PERSONAJES

Colonizadores de fe

Yuri Lorena Jiménez
Revista Dominical

Hace 40 años, los sacerdotes alemanes Bernardo Drüg y Bernardo Koch se internaron para siempre en las montañas de Talamanca. Su historia es una insólita hazaña de fe

Uno frisa los 90 años; el más joven ya pasó de 70. Sin embargo, los "Padres Bernardos" siguen siendo robles inclaudicables, primero en su fe, y luego en todo lo demás: en su fortaleza física, en su claridad mental, en la sabiduría que desbordan sus enérgicas palabras.

Su mundo está lleno de contradicciones... al menos para el foráneo que intenta traspasar sus murallas. Pero en Amubri, Talamanca, ellos constituyen una institución total, algo así como un vínculo indisoluble con lo que fue, lo que es y lo que serán ese y todos los demás poblados indígenas de la región.

Las paradojas que los rodean, ciertamente, se limitan al ojo ajeno. Ni los Bernardos ni los indígenas conciben la vida los unos sin los otros. Incluso ya los veteranos curas muestran con orgullo los nichos en que descansarán eternamente, ubicados junto al templo que ellos mismos construyeron y al lado de los principales patriarcas indígenas, aunque se apuran a aclarar que ni por asomo están pensando en morirse todavía.

¿Qué pudo motivar a estos hombres a "enterrarse en vida" cuando pudieron optar por las comodidades que les ofrecía su Alemania primermundista? ¿Qué los hizo renunciar a sus más íntimos lazos familiares para inmiscuirse en un mundo ajeno? ¿De dónde emergió la fortaleza con la que tomaron las riendas de la evangelización en una región inhóspita que por años los obligó a realizar caminatas entre ocho horas y tres días?

"Yo no entiendo a la gente, y menos a ustedes, los periodistas. ¿Por qué quieren un reportaje de alguien que sólo cumple con su deber en la vida? La diferencia no la marcamos los que cumplimos, la marcan los que no cumplen", sentenció frontal pero amablemente Bernardito, como bautizó el mismo pueblo al más joven de los dos sacerdotes "para diferenciarlo del Bernardo mayor".

Después de llegar a Limón, arribar a Bribri y más tarde a Suretka, atravesar el río Telire y ascender el escarpado camino hasta Amubri, las primeras palabras del sacerdote (inevitablemente teñidas de acento germano) parecieron lapidar el incipiente reportaje.

Sin embargo, el "Padre de la avioneta" –como también se le conoce en toda la zona—finalmente accedió a narrar su historia, siempre y cuando pudiéramos esperar a que regresara de Limón. Ante las muestras de perplejidad se apresuró a aclarar que solo tardaría 18 minutos en llegar allá, pues desde hace 20 años Bernardito pilotea una pequeña y pintona avioneta amarilla que también forma parte de las excentricidades de este par de religiosos. Gracias a ella le han salvado la vida a decenas de indígenas.

Cómplices del desarrollo

Amubri es un poblado aún enmontañado, pero el caserío, la calle principal de lastre, las pulperías, la iglesia, los dispensarios de salud, servicios de agua y electricidad, un teléfono público administrado y hasta una emisora de radio, lo convierten en una de las villas más desarrolladas de Talamanca.

Aunque ellos no lo dicen, la gente del pueblo asegura que sin su guía y ayuda habría sido imposible que ese nivel de desarrollo tuviera su montaña.

Los Bernardos viven en una vieja casona de dos plantas que apenas cuenta con las comodidades mínimas y está a unos 50 metros de la escuela del lugar. Aún se arremangan la camisa, si es del caso, para colaborar en actividades comunales. Viajan a las comunidades con ropa informal, pero el atuendo de misa siempre los acompaña en un salveque.

Cuando ambos se establecieron en Amubri –Bernardito en 1963 y Bernardo en 1965—era común verlos romper el esquema de selva verde y las fisonomías indígenas con sus pálidos rostros y sus blancas ropas, pero no sólo con sus biblias bajo el brazo: incontables veces lo que cargaban era un niño, una mujer y hasta un hombre.

Y es que nada más llegar, estos hombrones se convirtieron en líderes ante las emergencias; así los enfermos graves normalmente iban a parar donde ellos, y de ahí los sacaban en caballo o a pie hasta el río Telire. Ellos mismos se encargaban de conseguir el bote y en muchos casos de llevarlo hasta el otro lado del río, y de ahí hasta el centro de salud u hospital más cercano, según la gravedad.

Por supuesto, a pesar de su entrega, no todas las emergencias tuvieron final feliz.

Muchos años atrás era impensable contar con un vehículo en la zona, no solo por la situación económica de los sacerdotes, sino porque no habría tenido por donde transitar. Cuando se empezaron a abrir las primeras trochas, la sede alemana de la Misión de San Vicente de Paúl (su congregación) les proporcionó un carro, y con su ayuda se pudieron amilanar muchas de las emergencias, pero aún así seguía siendo grande el número de mordidos de culebra y "macheteados" que morían por falta de atención inmediata. Por eso se las arreglaron para conseguir la avioneta.

