Pase adelante

¡Ay, Milo!: José María Junco

Rocío Fernández



Nunca concede entrevistas porque "me puedo morir", sabe de sobra quién es "divine" y quién parece "modelo halloween"; cuál luce de "loca fantasía" y cuál padece de "ojeras crónicas estilo rayban". Es el maquillista de la televisión local y ninguna diva nativa –inventada o legítima– le mete diez con hueco. Sus ojos como bisturí láser y su lengua incisiva todo lo ven y todo lo dicen.

José María Junco, a quien el mundo bohemio y artístico sólo le dice Milo, nació en "una fecha cuyo calendario no quiero acordarme" (porque no le da la gana y no le da la regalada gana). Casi 30 años de experiencia le dan licencia para llamar a Pilar Cisneros y decirle: "¡Mujer de Dios, quitate ese saco verde perico y ese pañuelo de pelotas anaranjadas!"Y la otra corre al ropero.

En su época prehistórica, Milo vivió la gloria: en el staff de maquillistas del Teatro Marinsky en Leningrado ("5 meses, tampoco gritería"), 9 meses como maquillador en el Lido de París mientras se entrenaba en la casa Lancome como experto para cine y televisión ("allí me hice yo") y una buena estancia en la casa Ninette, en España ("entonces tenía platilla"). Luego vinieron las largas idas y venidas a México, incluida Televisa, con experiencias prodigiosas como maquillar de rutina a Verónica Castro para su programa Mala noche no ("una mujer divina que insistía en exagerar. Craso error, el mismo de Maribel Guardia") y la vivencia religiosa de retocar, una sola vez, el rostro de María Félix: "¡Algo incomparable! ¡Convulsioné!"

Antes de entrar al quirófano, donde impartirá una lección magistral de maquillaje para las estrellas del firmamento televisivo –completamente gratis para los lectores–, Milo pone los guantes sobre la mesa: "No existe fémina fea. El maquillador debe conocer el ideal de belleza de la mujer y saber interpretar su temperamento. Ellas no pueden esperar que uno sea el agua de la Virgen de Lourdes ni la réplica del bisturí".

Inés Sánchez de Revuelta: "Un ícono de la pantalla que ha atravesado la historia con un estilo único. No hay palabras."

Pilar Cisneros: "El rostro perfecto de la televisión –tiene carácter y señorío– aunque no siempre la maquillan bien".

Amelia Rueda: "Gloriosa sólo en la portada de la Teleguía. Su personalidad se impone a la belleza. Es capaz de hacer entrevistas marca Drácula y basta".

Silvia Blanco: "Los ojos más expresivos de la tevé. Debería aclarar su pelo y cuidar que el vestuario no destaque sus hombros, de por sí anchos".

Lynda Díaz: "Debe acentuar ciertos ángulos: mejorar la forma de las cejas y tener un ojo fiesta" (una expresión más vivaz).

Verónica Bastos: "Ojeras de musulmana –amoratadas–, se desparraman por su angelical face. Tiene facciones dulces pero insisten en presentarla como diva-sexy cayendo en el disfraz. Un romance tórrido le vendría bien a tanta delgadez".

Glenda Peraza: "Es la paradoja total: entre la belleza vulgar de Sofía Loren y la frescura de una belleza natural. Ha hecho de ello un personaje, y la fórmula le funciona".

Glenda Umaña: "Sin duda tiene duende, pero su verdadero ángel es el lente difusor de arrugas y las luces profesionales de CNN."

Grettel Alfaro: "La única presentadora que no requiere corrector para la piel. Su cartera parece un botiquín facial. Labios preciosos, nariz defectuosa y mirada dulce."

Maricruz Leiva: "Su maquillaje luce grosero, necesita algo más tenue. Ella de por sí aporta demasiado con su estilo eufórico."

El enemigo de todas: "El diseñador de luces (lumino-técnico) y los colores del set."


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