Tinta Fresca

Encrucijadas

Rodrigo Soto
La Nación


Tal vez, vos también has sentido algunas veces que lo que sos hoy, es el resultado de unas cuantas decisiones que has tomado en tu vida: irme de la casa o quedarme, ocultar la verdad o enfrentarla, decir lo que siento o callarlo, estudiar una cosa o la otra, aceptar el trabajo o rechazarlo, tener un hijo o no tenerlo... Desde esta perspectiva, la vida humana puede dividirse en dos tiempos totalmente distintos: uno, grande e intenso, en el que nos enfrentamos a esas encrucijadas y a las decisiones que ellas implican, y otro tiempo pequeño y ordinario, durante el cual las elecciones que hicimos se desarrollan o despliegan hasta sus últimas posibilidades (para colocarnos, probablemente, ante una nueva enrucijada...) Alguna vez leí que en uno de los pueblos nativos de Norteamérica se representa el tiempo como el cauce de un gran río, con sus rápidos, sus ensenadas, sus pozas donde todo se aletarga, y quizás también sus saltos, sus cascadas y sus remolinos... Esta forma de entender el tiempo me resulta mucho más acertada que la que nos lo presenta como algo continuo y uniforme, dividido, desde el inicio hasta el fin, en segmentos idénticos: segundos, minutos, días, años, siglos, etcétera.

Y es que la vida, entre otras cosas, es también eso: un espacio y un tiempo durante el cual experimentamos las consecuencias de nuestras decisiones. Pero no estamos solos, y nuestros destinos están entrelazados de manera indisoluble y profunda. Cada cosa que hacemos o dejamos de hacer, repercute en la vida de los que nos rodean, de la misma forma en que nuestra propia vida es, al menos en parte, el resultado o el efecto de lo que otros hicieron o dejaron de hacer... Creo que a esto es a lo que los hindúes llaman karma, y que la filosofía occidental se plantea, más bien, como un debate apasionado y profundo en torno a la libertad.

Reconozco la enorme influencia y el peso innegable que tienen sobre nosotros los valores de la época, el entorno familiar y social, la predisposición genética y tantas cosas más, pero defiendo que en alguna importante medida, tenemos en nuestras manos la posibilidad de liberarnos de esos condicionamientos. Somos responsables de nuestra vida, y renunciar a la libertad por cobardía, no nos exime de esta reponsabilidad. Y no hablo aquí solo de responsabilidad individual, sino de una suerte de responsabilidad universal: todos somos corresponsables de lo que nos sucede a todos (y desde luego incluyo aquí nuestra responsabilidad sobre otras formas de vida y el planeta...)

No solo la vida individual, sino también la colectiva, se enfrenta cada tanto con nudos y encrucijadas. La última gran encrucijada que enfrentó este país fue la de la guerra civil de 1948 -o más bien, la de sus causas-, y resulta claro que hoy estamos ante una de parecida importancia. ¿Cuáles son las atribuciones y funciones del Estado? ¿Cuánto estamos dispuestos a entregar para tener el derecho de exigir? ¿Cómo va a administrarse la cosa pública? ¿Quiénes van a hacerlo? ¿Hasta qué punto queremos y podemos seguir ais-lados? Etcétera. Si damos un paso más, todo indica que la humanidad misma, o al menos la civilización que hoy la domina, también enfrenta una encrucijada, la encrucijada ambiental: sabemos que, por el camino que vamos, no es posible continuar por mucho tiempo. ¿Por dónde iremos?

En las encrucijadas, debemos elegir sin saber con certeza cuáles serán las consecuencias de nuestras decisiones. Sospechamos -sí-, intuimos o entrevemos a dónde podrían conducirnos las alternativas que se nos ofrecen, pero con decepcionante frecuencia, confundimos nuestras fantasías, nuestros deseos y nuestros temores, con lo que supusimos que sucedería, y así, descubrimos que no hacíamos otra cosa que correr tras nuestros espejismos.

Sin embargo, ahí está la historia y la experiencia acumulada durante años o siglos -en el caso de la vida de los pueblos-, para ayudarnos a enfrentar esas encrucijadas y a tomar las decisiones con sabiduría, o al menos con mayores posibilidades de éxito. Desafortunadamente, en la inmensa mayoría de los casos somos incapaces de asumir las enseñanzas de la historia, ya sea por desconocimiento o porque carecemos del coraje para enfrentar sus lecciones, que no siempre son gratas. Pues somos hijos de la destructividad y del espíritu creador, del afán de dominación y del odio, tanto como del anhelo de libertad y del amor, y nuestras vidas están marcadas en lo más hondo por esta contradicción.

No obstante, más alto precio pagamos por negarnos a ver, por resistirnos a saber y por hacer como si no supiéramos, cuando es evidente que si no decidimos hoy, otros -la vida misma-, lo harán por nosotros mañana. Porque la realidad es implacable, y los mismos principios que gobiernan la naturaleza, rigen las acciones humanas. Si las ciencias se ocupan de conocer las causas y efectos en el mundo natural, la sabiduría es el arte o el don de conocer las causas y los efectos de nuestras acciones. Porque el futuro y el pasado están colocados frente a frente, y cada uno es el reflejo del otro. Entre ellos, en el medio, estamos nosotros, con la posibilidad modesta, pero real, de incidir en el curso de las cosas, de romper la ciega cadena de las causas y los efectos y de ser, en el sentido pleno y más alto de la palabra, humanos. Es evidente que muy pocas personas alcanzan a dominar este arte.


© 1999. LA NACION S.A. El contenido de La Nación Digital no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito de La Nación S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.co.cr