Personaje

Guima, un terco soñador

Larissa Minsky y Roberto García

El director técnico de la Selección Nacional aplazó durante dos horas el futbol para repasar 41 años de vida.

lminsky@nacion.com

Primero fue el portugués, que aprendió a balbucear en su Brasil natal, la lengua que usaba con sus amigos del barrio mientras jugaban largas jornadas de futbol en las calles o sobre la arena caliente de la playa.

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  • A los 11 años, recién llegado a Costa Rica, le tocó enfrentarse con el español –y simultáneamente con el inglés– en un aula del colegio Saint Francis llena de chicos con los que, sencillamente, no podía comunicarse. "Aquí tengo que sobrevivir", se dijo, con la misma determinación que lo ha caracterizado siempre.

    Los continuos viajes de su padre, médico especialista en enfermedades parasitarias y funcionario de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), hicieron de su infancia y adolescencia un ir y venir, no tanto como para considerarlo nómada, pero lo suficiente para que tuviera contacto también con el francés y el italiano.

    Cinco idiomas en los que Alexandre Henrique Guimaraes Borges se desenvuelve con soltura; ello sin mencionar la jerga del futbol, que se le volvió fijación desde los 6 años, quizá antes.

    El lunes pasado, durante dos horas, el entrenador de la Selección Nacional de Costa Rica repasó sus 41 años, puso en la balanza sus virtudes y defectos, habló con discreta nostalgia de sus tres hermanos y dejó escapar su risa libre mientras evocaba anécdotas y soñaba en voz alta.

    Se sabe soñador, pero con los pies en la tierra. "En esta profesión he aprendido a llevar la varilla bien balanceada en tránsito por la cuerda floja, porque sé que abajo no hay red. Por eso, ni me desborda la victoria, ni me deprime la derrota", dice sin poses, con la naturalidad de quien habla con viejos amigos.

    Té frío, verbo cálido. La entrevista se convino para las 12 mediodía en el hotel Bougainvillea y él llega a tiempo, tras la práctica matutina del equipo esa mañana. "Soy muy puntual y disciplinado, perfeccionista y exigente conmigo mismo en el trabajo, alguien que sabe lo que quiere y hace lo que sea para conseguirlo, obviamente dentro de lo que es lícito", diría después, al intentar describirse.

    A Guima le va la charla. Se muestra dispuesto, distendido, siempre que nadie transgreda la barrera de su vida familiar. "Con las consecuencias de la fama trato de ser muy abierto, pero separo brutalmente mi vida pública de la privada. Si no lo hiciera así, tendría vida pública las 24 horas del día; sería imposible".

    Hoy, su familia en Costa Rica la integran cuatro miembros: Lina, su esposa, y sus dos hijos adolescentes, Mauro y Celso. Con el nacimiento de su primogénito, comprendió que este país sería para él puerto y ancla.

    La primera familia

    Sus padres, Luis de Souza Borges y María Alice Guimaraes, se marcharon a Haití en los años 80 y después regresaron a Río de Janeiro, donde hoy disfrutan de su vida como jubilados. De aquel arribo familiar, solo le queda el recuerdo: en 1971 llegaron a Costa Rica papá, mamá y cuatro hermanos, de los cuales él es el menor. Pasaron los años y su hermano mayor se radicó en México, donde se hizo antropólogo. Sus otros dos hermanos (una mujer y un varón) volvieron a Brasil y allí se desempeñan como socióloga y psicólogo.

    "Desde jovencitos siempre supimos que nos íbamos a separar. Yo lo tenía muy claro porque fui el único que escogió un deporte como carrera. Además, era de esperarse por la vida de mudanza continua de mis padres", dice sin tristeza, para agregar de inmediato que mantienen una comunicación permanente, tanto por teléfono como a través del correo electrónico.

    De todos modos, Guimaraes se siente plenamente tico. Aunque admite que su paladar y su oído siguen dominados por la influencia brasileña (suspira por la feijoada y otros platos típicos, y prefiere la samba y demás ritmos autóctonos por encima de toda la música), confiesa que la patria donde nació el 7 de noviembre de 1959 es, cada vez más, un dato en el mapamundi, un destino turístico. Nuestra tierra se le metió en el alma.

