Tinta fresca

Los nuevos viejos

Rodrigo Soto



Hasta hace poco, creía que había una sola manera de envejecer: uno se encorvaba, se arrugaba, comenzaba a hacer trencito, se hacía dulce e inofensivo o majadero y amargado, chochaba, y luego –en algún momento–, estiraba solemnemente la pata. De esa forma recuerdo a mis dos abuelas –una murió en los 70; la otra en los 80–, y a doña Chela, una anciana de trenzas grises y piel geológica, que mendigaba pan añejo en el barrio donde me crié. De alguna forma, era como si los viejos, encarnando la historia, fuesen expulsados de ella, pues siempre eran idénticos.

Ahora entiendo que esto no es así, pues cada generación tiene un sello particular, y esto es igualmente cierto durante la vejez. En otras palabras, cada generación ha de inventar su manera de envejecer. Lo digo por quienes fueron jóvenes en los años 60, y hoy están prontos a estrenar su tarjeta de "Ciudadanos de Oro"Ö

A partir de los años 60, "ser joven" implica comulgar con una serie de referentes culturales y tecnológicos, así como de valores estéticos, que diferencian a cada grupo generacional de los demás. El asunto toca de manera especial al mundo urbano, pero más de la mitad de la población del planeta vive hoy en las ciudades. Desde entonces, las sucesivas generaciones se contraponen con creciente nitidez, hasta rozar en el antagonismo. Si a inicios del siglo XX las dificultades de comprensión podían manifestarse entre padres e hijos, al finalizar este, 10 ó 15 años de diferencia a menudo significan un abismo.

Esto ha dado pie a un verdadero festín de los mercadotécnicos que, ni lerdos ni perezosos, se dedican a exacerbar las diferencias entre los grupos generacionales para comerciar con ellas. Así, la psicodelia de los 70 regresó depurada y "de marca" en los años 90, y los aires punk de los 80, prometen un rentable retorno a inicios del nuevo sigloÖ Sin dejar de lado el triunfante retorno del conservadurismo en gran parte de las juventudes recientes. Todos estamos muy pendientes de los vaivenes de las últimas generaciones, pero nadie repara en los nuevos viejos.

Si por la víspera se saca el día, me parece que quienes fueron jóvenes en los años 60, aún se aferran a los espejismos de su juventud, como sobrevivientes de un naufragio. No los culpo, pues la fascinación, el endiosamiento y la majadería de esta época con la juventud son tales, que no es fácil admitir que ya no se tienen 20 años. Pero hay cierto patetismo en quienes a sus 70 pretenden comportarse como si el tiempo no hubiese pasado. Puedo admirar su lealtad a algunos ideales, pero no su negación de que los tiempos son otros. Menos aún, su negación del principio básico de que el tiempo es cambio. A veces pienso que morirán petrificados como estatuas de sal, contemplando el pasado. Peor aún, sospecho que muchos murieron de esa forma, hace años, sin siquiera darse cuenta.

A la larga, prefiero a quienes luchan por vivir su vejez a plenitud, reconociendo sus posibilidades y limitaciones. Con la excepción de unos cuantos "eternos adolescentes", la vejez es la única etapa de la vida que se puede prolongar. Esta civilización lo ha hecho con éxito, pero de manera paradójica, niega a los viejos cualquier reconocimiento, lugar y gratificación. Por ello, el desafío de los nuevos viejos consiste en reinventar la vejez, no en resistirla. En otras palabras, se trata de hacer con la vejez lo mismo que hicieron en otro momento con la juventud. Pues el único requisito para reinventarse es el de estar vivo. Ya sé que esa es una verdad de Perogrullo, pero ¿qué culpa tengo de que ese tipo fuera más listo de lo que todos dicen?


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