Crónica

MAZURCA para dos pueblos

Gerardo Bolaños G.
La Nación

Para repasar más de cien años de relaciones entre Rusia y Costa Rica, nada mejor que el coctel de despedida que se ofreció recientemente en honor al embajador Vladímir Kazimírov.

Cuando sintió que la emoción se iba a asomar por los ojos, Vladímir N. Kazimírov propuso un brindis al estilo ruso y apuró la copa de vodka de un solo trago. Las lágrimas podían aflorar ahora si quisieran. Si alguien se diera cuenta, las atribuiría a la fuerte bebida natal y no al coro de afectos costarricenses que se manifestaba delante de él en ese fresco mediodía josefino del 28 de octubre pasado.

--¡Davrosnia!-- dijo con la melosa pronunciación de los nacidos en Moscú, pero la voz no se le quebró.

Una de las cosas que Kazimírov había aprendido en la Escuela Diplomática Superior del Ministerio de Relaciones Exteriores de la antigua Unión Soviética era saber mantener la sangre fría.

Esa capacidad le había sido muy útil desde 1954 cuando hizo sus pininos en la diplomacia al lado de Yuri Andropov en la embajada soviética en Hungría, el mismo Andropov que ayudaría a aplastar el levantamiento magiar de 1956, que presidiría la KGB a partir de 1967 y que --durante escasos 15 meses antes de su muerte en 1984-- manejaría los destinos de la URSS como sucesor de Leonid Brezhnev y antecesor de Mijail Gorbachov.

La sangre fría le había ayudado a Kazimírov a salir ileso de una emboscada mientras negociaba un arreglo político del conflicto entre Armenia y Azerbaiján por la provincia de Nagorno-Karabaj, que había sumido a los dos países en una sangrienta lucha de 1988 a 1994.

La sangre fría le permitió también sobrevivir la guerra de nervios con amenazas de bombas, culebras y alacranes que marcó los comienzos de su gestión como primer embajador de la antigua Unión Soviética en Costa Rica al comienzo de los años 70.

Entonces, ¿cómo no iba a sobrevivir, sin mayor daño y por segunda vez, una cariñosa despedida tica en la lujosa residencia de Lomas de Ayarco Sur que Kazimírov había adquirido 28 años atrás?

--¡Davrosnia!-- dijeron los invitados. Los que no sabían ruso exclamaron: ¡Salud!

Fernando Berrocal, primer embajador tico residente en Moscú había abierto los inesperados fuegos de la despedida con elogios sobre las habilidades diplomáticas y el don de gentes de Kazimírov.

Intervino después el ingeniero Rodolfo Silva, quien recordó que en diciembre de 1971 el presidente José Figueres pidió la opinión del gabinete, uno a uno, sobre la reanudación de relaciones con la URSS, y prevaleció la tesis de que Costa Rica ya era "un país grandecito" que no debía tener miedo a la contaminación ideológica.

"Yo quería oírlos antes, aunque ya había tomado la decisión de tener relaciones", dijo don Pepe al concluir dos horas de debate.

Recién desempacado de sus conferencias en Cambridge, Rodolfo Cerdas, hijo de un respetado líder comunista nacional, formuló sin barroquismos un oportuno cumplido a la esposa de Kazimírov, Lidia Kazimírova, quien dio dos hijos a aquella estrella ascendente de la diplomacia soviética y lo acompañó a otros exóticos, intrigantes y tórridos destinos como Brasil, Venezuela y Angola.

Luego, con voz estentórea y movimiento de aspas de las manos, el exdiputado Christian Tattenbach le dijo que, más que embajador en Costa Rica de la desaparecida Unión Soviética de 1971 a 1975, y de la compleja Federación de Rusia de 1996 a 1999, Kazimírov había sido "representante de la Rusia Eterna".

Desde el siglo pasado

Costa Rica buscó alternar con aquella nación desde 1870. En mayo de ese año, el historiador y abogado Lorenzo Montúfar, ministro de Relaciones Exteriores del presidente provisional Bruno Carranza --médico y polémico editor de periódicos--, despachó dos cartas a Rusia. Una iba dirigida a su colega Alexander Gorchakov y en esta le informaba sobre la instalación del efímero gobierno de Carranza. La otra tenía como destinatario al emperador Alexander II.

