Informe especial

Del tajamar al malecón

José Meléndez

Veinticuatro rehenes de un vuelo de LACSA fueron desviados a Cuba y permanecieron secuestrados seis días a manos de un comando sandinista que reclamaba la libertad de cuatro de sus líderes. Hace 30 años de aquel episodio matizado de drama, singularidades y hasta humor.

Con vientos variables de débiles a moderados y cielos nublados, los chubascos de la tarde humedecieron el vaporoso ambiente habanero. Por la noche de aquel aburrido miércoles de octubre, las temperaturas bajaron, afectadas por un frente frío que seguía estacionado en el Estrecho de Florida, cerca de la costa norte de Cuba.

Los pronósticos climatológicos mantenían sin alteración el trabajo de los controladores de tráfico aéreo del aeropuerto internacional José Martí, de La Habana, responsables de la jornada nocturna de ese día de 1970. Curtidos por la experiencia de enfrentar desasosiegos inesperados, los especialistas de la torre de control notaban un inusual movimiento entre el receloso aparato de seguridad de la terminal.

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    Ilustraciones:

  • La Nación, 22 de octubre de 1970

  • La Nación, 24 de octubre de 1970

  • La Nación, 24 de octubre de 1970

  • Edición: La Nación, 28 de octubre de 1970
  • La intranquilidad tenía otro origen: a las 07:33 horas de ese 21 de octubre, poco menos de tres minutos después de despegar de puerto Limón rumbo a San José, un avión C-46 de Líneas Aéreas Costarricenses S.A. (LACSA) matrícula TI-1024, con 20 pasajeros y cuatro tripulantes, fue secuestrado y llevado a Cuba –tras una escala técnica en la isla colombiana de San Andrés– por un comando de siete guerrilleros sandinistas que exigían la liberación de cuatro hombres claves de la insurgencia de Nicaragua que estaban presos en la Penitenciaría Central de Costa Rica.

    Lo que se convirtió en un drama de más de 135 horas para 24 vidas, sacudió a la sociedad costarricense y la mantuvo en vilo durante seis días.

    Tejida con detalles turbios o de jocosidad espontánea, con instantes de pánico o de profundo compañerismo, y con largas negociaciones políticas entre los gobiernos de Costa Rica y Cuba (con México como mediador), los orígenes del famoso secuestro se remontan mucho más atrás de aquel 21 de octubre de 1970.

    Como referencia, hay que recordar que para esa época la Guerra Fría se encontraba en su esplendor y San José no mantenía vínculos diplomáticos con La Habana.

    Los nexos de don Pepe

    Antes de asumir la Presidencia de Costa Rica para el período 1970-1974, el gobernante electo, José Figueres Ferrer (fallecido en 1990), apoyó un "plan de liberación" de Cuba concebido en el gobierno del entonces mandatario norteamericano Richard Nixon por la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

    El cubano José Elías de la Torriente y Ajuria, contador público y empresario vinculado con la industria azucarera y con compañías norteamericanas de gaseosas, fue colocado en 1969 como jefe de ese operativo, que buscaba la unidad de los grupos anticastristas de Florida para impulsar un movimiento político-militar que tratara de derrocar en 24 meses al gobierno de Fidel Castro, instalado en 1959 tras una guerra de poco más de dos años.

    Desde la victoria revolucionaria, había fallado todo intento por "tumbar" a Castro, con o sin la particpación de Estados Unidos y de algunos de sus aliados en América Lacreciente alianza de La Habana con Moscú. Torriente emergió como una pieza sin historial tempestuoso en las facciones contrarrevolucionarias ni en la clase política cubana previa a 1959.

    El plan consistía en unir al anticastrismo, dividido y en enfrentamiento mutuo constante, para lanzar un gran ataque militar contra la Revolución, en una etapa de crisis económica aguda en la isla.

    A sus 65 años de edad, y entre la desconfianza y la burla de sus paisanos de Miami, Torriente apareció como el más importante cabecilla de la emigración cubana y en una gira que realizó por América Latina en junio de 1970, solo fue recibido por los presidentes Figueres y Rafael Caldera, de Venezuela.

    Justo cuando el dirigente anticastrista andaba tocando las puertas de varios gobiernos latinoamericanos en busca de "socios" para su proyecto político y militar, a Cuba le "cae de sorpresa" el secuestro del avión de LACSA, recordó "Eduardo Martín", oficial del gobierno cubano que en aquel momento se desempeñó como jefe del grupo de agentes de seguridad que atendió a los rehenes de la aeronave.

