Tinta Fresca: Rodrigo Soto

¡Feliz siglo XXI!



Me encantaría estrenar el siglo con unas palabras simples, inspiradas y luminosas, que reafirmen nuestra esperanza de que podemos ser mejores, y que el siglo que iniciaserá menos destructivo y sangriento que el que dejamos atrás. Pero esa sencilla tarea (escribir unas palabras simples, inspiradas y luminosas) por momentos me parece imposible. ¿Será que hemos ido tan lejos en el camino del cinismo, que toda forma de esperanza nos resulta a estas alturas ingenua o, peor aún, ridícula? ¿O será más bien que la certeza de que los seres humanos somos y, probablemente, seremos siempre los mismos, nos arrebata la ilusión de cambios milagrosos y repentinos?

Sea como sea, confieso la sorpresa que me produce mi escepticismo. Tras unos días de darle vueltas al asunto, me digo que tal vez no sea tan mala una dosis de escepticismo. Es más: tal vez sea sana y hasta necesaria para mantenernos con los pies en la tierra. Y aquí me digo: yo quería escribir sobre la esperanza y termino haciéndolo sobre el escepticismo... ¿Por qué será?

Tal vez la esperanza y el escepticismo no son tan distantes ni tan enemigos como nos parecen en principio. Tal vez se balancean y contrapesan uno al otro, y la abundancia de uno de ellos en ausencia del otro nos lleva a un callejón sin salida o directo al abismo.

Hace poco, vi una película que retrataba a una sociedad que había perdido la esperanza, y el resultado era desolador, pues lo que se mostraba con claridad es que cuando perdemos la esperanza todo nos da lo mismo, y nos resulta indiferente vivir o morir, crear o destruir, odiar o amar. En una sociedad que pierde la esperanza todos somos enemigos. En cierta forma, la esperanza es lo que nos mantiene unidos (como personas y como sociedad); es lo que nos da coherencia y hace comprensibles nuestros actos, proyectándonos hacia el futuro y hacia los demás.

Pero una sociedad que pierde el escepticismo, también corre peligro. Así nos lo demuestran los grandes proyectos utópicos del siglo pasado que pretendían cambiarlo todo. Suponer que podemos borrar la historia de un plumazo o que podemos saltar olímpicamente sobre ella para empezar de nuevo es también un juego peligroso y una ingenuidad. La única forma eficaz de superar el pasado es la que nos propone adentrarnos en él para comprenderlo y, en un ejercicio de libertad, reafirmar lo que deseamos conservar y transformar lo que nos hiere o nos pesa. Esta tarea por lo general es dolorosa, y está llena de rodeos, avances y retrocesos más que de saltos definitivos o rupturas espectaculares.

Volviendo a lo nuestro, diría entonces que nada ni nadie nos librará por arte de magia de la herencia de horror, violencia y destrucción que nos legó el siglo XX, y sin embargo, debemos guardar la esperanza de que el siglo que empieza puede ser mejor... (y conste que digo "puede ser" y no "será"). Pero esto, a su vez, nos obliga a preguntarnos: ¿mejor en qué sentido?

Y aquí no oirás -al menos no de mi parte-, otra alabanza a las maravillas de la tecnología. No oirás de mi parte -repito-, otra aburrida, necia, ciega, interminable letanía sobre la bondad y la maravilla de las máquinas que fabrican y nos venden los países más ricos y poderosos. Sabemos de sobra que las máquinas serán mejores, pero también sabemos que mejores máquinas no garantizan un mundo mejor. Creer a estas alturas que las computadoras, la Internet, la medicina o las bombas nucleares garantizan ellas mismas un mundo más humano, me parece una ingenuidad, cuando no un acto puro de maldad o una estupidez.

No. Si cabe alguna esperanza de que el siglo que comienza sea mejor no será por las máquinas que se construyan, sino por la modesta -muy modesta, pero efectiva y real- capacidad que tenemos los humanos de transformarnos, de darnos forma por medio de la cultura -es decir, por medio del trabajo, del conocimiento, de las creencias y valores, de las leyes y también de las ciencias, las artes y las técnicas-. En dos platos: si cabe alguna esperanza de que el siglo que empieza sea mejor, no será por las máquinas que se construyan, sino por nuestra capacidad de humanizarnos.

Tenemos derecho a la esperanza -casi diría, tenemos la obligación de la esperanza-, pero eso no nos da derecho a suponer que el éxito de la empresa humana está asegurado. Pues en definitiva, nosotros somos nuestra esperanza. Somos nuestra única esperanza. De ahí mi fe. De ahí mi escepticismo.

¡Feliz siglo XXI!


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