Montúfar, de origen guatemalteco, tenía experiencia diplomática pues había ocupado a mediados de siglo la cartera de Relaciones en la administración de Juan Rafael Mora, pero ambas misivas quedaron sin respuesta. Dos años más tarde Montúfar vuelve a la carga, esta vez como ministro del general guanacasteco Tomás Guardia Gutiérrez, hombre fuerte que dominó a Costa Rica por casi 12 años y desterró a sus enemigos, pero abolió la pena de muerte.

Entonces, el 1° de agosto de 1872, Alexander II, emperador y monarca absoluto de todas las Rusias, zar de Astraján, zar de Polonia, zar de Siberia, zar de Georgia, soberano de Pskov, Gran Duque de Smolensk, Lituania, Finlandia, heredero de Noruega, y decenas de títulos más que ocupaban una de las tres páginas de su respuesta manuscrita, decidió dirigirse a "Nuestro Gran Noble Amigo Señor Presidente de la República de Costa Rica".

Fechada en Livadia, la carta lacrada llega varias semanas después a las emocionadas manos de Montúfar y de Guardia, quien sentía gran atracción por Europa. La firma corresponde a un hombre de rigurosa formación militar, que accedió al trono en 1855 durante la guerra de Crimea y fue muy temido por la severidad con que aplastó la insurrección polaca de 1863.

Su récord era impresionante para nuestro limitado dictador, aunque en ese momento el hijo de Nicolás I todavía no había extendido el imperio ruso a los Cáucasos ni a Asia Central, ni había derrotado a Turquía, ni había liberado a Bulgaria, acciones que realizó en los nueve años posteriores a la carta dirigida a Guardia. Alexander II coleccionó muchos enemigos y sobrevivió a varios atentados, menos el de una bomba que lo hizo volar en pedazos en 1881 en su natal San Petersburgo.

Pero todavía en 1872, siguiendo la usanza diplomática y el convencimiento religioso de la época, el emperador le pide al Todopoderoso que ponga a Costa Rica bajo su Santa Protección. Con tal invocación termina este intercambio de misivas considerado por algunos estudiosos como un acto de reconocimiento recíproco entre ambos estados.

Sin embargo, habrían de pasar cien largos años antes de que Kazímirov, un hombre corpulento, entonces de pelo negrísimo engominado hacia atrás, de vivaces ojos azules y molares de oro puro, pusiera el 2 de febrero de 1972 en manos del presidente José Figueres Ferrer sus cartas credenciales y un mensaje protocolario de Nicolás Podgorny, presidente del Presídium del Soviet Supremo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En las fotos de la ceremonia es evidente la satisfacción del estudioso y pragmático Gonzalo Facio Segreda, excombatiente y ministro de Relaciones Exteriores de Figueres, actual embajador de Costa Rica en México. A su lado aparece José Luis Cardona Kooper, fallecido jefe de Protocolo y el primero en estrecharle la mano a Kazimírov en el aeropuerto a su llegada de Moscú el 24 de enero de 1972.

Cartas van y vienen

Lo que más abunda al principio del siglo transcurrido antes de aquella ceremonia es el intercambio de cartas entre emperadores rusos y presidentes ticos informándose recíprocamente de que están en el poder y haciendo votos de prosperidad.

Así, Guardia, quien todavía está en el cargo en 1881, recibe un mensaje de Alexander III, quien sucede a su asesinado padre y luego trata de desarticular sus políticas de modernización, persigue a los judíos, promueve el uso del idioma ruso y las tradiciones de la iglesia ortodoxa.

De paso se hará también de muchos enemigos sin puntería y muere de muerte natural. Pero antes, Alexander III envía mensajes en 1882 a Próspero Fernández, excombatiente de la batalla de Rivas; a Bernardo Soto, quien subió al poder en 1885 con solo 31 años de edad; a José Joaquín Rodríguez en 1890 antes de que este cerrara el Congreso, y a quien Alexander III le vuelve a escribir en 1894, poco antes de fallecer plácidamente y dejar en el trono a su hijo Nicolás II.

Este se lo comunica a Rafael Iglesias, iniciador de los trabajos del ferrocarril al Pacífico y padrino del colón como moneda nacional, y cuando lo reeligen en 1898 recibe otra carta del zar. Finalmente, en respuesta a una misiva de Alfredo González Flores, quien llega al poder gracias a un pacto entre partidos, Nicolas II envía una de las últimas felicitaciones imperiales a Costa Rica, antes de que Rusia entre en una espiral de violencia que culminará con su abdicación el 17 de marzo de 1917 durante la Revolución y su muerte al año siguiente, en Yekayerinburgo, junto a toda su familia, a manos de los Guardas Rojos.

