Informe especial

Cosecha de colombianos

Fabiola Martínez O.

Arrancados de su tierra por la guerra y la inseguridad, miles de inmigrantes colombianos empiezan a echar raíces en Costa Rica

Cansados de vivir bajo la sombra de la muerte y amenazados por la guerra interna que agobia a su patria desde hace 38 años, más de 10.000 colombianos han inmigrado a Costa Rica con la esperanza de hallar paz, trabajo y estabilidad para construirse un futuro más seguro.

Algunos llegaron al país hace una década o más, pero la mayoría forma parte de una nueva ola de inmigrantes que empezó a crecer dos años atrás.

Además:

  • Acto de amor
  • Desilusión
  • A salvo
  • Negocio caliente


  • Galería de fotos
  • Datos de la Dirección General de Migración precisan que 4.205 colombianos viven en Costa Rica como residentes y otros 5.194 están en condición de refugiados. Esto indica que al menos 9.399 colombianos viven en Costa Rica, además de los muchos que cuentan con permisos temporales de trabajo o estudio, y de los que permanecen en condición ilegal.

    Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 988.000 personas abandonaron Colombia entre 1997 y el año 2000 debido al recrudecimiento de la guerra.

    Por su tradición democrática y por las facilidades de ingreso que existieron hasta hace poco, Costa Rica es uno de los destinos preferidos por aquellos que huyen para no engrosar la lista de más de 200.000 víctimas que han muerto en su país por causa del conflicto entre la guerrilla izquierdista, los paramilitares de ultraderecha y las fuerzas del Estado.

    Huyen de la violencia, de la incertidumbre, de amenazas que recibieron en forma directa o de la extorsión que sufrían por parte de grupos guerrilleros o paramilitares que los obligaban a entregar parte de sus ganancias "para financiar la guerra". También buscan escapar del 15 por ciento de desempleo que persiste en Colombia, donde hace tres meses se calculaba que había 6,4 millones de personas subempleadas y 2,9 millones desocupadas.

    El 26 de mayo, cuando se celebraron las elecciones presidenciales en su país, la mayoría de los 4.443 colombianos inscritos para votar en Costa Rica dieron su apoyo a Álvaro Uribe Vélez, quien a la postre resultó el presidente electo. A partir del 7 de agosto, él sustituirá a Andrés Pastrana y asumirá el enorme reto devolver la paz a Colombia.

    Mientras tanto, a 1.252 kilómetros de su tierra, los inmigrantes colombianos luchan por integrarse a la dinámica social y productiva de Costa Rica. Optimistas y emprendedores, de pie frente a las dificultades de vivir en un país extraño, ellos intentan habituarse a la idiosincrasia costarricense y a un estilo de vida distinto al suyo.

    "A veces viajo a Colombia y mientras estoy allá me mantengo siempre tensa y en actitud defensiva; cuando regreso a Costa Rica me relajo inmediatamente", dijo la colombiana María Eugenia de Velásquez, codueña de la corporación Pipo's Dog.

    Óscar Giraldo Montaño, quien estaba desempleado en su Cali natal y ahora trabaja en un centro de fotocopiado en Heredia, expresó con ímpetu:

    "No hay nada mejor que salir a la calle y caminar libremente, sin estar pensando que en algún lugar puede estallar un carro bomba. Yo quiero mucho a Colombia, pero no cambio por nada la tranquilidad que he encontrado en Costa Rica; mi deseo es formar un hogar en este país y permanecer aquí el resto de mi vida".

    Perfiles distintos

    En el primer trimestre del 2002, el éxodo de colombianos aumentó un 32 por ciento con respecto al mismo período del 2001, pero, a diferencia de antes, su principal destino ya no fue Estados Unidos, sino América Latina.

    En Costa Rica, el saldo migratorio anual –diferencia entre el número de colombianos que ingresan y los que salen cada año– aumentó de 2.831 personas en 1999 a 7.373 en el 2001. Durante los primeros cinco meses del 2002 entraron al país 17.877 colombianos, y 3.773 de ellos se quedaron aquí.

    Deportados
    Entre 1998 y abril del 2002 fueron deportados 388 colombianos. Además, les fue denegado el ingreso a 407.

    "La situación de Colombia ha afectado el mercado laboral, pues la inversión extranjera se va del país y las empresas recortan personal o pagan a los profesionales menos de lo que vale su trabajo. Yo me gradué como ingeniera industrial y no pude ubicarme en ningún empleo acorde con mi profesión; por eso, cuando me surgió una oportunidad en Costa Rica, decidí venirme", manifestó Yorsy Samudio Luna, quien tiene 25 años y cuenta con un permiso temporal de trabajo en el país.

