Tinta fresca

Elogio del diletante

Rodrigo Soto
rodrigosoto@nacion.com


s posible que muchos lectores desconozcan el significado de la palabra diletante (o dilettante), pero hace más de 20 años, cuando iniciábamos nuestro camino en el mundo de las artes, ser diletante era una de las peores cosas que te podían pasar. Los diletantes eran intrusos o estafadores que usurpaban un lugar entre los verdaderos artistas, los creadores profesionales. Sin embargo, a estas alturas de mi vida, tengo la convicción de que soy, de que siempre he sido, de que nunca seré otra cosa que un perfecto diletante.

¿Creerán ustedes que este josefino irredimible, que jamás se había encaramado en un bote, fue alguna vez, o soñó con ser, marinero y pescador? En alguno de mis momentos de confusión me matriculé como tripulante de una panga de pesca cuyo capitán era... un profesor de yoga. El resultado es fácil de imaginar. No soporté diez minutos antes de vomitar abundantemente, pero el iluminado capitán no tuvo mejor suerte, y el trasmayo del que disponíamos no sobrevivió más que un par de lances antes de terminar totalmente destrozado contra las rocas...

En mi pleistoceno superior trabajé como peón en las fincas bananeras del Valle de la Estrella. Fue una especie de aventura de boyscout, que, sin embargo, me permitió asomarme a la rudeza de ese mundo tan ajeno a la mayoría de la población. Además del temple de los trabajadores, conocí la entereza de las mujeres que regentan las fondas donde se alimentan los peones, y espero haber aprendido de todos ellos algo de su coraje y de su dignidad para enfrentar la vida.

En uno de los malos momentos de mi vida, me las apañé como verdulero en el negocio de mi amigo Rodolfo Dada, quien generosamente me ofreció empleo cuando no tenía otra forma de ganarme los frijoles. Aunque no aguanté mucho tiempo, mi primer empleo formal fue como publicista, y antes había trabajado como peón en varias excavaciones del Museo Nacional en la provincia de Guanacaste.

Para ganar algún dinero, en ciertos momentos de mi vida he hecho cosas no muy sanctas –confieso que he vivido–. Recuerdo alguna vez que en Ciudad Guatemala me hice pasar por un turista alemán con fines harto sospechosos, así como una fallida experiencia como médico brujo en playa Montezuma, al cabo de la cual todos mis amigos me debían dinero, pero yo estaba más limpio que cuando llegué.

Cuando era muy joven, me propuse también ser actor, y junto con algunos amigos (la mayoría de los cuales se convirtieron, en efecto, en excelentes actores), integramos lo que entonces se llamó el "grupo joven" del Teatro Carpa. Mi papel más destacado fue vender empanadas chilenas durante el intermedio de las funciones. Si no alcancé ahí la inmortalidad, dudo que alguna vez lo logre.

No es sino en los últimos años que he logrado centrar mis actividades alrededor de la escritura y de la producción audiovisual. Sin embargo, para subsistir debo ser un poco editor de libros, corrector de estilo, guionista y director de videos, articulista, secretario de actas, consultor... Todo esto mientras trato de ser escritor. En fin... Un señor diletante.

Aunque de vez en cuándo fantaseé con ella, la idea del "escritor profesional" me repele... El empeñoso fabulador de ocho horas diarias cinco días a la semana sentado ante el computador, se pierde y pervierte el verdadero sentido de la escritura, tal y como yo lo entiendo. Porque la creación ha de ser libertad, búsqueda y buceo, y todo ello requiere de tiempo, de dar rodeos, de alejarse del camino para retomarlo meses después. Puede que los libros sean una mercancía (sin duda lo son), pero su contenido no lo es. Ese destello de libertad es, entre otras cosas, lo que nos fascina y seduce de ellos. (¡Esta Navidad regalemos libros!)


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