TINTA FRESCA

Guatemala en el corazón

Rodrigo Soto
La Nación


Primero tenés que imaginarte un volcán alto y azulado. Después, tenés que multiplicarlo por diez, y sembrar entre lagos y ríos. Tenés que imaginar una selva ancha, profunda y espesa que se derrama por los costados, hacia las tierras bajas que llegan hasta el mar. Cuando pintés los pueblos y caseríos, tenés que imaginarlo todo de un increíble colorido: azules, verdes, rojos, naranjas, amarillos... Cada color más intenso y vivo que el anterior. Son los trajes de los indígenas mayas, los mercados de los indígenas, las iglesias de los indígenas. Ellos hablan lenguas sonoras desde su mismo nombre, hablan el Mam, el Cackchiquel y el Kek'chí. Son campesinos y trabajan duro la tierra. Y son pobres, mucho más pobres que vos y yo. (Pobres, tal vez, como los indios de aquí.) Los tienen bien jodidos. Durante siglos, ser indígena ha sido como una maldición. Por eso, ni los indígenas quieren ser indígenas, y muchos se cambian de nombre y se van a la ciudad.

Allá por 1944 hubo una especie de revolución. Una revolución parecida a la de aquí. (Por si no lo sabías, fue el gobierno de Guatemala el que facilitó a don Pepe Figueres las armas con que hizo su revolución). Pero el mundo se enfilaba hacia una guerra más grande, a la que ridículamente llamaron "fría", entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El gobierno de Guatemala había expropiado tierras a las compañías bananeras estadounidenses y a los grandes hacendados del país, para repartirlas entre los indígenas y los campesinos. Eso puso tan nerviosos a los gringos, que le encomendaron a la Agencia Central de Inteligencia que derrocara al gobierno del país. Resultó más fácil de lo previsto, y en 1954 un gobierno militar y fanático tomó el poder. Con el respaldo de los Estados Unidos, organizaron un ejército más fuerte, poderoso e influyente que el que nunca habían tenido. Después de todo, habían triunfado y no estaban dispuestos a dejarse arrebatar nada.

Tras unos años de desconcierto, lamentos y exilio, los perdedores se empezaron a reorganizar. Buscaron apoyo en la recién triunfante revolución cubana, que feliz de la vida y henchida de compinchismo revolucionario, los ayudó con armas, entrenamiento y mil cosas más. Así nacieron las guerrillas.

Para los sucesivos gobiernos de corte militar, cualquier opositor era un enemigo. Así, asesinaron sin chistar a sindicalistas, a líderes estudiantiles, a políticos e intelectuales de la oposición. La tortura y la intimidación, las desapariciones forzadas y los asesinatos, se convirtieron en cosa de todos los días. Por su parte, las guerrillas se acercaron a las ciudades y organizaron secuestros, asesinatos y atentados dinamiteros.

Con el triunfo sandinista en Nicaragua y el crecimiento de la insurgencia en El Salvador, los militares guatemaltecos y sus patronos, los grandes empresarios y finqueros, se sintieron de nuevo amenazados. Un general y fanático religioso, convertido en Presidente por un golpe de suerte militar, llegó a la conclusión de que la única forma de acabar con la guerrilla era exterminando a los indígenas, pues ese era el caldo de cultivo de la insurgencia. Con la "brillante" estrategia de quitarle el agua al pez, dirigió el aparato militar del Estado contra los indígenas, en una especie de guerra de exterminio.

Cuesta imaginarlo. Cuesta creerlo. Cuesta escribirlo. Los soldados, en su mayoría indígenas ellos mismos, tomaban por asalto las aldeas y asesinaban a hombres, mujeres, ancianos y niños. Todo el horror, la crueldad y el sadismo de que los seres humanos somos capaces (que como sabemos, es muchísimo), encontró salida y expresión ahí. Aviones, helicópteros, morteros y metralla se dirigían contra las aldeas y caseríos como si fueran fortalezas de un ejército enemigo. Hasta los sacerdotes que denunciaban lo que ocurría, eran asesinados o desaparecidos.

Fueron 626 masacres. Seiscientas veintiséis masacres. Esos crímenes fueron cometidos en su inmensa mayoría por el Ejército de Guatemala. A ver qué hacen con esa vergüenza, con esa horrible responsabilidad. La comisión del Esclarecimiento Histórico, que rindió recientemente su Informe, le atribuye al Ejército de Guatemala la autoría del 93 por ciento de las violaciones a los derechos humanos documentadas, mientras los insurgentes cometieron un 3 por ciento de las mismas, a menudo enjuiciamientos de sus propios miembros. Según el mismo Informe, durante esos horribles años el genocidio llegó a ser una política de estado en Guatemala. En un esfuerzo por encontrar las razones para que esto pudiera ocurrir, mencionan el profundo racismo sobre el que se construyó históricamente la sociedad guatemalteca. La Comisión estima que durante los 34 años que duró la guerra, murieron alrededor de 200.000 personas. Doscientos mil hombres, mujeres, ancianos y niños.

Tal vez en Guatemala, como ocurrió en Sudáfrica tras la caída del régimen del Apartheid, se reconozca al fin la dignidad y la entereza moral y espiritual de quienes sufrieron toda esta crueldad, y lo que es más importante, se empiecen a sentar las bases para una convivencia menos grotesca e injusta. Rigoberta Menchú declaró hace poco que aún no había podido perdonar, ni sabría cuándo lograría hacerlo. Otros, como la señora Otilia Lux de Cotí, quien fuera integrante de la Comisión, afirman haber perdonado a los asesinos de sus hijos, de sus padres y de sus hermanos. ¡Cuánta fuerza y coraje ha de necesitarse para lograr esto!

Sobre todo cuando en Guatemala, como en los demás países del continente, los gobernantes pretenden lograr la reconciliación sin pasar por la justicia, es decir, sin que los autores intelectuales y materiales de todos estos crímenes y atrocidades, comparezcan ante la justicia y respondan por lo que ordenaron o hicieron. Y lo que es peor, sin que las causas más profundas que condujeron a la tragedia, sean remediadas ni desaparezcan.

Si te cuento estas cosas es porque desde niño llevo a Guatemala en el corazón. Y porque creo que todos los pueblos, hasta los que presumen de más civilizados o más ricos, guardan en su interior una inmensa, una terrible capacidad de crueldad y destrucción. Basta un resbalón, un parpadeo. Y la caja de Pandora se abrió.


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