Pocos días después, el 11 de abril, Federico Tinoco, exministro de Guerra de González Flores, a quien ha derrocado en enero, cree prudente informar al Jefe del Gobierno Provisional de Rusia, G. E. Lvov, de que ha tomado el poder.

Cartas van y cartas vienen pero no es sino hasta la víspera de la Primera Guerra Mundial que Manuel María de Peralta, adelantado de todas las iniciativas diplomáticas costarricenses en Europa desde la capital francesa, logra el consentimiento ruso para establecer un consulado en San Petersburgo. Un ucase del emperador Nicolás II autoriza el 23 de julio de 1912 a Moritz Borisovich Berstein para que se desempeñe como cónsul honorario de Costa Rica. Berstein se impuso como objetivos generar relaciones comerciales y explorar una posible migración rusa hacia Costa Rica, pero la transición del imperio al socialismo, y la apatía costarricense dificultaron sus gestiones.

Después del triunfo de la Revolución de Octubre se impone la ignorancia, la estudiada indiferencia o el temor. En el Congreso de Costa Rica el exsacerdote, diputado y general Jorge Volio, herido en Nicaragua luchando contra la ocupación norteamericana, mociona en favor de las relaciones de Costa Rica con el nuevo estado. Pero el ministro de Relaciones Exteriores, Rafael Castro Quesada, descarta en 1928 en nombre del ejecutivo la posible vinculación con la URSS.

Relaciones formales

La amenaza del fascismo, sin embargo, acerca lentamente a ambos países. El expresidente Ricardo Jiménez envía saludos de Año Nuevo al pueblo soviético a fines de 1941. En enero de 1942, Costa Rica firma el llamado Compromiso de las Naciones Unidas a la par de la Unión Soviética, lo que para los soviéticos constituye el mojón jurídico de nuestras relaciones. Al año siguiente se forma en el Teatro Nacional en San José un "Comité de Amigos de la Unión Soviética", en el que figura Enrique Benavides --más tarde sería de los enemigos más acérrimos del comunismo--.

Finalmente, el 8 de mayo de 1944, la URSS y Costa Rica deciden establecer relaciones formalmente. Los embajadores Konstantín Umansky y Carlos Jinesta intercambian notas para ese efecto en la ciudad de México, mientras que en San José, Rafael Ángel Calderón Guardia le ceñía ese mismo día la banda presidencial a Teodoro Picado.

Las conversaciones para el establecimiento de relaciones diplomáticas habían echado a andar en abril de 1944 bajo los buenos oficios del gobierno de México, pero la idea venía de más atrás. En febrero de 1943 los soviéticos vieron con buenos ojos un telegrama de felicitación de Calderón Guardia con motivo del Día del Ejército Rojo, en el que saludaba en nombre de los costarricenses las victorias de las tropas soviéticas contra Hitler.

Costa Rica, como otras veces en su historia, se apoyó en la generosidad de México y pidió el consentimiento de ese gobierno para que su embajador en la URSS, Luis D. Quintanilla, fuera nombrado Ministro Plenipotenciario de Costa Rica en Moscú. A Konstantin Umansky, por su parte, le recargan Costa Rica como "embajador concurrente" . Él hace preparativos para venir al país a principios de 1945, presentar las cartas credenciales a Picado y dejar un encargado de negocios al frente de los asuntos soviéticos en San José.

Se congela el ímpetu

Pero Umansky ni siquiera sale de México. Él, su esposa, tres diplomáticos de la embajada soviética en México y cuatro pilotos de la Fuerza Aérea Mexicana perecen en un accidente cuando el avión está a punto de despegar. En la prensa norteamericana circulan rumores de que Umansky, exembajador en Washington y propiciador de un acercamiento entre la URSS y Estados Unidos, había sido víctima de un complot del Kremlin, o de seguidores de León Trotski, el enemigo de Stalin que había sido asesinado en 1940 con un picahielo en la ciudad de México.

Jinesta Muñoz, quien tenía planeado acompañar a Umansky, se salva de morir con él. Un telegrama de última hora del canciller Julio Acosta le indica que permanezca en México para recibir al vicepresidente del Congreso de Costa Rica, Francisco Fonseca Chamier.