    Carlos Murillo, experto en relaciones internacionales, afirmó que el impacto de este éxodo hacia Costa Rica debe analizarse partiendo de la premisa de que existen grupos distintos entre la población de colombianos inmigrantes: los empresarios, los profesionales y otras personas que buscan empleo, y los que ingresan al país con el propósito de desarrollar ciertas actividades ilícitas.

    El primer grupo –en su opinión– es aquel que cuenta con capacidad económica para invertir y para fundar grandes empresas en el país, de modo que realiza un aporte significativo a la economía nacional y genera nuevas fuentes de empleo.

    Otro segmento, agregó Murillo, está conformado por profesionales y técnicos que se integran a la fuerza laboral del país, o bien, optan por abrir pequeños negocios familiares para su subsistencia. Así, en todo el país han proliferado restaurantes, salones de belleza, zapaterías, cibercafés, pastelerías y múltiples locales comerciales que pertenecen a colombianos, la mayoría decorados con los colores amarillo, azul y rojo de su bandera.

    Según Murillo, una de las principales diferencias entre los inmigrantes colombianos y los nicaragüenses –que predominan en el país– radica en las características de la mano de obra que ofrecen.

    "La mayoría de los nicaragüenses viene a realizar labores que los costarricenses no quieren desempeñar, como es el caso de los que trabajan en sectores de la agricultura y la construcción. Por el contrario, muchos de los inmigrantes colombianos son médicos, abogados y profesionales en diversas áreas que vienen a demandar empleo y a competir con los costarricenses", sostuvo.

    Finalmente, Murillo señaló que entre los inmigrantes existe un reducido grupo de personas que participa en actividades ilegales, como el lavado de dólares, el tráfico de drogas o el crimen organizado.

    Por los casos de varios colombianos asesinados en el país, se teme que exista aquí algún grupo que realice ajusticiamientos contra personas que han sido perseguidas en Colombia. La Defensoría de los Habitantes y la Dirección General de Migración han recibido cerca de 16 denuncias de colombianos que dicen correr peligro por la supuesta presencia de ese grupo.

    Nueva vida

    Los inmigrantes llegan a Costa Rica obligados a encontrar pronto una fuente de ingresos. Por eso, con una determinación ejemplar, aquellos que cuentan con recursos para invertir se aventuran a abrir negocios propios en los que vierten toda su creatividad y laboran extensas jornadas.

    Hugo Serna, quien cerró su heladería y su almacén de electrodomésticos en Medellín para escapar de las extorsiones de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), decidió traer a Costa Rica los helados que él mismo fabrica con sabores novedosos: salpicón, queso, mango verde con sal, lulo y curuba, elaborado con una fruta "acidulce" que proviene de Colombia.

    Récord
    Las solicitudes de refugio aumentaron tras el establecimiento de la visa: en abrill se presentaron 1.073.

    "La situación en Colombia es tan complicada que ya los negocios no sirven para nada: ni para comer uno mismo ni para pagarle a los guerrilleros la cuota mensual que ellos exigen. Si yo no cerraba el negocio, me iban a matar", narró el propietario de Fantasías de Pura Fruta, en Heredia. "Desde que llegué a Costa Rica empecé a trabajar muy duro y me ha ido bien porque a la gente le llama la atención nuestro producto. Espero poder quedarme en este país y abrir más heladerías".

    La mayoría de los colombianos que tienen empresas aquí brindan empleo a sus paisanos como un gesto de solidaridad y, además, porque los consideran más eficientes.

    En Pipo' s Dog, corporación que vende perros calientes en 26 puntos de San José, el 80 por ciento de los empleados son colombianos refugiados en el país.

    "Los ticos viven a un ritmo más lento que el nuestro, pues la competencia que existe en Colombia nos obliga a trabajar en forma acelerada y a ser muy eficientes. Además, los colombianos son más atentos con los clientes y están acostumbrados a cuidar su trabajo porque saben que hay muchos esperando que cometan un error para ocupar su puesto", aseveró María Eugenia de Velásquez.

    Al igual que ocurre con varios empleados de Pipo's Dog, muchos de los inmigrantes que trabajan en empresas de otros coterráneos suyos son profesionales jóvenes que no encuentran un empleo en su propio campo académico.

