Tinta fresca

Coneja

Rodrigo Soto G.



Teníamos 14 años y bebíamos como cosacos. Ron, casi siempre. Y casi siempre Ron Rico, aunque también cervezas y, si por casualidad uno de nosotros birlaba una botella de whisky de las bien resguardadas reservas paternas, pues entonces whisky también. A mí me decían Coneja, nunca quise averiguar por qué. Al principio, el apodo significó una humillación, pero con los años me sobrepuse o me acostumbré.

Solíamos emborracharnos en las fiestas de 15 años a las que por entonces comenzaban a invitarnos –lactos rosados y vestidos largos; ridículas corbatas y mocasines embetunados–, aunque también lo hacíamos en cantinas de mala muerte, en lotes baldíos, en el aeropuerto de La Sabana, en fin... Donde hubiera oportunidad. Jamás lo hacíamos solos, siempre con los amigos. Hablábamos de muchachas, de motocicletas, de música y de fútbol. A menudo fantaseábamos largamente con los misterios de la vida sexual, cuyas delicias disfrutábamos con resignación en solitario. Después, durante varios días, comentábamos con gran exaltación las vicisitudes de la borrachera –quién, cómo y cuándo vomitó; quién fue el primero en caer; qué estupideces hizo o dijo cada quien–.

No éramos felices pero no lo sabíamos, y por lo tanto, tampoco nos importaba. Nos importaban, repito, asuntos concretos y terrenales como las muchachas –jugosas frutas cuyo sabor debíamos contentarnos con olfatear–, y seguíamos atentos los sutiles signos del cambio que nos convertía, con vértigo, de niños en muchachos, de muchachos en hombres. Encaramados en la punta de la ola; arrollados por el torbellino de hormonas, la vida era un caballo chúcaro que pretendíamos domesticar en unas horas. Que sepan que aquí estoy yo, y si no, que se jodan...

El mundo de los adultos era un sitio horriblemente injusto donde triunfaban el egoísmo, la hipocresía y la vanidad –¡cuánta razón teníamos!–, pero éramos incapaces de embelesarnos con la belleza de una flor, de una montaña o de un pájaro –¡qué ciegos estábamos!–. En las relaciones familiares se materializaban todas nuestras contradicciones –urgente necesidad de afecto pero también de independencia; búsqueda de reconocimiento y de autoafirmación personal; necesidad de orientación y necesidad de desafiar a la autoridad–, y por lo tanto, la familia era el teatro donde se escenificaban nuestros conflictos. ¡Y qué conflictos!

Gritos, zapatazos, mecos y mocos, llantos y putazos... Entonces sentíamos que nos desgarrábamos por dentro, aunque otras veces, con los amigos, tocábamos "la región más transparente" del aire.

Detestábamos el tedio de las lecciones durante las interminables tardes de invierno, pero sentíamos despuntar los intereses vitales que luego se convertirían en vocación y le darían forma a nuestras vidas. Vivíamos en medio de coqueteos y acercamientos a lo desconocido, fueran muchachas, drogas, lugares o lecturas. Fue entonces cuando me tropecé con Albert Camus y con Julio Cortázar, que le dieron un giro a mi vida, alejándome de mis amigos de entonces. Esa es una de las mayores mutaciones que he vivido: ahí murió Coneja, aunque todavía hoy, de vez en cuando, voy por la calle y escucho el grito de alguien que me llama así. Yo me volteo, sonrío y saludo sin importar quién sea, porque sí, alguna vez yo fui Coneja: alguna vez fui ese muchacho y trato de recuperar su memoria con afecto, con respeto y, ¿por qué no?, también con compasión.

"¿Ser o no ser?", se preguntaba un alicaído Hamlet, a quien la adolescencia se le prolongó demasiado... Y a coro le responden todos los muchachos y muchachas de la Tierra: "¡Ser! ¡Ser! ¡Queremos ser! ¡Necesitamos ser! ¡Urgentemente reclamamos nuestro derecho a ser nosotros mismos, a ensayar nuestro camino, a cometer nuestros errores y a aprender en nuestra propia cabeza! ¡Exijimos nuestro lugar sobre la Tierra!"


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