La muerte de Umansky congela el ímpetu al tiempo que Costa Rica entra en una época de desconcierto político. Habría que esperar casi 30 años más para que Figueres y Kazimírov se sienten a tomar una taza de café, el producto con cuya venta masiva y consecuente prosperidad fiscal, Figueres esperaba silenciar a los adversarios de la decisión de establecer relaciones con la URSS.

El propio Figueres fue un posible factor de retardamiento. El 4 de junio de 1948, poco después de concluida la Guerra Civil, la Junta Provisional que él presidía dispone "no establecer relaciones con Rusia", aunque estas ya habían sido acordadas cuatro años atrás, y pone en la ilegalidad constitucional por varios años a Vanguardia Popular, uno de los partidos comunistas más antiguos del mundo.

Pero el intercambio comienza a activarse una década después con los primeros estudiantes que viajan becados a la URSS, la apertura de una corresponsalía de la agencia de noticias TASS, visitas abiertas de parlamentarios costarricenses a Moscú en el fragor de la Guerra Fría y visitas casi secretas de delegaciones comerciales cuando se iniciaba la distensión. Finalmente, el realismo político de Figueres y de asesores cercanos se impone desde el comienzo de su polémica tercera administración, que se verá marcada por la tensión con los Estados Unidos por el caso Vesco.

Epílogos

A finales de noviembre de 1997, el canciller Evgueny Primakov (quien luego sería Primer Ministro), tras firmas varios acuerdos de cooperación en San José con su homólogo Fernando Naranjo, se sumerge en las cálidas aguas de Punta Leona y comparte un opíparo almuerzo de langostas con Kasimírov.

Casi dos años después, el 21 de setiembre de 1999 en Nueva York, los ministros de Relaciones Exteriores de la Federación de Rusia y de Costa Rica firmaron una Declaración de Principios en la que se comprometen como "estados amigos" a cooperar en una variedad de esferas de interés nacional e internacional.

Kazimírov, arquitecto de ese prolijo acercamiento, canoso ya pero enérgico a sus 70 años, tomó el domingo 7 de noviembre el avión que lo llevaría a su retiro en Moscú, capital de la inmensa e impredecible Federación de Rusia. Iba satisfecho de haber contribuido a eliminar "las anomalías históricas en el conocimiento recíproco" y de que las relaciones entre Rusia y Costa Rica formen parte de la política nacional en ambos países.

Cuando la azafata llegó hasta su asiento, Kasimírov, diplomático de la moderación y bebedor moderado, pidió un vodka y lo apuró a la usanza rusa.

--Davrosnia-- dijo lentamente para sus adentros.




ANECDÓTICA

En una oportunidad el embajador Kazimírov le preguntó a don Pepe por qué los costarricenses tienen expresiones peyorativas con respecto a otras nacionalidades, como por ejemplo hacerse el ruso. Don Pepe contestó: "Ustedes son peores: no nos toman en cuenta ni para insultarnos".

Un día llamaron a la embajada soviética cuando tenía sus oficinas cerca del Instituto Goethe para avisar que cinco minutos después estallaría una bomba. A pesar de la amenaza, el personal decidió permanecer en el edificio. Como no nadie salió, volvieron a llamar para decir: "Bueno, les damos media hora más".

"José María Figueres era poco protocolario. Aceptó mis cartas credenciales, ahora como embajador de Rusia, en la noche del domingo 22 de septiembre de 1996, en su casa de habitación. Su padre me había regalado una botella de jerez que me acompañó durante más de 20 años. Fue lo primero que empaqué en Moscú antes de regresar a Costa Rica. Tenía miedo de que por el paso del tiempo el jerez estuviera avinagrado. Pero sabía bien, y esa noche los presentes nos tomamos toda la botella. "

El excanciller ruso Evgueny Primakov mostró curiosidad cuando este le manifestó que se sentiría ampliamente halagado si pudiera regresar a Costa Rica como embajador. "¿Qué se le olvidó en Costa Rica, Vladímir? le preguntó Primakov con una sonrisa. Este dijo no tener una respuesta racional, sino emocional: "Me gusta mucho el clima de vida de ese país". Evgueny, quien podría ser candidato a la presidencia de la Federación de Rusia en las elecciones del año 2.000, visitó Costa Rica en 1997 y a Kazimírov le tocó recibirlo.


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