Personaje

El otoño del patriarca

Yuri Lorena Jiménez

Ni siquiera la muerte pudo derrotar el ímpetu de Ricardo Neily, quien con 400 hectáreas de montaña dio origen al pujante pueblo de Ciudad Neily. Esta es la historia de un gran hombre, de esos que la naturaleza y los siglos prodigan a cuentagotas

Ciudad Neily se siente huérfana. El año arrancó con luto en la zona sur, pues el primer día de enero falleció, a sus 87 años, don Ricardo Neily, fundador, forjador y benefactor de ese pueblo, que hace medio siglo era un desolado paraje.

Aunque parezca increíble, la historia de Ciudad Neily arrancó un día cualquiera, allá por 1946, gracias a una simple corazonada. El mismo don Ricardo contó su historia a La Nación en 1996, durante varias tardes calurosas en que desgranó recuerdos plácidamente, sabedor de que gestas como la suya surgen excepcionalmente en el tiempo y en el mundo.

Así fue como emergió una de sus imágenes favoritas. En medio del sofocante calor y una exuberante vegetación, Ricardo Neily bajó del motocar que lo traía de Golfito, en aquel tiempo un pequeño pueblo nacido alrededor del enclave bananero. Había decidido acompañar al jefe político en un recorrido por el Valle de Coto, que pronto iba a ser habilitado por la Compañía Bananera para ampliar la siembra.

Sacó un pañuelo, limpió el sudor de su frente y se dispuso a contemplar el vasto terreno, casi virgen, que llenaba el horizonte en cualquier dirección.

Tenía 37 años de edad y, pese a su juventud, su pasado había soportado ya los tempraneros embates de algunas derrotas. Pero como solo puede perder quien tiene el valor de arriesgar, don Ricardo optó por confiar en su visión de futuro y en su capacidad de trabajo.

Por eso aquel aciago día, más de medio siglo atrás, Ricardo Neily decidió obedecer a su presentimiento ñque para la mayoría era un acto de locurañ y se entregó en cuerpo y alma a construir lo que primero sería una villa y luego un pueblo que, al ritmo de los últimos 25 años, se convirtió en una boyante ciudad con vida propia.

Quizá para algunos es difícil concebir la magnitud de la obra de don Ricardo, pues al transitar por las calles asfaltadas, pasar en frente de los prósperos comercios y observar a miles de estudiantes escolares, colegiales y universitarios, cuesta pensar que apenas unos años antes aquellas mismas calles eran una desolada finca.

Ni el más optimista habría apostado por un desarrollo tan grande, ni tan apresurado. Pero Ricardo Neily sí. Forjando su amada ciudad dejó el esfuerzo de sus mejores años, pero también tuvo la satisfacción de poder observar su obra, esa que trascenderá su reciente muerte, pues hasta eso previó don Ricardo: conformó una fundación de beneficencia que se encargará de administrar un fideicomiso para seguir ayudando a los pobladores de Ciudad Neily que más lo necesitan.

Aunque nació en el otro extremo del mundo, adoptó la nacionalidad costarricense y agradeció con creces a este país la hospitalidad que le dio.

A punta de hombría y dinero propio, adoptó aquel pedazo de montaña para convertirlo en un importante punto estratégico y comercial.

De la nada

Rashid Neily Job vio la luz en el Líbano un 15 de junio de 1912. Era una época difícil en su tierra. Su padre murió cuando él estaba muy pequeño, por lo que su madre tuvo que hacerse cargo de él y sus hermanos. Siendo apenas un adolescente, el espíritu aventurero primó sobre sus estudios escolares y decidió cruzar el océano en un viaje que pretendía ser un simple paseo. Hizo escalas en suntuosas capitales como París, pero no lo sedujo ningún lugar hasta que un buen día de 1928, con 17 años cumplidos, desembarcó en Puerto Limón, donde radicaba un tío suyo que había cruzado el Atlántico años atrás.

Lo primero que hizo fue "traducir" su nombre: ya no se llamaría Rashid, sino Ricardo. Luego, sin saber una sola palabra de español, empezó a vender alimentos en las inmediaciones del mercado limonense. Poco a poco empezó a familiarizarse con la cultura del tico, con su idioma y con el ambiente.

A los dos años de estar en el país, ya había logrado instalar una pequeña venta de abarrotes en aquella provincia, y había aprendido a leer y escribir perfectamente el español. Fue cuando se percató de que tenía una gran facilidad para los negocios y el comercio. Poco después se mudó a la capital, donde adquirió experiencia en la tienda de telas de un pariente y así, seis meses después, optó por independizarse e iniciar su primer gran proyecto, que también sería su primer gran tropiezo.

