personas inteligentes, tan ocupadas siempre, tan afanosamente empeñadas en dejar constancia de su asombrosa lucidez. Cuando encuentro personas así, me pregunto qué harán en sus ratos de soledad, cómo se las arreglarán para soportar esos momentos en que no tienen ante sí una audiencia que aprecie su inteligencia y sagacidad. A veces imagino -pero de seguro es por lo tonto que soy -, que entonces les sobreviene una tristeza indomable, o incluso una depresión. Recordemos que las personas inteligentes no son como nosotros, y con sobrada justicia, necesitan que esto se reconozca y valore siempre.

Otra ventaja de ser tonto, es que si la conversación nos resulta aburrida, o simplemente no llega a interesarnos, nos podemos distraer sin ningún reparo. A veces, cuando se tratan los grandes temas de actualidad, me descubro mirando con fascinación los gestos, los guiños, las energías secretas que circulan bajo la conversación, pero totalmente desentendido del asunto que se discute. Les aseguro que es entretenido, aunque sea un indicador inequívoco de mi espectacular estupidez. Otras veces es un paisaje o un atardecer lo que captura mi atención, y aunque me pierda una conversación inteligente sobre algún tema importantísimo, me abandono a la contemplación y al disfrute de ese momento (¡Tonto que soy! ¡Como si no hubiera otro paisaje o más atardeceres!).

Una de las cosas que más me gusta de ser tonto, es que cuando no sé algo puedo preguntar. A diferencia de las personas inteligentes, los tontos no estamos obligados a saber nada, así que tenemos libertad para preguntar incluso las cosas más obvias, aquellas que todo el mundo tiene el deber de conocer. Igualmente, los tontos no estamos obligados a utilizar la jerga de moda ni a ser políticamente correctos. Soy tan tonto que a veces imagino que, en el fondo de su corazón, las personas inteligentes nos envidian esto. (Por ejemplo, cuando los tontos hablamos de la coyuntura, nos referimos a las rodillas o a los codos, y no a la situación del país, y si hablamos de nosotros mismos, difícilmente nos escucharán decir "los tontos y las tontas", pues es de sobra conocido que la tontería jamás ha hecho distingos de género.)

Otra ventaja importante de ser tonto, es que de entrada uno no tiene que respetar las jerarquías ni rendirle pleitesía a nadie, y si le apetece platicar con una niña, con un mendigo o con el guarda de la construcción de al lado, puede hacerlo, aunque por ello se pierda de la única-oportunidad-de-conocer-a-alguien (algún exponente de la última teoría para explicar y remediar el cáncer, la pobreza o la infelicidad.)

Aprecio mucho el que los tontos podamos cambiar el tema de la conversación en cualquier momento, dejándonos llevar por las asociaciones que se producen libremente en nuestra cabezota. En manos de un buen tonto, una conversación inteligente sobre economía puede transformarse en una charla sobre los colores del arcoiris; el más agudo intercambio de opiniones sobre política internacional, deriva en una conversación sobre papelotes o peces, y la discusión más informada sobre los últimos modelos de automóvil, pega un brinco inexplicable y termina en el sabor de las papayas y los mangos.

En defensa de los tontos debo decir que sólo nosotros nos sentimos en libertad de reir de nuestros frecuentes fallos, pifias y gapazos. Una manera segura de identificar a un tonto es que, aunque metes las tapas, quiero decir las patas, ríe de buena gana y no lo oculta ni lo trata de disimular, pues reconoce de antemano su propia tontería. (Las personas inteligentes no se equivocan nunca, y por ello sólo pueden reir de los yerros de los demás. ¡Pobres, no saben de lo que se pierden...!)

Para concluir esta modesta recapitulación de las ventajas de la tontería, sólo me resta elevar una enérgica protesta contra los impostores que, en cantidades alarmantes, inundan las calles. Aunque no exista un sello de marca ni una garantía, todos sabemos que no es lo mismo ser tonto de corazón y con el alma, que hacerse el tonto para jugar de listo, como tantos vivillos que andan por ahí. Así que ¡no se dejen engañar!


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