Tinta fresca

Tío Tigre Diputado

Rodrigo Soto



Pues resulta que un buen día, después de una sequía en la que pasó hambres, a Tío Tigre le dio por meterse en política. "Si seré soplas", se dijo. "¿Cómo no se me había ocurrido esto antes?" Fue a la tienda de la Cucarachita Mandinga y se compró el traje más elegante que encontró.

– Hombre, Tío Tigre, ¿de cuándo acá usted tan catrineado? –lo piropeó la Cucarachita cuando salió del vestidor–. ¿Es que hay alguna tigresa peligrosa rondando?

– ¡Qué va, Cucarachita – se sinceró Tío Tigre. –Ya estoy viejo para eso. Fíjese que más bien quiero meterme en política–. Se le encendió el bombillo y se propuso conseguir el voto de la Cucarachita. –A propósito, Cucarachita, después de lo de Ratón Pérez usted quedó medio fregada, ¿verdad?–

La Cucarachita no se reponía de la pérdida. Suspiró profundo y se le escurrió un lagrimón.

–¡Ay, don Tigre, si supiera!– respondió como pudo. La idea de que Tío Tigre fuera diputado la impulsó a decirle "don"–. Usted sabe lo rápidos que son los ratones. Doce g,ilas me dejó el difunto. ¡ImagíneseÖ!

– Ya me figuraba yo. Mire, si llego a diputado, me comprometo a conseguirle una pensioncita... No mucho, pero al menos algo para que se ayudeÖ

Desde ese día, la Cucarachita se convirtió en la más fosforona seguidora de Tío Tigre. Él aprendió rápido, y a los chacalines del río les ofreció lluvia en el verano; a Tía Tortuga, un caparazón más hermoso, liviano y resistente; a Tía Culebra, unas cejas grandes y redondas como anteojos de sol. El otro candidato era Tío Coyote; acongojado por su desplome en las encuestas, agarró volados y comenzó a prometer lo primero que se le ocurrió. En medio del burunbum, sólo Tío Conejo se mantenía alejado, rascando pensativamente sus largos bigotes. Llegó el día de las votaciones, y como todos esperaban, Tío Tigre arrasó. Nunca se lo vio tan feliz y sonriente como en el desfile de celebración.

Pero no es lo mismo verla venir que tenerla adentro, perdón, quiero decir enfrente, porque una cosa era Tío Tigre candidato, sonriente y simpaticón, y otra muy distinta Tío Tigre diputado, siempre atareado con problemas diz que muy importantes. Hasta se molestaba si en la calle alguien le preguntaba por "el asuntico aquel, ¿recuerda?, del que conversamos hace unos mesesÖ" De una vez lo mandaba a entenderse con alguno de sus asesores o asistentes, que crecían como hongos a su alrededor.

En realidad, Tío Tigre andaba ocupadísimo dándose las grandes hartadas del ollón que le habían encomendado. Cada noche, se escurría hasta allá y pellizcaba tamaño poco. Así, por más sequía que hubo ese año, Tío Tigre se mantuvo saludable y pochotón. En las siguientes elecciones, todos le cobraban su descaro y su cáscara, y para darle una lección, eligieron diputado a Tío Coyote. Pero las cosas no cambiaron mucho –¿qué digo mucho?–, no cambiaron nada, pues Tío Coyote resultó igual de olvidadizo y de goloso que Tío Tigre, y lo mismo que él, estaba más interesado en llenar su hermosa timba, que en atender los asuntillos de los otros.

Muchos animales no votaron en las siguientes elecciones. Viendo su negocio en peligro, Tío Tigre y Tío Coyote se juntaron. "¡Ay, mi compadre!", se lamentaba Tío Tigre, "¿Y ahora qué hacemos?" Y Tío Coyote sólo acataba a responder: "¡Qué vaina! ¿verdad?" Pidieron consejo a sabios zorros y a zopilotes viejos, quienes inventaron la manera de que los animales volvieran a caer. Contrataron a los pericos y a las loras para que repitieran a toda hora que la única forma de evitar los robos, era nombrando dos diputados a la vez, pues se vigilarían el uno al otro. ¿Y van a creerme ustedes que en el bosque todos se tragaron el cuento?

Para la siguiente votación, Tío Coyote y Tío Tigre no prometieron remediar las cuitas de cada quién, y más bien invitaron a los animales a participar en la solución de los enredos comunes. Y participación para arriba y participación para abajo. Tío Conejo se rascaba los bigotes y pensaba: "Por la boca muere el pez, y este par de jetones aquí se jodieronÖ"

Después de las elecciones, Tío Tigre y Tío Coyote no veían el momento de darse la gran hartada. Tío Conejo, que ya la venía venir, mandó con Tía Paloma recado a Raimundo y a todo el mundo, para que esa noche se juntaran alrededor de la olla. Ni lerdos ni perezosos, Tía Tortuga, Tía Culebra, Tía Venada, la Cucarachita Mandinga con todo y su marimba de chiquillos, y hasta el angurriento de Tío Lagarto, se arrimaron a la olla para participar en la repartición. "¡Ah, no! Un momentico", se defendió Tío Tigre como gato panza arriba. "Una cosa es participar y otra repartir; si no, aquí se va a armar un semerendo relajo". Y su compadre: "Nada de eso. Nosotros sabemos lo que es bueno para ustedes, y también lo que es bueno para nosotrosÖ".

Pero ya todos estaban curados de espantos, y no hubo forma de que les creyeran el cuento. Según dicen, esa vez se armó tamaño alboroto, y a Tío Coyote y a Tío Tigre no les quedó de otra que compartir el tamal. Pero ellos no tienen un pelo de tontos, y ya andan cavilando con qué van a salir la próxima vez.

Y me meto por un huequito y me salgo por otro, para que ustedes me cuenten otro.


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