Sin remilgos

Mientras Bernardito regresaba de Limón para la entrevista prometida, llegó el turno de convencer a Bernardo el grande.

Estaba sentado tras un escritorio, con una familia indígena enfrente. Vestido de blanco impecable y dueño de una barba nebulosa y eterna que evoca las imágenes del bíblico Moisés, terminó de atender a sus visitantes y escuchó con actitud severa el motivo de la visita.

El no tuvo reparos en contar cómo había salido a los 20 años de un pueblo cercano a Colonia, Alemania, en 1938; ni los tuvo para reconocer que a partir de entonces su espíritu aventurero se fundió con su fe católica y por eso vino a parar a Talamanca, ni tampoco para afirmar sin amargura pero sí con bravura que lástima el esfuerzo hecho durante tantos años para que ahora "todo se lo estuviera llevando el diablo".

El sacerdote no escatima reprimendas para una sociedad indígena que considera bastante apática para seguir la religión pero sí muy proclive a "empacharse con chicha o guarapo (un licor de caña muy fuerte)".

Su resentimiento tiene asidero: los dos Bernardos han caminado tanto en las últimas décadas que afirman "haberle dado la vuelta al mundo un montón de veces, en cuanto a kilómetros recorridos".

La memoria colectiva de los indígenas los recuerda viajando por Katsy, Durulpe, Bocorén, Yorkín, Bambú, Chase, Suretka, Gavilán Canta, Sibojú, San Miguel, San Vicente y Mojoncito. Para llegar a estas tres últimas comunidades a veces las caminatas se extendían hasta por tres días, tomándose apenas unas cuantas horas para dormir en la noche y a la intemperie.

Pero ellos no sólo se multiplicaban y se esforzaban para dar misas y ofrecer evangelización a las familias: gran parte de su lucha estaba dirigida a establecer –así lloviera y tronara—horarios fijos para que los chiquitos de las escuelas no perdieran la clase de religión.

Por eso el padre Bernardo ahora critica férreamente "la vagabundería" de algunos maestros asignados a la zona, quienes, según el sacerdote, sólo ingresan en las comunidades si hay un vehículo disponible que los lleve hasta las escuelas.

También dice que tiene que afinar el olfato para saber quién está en necesidad real y quién les pide ayuda "por sinvergüenzada".

"Aquí uno conoce a todas las familias, pero aún así, a veces lo engañan." Como si sus palabras fueran proféticas, segundos después entró un niño de unos seis años que tenía un buen rato de rondar la casona.

Le pidió ¿500, según dijo, para comprarse un fresco. "¿Un fresco? Un fresco no vale ¿500, tome ¿100, pero compre pan porque lo otro no le llena la panza, ¡no sea baboso!"

El arrugado billete no le duró ni 100 metros al chiquillo: sin mucho esfuerzo pudimos ver al papá salir de su escondite (al mejor estilo de los chulos en el centro de San José) y quitarle la dádiva del padre.

Esa es otra dura crítica que ahora blande el sacerdote. "Los indígenas han sufrido mucho por el abandono y la opresión, pero ahora muchos pasaron de ofendidos a sinvergüenzas. Sin embargo siempre recuerdo la anécdota de un misionero en la India que le negó alimento a una mujer. Luego, cuando salió, la encontró muerta de hambre en un desagüe. Así que prefiero que me ‘agarren de chancho’ antes que cometer una injusticia".

Con todo, los Bernardos aseguran haber elegido el camino correcto. Sus quejas y regaños se asemejan a las que esbozan los padres sobre los hijos descarriados, porque sienten –y se les nota—que sus vecinos y ellos son una familia común.

Ellos no fueron los primeros vicentinos en llegar a Talamanca: durante el siglo pasado ya habían venido algunos misioneros, pero no fue sino hasta 1963 cuando se instauraron formalmente, con la llegada primero de Bernardo Koch (el más joven) y dos años después, de Bernardo Drüg, quien antes había estado una década en San Isidro de El General y otra en Limón centro.

Cuenta el padre Bernardo que no le tomó mucho tiempo aprender el español. Lo habla perfecto, excepto por el sesgo que le dejó su lengua materna, pero él afirma en broma que ahora, después de 60 años en el país, se le olvidó buena parte del alemán y entonces habla mal español, mal alemán, mal latín y mal francés. Lo que intentó aprender sin éxito fue bribri, pues asegura que es más difícil que cualquier otra lengua. Eso sí, durante años tuvo que invertir tres días por semana para aprenderse de memoria los sermones que ofrecería en la misa del domingo siguiente, hasta que sus superiores le indicaron que siguiera oficiando en español, pues el tiempo que perdía memorizando lo podía emplear en aumentar su obra social.

En 60 años ha visitado su patria en apenas 4 ocasiones, y asegura que no piensa volver. "Ya no conozco a nadie, todos mis parientes cercanos ya murieron y mi país ya no es el de antes. Allá me siento como un extraño", asegura el sacerdote, que está a dos años de cumplir los 90.

