Tinta fresca

Pececillos azules

Rodrigo Soto G.
rodrigosoto@nacion.com




De todos los pececillos atrapados en las pozas durante la marea baja, el que más nos fascinaba era uno intensamente azul, como el cielo veraniego de Guanacaste. Cada vez que nos aventurábamos hacia las rocas, nos asomábamos a las pozas con la esperanza de encontrar algunos, y rara vez salíamos defraudados. Hallar un grupo de estos peces era motivo de felicidad y augurio de buena suerte. Hasta los adultos que nos acompañaban en aquellas caminatas se fascinaban con la intensidad de su color y la agilidad de sus movimientos. Pues aunque lo intentábamos siempre, jamás lográbamos atraparlos.

Hacer esto no era fácil, a menos que se contara con el equipo adecuado. Por ello sí fue fácil para la compañía extranjera que, pocos años después, obtuvo un permiso para exportar estos y otros peces tropicales a los Estados Unidos. Contrataron a algunos buzos locales y, durante meses, los capturaron alegremente. Los buzos saltaban al mar desde pequeños botes anclados cerca de las playas, y regresaban a ellos con bolsas repletas de peces multicolores, como ramilletes de flores. Así fue como los pececillos azules desaparecieron de las pozas entre las rocas en las playas de Guanacaste, aunque dudo mucho que la especie esté en peligro de extinción, pues con seguridad abunda en los acuarios de Estados Unidos y de Europa.

La historia es vieja. Una de las mayores paradojas de estas tierras es que, a pesar de llamarse "Costa Rica", los conquistadores y colonizadores españoles se internaran desde el inicio en la estrecha franja de montañas y valles cultivables, fundaran allí sus pueblos y ciudades, y se olvidaran por completo de la costa y del mar. Tan limitado era el dominio que ejercían los costarricenses sobre la costa caribeña a finales del siglo XVIII, que el rey de la Mosquitia vendió buena parte de lo que hoy es Talamanca a un empresario alemán. En bahía Ballena, todavía en el siglo XIX las flotas extranjeras consumaban grandes matanzas de cetáceos. En Guanacaste, cuya historia se aparta en tantos aspectos de la del resto del país, la riqueza se generó en torno a la actividad ganadera, y los pueblos también se fundaron y crecieron de espaldas al litoral.

Como hicimos ayer con los pececitos azules, hoy los costarricenses entregamos la belleza de nuestras costas a compañías extranjeras, para que sean ellas quienes saquen mayor provecho a la riqueza turística del país. En el lapso de una década, las tierras de la franja costera pasaron a manos de extranjeros y multiplicaron su valor por mil. Se trata de un verdadero proceso de colonización que está transformando la geografía humana del país, y cuyo impacto social y cultural empezaremos a sentir en los próximos años. No hay xenofobia ni nacionalismo en mis palabras, solo tristeza y amargura.

En lugar de impulsar un desarrollo turístico centrado en las comunidades y con sentido nacional, el Estado costarricense, regentado por una clase dirigente de visión estrecha y enamorada del dinero, propició que todo el potencial turístico del país pasara a manos extranjeras. Los miembros de esa clase se contentaron desde el inicio con ser gerentes o socios minoritarios de las grandes compañías extranjeras, y ofrecieron a los antiguos dueños y habitantes de esas tierras la única opción de convertirse en saloneras, bartendersÖ y prostitutas.

El caso más patético fue el de bahía Culebra (o "Papagayo"), en donde el Estado despojó de sus tierras a cientos de costarricenses para venderla luego a consorcios de capital predominantemente extranjero. Pero la tónica es semejante en el resto del país: a lo largo de casi todo el litoral, las familias de costarricenses hoy son "extranjeras" en su propio país. ¡Pobre Costa Rica! Así entregó la riqueza de sus costas.

Es una historia triste pero yo no la inventé. Que cada quien apechuge con lo que le toca.


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