11/09 Los costarricenses

Ticos en medio del caos

Ivannia Varela
ivarela@nacion.com

Estos son los testimonios de los costarricenses que, por una u otra razón, se convirtieron en víctimas o sobrevivientes de los atentados terroristas.

El 11 de setiembre también sacudió las fibras más íntimas de los costarricenses. Ver esos dos aviones estrellarse contra las imponentes Torres Gemelas, observar cómo decenas de personas se lanzaron al vacío y la forma en que aquellos dos edificios se desplomaron en cuestión de segundos, nos genera, todavía, una intensa sensación de angustia.

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Sin embargo, en aquella fatídica fecha, hubo varios compatriotas que no solo fueron testigos pasivos de la tragedia. Algunos de ellos estuvieron dentro del Centro Mundial de Comercio (World Trade Center) en el preciso instante de los atentados; otros trabajaban allí, pero no se encontraban en sus oficinas en ese momento, y al menos dos ticas perdieron a sus seres queridos.

Hoy, un año después, estas personas intentan sobreponerse, aunque los malos recuerdos aún invaden sus memorias.

Sylvia Loría Quirós, cuyo esposo, Kevin Connors, quedó sepultado bajo los escombros de las Torres, se convirtió en noticia. Desde diciembre del año pasado, esta mujer recorre largas distancias en bicicleta para honrar a cada una de las personas que perecieron en los ataques. Gladys Meza, madre del policía Jerome Domínguez, quien falleció mientras realizaba labores de rescate, se reconforta al pensar que su hijo murió haciendo lo que más le gustaba. Karla Pericón Ortiz, funcionaria del Bank of America, revive en pesadillas lo que le sucedió cuando se encontraba dentro de la torre norte. Roberto Sevilla Solano, quien logró salir con vida de uno de los sótanos, todavía llora al recordar a las personas que trabajaban en ese sitio y como muchos, recibe terapia psicológica.

Pilar Madrigal Zamora, funcionaria de CINDE, no estuvo dentro de las Torres, pero la experiencia también le marcó la vida. Ahora, aunque teme que ocurran nuevos hechos violentos, trata de aprovechar al máximo cada minuto de su existencia. Y Rogelio Pardo Maurer, hijo del ministro de Ciencia y Tecnología, Rogelio Pardo Evans, debió abandonar su oficina en el Pentágono, para incorporarse a la guerra contra el terrorismo.

Como ellos, otros costarricenses también se vieron afectados directamente por los atentados terroristas. De acuerdo con Otto Roberto Vargas, cónsul en Nueva York, después del 11 de setiembre miles de ticos perdieron sus puestos de trabajo y otros tantos debieron recibir terapia psicológica.

Aunque él no estuvo dentro del World Trade Center, presenció los atentados a escasas cuadras del lugar y asegura que fue una experiencia devastadora. Ahora se resiste a visitar sitios conglomerados y se altera cada vez que escucha las sirenas de las ambulancias.

Estimaciones de ese consulado indican que entre setiembre y noviembre del año pasado, al menos 3.000 familias retornaron a Costa Rica por miedo a nuevos ataques o a que se dispararan los casos de ántrax.

En la actualidad, la colonia tica de Nueva York, que supera las 60.000 personas, vive con la aprensión de que se repita un acto semejante. Pese a ello, muchos tratan de seguir ahí para no renunciar a los sueños con los que llegaron a esa nación.

3.062 millas, 3.062 almas

Después de pasar dos meses y medio consumida en el dolor, la costarricense Sylvia Loría decidió hacer algo inusitado, casi loco. Necesitaba, con urgencia, amainar el duelo que la embargaba y no le permitía regresar a la normalidad.

La madrugada del domingo 2 de diciembre del 2001 tuvo la fuerza para incorporarse de la cama y subir a su bicicleta. Fue entonces cuando decidió recorrer una milla por cada una de las personas que murieron en los atentados

Entre las personas a quienes deseaba honrar, se encontraba su esposo, Kevin Patrick Connors, un esbelto estadounidense de 55 años que trabajaba en el piso 84 de la torre sur para la compañía Euro Brokers.

Sylvia y Kevin se habían casado diez años atrás y vivían en Greenwich, Connecticut, a 45 minutos de Manhattan, junto con los tres hijos de ella y dos de él. Tras los ataques, la historia de esta familia se trastocó por completo; los muchachos de Kevin regresaron a la casa de su madre en Francia, y Sylvia sufrió una gran tristeza.

La última vez que ella vio a su esposo fue precisamente la mañana del 11 de setiembre, cuando lo llevó en su carro hasta la estación de tren. En el camino, además de planear unas vacaciones para celebrar su próximo aniversario de bodas, el 1° de octubre, él le comentó que pasaría a desayunar a la estación Grand Central, en Manhattan.