    Algunas personas tienen que sortear numerosos obstáculos para poder ejercer su profesión en Costa Rica. Tal es el caso de una odontóloga que llegó al país hace dos años y medio: a pesar de que cuenta con una especialidad obtenida en Colombia y de que cursó varias materias en una universidad costarricense para convalidar su título, aún no puede trabajar porque el Consejo Nacional de Enseñanza Superior Universitaria Privada (Conesup) le exige más créditos para incorporarse al colegio profesional correspondiente. Por eso, presentó su caso ante la Defensoría de los Habitantes.

    "Me están aplicando una ley que entró en vigencia después de que yo me gradué, en la cual se indica que es necesario hacer 32 créditos para convalidar el título. Ahora quieren anularme el título porque, supuestamente, me hacen falta doce créditos", explicó la mujer, quien prefirió no dar su nombre.

    "Aunque no es justo, creo que tomaré el camino más corto y llevaré esos créditos que me piden, porque este proceso ya se ha hecho demasiado largo. Si mi esposo no trabajara, ya habría tenido que regresar a Colombia, como les ocurrió a otras colegas que estaban en la misma situación", agregó.

    Sin discriminación

    Uno de los mayores impactos de la inmigración es la creciente demanda de servicios públicos, tales como el agua potable, la electricidad y el sistema de salud. Esto aumenta el riesgo de que tales servicios colapsen porque no dan abasto y, al mismo tiempo, alimenta el rechazo de ciertos sectores nacionales contra los extranjeros.

    Tal como lo señaló José Manuel Echandi, Defensor de los Habitantes, los extranjeros poseen los mismos derechos fundamentales que todos los costarricenses. Por ello, dijo, en lugar de cerrarles las puertas es necesario regular su condición y adoptar políticas que permitan administrar la inmigración en forma adecuada.

    "Muchos extranjeros que no están en condiciones legales son víctimas de explotación laboral porque trabajan más horas de las debidas y reciben salarios inferiores a los que merecen. Al mismo tiempo, el Estado deja de percibir ingresos por las cargas sociales", advirtió.

    "Es fundamental regular el trabajo de estas personas por su propio bien y por el bien de todo el país, de modo que ellas también contribuyan al sistema y no sean una carga. Si los patronos son obligados a pagarle al inmigrante lo que es justo por su trabajo, los costarricenses dejarán de estar en desventaja y se evitará el resentimiento que surge por la competencia laboral", añadió.

    Un caso particular es el de los refugiados. Tal como lo define el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), se trata de personas que se encuentran fuera de su país "debido a un temor de persecución bien fundado por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social o una opinión pública", y que no pueden o no quieren acogerse a la protección de tal país.

    El año pasado Costa Rica se ubicó entre los diez países del mundo que recibieron a más refugiados: entre 1999 y el 4 de setiembre del 2001 la cantidad de colombianos que pidió refugio aumentó en un 6.910 por ciento.

    Con el fin de mejorar la atención a esa población, el ACNUR y la Universidad de Costa Rica (UCR) firmaron un convenio para crear un proyecto de Trabajo Comunal Universitario (TCU) llamado "Fortalecimiento de la Protección de los Refugiados y Migrantes Vulnerables en Costa Rica".

    El programa –coordinado por la Facultad de Derecho de la UCR– se empezó a implementar en enero pasado con la participación de 49 estudiantes de diversas disciplinas, quienes colaboran con la asistencia que se brinda a los refugiados y trabajan en la elaboración de un diagnóstico para evaluar la situación de esa población en el país.

    "El Estado tiene la obligación de proteger la integridad de los refugiados, pero el país no cuenta con la infraestructura ni los recursos necesarios para ello. Este proyecto pretende, en primer lugar, colaborar con la Dirección General de Migración para fortalecer su capacidad de respuesta y agilizar la tramitación de las solicitudes de refugio", dijo Gioconda Ubeda, directora del TCU.

    Puerta antreabierta

    El 15 de abril empezó a regir el sistema de visas establecido por el gobierno con el fin de controlar la afluencia de colombianos, y los frutos de esta medida ya comienzan a notarse: mientras que en marzo ingresaron 5.524 colombianos al país, en abril lo hicieron 3.330 y, en los primeros 15 días de mayo, solo 110. Asimismo, el saldo migratorio se redujo de 1.816 personas en marzo a 464 en abril.

    "Creo que la visa constituye un buen filtro porque establece condiciones muy puntuales de ingreso, como la presentación de documentos que demuestren la solvencia económica y la existencia de alguna relación laboral en el país de origen, así como otros elementos que permitan deducir que la persona no se quedará en Costa Rica", dijo Marco Badilla, nuevo jerarca de la Dirección General de Migración.

