Tinta fresca

Ellos ríen

Rodrigo Soto G.



Cuando en los telenoticiarios nos miran marchar vestidos de blanco y gritando a voz en cuello contra la impunidad, la corrupción y el terror, ellos ríen. Ríen si por casualidad llega hasta sus manos un periódico y leen, como al descuido y con desgano, un artículo en el que se exige justicia, transparencia y verdad. Sin duda deben de resultarles ridículos nuestros arrebatos de furia e indignación cuando comprobamos, día a día, el lento pero incontenible derrumbe de los más básicos principios de la convivencia social, el avance arrollador de la corrupción, la prepotencia y el matonismo.

Ríen cuando maldecimos de rabia e impotencia, y en sus adentros deben de considerar patéticas las vigilias, las misas, los manifiestos... Sin duda han de burlarse de las cancioncitas y de los poemitas, de los paneles y los debates, de las caras largas de los comentaristas de la televisión.

Los conocemos bien. Sabemos que muchos llevan vida de respetables ciudadanos; sabemos que van a las reuniones escolares de sus hijos y que forman parte de la junta directiva de asociaciones profesionales y de clubes exclusivos. Sabemos que trabajan en oficinas del gobierno y en exitosas empresas privadas, y que son amigos del diputado cual o del ministro tal. En las reuniones sociales, son magníficos para fingir la indignación y la preocupación por lo que sucede en el país. Sus exclamaciones a menudo son aún más vehementes que las de los demás, con tal de no levantar sospechas. Y muchos son religiosísimos, santulonsísimos. De eso no te quepa duda. Por eso en el carro, junto al revólver, llevan una estampita del Corazón de Jesús.

Los conocemos bien. Sabemos que otros tienen que vivir en la penumbra de una semiclandestinidad barata e incómoda. Se resbalaron hace poco o están en peligro de hacerlo, y por ello deben ponerse a resguardo durante un tiempo. Se mueven por las noches en vehículos robados, y tienen cómplices, no amigos, a quienes llaman siempre desde teléfonos públicos a horas inusuales. Se refugian en las grandes barriadas populares, en casas que hoy están sin amoblar y mañana amanecen inundadas de un lote de electrodomésticos robados, de un cargamento de cocaína, de veinte bultos de ropa contrabandeada.

Los conocemos bien. Sabemos que también están los miserables, los reventados que tocaron fondo en la drogadicción, el alcoholismo o la desesperanza, a quienes da lo mismo vivir o morir, asesinar o morir asesinados. Viven un tiempo en la calle, otro tiempo en lotes baldíos y a veces en casas abandonadas; cada tanto, oscuros emisarios los contactan para encomendarles un trabajito: vigíleme a tal, péguemele un sustito a cual, jódame al de más allá. Son el último eslabón, los encargados del trabajo sucio y los que reciben las sobras de los buitres.

Ellos ríen cuando nadie los mira, con sonrisilla torcida y burlona, de los que no somos como ellos pues no creemos que el dinero y el éxito justifiquen cualquier cosa; de los que despreciamos la ostentación ofensiva y el consumismo absurdo y destructor, y nos esforzamos para ver en los otros a nuestros iguales y no a simples instrumentos que podemos manipular o usar para nuestro beneficio; de los que "la pulseamos cada día en el brete porque hay que echar pa¥lante, y para atrás ni para tomar impulso"; de tantos, tantísimos hombres y mujeres que en el país y en el mundo padecen privaciones y angustias, pero guardan fe y esperanza en que Dios no se ha olvidado de ellos ni los puede olvidar jamás.

Ellos ríen de nosotros, de nuestro clamor e indignación, porque se creen a salvo, amparados por la coartada perfecta. ¡Rían! Rían ahora. Pero no olviden que el que ríe de último ríe mejor.


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