Tinta fresca

Carta a Doña Karen Mogensen

Rodrigo Soto



Dinamarca, 1926 - Montezuma, 1994)

Estimada doña Karen:

Espero que se encuentre muy bien en su mundo de sombras, y que no haga mucho frío. Tal vez se le concedió la oportunidad de reencarnar en uno de esos monos a los que usted tanto admiraba y quería, o tal vez reencarnó en uno de esos magníficos pochotes con vista a las brillantes aguas del Pacífico. Ojalá así sea. Eso sí, espero que ese mono o ese pochote tengan la suerte de sobrevivir al saqueo y a la destrucción que imperan por todas partes. Y si la reencarnación no existe, ni modo. Sepa que aquí la recordamos con cariño.

Hace poco vi la película que filmaron sobre su vida. No se imagina la cantidad de idioteces y burradas que decían. Era lamentable. La convertían a usted en una heroína de Hollywood, ridícula hasta donde no más. Y más patética aún, era la caricatura que hacían del país, de Guanacaste y tantas cosas que usted amó. Es lo malo del cine. En su afán por gustar y ganar dinero, terminan haciendo cada porquería. Pero no hablemos de esas cosas.

Le escribo para saludarla y para mantenerme en contacto con usted. La verdad es que la necesito. Necesitamos gente como usted: con su lucidez, su sencillez, su humildad. Gente capaz de estar tranquila, de estar en paz. Gente que pueda sonreír a cualquiera, y darle la bienvenida a los extranjeros y a los desconocidos. Y sobre todo, gente capaz de amar intensamente la naturaleza y todo lo que vive. Según el Libro de los hebreos, los seres humanos fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, pero creo que esto debe interpretarse. Ya que los seres humanos somos sólo una figura en el mosaico de la vida, es ese mosaico, en su totalidad danzante, el que debe verse como imagen de Dios, ¿no es así?

Es fácil sucumbir a la tentación de aislarse. Cuando uno se da cuenta de lo perdidos y equivocados que andamos, el primer impulso es "arrancar a huir", como decía un campesino-jardinero de mi infancia. Me parece que, en cierta forma, eso hicieron usted y su marido cuando vinieron a dar a este país. Sin embargo, no se quedaron encerrados en ustedes mismos. Primero se esforzaron para crear la Reserva de Cabo Blanco, y después se involucraron en la creación del Parque Nacional de Corcovado, por lo cual asesinaron a su marido. Su generosidad para con la gente del pueblo de Montezuma, y el hecho de que al morir, donara sus tierras al Estado costarricense, me dice que a pesar de todo, usted jamás perdió la esperanza.

Es probable que este verano vaya a Montezuma. Hace años no voy por allá. Según supe, desde que usted donó su finca ya no se permite acampar junto al arroyo de Piedra Colorada. Supongo que esa prohibición era necesaria. Cada vez somos más, y si de veras queremos proteger algo, debemos protegerlo de nosotros mismos. ¿No le parece esto una paradoja, una ironía?

En Piedra Colorada pasé largas temporadas con algunos de mis amigos. En el esplendor de la noche, bajo el cielo salvajemente estrellado, me sentí insignificante pero al mismo tiempo dichoso. Es curioso, ¿verdad? Uno supondría que sentirse ínfimo nos debería de hacer infelices, pero bajo un cielo como ese, al compás de las olas y transportado por el murmullo del arroyo, es inevitable, y tal vez imposible, no sentirse dichoso. Tal vez sea la plenitud de sentir que a pesar de todo –incluso de nosotros mismos–, somos parte de la danza del Cosmos, y tenemos un lugar aquí.

Espero que no la perturben mis palabras, y si me lo permite, me gustaría escribirle de vez en cuando, si tengo la necesidad.

Me despido con afecto,

R. Soto de la Lluvia


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