Tinta fresca

Señales en el cielo

Rodrigo Soto G.



Me divierte la patética competencia de nuestros políticos por cazar simpatías y votos. Sólo falta que alguno muestre en su publicidad televisiva el diploma de honor que ganó en sexto grado de primaria, o que ponga a su abuelita a contarnos lo travieso y simpático que era cuando niño. Durante toda mi vida, he escuchado la cantinela de que "esta vez" los candidatos se proponen hacer una campaña de altura, pero invariablemente terminan por insultarse o por insultar nuestra inteligencia con la pobreza y demagogia de sus propuestas. Imagino que pueden argumentar en su defensa que nunca aclararon de cuánta altura era la campaña que se proponían hacer, pero esa es otra historia...

Nada más odioso que hacer leña del árbol caído, y ahora que la llamada "clase política" de nuestro país perdió su credibilidad, resultaría fácil burlarse de sus esfuerzos por recuperar el tiempo y el terreno perdidos. Pero sería cobarde hacerlo, puesto que al final de cuentas, la mayoría de nosotros terminaremos participando a regañadientes, de una forma u otra, en el proceso electoral que se avecina. Y no debemos reprochárnoslo, puesto que después de todo, es una forma de aceptar nuestra cuota de responsabilidad en la vida colectiva.

La señal más clara del agotamiento de nuestro sistema político, es justamente el hecho de que toda la "discusión" gira alrededor de la idoneidad de las personas que aspiran a ocupar los más altos cargos públicos, como si reemplazando a los individuos, los problemas fueran a resolverse mágicamente. Sigamos, pues, por ese camino. Cambiemos una y otra vez al partido en el poder y a los gobernantes "de turno" (literalmente de turno). A estas alturas de la crisis, cada quién hace lo que tiene que hacer: los políticos deben luchar a brazo partido por unos votos más (con las mejores intenciones, si se quiere, pero aquí el asunto no es de intenciones, sino de realidades políticas...), y nosotros, los de a pie, seguiremos legitimando, con resignación y escepticismo, la lenta (¿lenta?) agonía de nuestro sistema institucional. Mientras tanto, la confianza en la llamada "clase dirigente" continuará erosionándose, y su mermada credibilidad disminuirá irremediablemente.

¿Suena fatalista? Lo es, pero hasta cierto punto. Por una especie de inercia –por alguna ley social que no alcanzo a comprender ni a formular–, hay cosas que no pueden cambiarse hasta que deban cambiarse, es decir, hasta que no haya otra alternativa que hacerlo, como si el sentido común apostara siempre por la prudencia y un cierto conservadurismo (rasgos, por lo demás, fuertemente acentuados en la "idiosincracia nacional" –sea lo que signifique esta expresión–). Me parece que este es uno de esos casos. En otras palabras: la crisis del modelo no ha llegado todavía al punto en el que se hace evidente su agotamiento. A punta de parches y remiendos, de demagogia y de publicidad, de "expertos en imagen" extranjeros, un porcentaje mayoritario de la población del país, aún cree que el sistema puede dar respuesta a sus necesidades, demandas e inquietudes, tanto de orden material como espiritual.

Está bien que sea así. Con el tiempo –aunque no sabemos cuánto–, la realidad se encargará de demostrar que vivimos un momento completamente diferente de la historia, y que la actual dinámica en todas las esferas de la vida colectiva –económica, cultural, ambiental, ideológica y política–, simplemente no encuentra expresión ni correspondencia en nuestro marco institucional vigente.

Por eso es que el país le resulta "ingobernable" a nuestro actual Presidente, y que el anterior expresó con vehemencia la misma inquietud.

Durante todo el siglo pasado, Occidente presenció el debate sobre el compromiso de los artistas e intelectuales. Había quienes abogaban por la reclusión en la torre de marfil –es decir, por un arte "incontaminado y puro"–, y quienes se inclinaban por la idea del –intelectual comprometido–, entiéndase, comprometido con un bando político o con un partido. Hoy, parece claro que una y otra son inconducentes, y que la posición natural de los artistas y de los intelectuales, es más bien "la torre del vigía". Desde ahí miro estas señales en el cielo.


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