Fue por esto que, cuando se enteró de los ataques, Sylvia tuvo la fe de que su marido no estuviera dentro de las Torres. Al observar por televisión cómo un segundo avión se estrelló contra el edificio sur, algo en su interior se resquebrajó; pero también entonces se rehusó a creer lo peor.

Al segundo día y sin tener noticias de Kevin, se animaba pensando que su esposo, tan decidido siempre a prestar primeros auxilios, estaría trabajando en el rescate de las víctimas y por eso no contestaba las llamadas que ella, repetidamente, le hizo al celular. Kevin tenía una excelente condición física, era un amante del ciclismo (dos días antes de los ataques había participado en el Tour Ciclístico Centenario de la ciudad de Nueva York) y Sylvia tenía la convicción de que él podría aparecer con vida en cualquier momento.

Su ilusión se desvaneció a la semana, cuando le confirmaron que, minutos antes del caos, su desaparecido esposo le había enviado a un amigo un correo electrónico desde su oficina. Nunca recuperaron su cuerpo, pero su nombre figura entre la lista de víctimas mortales.

Aunque Sylvia acompañaba a su marido cuando salía a entrenar en bicicleta, ella no era una ciclista profesional. Ahora prácticamente lo es.

Ya ha recorrido 2.000 millas (3.200 kilómetros) y solo le faltan 1.062 (1.700 kilómetros) para completar 3.062, la misma cantidad de personas que, según los últimos recuentos, fallecieron a causa de los actos terroristas de ese día.

Las primeras millas las pedaleó llorando, desesperada por encontrar respuestas.

Sin embargo, ahora que le falta solo una tercera parte del millaje, se siente más fuerte, en cuerpo y espíritu.

Varios periódicos estadounidenses han resaltado la hazaña de esta tica, quien vive en esa nación desde 1986. Y es que el caso de Sylvia no solo llama la atención por su motivación y energía para realizar tales trayectos.

Amigos y colegas de Kevin, así como algunas instituciones financieras, han hecho donaciones a Sylvia para que ella, por medio de una fundación, realice obras benéficas como otorgar becas a jóvenes de escasos recursos y obsequiar bicicletas a niños pobres.

Un policía en el cielo

Al cumplirse un año de la muerte de su hijo, Jerome Domínguez, la costarricense Gladys Meza afirma que, aunque parezca incomprensible, ahora se encuentra más feliz que nunca. La pérdida del muchacho le duele en el alma, pero su convicción religiosa le dice que su hijo está en el cielo y además, murió ayudando al prójimo, que era lo que más le gustaba hacer.

Jerome era policía en la Unidad de Emergencia de Nueva York. Desde muy joven participaba en labores de rescate, formaba parte de la reserva de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, y ya se había hecho acreedor de varias medallas. Incluso, en una oportunidad salvó a varios niños de un bus escolar que se incendió en Texas.

En la madrugada del 11 de setiembre, Jero, como le llamaban sus padres, había estado laborando en otra emergencia. Aún así se dirigió a las Torres Gemelas en cuanto tuvo noticias de lo que allí sucedía.

Policías sobrevivientes narraron que él no quiso abandonar los edificios ni siquiera cuando se les dio la orden de hacerlo. Al parecer, dijo que mientras quedaran personas arriba, él no podía quedarse de brazos cruzados. Nunca lo hizo y por eso –cuenta su padre, un español con el mismo nombre– murió sepultado. Este policía de 38 años, de nacionalidad estadounidense pero con sangre tica, era divorciado y no tenía hijos, pero sí planes de casarse nuevamente en diciembre del 2001. Su funeral se realizó en la Catedral de San Patricio.

Pese a que su partida dejó un profundo vacío, tanto Gladys, su otro hijo (Francisco), y su esposo, decidieron no claudicar; más bien tomaron impulso para continuar con la misión evangelizadora que realizan desde hace varios años. Así, durante los últimos 12 meses, esta tica se ha dedicado a ayudar espiritualmente a mujeres que desean abortar. Muchas, dice, han dado un paso atrás.

"Ya no lloro tanto"

Su voz temblorosa mientras narraba por televisión los momentos de terror que vivió dentro del World Trade Center, aún resulta una imagen fresca para muchos ticos que la oyeron hace un año.

Karla Pericón, una joven de 25 años que desde hace tres y medio trabaja para el Bank of America, se encontraba en el piso número 11 de la torre norte, cuando se estrelló el primer avión, precisamente contra ese edificio. Al principio pensó que se trataba de un terremoto. No sabía hacia dónde correr, y más tarde vio cómo muchas personas se arrojaban por los ventanales.

Aunque esta joven decidió continuar con su vida en Nueva York, asegura que estos meses han sido muy difíciles y aún tiene pesadillas.

"Ya no lloro tanto, pero todavía recuerdo a la gente linda que trabajaba en las Torres. No olvido a dos amigos que siempre me cuidaban en el metro, me dejaban dormir y me despertaban al llegar a mi estación", describe Karla con nostalgia. Aquella fecha, definitivamente le marcó la vida y prueba de ello es que, cada vez que escucha el sonido de los aviones, sus nervios se alteran.