    Quien solicita visa también debe aportar una constancia de que no posee antecedentes penales en su país de origen o en el que ha residido durante los últimos cinco años.

    "De esta forma restringimos la corriente migratoria colombiana pero, al mismo tiempo, permitimos que aquellas personas que vengan con una intención sana y conveniente para el país puedan hacerlo de la mejor manera", puntualizó.

    Datos del ACNUR revelan que, si bien disminuyó el saldo migratorio, en abril se produjo un récord en la cantidad de colombianos que solicitó refugio en el país: mientras que en febrero se presentaron 341 solicitudes y en marzo 409, la cifra aumentó a 1.073 un mes después, justo cuando se puso en marcha el sistema de visas. Por lo general quien hace la solicitud viene con su familia, de modo que la cifra de los que entran es superior.

    Entre los colombianos ya establecidos en el país existen opiniones encontradas sobre el tema de la visa. Algunos lo consideran un gran beneficio para los costarricenses y para ellos mismos, otros sostienen que la medida discrimina a personas de escasos recursos.

    "Yo desde niña sentí en carne propia las consecuencias de la pobreza, y hace dos años me vine para Costa Rica porque mi esposo murió y no estaba asegurado, entonces quedé muy desfavorecida. Hay mucha gente honrada que también quiere venir a trabajar y no puede hacerlo porque no tiene suficiente dinero para cumplir con los requisitos, por eso me parece grave que ahora pidan visa", dijo Elena Becerra, quien tiene 52 años y es empleada de Fantasías de Pura Fruta.

    "Me parece buenísimo que pidan visa porque antes era muy fácil entrar a Costa Rica y eso se prestaba para que ingresaran muchas personas con malas intenciones", comentó Claribel Restrepo mientras le servía un refresco a un paisano suyo en El Puntico Ricositas, el pequeño restaurante que fundó con su esposo en Heredia.

    Identidad y tolerancia

    "Costa Rica es mi segundo hogar. Aquí tengo muchos amigos y todos me han apoyado como lo esperaría uno de un hermano", afirmó Javier Monge, quien tiene 26 años y llegó al país con su familia en 1995.

    Si bien la mayoría de los colombianos consultados afirmó que no ha sufrido discriminaciones en Costa Rica, muchos lamentaron que se les relacione con las actividades ilícitas que realizan otras personas de su país. Un joven profesional, quien labora en una prestigiosa compañía y prefirió no revelar su nombre, recordó el comentario hiriente que, en presencia suya, hizo una de sus compañeras de trabajo cuando se enteró de la ruptura del diálogo entre el gobierno colombiano y la guerrilla: "¡Qué pereza!, ¡Van a venir más colombianos a Costa Rica, y esos son un montón de maleantes!".

    En opinión de Carlos Murillo, la xenofobia en Costa Rica se manifiesta en las bromas y los chistes relacionados con los extranjeros, lo cual revela un rechazo oculto tras la ironía y el humor.

    "En las últimas administraciones no ha existido una política migratoria clara y el creciente ingreso de colombianos tomó desprevenido al país. Aunque esta inmigración todavía no es tan grande como para generar tensiones, es necesario canalizarla bien para que eso no suceda", aseveró.

    En una sociedad cada vez más heterogénea, Murillo llamó la atención sobre la necesidad de fortalecer la identidad costarricense y, al mismo tiempo, mantener una actitud abierta a los aportes de los colombianos y de gente de otras nacionalidades que ya echan raíces en suelo costarricense.


    Acto de amor

    Para León Darío Lopera, venir a Costa Rica fue un acto de amor: amor a la vida, a su familia, al futuro y a sus sueños.

    "Un hombre muere cuando mueren sus sueños. Por eso me traje mis sueños para Costa Rica y los mantengo vivos al realizarlos aquí", manifiesta.

    Harto de las amenazas de guerrilleros y paramilitares, en 1999 clausuró el restaurante que mantenía desde hace 20 años en las afueras de Medellín y solicitó refugio en Costa Rica para radicarse aquí con su esposa Amparo y sus tres hijos.

    Este país despertó su curiosidad por la ausencia de ejército y, según dice, aquí halló la paz y la libertad que buscaba.

