Tinta fresca

El fin y los medios

Rodrigo Soto G.

A veces es obligación de los amigos decir cosas desagradables aún en momentos difísil.

Ante los sangrientos, sorpresivos y devastadoramente eficaces atentados terroristas cometidos en días pasados en los Estados Unidos, no puede uno menos que expresar su solidaridad con el pueblo norteamericano, e intentar algunos balbuceos reflexivos.

El tema tiene muchas facetas y nos conduce a un problema ético por excelencia: el del fin y los medios. ¿Se pervierte un fin al que alguien considera justo cuando, para alcanzarlo, recurre a la injusticia? En otras palabras, ¿puede la injusticia llevarnos de alguna forma a la justicia, la muerte a la vida, la opresión de otros a nuestra libertad, etc.?

No pretendo decir algo original acerca de un tema sobre el que los espíritus más lúcidos de todas las épocas se han pronunciado, pero sí deseo expresar, tímidamente, mi opinión: no es posible vencer sin convencer; el menos evidente pero más decisivo campo de batalla es el de los valores; quien se muestra superior ahí termina por alcanzar su objetivo. Que lo diga Gandhi. Que lo digan los indígenas de América.

Aunque estemos en total desacuerdo con ellos, debemos admitir que, para los terroristas, el fin que persiguen es justo y es deseable (sea la independencia de Euskadi o Irlanda del Norte, la creación del Estado de Israel en los años 30 o del Palestino en los 70, la instauración de un régimen teocrático o revolucionario, etc.) Terroristas son quienes recurren al asesinato masivo de personas inocentes para minar la voluntad de su adversario y acercarse a ese fin que consideran justo o bueno; e inocentes quienes, sin tener responsabilidad en el estado actual de cosas ni poder para cambiarlo, son sacrificados por los primeros para lograr su objetivo. Sin embargo, como dijo Kofi Annan el día de los atentados en Washington y Nueva York: "Ninguna causa justa ha avanzado jamás por medio del terrorismo".

Lleva razón el presidente Bush cuando explica que el terrorismo no es exclusivamente obra de organizaciones criminales clandestinas, pues existen Estados que planifican, apoyan o ejecutan acciones terroristas. Hay indicios de que en este caso fue así, y quienes lo hicieron deben asumir la responsabilidad de sus actos.

Desafortunadamente, el gobierno de Estados Unidos también ha recurrido al terrorismo. No hace mucho, cuando se le hizo ver que el embargo comercial a Irak había ocasionado la muerte de medio millón de niños, la exSecretaria de Estado Madeleine Albraight, respondió que "ese era un precio alto pero estaban dispuestos a pagarlo". Aunque no sea espectacular como el estallido de aviones contra rascacielos, se trata del asesinato masivo de personas inocentes. Es decir, de un acto de terrorismo. Es duro decirlo, pero es así. En muchos campos siento admiración y respeto por los Estados Unidos, pero a veces es obligación de los amigos decir cosas desagradables aúnen los momentos difíciles.

Superado el momento inicial de horror e indignación, los estadounidenses tienen la obligación de preguntarse por qué ocurrió lo que ocurrió. No bastan las explicaciones que hasta ahora han ofrecido sus dirigentes políticos: "Nos han hecho esto porque somos los defensores de la libertad". Hay que ir al fondo y preguntarse, por ejemplo, por la responsabilidad de los gobiernos de su país en el crecimiento del integrismo islámico. No es solo que Bin Laden y compañía fuesen hasta hace poco aliados de la CIA, es preciso considerar también la prepotencia y voracidad con que a menudo actúan los industriales, comerciantes, políticos y militares de ese país. Pues hay fanatismos religiosos y políticos pero los hay también económicos. El fanatismo del dólar, que sacrifica cualquier cosa a ese fin –vidas humanas y recursos naturales por igual–, no es más civilizado ni menos destructivo que el político. Al contrario, es muy probable que sea una de sus causas.

Paz y fuerza a los familiares de las víctimas del terrorismo en cualquier rincón del planeta. Sabiduría y serenidad para todos en estos momentos críticos. Y que Dios nos coja confesados.


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