Tinta fresca

El jefe Seattle en Talamanca

Rodrigo Soto G.



Recuerdo la emoción con que leí por primera vez la "Carta del Jefe Seattle". La publicó el Semanario Universidad a inicios de la década de los 80, y un grupo de amigos la fotocopiamos y distribuimos en los alrededores de la U, con el ánimo febril de quienes han accedido a una revelación. Aún ahora me produce el mismo efecto.

¿Qué sabía el Jefe Seattle a mediados del siglo XIX que nosotros ignorábamos por completo? ¿Qué certeza lo llevaba a vislumbrar, con tanta claridad, el colapso hacia el cual se encaminaba la sociedad que había sojuzgado a su pueblo? "Lo que suceda a la Tierra, sucederá a los hijos de la Tierra". Hoy, los científicos sostienen que buena parte de la furia destructiva de la naturaleza que hemos padecido en años recientes, es consecuencia de lo que durante siglos se ha hecho en contra de la naturaleza. Así, el Jefe Seattle tenía razón.

No es sencillo precisar las causas por las que la sociedad europea, y posteriormente, todas las regiones del mundo colonizadas por ella, desarrollaron la convicción de que los seres humanos estamos "fuera" de la naturaleza, y surgimos casi por oposición a ella. Quizás algunas interpretaciones cristianas lo propiciaron así, y sin duda, el desarrollo de la industria y el comercio modernos contribuyeron decisivamente a ello.

Con el dominio económico y político de las naciones europeas –y luego, de los Estados Unidos de América–, esa concepción se impuso en prácticamente todos los rincones del planeta. Junto con ella, vinieron otras ideas que hoy damos por sentadas, como la de que el mundo es un depósito de "materias primas" que podemos explotar indefinidamente para satisfacer nuestras ilimitadas necesidades de gratificación y de consumo a menudo superfluo. Valores como la sobriedad y la mesura, importantes aún en los imperios más opulentos de la Antigüedad, cedieron ante la seducción irresistible de los paraísos del consumo.

La naturaleza, así como un enorme porcentaje de la humanidad, fueron reducidos a la condición de "cosas", y como tales, explotados en beneficio de sus "dueños". Pero, como decía el Jefe Seattle, "la Tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la Tierra".

En años recientes, el gobierno de Costa Rica vendió a compañías extranjeras el derecho de buscar y, eventualmente, de explotar el petróleo que encuentren en el subsuelo. Esta decisión destruye lo que durante décadas se ha hecho para proteger y recuperar la enorme riqueza natural de este país. No existe explotación petrolera "limpia" ni "ambientalmente amigable", y quien diga lo contrario, lo hace por ignorancia o de mala fe. Conscientes de ello, numerosas comunidades potencialmente afectadas, en especial de la costa de Talamanca, se han organizado para oponerse a esta medida.

Aunque la legalidad de estos contratos fuera incuestionable, no lo es su moralidad, pues ¿tienen derecho el presidente, los ministros y diputados que legitimaron esta medida, a decidir la suerte de estas comunidades? ¿Les confiere este derecho el haber sido elegidos para gobernar durante cuatro años, aún cuando las consecuencias de sus decisiones repercutirán en la vida de las generaciones futuras de esa zona y de todo el país?

Yo respondo que no. Que una decisión como esa no puede ser tomada de manera inconsulta. Que las y los ciudadanos queremos y tenemos derecho a participar en ella. Que elegir gobernantes no es entregarles un cheque en blanco para que actúen en todo según su criterio. Que los gobernantes son representantes de la voluntad del pueblo, y que cuando esta se manifiesta, ellos tienen la obligación de acatarla. Esta fue una de las lecciones que nos dejó el conflicto nacional que se suscitó en torno al ICE. Ojalá no haya que recordársela tan pronto a los gobernantes.

Una medida de esta envergadura debe ser sometida a una intensa discusión pública y, posteriormente, a algún tipo de consulta popular. Participar en las decisiones que nos afectan es un derecho humano reconocido en todos los tratados sobre la materia. Y, como diría Debravo, "yo exijo que me dejen usarlo".

En 1910, don Antonio Saldaña, último Rey de Talamanca, fue asesinado –según diversos testimonios–, por sicarios al servicio de la Compañía Bananera. Este es el momento de proclamar al viejo y sabio Jefe Seattle nuevo Rey de Talamanca. Que así sea.


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