    Recuerda, sin embargo, los días felices de su niñez en Tijuca (barrio de Río de Janeiro), donde cultivó su amor por la pelota y la convicción temprana de que el futbol sería su profesión. "Me marcó una infancia al aire libre, jugando descalzo, no porque no tuviéramos medios económicos, sino por una cuestión de raza, de contacto con la tierra. Siempre vivimos en casas ubicadas en calles sin salida y desde muy niño empecé a comprender que mi única salida era la bola".

    Así, cuando terminaban las clases en la escuela Braga Carneiro y, más tarde, en el Instituto Lafayette (centros educativos donde cursó la primaria), sus cuadernos quedaban en cualquier sitio y el Flaco se escapaba feliz a jugar con la pelota.

    Amigos queridos

    Su padre fue trasladado a Costa Rica por la OPS y a él lo matricularon en el Saint Francis, donde pronto traspasó las barreras del idioma y se enroló con pasión en un deporte hasta entonces desconocido para él: el baloncesto. "No tanto porque me llamara la atención, sino porque los muchachos de los que quería hacerme amigo jugaban basket, y yo quería ser parte de ese grupo".

    Lo que empezó como algo casual, terminó siendo una práctica en serio que lo llevó a formar parte del equipo Asturias de primera división del baloncesto. Y aunque ya no lo practica, Guima considera que ese deporte sigue siendo una de las grandes fuentes de aprendizaje que aplica al futbol.

    Aunque no excelente en lo académico, nunca reprobó un año, y poco tiempo después de haber ingresado al colegio, se extendió su fama de buen deportista, lo que le abrió infinidad de puertas y, sobre todo, le deparó muchos nuevos amigos.

    "Algunos de los compañeros del colegio, más otros tantos del Barrio Escalante, donde viví por muchos años, conforman un muy querido grupo de amigos con los que me reúno hasta la fecha. De hecho, son una de mis válvulas de escape".

    A la lista de "recursos" de los que echa mano el director técnico para hacer frente al estrés de su trabajo actual, suma el cine ("especialmente el drama"), visitas esporádicas al teatro ("¡que por favor no sean comedias banales!"), espacios que crea para escuchar rock ("el rock de mi época, por supuesto, como Bob Dylan o Pink Floyd"), jugar tenis una que otra mañana y las reuniones con amigos, en las que rige una regla que todos conocen y respetan: "El futbol no es tema de conversación". "Hablamos de todo, desde el padre Mínor hasta Betty la fea, de cualquier cosa menos de fut".

    Su pasión por la literatura exige mención aparte. Guimaraes se confiesa amante de la novela latinoamericana y con especial énfasis subraya la obra del peruano Alfredo Bryce Echenique, pero si algo extraña de los últimos seis meses es la ausencia de tiempo para leer.

    Durante el día, la jornada no le ofrece espacio alguno y de noche, no sabe lo que es el insomnio, ni siquiera en vísperas de un partido clasificatorio. "Pongo la cabeza en la almohada y caigo rendido. Solo en los aviones encuentro tiempo para leer un poco", se queja. "Lo último que terminé fue una novela tica, Constanza entre cocos, bares y corales, de Francisco Ramírez".

    Desapegado

    Al finalizar la secundaria, Guimaraes tenía claro su norte en la vida: empezó a llevar cursos de educación física en la Universidad de Costa Rica (UCR) pero, una vez más, su familia hizo maletas y se marchó a México. Él se fue con ellos y se instaló en esa nación por un tiempo, pero pronto descubrió que no se sentía bien.

    Incapaz de resistir el llamado de Costa Rica, regresó. Total, aquí estaba todavía su adolescencia y el recuerdo de sus mejores anécdotas de ese período."Nunca fui tímido, sino más bien muy entrador. Desde pequeño tuve una sonrisa fácil. Tampoco fui de muchos amigos, pero los que tuve, eran de toda mi confianza.