    Socio y administrador del restaurante Ticolo, en la esquina sureste del Mercado Central, León reconoce que le resultó difícil empezar de nuevo, lejos de su tierra. Sin embargo, afirma que la solidaridad de los costarricenses y la unión de su familia le dan fuerza para superar las adversidades.

    "Aquí aprendí a ver la vida de otra manera, a darle menos importancia a las cosas materiales y a valorar más a mi familia. Tengo muchas razones para estar agradecido con Costa Rica, y en cuanto pueda solicitaré la residencia porque quiero dar mi aporte al futuro de este país que me abrió las puertas".


    Desilusión

    Hace dos meses que Marley Daryony Taborda llegó a Costa Rica y todavía no se acostumbra a vivir lejos de su familia, de su novio y de Medellín.

    El espíritu valiente de sus 20 años la animó a escapar de la violencia que impera en Colombia y a buscar nuevos horizontes, pero confiesa que ha llorado mucho y que Costa Rica está lejos de ser lo que ella esperaba.

    "Al escuchar el nombre de Costa Rica yo imaginaba un sitio espectacular, muy distinto de lo que realmente es. Aquí hay mucha contaminación, el transporte público es muy malo, la vida es muy cara y a los extranjeros nos cobran más por todo", se queja.

    Con estudios de secretariado, así como de mercadeo y ventas, esta joven trabajaba en su país como secretaria de la gerencia en una empresa. Ahora es vendedora en la zapatería Colombia (propiedad de colombianos), sobre la Avenida Central.

    Para divertirse, va de vez en cuando con sus amigas al centro comercial El Pueblo o al centro comercial Multiplaza. Con su novio platica por medio del correo electrónico.

    Invadida por la nostalgia, Marley afirma que no sabe lo que hará cuando se venza su permiso de trabajo en Costa Rica, que tiene una vigencia de dos años. "Si aguanto, me quedo", concluye.


    A salvo

    Cuando Fernando Rodríguez y Mélida Prieto se casaron, tenían algo bien claro: no querían que sus hijos nacieran en Colombia, asediados por la guerra.

    Ambos vinieron en 1999 a Costa Rica y empezaron a trabajar en la Radiográfica Costarricense, pero los padres de Fernando –quienes llegaron después al país– abrieron una empresa de fotocopiado en Heredia, cerca de la Universidad Nacional, y ahora él lo administra.

    Con Rodríguez trabajan otros tres colombianos: Óscar Giraldo, Edwin Ramírez y Viviana Acosta. Todos se conocieron en Costa Rica.

    "Ninguno de nosotros tenía experiencia en este tipo de negocio, pero poco a poco hemos aprendido a sacar copias, a hacer empastes y a atender las necesidades de los clientes, que son, en su mayoría, estudiantes universitarios. Nos ha ido muy bien", narra Fernando.

    De lunes a viernes, la librería y fotocopiadora Panamericana atiende al público de 7 a. m. a 8:30 p. m., y los sábados lo hace hasta las 6 p. m.

    "Somos los primeros en abrir y, casi siempre, los últimos en cerrar. El trabajo nunca nos falta, y hemos encontrado la tranquilidad que buscábamos", dice Fernando.

    Mateo, el hijo de Mélida y Fernando, ya cumplió dos años.


    Negocio caliente

    Fabio Velásquez y su esposa María Eugenia llegaron a Costa Rica en 1978, después de que guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) colocaron una bomba en su casa. Por milagro, la bomba no estalló, pero la amenaza fue suficiente para que entendieran que debían salir de ahí.

    Agrónomo de profesión, Fabio era gerente de una renombrada compañía en Colombia. Al llegar a Costa Rica trabajó con el sector cafetalero.

    Hace dos años, los Velásquez y su hijo José Roberto, iniciaron un próspero negocio: Pipo's Dog. En 26 puestos de venta, ubicados en distintos puntos de la capital, ellos ofrecen "perros calientes" gigantes, con salchichas de 22 centímetros de largo y acompañados de diez ingredientes que el cliente puede combinar a su gusto.

    "Antes a la gente le parecía extraño ponerle piña dulce, salsa de pizza o queso rallado a un perro caliente, pero muchos ya se acostumbraron y tienen un estilo propio para combinar los ingredientes", dice María Eugenia.

    "Desde un principio yo dije que las salchichas debían ser grandes porque los ticos son bien comelones. En efecto, el producto ha tenido mucha aceptación", añade su esposo.

    En centros comerciales, en supermercados y en otros sitios concurridos, ya es común ver los "carritos" de Pipo's Dog, atendidos en su mayoría por colombianos.


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