Tinta fresca

El engaño

Rodrigo Soto G.



Ahora sé que una de las mayores ventajas –y de las menos evidentes– de los niños sobre los adultos, es que ellos distinguen perfectamente sus fantasías de la realidad. Los niños que juegan al naufragio mientras chapalean en el agua, saben de sobra que no se trata de un barco ni de un naufragio, aunque mientras juegan, tienen la capacidad de creer que es así. Siempre supe que aquella llanta de avioneta que encontré en La Sabana no me permitiría volar, ¡pero cuánto disfruté con esa fantasía y ese sueño!

Los adultos mezclamos groseramente nuestras fantasías con la realidad. El mundo está lleno de Quijotes que pelean a muerte contra molinos de viento, y de Sanchos que juran volar sobre caballos alados. La fantasía en la infancia es más pura, y también lo es la realidad: ambas están bien delimitadas, y los niños pasan de una a la otra con evidente facilidad. En su origen, la fantasía es sólo un juego de la imaginación, un ejercicio de la libertad.

El engaño empieza cuando tomamos nuestras fantasías por la realidad. Creo que todos nos damos cuenta del momento en el que traspasamos ese umbral. De alguna forma, siempre está de por medio nuestra decisión. Escogemos el engaño cuando no podemos tolerar la realidad, pues esta –sobra decirlo–, a menudo es jodidamente difícil, y a veces preferimos remendarla con nuestras fantasías.

Nuestra capacidad de engaño es asombrosa. Esto es igualmente cierto si lo consideramos individual o colectivamente. Hay quienes, contra toda evidencia, aseguran ser felices, porque en otro momento creyeron que obtener determinados bienes (posición social, reconocimiento profesional, estabilidad personal), equivalía a la felicidad. Otros se aferran testarudamente a la fantasía de su infelicidad, y niegan el regalo de frescura que nos traen los días. Asimismo, hay pueblos que entronizan la fantasía de su superioridad racial, o moral (o futbolística), y otros que se aferran a la fantasiosa idea de tener un "destino histórico", o un "destino manifiesto" que cumplir.

Este tipo de engaño no se parece en nada a las mentiras que decimos a los otros para salir de un aprieto o para obtener ventajas. Se trata de los que elegimos para hacer más tolerables nuestras vidas. Estos engaños crecen con nosotros, se hacen parte importante de nuestras creencias, hasta el punto de que después nos es difícil distinguirlos...

Así es como el engaño nos atrapa y después ya no sabemos salir. Nos ronda, nos acecha, nos entrampa en su manto de niebla, y uno sube cuando cree que baja, baja cuando cree que sube. Es fácil cruzar el umbral. Uno sabe cuándo lo traspone y se mete en el laberinto circular, donde todo es igualmente falso, igualmente verdadero. El engaño es el reino de la duda, la tiniebla de la ambigüedad: no porque fuera de él existan certezas absolutas o clarividencias definitivas, sino porque al abrazarlo, al aferrarnos al engaño como a una tabla de salvación, terminamos por falsear nuestro sentido interno de orientación, y después ya no sabemos dónde estamos parados. Tal vez sea eso: no tenemos certezas absolutas, pero si elegimos mentirnos, si escogemos engañarnos, traicionamos una brújula interna que nos señala, al menos, una dirección. Porque la verdad, el conocimiento, no es algo que se alcanza de una vez y para siempre, sino precisamente eso: una ruta, un camino, una dirección por la que podemos transitar durante el parpadeo breve y deslumbrante de la vida.


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