    "Don Pepe aceptó el plan de Torriente y le dio espacio a sus actividades. Eso molestó a Cuba. De pronto, y de sorpresa, nos cayó el secuestro, que tenía dos ramificaciones: por un lado, la solidaridad con los sandinistas para combatir a la dictadura de los Somoza y, por otro, el tema contrarrevolucionario del grupo de Torriente", agregó el oficial, quien accedió a hablar con la Revista Dominical con la condición de que se le identificara solamente con el seudónimo que utilizó como miembro de la contrainteligencia cubana.

    "Nadie esperaba el secuestro, pero nos llegó en un momento idóneo", agregó.

    "El secuestro no fue planeado en Cuba ni mucho menos, pero le permitió a Cuba cobrar a Figueres la factura de su apoyo a Torriente y obligarle a que aflojara. Además, se obtuvo la liberación de los sandinistas", razonó el entrevistado.

    Tras señalar errores técnicos de los secuestradores, al apoderarse de un avión carente de las condiciones para cumplir con ese objetivo, destacó que aunque Costa Rica liberó a los prisioneros casi de inmediato, el plagio se prolongó por los lazos que el gobernante costarricense mantenía por esos días con el anticastrismo.

    Pese a que el secuestro del bimotor y su traslado a Cuba no respondieron a un operativo político de la inteligencia cubana, el hecho creó las condiciones para que se diera un ajuste de cuentas de Castro con Figueres.

    Con el correr de los meses, el plan de Torriente fracasó por disputas políticas y monetarias, y su protagonista central fue asesinado de tres balazos en la cabeza y uno en la espalda por un integrante de una vertiente anticastrista, el 12 de abril de 1974.

    Extraña maniobra

    En aquellos meses, el empresario costarricense Agustín Herrera, dedicado por completo a sus negocios en la región caribeña de Costa Rica, poco o nada sabía sobre los entretelones de la geopolítica. Con 32 años de edad, trabajaba en un negocio de exportación de chayote y plátano a Estados Unidos.

    Era pasajero frecuente de LACSA en el vuelo diario entre Limón y San José, porque entonces no había en Costa Rica una carretera que uniera a ese puerto caribeño con la capital y el viaje en tren tardaba más de seis horas.

    Por eso, Herrera se sabía el viaje aéreo casi de memoria. Lo normal era que, tras el despegue del aeropuerto de Cieneguita, la aeronave sobrevolara la ciudad y realizara después un viraje para enfilarse tierra adentro en rumbo oeste. Sin embargo, ese día ocurrió todo lo contrario: el C-46 enfiló hacia el mar, en ruta al este.

    "Como a los tres minutos nos dimos cuenta de que algo ocurría. Y luego se oyó: 'Esto es un secuestro' cuando ya los secuestradores habían invadido la cabina. Otros tres o cuatro de ellos se desplazaron por el pasillo. El jefe del grupo estaba sentado atrás e inmediatamente dio orden de que nadie volviera a ver para atrás. Como quien dice, nos íbamos a convertir en estatuas de sal", relató Herrera en una reciente entrevista para reconstruir los hechos.

    En una etapa inicial, el secuestro fue controlado por cinco hombres –dos en la cabina de los hermanos Alfredo y Marco Salazar Lutz, piloto y copiloto, respectivamente– y una mujer.

    "Entraron pistola en mano atropellando en la cabina. Fue como un relámpago", declaró el copiloto a su regreso a Costa Rica desde San Andrés, donde los secuestradores decidieron cambiar de aeronave y sustituir a algunos miembros de la tripulación, para volar después hacia la capital cubana.

    Al llegar el TI-1024 a la isla colombiana, el comando del FSLN exigió combustible para proseguir hacia Cuba. Le respondieron que en ese lugar escaseaba la gasolina para avión y, ante la urgencia, se envió desde Costa Rica un carguero de LACSA, matrícula TI-1008 con el piloto Fernando Bruno (ya fallecido) y el copiloto Rodolfo Cruz, con cartas de navegación y combustibles.

    Al final de la tarde, los secuestradores modificaron sorpresivamente sus planes, ordenaron un transbordo de rehenes y cambiaron de tripulación: pusieron en libertad a Marco Salazar y lo reemplazaron por Bruno y se dejaron a Alfredo Salazar.

    Desde su asiento, Herrera no perdía detalle de lo que ocurría dentro de la nave que permanecía cerrada sobre la pista de San Andrés, aunque estaba sofocado por el intenso calor.

    "Bruno entró al avión y nos dijo: 'Bueno, señores, mujeres y niños deben quedar en libertad', pero uno de los secuestradores le puso un revólver en la cabeza y le dijo: 'Capitán, de aquí no sale nadie'. Entonces, Bruno dijo: 'Ah, bueno, no, pues yo decía, diay, por si acaso'. Era un secuestrador muy grosero y prepotente", comentó Herrera.