Tras los atentados, las oficinas del banco para el cual trabaja, se trasladaron a dos sitios diferentes. Una sede está en Long Island y otra, en Nueva Jersey, donde actualmente vive ella.

Las vio nacer y morir

Por ironías de la vida, don Roberto Sevilla presenció la construcción y el desplome de las Torres Gemelas. A principios de la década de 1970, cuando dejó Costa Rica y se estableció en Estados Unidos, no se perdió detalle de la inauguración de aquellos majestuosos edificios. Poco tiempo después, comenzó a trabajar en el propio World Trade Center, donde era supervisor de una compañía de implementos de oficina.

El día de los atentados, Sevilla estaba en uno de los sótanos de aquella estructura gigantesca. Leía The New York Times, cuando de pronto escuchó un estruendo. Con gran dificultad llegó al lobby y, tras sufrir un ataque de asma, se paralizó al observar todos los ventanales hechos añicos. Cuando logró salir, no podía dar crédito a la escena macabra que miraban sus ojos: decenas de cuerpos cayendoÖ

Ese día corrió como nunca antes lo había hecho para ponerse a salvo. A pocas cuadras vio al segundo avión estrellarse contra la torre sur y, un poco más lejos, cómo las oficinas donde trabajó por tantos años, desaparecieron en un santiamén.

Desde entonces, su vida cambió radicalmente. Además de las pesadillas y los miedos que lo asaltan con regularidad, Sevilla fue trasladado a otro edificio en Manhattan, donde –dice él– percibe un salario mucho menor al que recibía en las Torres. Allí supervisaba más empresas y obtenía mejores comisiones.

Según cuenta, ha debido someterse a tratamiento psicológico pues siente que sus heridas no han sanado totalmente.

Una vida nueva

Pilar Madrigal, funcionaria de la oficina que tenía la Coalición Costarricense de Iniciativas para el Desarrollo (CINDE) en el World Trade Center, viajaba en el tren subterráneo cuando sucedió la primera explosión. Se bajó una estación antes de llegar a su destino porque, a través de parlantes, alguien anunciaba "humo en la cuadra de las Torres Gemelas". De pronto, quedó sin habla. Desde el lugar donde estaba, pudo ver al segundo avión colisionar contra la torre sur.

Corrió para salvar su vida. Aturdida, se refugió en una cafetería pues necesitaba un vaso con agua y preguntar a alguien qué sucedía. De pronto, Pilar recuerda que un hombre comenzó a gritar; decía que iban a bombardear por completo la isla de Manhattan.

"Entré en shock. Me olvidé del agua. Me persigné. Le pedí a Dios que cuidara a toda mi familia. Estaba segura de que ese sería mi último día con vida. PeroÖ no lo fue y, hoy por hoy, estoy dispuesta a vivir más feliz que antes", subraya.

Las oficinas de CINDE fueron reubicadas en la Quinta Avenida. Desde allí, Pilar observa la nueva cara de Nueva York.

Ahora, según ella, la gente es más receptiva; está más dispuesta a escuchar la conversación de los demás.

En las oficinas que CINDE tenía en el World Trade Center laboraba también el tico Eduardo Hernández Salazar, quien regresó a Costa Rica en enero pasado.

En plena guerra

Hace un año, cuando La Nación intentó localizar a los ticos que estaban en los lugares afectados por los ataques terroristas, se conoció el caso de Rogelio Pardo Maurer, hijo del actual ministro de Ciencia y Tecnología, Rogelio Pardo Evans.

Este hombre de nacionalidad norteamericana, pero de origen costarricense, trabajaba en el Pentágono como Subsecretario Asistente de Defensa para el Hemisferio Occidental, y presenció el desplome del Boeing de American Airlines sobre ese estratégico edificio.

Ese día se había trasladado a otro pabellón porque tenía cita con el dentista, y desde ahí se enteró de lo que estaba ocurriendo, tanto en Nueva York, como en Washington. La evacuación de esa fortaleza fue inminente y, gracias a las medidas de seguridad que se tomaron, él y muchos otros funcionarios salieron ilesos.

A un año de la tragedia, este diario quiso conversar nuevamente con él. Sin embargo, cuando se le llamó a su oficina en Washington, un funcionario indicó que se encontraba en la guerra, "peleando contra Al Qaeda".

Su padre confirmó tal información. Desde hace dos meses, este hombre de 38 años está asentado en Kandahar, cerca de la frontera con Pakistán. Forma parte de la reserva de las Fuerzas Especiales de la milicia estadounidense y, aparentemente, regresará a Washington en diciembre. Todas las semanas se comunica con sus familiares por e-mail.

"Pocas veces he rezado tanto por alguien", dice su padre, orgulloso y confiado en que pronto volverá a ver a su muchacho.


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