Tinta fresca

Ecos de eros

Rodrigo Soto G.
rodrigosoto@nacion.com




Hace ya bastantes años descubrí con asombro los pasadizos secretos que unen a algunas palabras. Por ejemplo, tropecé con que al escribir repetidamente y sin pausa la palabra "eros", se formaba la palabra "rose", rosa, así: eroseroseroseros. La rosa y el eros han estado, en efecto, unidas en la imaginación de muchos pueblos y generaciones. Así, un simple juego de palabras revelaba una verdad profunda.

¿Qué tiene la rosa que asociamos con el eros? No será la suavidad, pues si algo caracteriza a eros, es precisamente su violencia, al punto de que todas las instituciones sociales parecen destinadas a domesticarlo, a apaciguar su ímpetu disolvente, creativo y salvaje, pues para él no existen leyes, ni clases, ni jerarquías, ni horarios, ni tarea más importante que complacerse y saciarse. Cuando sopla el viento de eros, se avecina la tempestad, eso es un hecho. Esos son los tanates de eros.

Tal vez, pensé entonces, lo que en nuestra imaginación hermana la rosa y el eros es el misterio, pues ambos, eso sí, son intrincados, hasta el punto de que la rosa es también símbolo del laberinto, como laberínticos nos resultan a menudo nuestros deseos. Eso me pareció más sensato, pero muy intelectual.

Luego, aunque fuera cajonero, me pregunté si la conexión podía venir por el lado del aroma: aroma de eros y aroma de la rosa, pero enseguida descarté esta posibilidad, pues los humores de eros son terrenales, a menudo ásperos, más bien brutales, mientras los perfumes de la rosa son penetrantes (casi tanto como aquellos), pero no tienen su carnalidad, esa cosa densa, húmeda, animal. No: al lado de los de eros, los de la rosa son aromas sutiles, por allí no hay conexión.

En esto estaba cuando descubrí, alelado, que aquel mismo juego de palabras ponía fin a las cavilaciones de Hamlet, pues ahí el dilema del príncipe ("¿ser o no ser?" era resuelto y se convertía en una mera redundancia: "ser o ser" (seroseroser). De este modo, lo que de entrada parecía una nadería, reunía tres asuntos espinosos, profundos y complejos: el eros, la rosa y el ser.

Emocionado, comprendí entonces que en eros no hay opción. Si el tema principal de la obra de Shakespeare hubiese sido el amor y no la duda, el deseo y no la venganza, Hamlet actuaría y no divagaría, pues eros no se anda con disquisiciones ni devaneos. Si Hamlet hubiese sentido verdadero deseo por Ofelia, no le hubiera dado tantas vueltas al asunto ni postergado su amor y, feroz como una flecha, se habría incrustado en su palpitante corazón de dama. Así de simple. Porque en eros no hay dilema, sino solo el ímpetu, el imperativo de actuar.

Hoy, tantos años después de que me adentré en estos laberintos, sigo maravillado por su belleza y su misterio. Y caigo en la cuenta de que la clave de todo, si existe alguna clave, está en las palabras, pues es en ellas donde se reúnen el eros, la rosa y el ser. Sí, es aquí, en las palabras que destilo y añejo como un buen ron o un vino viejo, en donde confluyen todas las piezas del rompecabezas.

No hay palabra sin eros, palabra que no galope en el lomo desbocado del deseo. Es el eros lo que da alas a las palabras, lo que las hace volar y metérsenos por dentro. Eros, ser, deseo, palabra, laberinto y rosa. Así podríamos seguir coleccionando asociaciones y ecos, pues las palabras nos llevan unas a otras por pasadizos secretos. Algo semejante nos sucede a nosotros, que somos palabra encarnada, hijos del deseo, hijos de eros. Nos buscamos en las palabras; nos perdemos en sus laberintos y nos encontramos en sus espejos. Por ello, creo que la vida es un hermoso, indescifrable juego.


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