    "Hubo un tiempo en que tenía una novia y el que iba a marcar era mi mejor amigo. ¿Qué cómo hacíamos? Él iba a echarse la parla y yo llegaba después, solo a apretar", cuenta con una sonora carcajada. "Ese amigo es ahora un alto personaje de la vida educativa de este país y seguimos siendo muy cercanos. Sin duda, le tenía mucha confianza, porque ¡no a cualquiera le endosa uno semejante encargo!"

    Con esa historia ilustra Alexandre un rasgo –a su juicio dominante– de su personalidad: el desapego. "No desapegado en lo afectivo" –se apresura a aclarar– "sino en cuanto a las cosas materiales. Si hoy tengo y mañana no, no hago mayor problema".

    Más aún, está convencido de que si fuera de esas personas que conceden un valor determinante al triunfo o la derrota, nunca habría aceptado el cargo actual. "Si de ganar o perder dependiera mi ritmo existencial, jamás trabajaría en esto", asegura.

    Según dice, su fórmula es "vivir el presente al máximo". "Ni veo mucho para atrás, ni proyecto mucho hacia delante. Quizá pienso así porque ya no soy tan inocente y prefiero vivir adherido a la realidad, escogiendo muy bien a mi gente y con la espada del caballero siempre en la mano".

    El desgaste emocional que conlleva su ocupación, lo hace procurar espacios de soledad, períodos que juzga vitales para recargar energía. "Me encierro en mi cuarto, descuelgo teléfonos, bajo las cortinas y cierro los ojos. No hago relajación porque no sé de eso, pero intento lograr una introspección profunda".

    Guima le huye al gran público, a la exposición continua; prefiere el trabajo en privado, los ambientes donde puede desarrollar, sin más testigos que sus jugadores, todo su potencial de líder. "Creo que fue allá por 1986 cuando me convencí de la fascinación que me provocaba ordenar a un grupo desde la cancha. Ahora sé que tengo un don y una misión".

    La trayectoria futbolística de Guimaraes encontró en el Deportivo Saprissa su entidad insigne. Precisamente, jugando para ese equipo comenzó a delinear su perfil de director técnico, cargo que ha ocupado en cuadros como Belén, Herediano, Deportivo Saprissa, Comunicaciones de Guatemala y la Selección Nacional.

    ¡Qué terco!

    Así como reconoce sus virtudes, afirma que el defecto que más le incomoda es su terquedad. "Cuando estoy en algo, estoy en algo, y no puedo sacármelo de la cabeza. Puede verse como una cualidad, porque en el trabajo ayuda ser tan tenaz, pero hay residuos de esa obstinación que me causan muchos problemas en mi otra vida: la familiar, la de mis amigos".

    ¿Cómo relajarse? ¿Cómo olvidar sus obsesiones de 24 horas, siete días a la semana? Alexandre no pierde la esperanza de aprender a bailar, pues sabe que esto le ayudaría mucho a relajarse y además ¡le encanta!

    Riéndose de sí mismo, recuerda la vez que alguien habló de su buen ritmo en una mesa de amigos: "Guima es un arrecho para el baile. Baila salsa, samba, merengue, ¡todo igual!"

    Sin embargo, desecha por ahora la idea de ingresar a una academia. "No soy paranoico, pero la gente me ve diferente; me temo que estarían pendientes de mí, de si hago bien los pasos, y así no podría aprender".

    Tampoco se considera hábil para el canto, pese a que muchos en Costa Rica lo recuerdan entonando en público la canción Un país tropical. Él solo se ríe. "Estoy obligado a hacerlo porque la gente me sigue asociando con Brasil. Me dicen que vengo de un país tropical, bueno, al menos me sé la canción".

    Alguien pasa por la mesa donde transcurre la entrevista y saluda entusiasmado al entrenador. Su respuesta sonriente tiene un marcado acento portugués.

    –¿Cómo es que, después de tantos años, no ha perdido el acento de su lengua materna?

    Guimaraes responde en chiste, evocando el comentario de un amigo: "Este carajo es tico por los cuatro costados, pero apenas le acercan un micrófono le da por el cantadito portugués".


    Chat moderado

    El texto completo del chat (conversación vía Internet en nacion.com) en que participó Alexandre Guimaraes el 25 de junio puede hallarse en la siguiente dirección: http://wvw.nacion.com/chat/


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