Historia

Voto con huella femenina

Ivannia Varela
La Nación

Hace exactamente 50 años se aprobó la reforma mediante la cual la mujer costarricense inició su incursión en las arenas políticas: el derecho al sufragio

Otorgado el voto femenino". Con ese titular de periódico, el pueblo costarricense de medio siglo atrás conoció una de las reformas más polémicas de la época. Por primera vez en la historia, el 20 de junio de 1949, los diputados que en aquel entonces conformaban la Asamblea Nacional Constituyente, dieron luz verde al ingreso oficial de las mujeres en las arenas políticas.

Desde ese momento esta población, cuyo escenario había estado confinado al hogar, tuvo la oportunidad de acudir a las urnas y decidir con respecto al porvenir de la Patria.

Pero el poder de elegir no fue producto de una simple concesión de los políticos, sino de una ardua y prolongada batalla, llena de avances, retrocesos y contradicciones.

Al menos así lo afirma la historiadora Eugenia Rodríguez, quien en los últimos años ha hurgado entre los archivos nacionales, periódicos y otra serie de documentos, para mostrar la visión de los costarricenses de antaño con respecto al sufragio femenino.

A paso lento

Aunque este derecho se instituyó en 1949, en el siglo XIX ya se había comenzado a preparar el terreno para que las mujeres tuvieran una mayor injerencia en la política.

En 1890, por ejemplo, el presidente de la República, José Joaquín Rodríguez, insistió en un discurso legislativo (sintetizado en el libro Las sufragistas, de Macarena Barahona) que "la mujer estaba dotada de iguales facultades y sentimientos que el hombre, y por lo tanto, era capaz de ejercer sus derechos".

Más tarde, entre 1910 y 1923, este tema adquirió relevancia en el marco de la efervescencia socio-política de la época y sobre todo, por el auge del movimiento feminista internacional, lo cual coincidió con la creación de la Liga Feminista costarricense, liderada por la primer abogada del país Angela Acuña, entre otras intelectuales, maestras y estudiantes.

Si bien es cierto que estas mujeres no contaron con el apoyo masivo de su género, con sus discursos a favor del voto para ambos sexos lograron estampar su huella en la mente de algunos intelectuales, diputados liberales y presidentes como Julio Acosta, Ricardo Jiménez y León Cortés, quienes con sus mensajes y proyectos abrieron, poco a poco, las puertas del debate.

En esa época, según apunta Rodríguez, el partido reformista y el movimiento obrero también aportaron su grano de arena al promover la participación de los sectores femeninos en sus distintas actividades.

Para la década de los 40 el asunto entró en ebullición y emergieron varios grupos reivindicativos, entre ellos la Alianza de Mujeres Costarricenses (del Bloque de Obreros y Campesinos, nuevo nombre del Partido Comunista), las Jornadas de Estudiantes y de las Mujeres del 15 de mayo de 1943, el Movimiento de las Mujeres del 2 de Agosto de 1947, la Unión de Mujeres del Pueblo (fundada en 1947 con seguidoras del Partido Vanguardia Popular) y todas las mujeres que participaron activamente en el conflicto bélico de 1948.

Discursos antagónicos

Sin embargo, esta lucha en pro del sufragio femenino tuvo sus férreos contrincantes, como los grupos conservadores, que consideraban que la participación política de la mujer era un símbolo de la degradación de los atributos propios de ese sexo.

La Iglesia, de acuerdo con un artículo publicado en La Epoca en enero de 1916, defendía una posición similar. Según las investigaciones de Rodríguez, para los clérigos el espacio exclusivo de la mujer era el hogar y por lo tanto, ella debía ser feliz con sus deberes domésticos.

La prensa de la época también atizó la hoguera contra el voto femenino al promocionar textos, debates y hasta caricaturas donde se hacía burla del nuevo papel del varón si sus compañeras adquirían el poder de elegir.

Tan sólida era esta visión de mundo que hasta las mismas integrantes de la Liga Femenina manejaban un doble discurso. Aunque por un lado aseguraban que las mujeres debían formar parte activa en el cambio social y político, por otro recalcaban el papel de madre que éstas debían desempeñar en todo momento.

Pese a toda esta carga ideológica, que dificultó la pronta aprobación del voto femenino, el debate legislativo dio un giro de 180 grados en cuestión de dos décadas.

Si se comparan las votaciones del Congreso de 1925 y 1949, esta afirmación cobra sentido. En el primer comicio, 24 diputados votaron en contra del sufragio femenino y sólo 15 le dieron el respaldo. Mientras tanto, en la segunda ocasión, se contabilizaron 33 votos a favor y ocho en contra.

Uno de los diputados promotores de la reforma fue Everardo Gómez, quien entre sus justificaciones argumentó: "La mujer es quien forma el carácter de los hijos y hace de ellos ciudadanos. A esa artífice, no puede la Patria negarle el derecho a elegir", según se lee en la publicación del 21 de junio de 1949 en el diario La Nación.