    El autodenominado "Comando Revolucionario Centroamericano" del FSLN entregó en el aeropuerto de San Andrés un comunicado en el que amenazó con ejecutar a cuatro rehenes si a la medianoche de esa fecha no eran liberados cuatro guerrilleros sandinistas –los nicaragüenses Carlos Fonseca Amador (quien murió en 1976), Humberto Ortega Saavedra y Roque Marín, y el costarricense Plutarco Hernández– detenidos en la Penitenciaría Central de San José.

    Al salir de la isla colombiana, una mujer que se mantuvo como pasajera se descubrió como parte del comando.

    Llegada a la Habana

    Cuando la noticia del secuestro rompió aquella mañana la rutina costarricense, surgieron diversas especulaciones que se aclararon en el transcurso del agitado día. En la lista de los 24 rehenes había cuatro norteamericanos, familiares de ejecutivos de la transnacional bananera Standard Fruit Company destacados en Limón, y se dijo que su integridad física se garantizaría con la liberación de los guerrilleros.

    El C-46 se posó en el aeropuerto habanero a las 22:30 locales (una hora adelante de Costa Rica).

    En el vuelo de San Andrés a La Habana, los sandinistas se mostraron "menos tensos", recordó Herrera. "La tensión había bajado mucho y bajó más cuando aterrizamos en La Habana. El avión fue ocupado de inmediato por soldados cubanos fuertemente armados que desarmaron a los secuestradores y los sacaron de primero", añadió.

    A partir de ese momento, los asombrados cautivos no volvieron a ver a sus victimarios: Cuba se había convertido desde 1959 en santuario de la guerrilla latinoamericana y el comando fue trasladado a una "casa de seguridad" en un barrio habanero, donde acostumbraban escuchar, a través de un radio de onda corta, las noticias procedentes de Costa Rica sobre la negociación y se burlaban de las reacciones del presidente nicaragüense Anastasio Somoza Debayle (asesinado en setiembre de 1980 en Paraguay).

    Las autoridades preguntaron a los rehenes si alguien necesitaba atención especial y, ante la respuesta negativa, dispusieron un ordenado descenso. "Pasamos a una sala de recepción, donde había emparedados y café. Nos estaban esperando", comentó Herrera.

    Luego de mínimos trámites de identificación, los 24 fueron llevados en un autobús al hotel Habana Riviera, frente al mundialmente famoso malecón habanero.

    Bajo la categoría política y migratoria no de secuestrados sino de "desviados", allí permanecieron prácticamente sin salir –salvo en un par de ocasiones y de manera dirigida–, y sometidos a la rigurosa custodia de un grupo de agentes cubanos responsables de su atención, hasta que regresaron a suelo costarricense.

    Larga espera

    Pese a que los comandantes sandinistas fueron liberados menos de un día después de la captura de los rehenes, el secuestro se prolongó poco más de cinco días, tiempo durante el cual se dieron intensas negociaciones políticas.

    Del 22 al 28 de octubre, el periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista, publicó pequeñas noticias sobre los "desviados" y la televisión local entrevistó a varios de ellos, para demostrar que estaban en perfectas condiciones.

    Desde el 14 de octubre de 1970, el presidente Figueres se encontraba de viaje en Estados Unidos y, estando en Nueva York, unos 50.000 cubanos anticastristas le pidieron en una nutrida manifestación que apoyara la "contrarrevolución" para deponer a Castro. Esto enfureció al gobernante cubano, quien se negó por eso a entregar a los rehenes costarricenses a la brevedad.

    Lo anterior motivó la intervención del diputado comunista costarricense Manuel Mora Valverde (murió en diciembre de 1994), quien viajó a Cuba con su esposa Ady, visitó a los secuestrados en el hotel Riviera y les explicó que intercedería por su liberación ante el régimen cubano, pero que las cosas se habían complicado por el incidente de don Pepe en Nueva York.

    Finalmente, Mora viajó a la occidental provincia cubana de Matanzas, se entrevistó con Castro y obtuvo el visto bueno para la salida.

    Los rehenes regresaron al aeropuerto costarricense El Coco, a eso de las 6 de la tarde del martes 27 de octubre en un avión de LACSA. En el mismo vuelo venían también don Manuel Mora y su esposa.

    Mientras, en La Habana, el frente frío que estaba estacionado cerca de la costa norte de Cuba, se disipó en el Estrecho de Florida y alejó la amenaza de los cielos nublados y los chubascos vespertinos. n

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    José Meléndez es periodista costarricense y corresponsal del periódico Excélsior de México en Cuba desde 1997.


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