Abrió una tienda en San Ramón, pero pese al éxito inicial, su manía de hacer fiestas en las que "tiraba la casa por la ventana" y su costumbre de vender mercadería "fiada" a todo el que se lo pidiera ñla mayoría, cuentas incobrablesñ, lo llevaron a la quiebra.

De esa época recordaba con especial cariño las amistades que cultivó en la ciudad poeta, especialmente con don Francisco Chico Orlich, quien después fue Presidente de la República, y a don Antonio Figueres Ferrer, hermano de don Pepe.

Después de su fracaso en San Ramón decidió ir a aventurar a la zona sur, pues sabía que la Compañía Bananera estaba contratando muchos trabajadores, lo que le podría asegurar una buena clientela en caso de establecer algún negocio.

Llegó a Golfito solo con la ropa que llevaba puesta, lo que le quedaba de mercadería y unos cuantos colones para mantenerse por algunos días.

Durante semanas sufrió hambre y humillaciones, pero lejos de vencerlo, estas situaciones fortalecieron su carácter y gestaron su compromiso con los más necesitados.

Invirtió lo último que le quedaba en un viejo hotel donde dormían los agentes viajeros que llegaban a la zona. Al poco tiempo, el local estaba totalmente remozado, había comprado una rockola en San José y abrió el primer salón de baile de la zona. El negocio tuvo éxito y más tarde don Ricardo adquirió una pulpería de abarrotes y un hotel con bar incluido, frente a la línea del ferrocarril.

Estaba en una época de bonanza. Luego tuvo otra fuerte recaída económica, pero con su espíritu inquebrantable volvió a levantarse y, con él, a su adorada comunidad.

Designios del corazón

Cuando la compañía bananera decidió expandirse hacia el Valle de Coto, por la famosa corazonada que nunca pudo explicarse, don Ricardo le pidió permiso al jefe político de Golfito para acompañarlo en una rutina de inspección a la zona. Lo que encontró cuando el motocar llegó a su destino fue un inmenso lote de tierras: 400 desoladas hectáreas que pertenecían al hacendado Juan Navarro. Sin un plan específico, pero siempre siguiendo su instinto, don Ricardo ofreció comprarle el terreno a Navarro. Después de un estira y encoge, el monto final quedó en ¢9.000.

Con la firma de aquel traspaso, hace exactamente 55 años, habría de iniciar una nueva era de desarrollo para la zona sur: nada más y nada menos que el nacimiento de una ciudad. Su fundador erigió el camino y el ejemplo con jornadas laborales de 18 y hasta 20 horas, durante años.

Al final recogió la cosecha con creces: ni en sus más atrevidas utopías imaginó que su sueño se cristalizaría con tal éxito, pero además tuvo tiempo de saborear el gusto de haber fundado, desarrollado y fortalecido a una población repleta de nombres y apellidos que agradecen al unísono la visión ñsí, esa que muchos llamaron locurañ que tuvo este hombre para darle vida al pueblo, y su desprendimiento para fortalecerlo.




Don Ricardo, el hombre

Mesurado, culto, sincero y respetuoso. Humilde, enemigo de las poses adoptadas, del monopolio y, sobre todo, de la costumbre de figurar. Objeto de decenas de homenajes provenientes de su pueblo y del resto del país, don Ricardo los recibió con una humildad rayana en la incomodidad, pues era de esos hombres que se cohíben ante las alabanzas y prefería disfrutar sus logros en silencio, a veces, en secreto.

Su mayor placer se centró siempre en compartir conversaciones inteligentes con amigos verdaderos, ojalá al calor de la que fue durante casi toda su vida su bebida favorita: el whisky. Nunca, sin embargo, se le vio pasado de tragos o con el carácter exacerbado por el alcohol.

No se esmeró por los lujos, pero su pasión era viajar. Guardaba entrañables recuerdos no solo de los países recorridos, sino también de las amistades cultivadas en esos periplos.

Afrontaba la idea de su muerte como una situación natural y relativamente cercana. Por ello afirmaba sin ambages que, su único deseo póstumo, era que Ciudad Neily siguiera desarrollándose, pero siempre con buenos márgenes de oportunidad para quienes, como él, empezaron desde cero.

Entre sus colaboradores más cercanos aún resuenan los regaños del patrón cuando hacían las compras de la casa en los supermercados grandes. "Hay que ayudarle al que está comenzando. Aquí nadie debe venir a perder plata", decía con su español aún teñido de libanés.

Nunca se casó y tampoco dejó descendencia. Al menos, no de sangre, porque es un hecho que en Ciudad Neily miles de personas se consideran sus hijos adoptivos.


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