Tinta fresca

¿ Por qué los ticos somos tan galleta?

Rodrigo Soto

Cuando tenemos problemas, acudimos al recurso de compararnos con quienes están peor

rodrigosoto@nacion.com

Durante los últimos años, he vivido con la sensación de que la sociedad costarricense padece de una peligrosa enfermedad, de la cual no somos conscientes. La reciente publicación de una encuesta –con y todo lo discutibles que son tales estudios–, me confirmó aquella sospecha, y es que los ticos estamos profundamente enfermos de autocomplacencia.

Nosotros nos quejamos de la corrupción, de la inseguridad y de los huecos en las calles; nos quejamos de la sequía y, por supuesto, de la inmigración; hacemos mofa de los traspiés de ciertos curas o de los negocios de la Iglesia Católica; de vez en cuando nos escandalizamos por la prostitución infantil, por la miseria de algunos compatriotas o por la violencia doméstica...

Sin embargo, ninguna de estas cosas pone en entredicho el sentimiento básico de que aquí las cosas marchan bien, y que, a pesar de todo y digan lo que digan, este país está predestinado, protegido por no sé qué ángeles o vírgenes, y que nada verdaderamente serio, nada verdaderamente grave, nos puede suceder. Más aún: todos estos males nos vienen de fuera o suceden por culpa de otros –el Niño o la Niña, los políticos, los colombianos, los gringos o los nicas– y, por lo tanto, tampoco son nuestra responsabilidad.

Cuando las cosas se ponen espesas, cuando no nos queda más remedio que admitir que también tenemos problemas, acudimos al recurso fácil, infalible, de compararnos con quienes se encuentran peor.

Es verdad que, al compararla con otras naciones cercanas y lejanas, la situación de Costa Rica no es tan mala. Es verdad que la cobertura de servicios básicos es mayor, que hay menos analfabetismo y que, a pesar de todo, esta sociedad aún ofrece algunas oportunidades para el desarrollo de quienes la conformamos. Todo esto es verdad, y creo que nos da motivos para sentirnos orgullos y agradecidos con quienes nos antecedieron e hicieron esto posible.

Lo que no puede ser es el sentimiento irracional de que, con todo y estos logros, la sociedad costarricense no tiene ante sí enormes retos que nadie resolverá por nosotros; lo que nos amenaza desde lo más profundo es el sentimiento de que, mientras nosotros estemos bien, el resto del mundo puede hundirse; lo que nos pierde es la ilusión de que lo que hemos logrado no puede perderse. Como dicen por ahí: si no avanzamos, retrocedemos...

Paseándome una noche de lunes por los atestados bares de San Pedro de Montes de Oca o por los igualmente repletos restaurantes de San Rafael de Escazú, inevitablemente han vuelto a mi mente aquellas palabras de Monstesquieu, el filósofo francés: "Las Repúblicas perecen por el lujo".

Algunos dirán que ese abandono al consumismo –la forma más evidente de autocomplacencia–, es exclusivo de los sectores adinerados de nuestra sociedad y no puede generalizarse. Puede ser. Pero tengo la impresión de que, cada quien según sus posibilidades, todos tomamos ese camino, esa forma un tanto obscena de restregarle a los otros y a nosotros mismos, lo bien que estamos (aunque estemos jodidos), lo mucho y lo bien que hemos comido...

La autocomplacencia es peor que el conformismo, pues no tiene el dejo triste y un tanto melancólico de este, y nos lleva a regodearnos, a vanagloriarnos de lo que se ha logrado, ignorando y desatendiendo las urgencias y los retos del presente.

Cuando tenemos problemas, acudimos al recurso de compararnos con quienes están peor


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