Su opinión fue secundada por otros legisladores, integrantes todos de la Asamblea Nacional Constituyente, entre los que se hallaban el expresidente Luis Alberto Monge Alvarez, Fernando Vargas Fernández, Luis Dobles Segreda, Alvaro Chacón Jinesta, Celso Gamboa Rodríguez y Rodrigo Facio Brenes.

No obstante, este nuevo discurso legislativo no significó que habían desaparecido las actitudes conservadoras o de recelo contra la participación de las mujeres en los procesos electorales.

Muestra de ello fue la posición del diputado Alvaro Pinto Echeverría durante el debate de la reforma: "Si bien existen mujeres, tan o más capaces que los hombres, también es cierto que no hay en el mundo nada más sucio que la política y que no deben las mujeres ser ensuciadas...Veremos que con la medida que se pretende tomar este día se acrecentarán los pleitos y los divorcios...", fueron algunas de sus palabras.

Pero entonces, ¿por qué se aprobó el sufragio femenino? A juicio de la historiadora Rodríguez, la estrategia de los distintos partidos políticos por fortalecer su poder y ampliar el número de electores fueron los verdaderos detonantes del cambio, en una época en la que las alianzas inciertas, las contradicciones y las confrontaciones eran la tónica cotidiana.

Los primeros votos

Una vez en vigencia, las mujeres costarricenses se acercaron por primera vez a las urnas electorales un año después de haberse aprobado la reforma.

Se trató de un plebiscito convocado por el gobierno de Otilio Ulate, en el cual los vecinos de las comunidades de La Tigra y La Fortuna debían decidir si pertenecerían a San Ramón o a San Carlos.

La primera mujer en ejercer el derecho al sufragio, en aquella oportunidad, fue Bernarda Vásquez Méndez, de 31 años, seguida por Amelia Alfaro Rojas.

Tal acontecimiento acaparó la atención de los medios de comunicación de entonces, pues según los registros, estaban inscritos en el padrón electoral 426 hombres y 349 mujeres, las cuales, además de encargarse de la logística de las mesas receptoras, por primera vez plasmarían su huella digital en una papeleta.

Las mujeres volvieron a hacer uso de su nuevo derecho en 1953, cuando se realizaron las elecciones nacionales en las que José María Figueres Ferrer resultó elegido como presidente de la República.

Para aquella fecha, las organizaciones feministas aplaudieron el nombramiento de las tres primeras diputadas: María Teresa Obregón, Ana Rosa Chacón y Estela Quesada, todas ellas candidatas del Partido Liberación Nacional.

Y es que con la oportunidad de acceso al sufragio que se les abrió en 1949, las mujeres conquistaron no sólo su derecho a elegir, sino el de ser electas. "Sin embargo, después de medio siglo de esta reforma, la lucha por lograr la igualdad real en la política, incrementar las cuotas y modificar las percepciones machistas no da tregua", afirma Rodríguez.

Las últimas estadísticas del Tribunal Supremo de Elecciones así lo confirman. En los comicios de febrero de 1998, sólo 11 mujeres lograron una curul en la Asamblea Legislativa, a pesar de que la mitad del padrón electoral lo conforma el sector femenino.

Emblema de un derecho

La lluviosa mañana del domingo 20 de junio de 1950 pervive en la memoria de Bernarda Vásquez, una ramonense de corazón que ese día se convirtió en la primer mujer costarricense en ejercer el derecho al sufragio.

A sus lúcidos 81 años recuerda que el gobierno había convocado a los vecinos de La Tigra y de La Fortuna a un plebiscito para decidir la adscripción geográfica de ambas comunidades, entre San Ramón y San Carlos.

Como buena cocinera, a ella le correspondió preparar el arroz con pollo, la carne de cerdo y el chompipe con que se alimentaría a los participantes. Por eso llegó desde la madrugada al centro de votación y ante la sugerencia de Francisco "Chico" Orlich -quien se desempeñaba como fiscal y años después ocuparía la presidencia de la República- se dirigió a emitir su voto antes de que lo hicieran el resto de las mujeres de su pueblo.

"Voté en 30 segundos y con la fe de que La Tigra seguiría perteneciendo a San Ramón. Estaba muy preocupada porque el arroz que dejé cocinando se me podía quemar", rememora esta afable mujer.

En su modesta casa alquilada en La Tigra y, a pesar de disfrutar de una pensión de tan sólo ¢8.500, doña Bernarda cree ciegamente que el voto femenino democratizó la política y que desde entonces, muchas mujeres han demostrado su capacidad en este campo.

"Antes de morirme desearía ver una mujer en la Presidencia. Si para las próximas elecciones no puedo votar por alguna, preferiría no votar, porque los hombres siempre nos viven engañado", sentencia.

Colaboró: Carlos Hernández, corresponsal de La Nación.


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