Tinta fresca

Un año sin Parmenio

Rodrigo Soto G.
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Jamás imaginé que un día le escribiría una carta, o lo que sea esto, don Parmenio, aunque supongo –estoy seguro–, que usted habría detestado el "don". Sin embargo, puesto que nunca lo conocí, un resto de pudor me obliga a llamarlo así. Eso es lo malo de la muerte: los deja a ustedes a merced de los vivos y ni siquiera les queda el derecho al berreo.

Ya ve: lo convertimos en mártir. ¿Se imaginó usted alguna vez así? ¿Estuvo en su cálculo de posibilidades que sucediera esto? ¿Tomó usted en serio las amenazas que había recibido? ¿Decidió ignorarlas y seguir adelante con una investigación periodística en la que se oían "pasos de animal grande"? Son demasiadas preguntas, don Parmenio, las que quedan sin responder. Pero ante todo está la última, la primera, la decisiva pregunta que todos nos hacemos: ¿quién lo mandó a matar? ¿Sabe usted la respuesta? ¿O ni siquiera lo sospechó? Somos muchos los que creemos que usted ha de haber sabido quién estuvo detrás de aquello. Y algunos miembros de su familia, también. Entonces se abren otras preguntas: ¿Tan bien planeado fue el crimen para que después de un año no exista nada en claro, nada confiable, tan solo "hipótesis" y "presunciones" que no superan el rumor?

A mí me da mucha rabia todo esto. Me da rabia el que lo hayan asesinado, la forma cobarde y rastrera como lo hicieron, el que los sicarios y quienes los contrataron sigan en libertad. Pero también me da rabia el silencio, el olvido, la extraña complicidad en la que todos caemos. Como dice el gran maestro Atahualpa Yupanki: "Le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí". Yo le tengo rabia al silencio porque en él, con él, por él, perdemos todos algo invaluable: el sentido de los límites, que es como decir el sentido de la dignidad. "El que calla otorga", dice el refrán. Y aquí, este país, mi país, ha callado miserablemente. Salvo algunas voces, que no hacen más que agigantar el silencio, la sociedad, nosotros, los otros, casi todos, hemos permanecido horrorosamente callados, horrorosamente cómplices, como diciéndole a quienes lo asesinaron: "Y buenoÖ Estuvo mal lo que hicieron, pero es cierto que él se la buscó; cruzó la raya; se le fue mano".

Me avergüenza todo esto. ¿A usted? Usted era mayor que yo; tal vez estaba curado de espantos. Pero no lo creo. Supongamos que no hubiera sido usted, sino otro, al que mataron. No me cabe la menor duda de que, en ese caso, durante este año usted no habría dejado de berrear, de protestar, de llamar la atención y prevenir contra el silencio y el olvido. De eso estoy seguro.

Si supiera todo lo que ha sucedido este año, se caería de espaldas: las elecciones y la crisis del bipartidismo; la segunda ronda; la Sele clasificó y fue al Mundial; los escandaletes y escandalotes que se multiplican como panes; la penetración de la mafia; el hampa cada día más violenta; los sobornos a los políticos; el horror en Oriente Medio; los atentados del 11 de setiembre; las guerritas de Mr. Bush; tantas cosas, en finÖ No es una justificación ni una disculpa, pero eso explica, en parte, nuestro silencio y nuestro olvido.

Por eso nos hace falta gente como usted, don Parmenio; porque en medio de todo el barullo, de las narcotizantes noticias que a diario y por miles nos traen los diarios, usted sabía distinguir el grano de la paja, sabía poner el dedo en la llaga y mantener algunos temas presentes en el pensamiento, en la palabra, en la conversación de la gente.

Se lo dice alguien que no escuchaba La Patada pero se enteraba de muchas cosas porque en las reuniones con amigos, en la calle, en los buses, en los taxis, siempre había alguien que traía a la conversación los asuntos que usted había tocado en su último programa.

Y eso es lo que nos falta hoy: un Parmenio para recordarlo a usted; un Parmenio que con su humor corrosivo, provocador, irreverente y sarcástico, mantenga en la memoria y en la palabra y en el pensamiento de todos, el crimen de don Parmenio Medina, su crimen, quiero decir.


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