La primera vez que salió de su casa rumbo a Costa Rica fue la última que vio a su madre. Pocos años después, aún con la Segunda Guerra en apogeo, le avisaron que ella había muerto de cáncer, justo en los días en que su pueblo se había convertido en un campo de batalla entre alemanes y estadounidenses. Para enterrarla los ejércitos hicieron una breve tregua y permitieron que cuatro personas asistieran al funeral.

Irónicamente, Bernardo supo de la muerte de su madre por el capellán del ejército norteamericano, quien se enteró de que la alemana fallecida tenía un hijo misionero en Costa Rica.

Por su parte Bernardito, quien se integró a la entrevista a su regreso de Limón, va cada tres años a Alemania a conseguir financiamiento para sus obras filantrópicas en Talamanca. Bernardo es tico desde hace muchos años, pero Bernardito afirma que nunca ha estado dentro de sus planes renunciar a su nacionalidad, porque él se considera ciudadano del mundo y no le interesan las fronteras.

Ambos están pensionados, pero siguen trabajando con el mismo afán que antes. Sólo que ahora Bernardo el grande tiene un severo problema en sus rodillas (asegura que por haber abusado de sus huesos en las largas caminatas). Apoyado en dos sólidos bastones, camina lento pero seguro: sigue trabajando desde las 5 de la madrugada, ofreciendo orientación y oficiando misas, incluso fuera de Amubri. Y nunca se acuesta antes de las 10, pues aprovecha todo el tiempo que puede en lecturas de interés, entre las que sobresale la revista Time.

Ni qué decir del hiperactivo Bernardito. Hace años lideró la construcción del templo, pieza por pieza, ya que además de aviador es soldador y electricista. Como dice Bernardo el grande: "¡este hombre lo único que no hace son chiquitos!".

La despedida pareció generarles un gran alivio, sobre todo a Bernardito, que aunque siempre estuvo con la risa a flor de labios, mantuvo patente con su actitud la frase con la que nos recibió: "La Biblia dice que lo que haga tu mano derecha, que no lo sepa la izquierda..."


"Los Padres de la avioneta"

A los sacerdotes se les ndilgó este mote desde que, hace 20 años, su intrepidez los llevó a conseguir y pilotear su propia avioneta.

Un día, hace más de 20 años, los Bernardos tuvieron que auxiliar a una chiquita indígena que llegó muy grave a causa de una mordedura de serpiente. El padre Bernardito se las arregló para pedir una avioneta con su equipo de radioaficionado, como lo hacía cuando calculaba que de otra forma un herido de gravedad no llegaría vivo al hospital.

Pese a que le prometieron que la aeronave llegaría pronto, Bernardito tuvo que esperar durante horas, impotente ante el dolor y la gravedad de la chiquita. Este hecho les azotó el corazón, y como su consigna parece ser que "nada es imposible", empezaron a gestionar la donación de la avioneta por parte de su congregación en Alemania.

Siendo un adolescente, Bernardito había recibido entrenamiento básico para pilotear planeadores (en aquel momento era candidato a formar parte del ejército de su país). Cuando la respuesta desde Alemania fue positiva, el sacerdote se matriculó en clases de aviación en el Tobías Bolaños y en poco tiempo estaba convertido en un piloto con todas las de la ley.

Y como dicen en el pueblo, con él se debe haber graduado Dios como copiloto, porque ha sufrido más de un percance y siempre ha salido vivo como de milagro.

Son muchos los que se han llevado su buen susto junto al intrépido sacerdote. Bernardo el grande recuerda bien el día que iban rumbo a San José pero se perdieron. Tampoco consiguieron comunicarse por radio, así que cuando se percataron estaban sobre una línea costera, sólo que al otro extremo de Limón... ¡sobrevolaban Golfito!

Algo parecido, sólo que aún peor, le ocurrió volando a solas y, para colmo, de noche. Ese día se perdió durante media hora, al cabo de la cual emergió por fin de entre las nubes para enterarse de que estaba encima de ciudad Panamá. Cuando apareció, fue como si hubiera resucitado, pues ya el padre Bernardo y los demás en el pueblo estaban esperando la noticia fatal.

Los accidentes también han sobrado, hubo una ocasión incluso en que la avioneta no logró alzar vuelo y cayó sobre la playa. Quedó prácticamente inservible, pero de nuevo el polifacético sacerdote, con alguna ayuda del exterior, logró repararla y dejarla como nueva.

Ver a Bernardito con 71 años preparándose para alzar vuelo es todo un espectáculo... o quizá es más bien una lección. El húmedo bochorno en que normalmente está envuelta la zona de Talamanca no mina sus fuerzas para nada: hasta saca el avión hasta la pista "empujado", con la única ayuda de Procopio Blanco, un indígena que se convirtió en su mano derecha desde hace 30 años.

A los pocos minutos se perdió en el horizonte. Unas cuatro horas más tarde el inconfundible ruido de la aeronave anunciaría su regreso, pero sólo el equipo de La Nación levantó la vista. Los indígenas que circulaban por el pueblo ni siquiera se inmutaron, pues para ellos la presencia de los Bernardos y el ir y venir de su avioneta son tan cotidianos como el verdor del paisaje y los rostros aindiados que pululan por doquier.


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