Tinta fresca

Amor de temporada

Rodrigo Soto
rodrigosoto@nacion.com


Si última semana no fue muy sancta, o al menos no tanto como para perder la oportunidad única de enfrascarme una noche desbocada con Lady, Yahaira o Azucena: como se llamara aquel mujerón que encontré en plena madrugada en una acera de San José, solita en su minifalda roja, apretadísima, bien maquillada con rubor, colorete, pintura de labios y delineador, toda rubia ella (aunque, en honor a la verdad, era obvio que se teñía y no solo su peinador se daba cuenta), seguramente en su afán un poco ingenuo de hacerse pasar por gringa, la pobre, como si su inglés de Purral de Guadalupe o del Bajo de los Ledezma pudiera disimularse así nomás, qué va, no es tan sencillo, y en muchos colegios públicos la enseñanza del inglés no compone nada, apenas da para jaguar yu, tuenti dolar plis, gur bai, y hasta ahí.

Ya después del asunto, cuando bien tranquilos y fumando un Ticos Filtro nos pusimos a conversar, me explicó que las cosas andan mal, no por la guerra en Iraq –como de tonto pensé al principio– sino porque de unos meses para acá el negocio se le vino al suelo, lo mismo que a los casinos, a los restaurantes y a tantos otros que vivían de los gringos que se trajeron sus ahorros de los Estados Unidos para darse la gran vidota de ricos con la plata de los Tres Villalobos (¿o son dos?, me preguntó)... Ese negocio que cerraron hace unos meses –insistió– usted de seguro sabe, porque de viaje se ve que es leído.

Y yo me sentí halagado de que me viera cara de intelectual, y le dije: The Brothers, amorcito. "Eso", respondió.

Se me quejó la pobre de que, a como van las cosas, no sabe qué va a hacer ni a dónde va a parar, "y yo con tres chiquitos..." Me iba a enseñar las fotos pero no la dejé: en la de meno,s al salir de ahí me iba a sentir como el tío de los güilillas, ni lo quiera Dios. (Y esa es la prueba de que en la semana me acordé de Dios, señor arzobispo, señor censor...) Y ya se puso ella a contarme de las buenas épocas en que un solo gringo las llevaba por camionadas a su casa, y se armaban aquellos fiestones que ayúdeme a decir, de padre y señor mío, sin miseria de nada. La competencia era feroz porque llegaron muchas nuevas al negocio: muchachillas jovencitas, de viaje se veía que ni cédula tenían, porque ya se sabe cómo son los hombres, me explicó, les fascina la carne fresca y una sabe que esta profesión es dura y no se dura mucho en ella. Rapidito hay que jalar.

Lo que yo quería, continuó ella, era ganarme una platilla para salir de unas deudas bien jodidas que me dejó mi último marido, un baboso abusador que mejor ni me acuerdo y no miento su nombre porque me baja un colerón de aquellos (y ya su cara se veía colorada de furia). Solo necesitaba un tiempito más recibiendo los dolarcitos que me daban Yon y Ben y Yaimi y tantos gringos que se trajeron todos sus ahorros de los Estados Unidos, pobrecillos, yo los he visto vender los carros y los muebles y ëultimadamenteí tienen que tirar por nada la choza y jalar sin saber adónde, de vuelta a los Estachos para volver a trabajar, y hasta dicen que hay un par que se volaron la tapa de los sesos, no me consta, Dios me libre, pobrecillos, insistió ella.

Desde entonces sigo pensando en la mala suerte de Yahaira, Yorleni o Azucena (no recuerdo su nombre pero pregúntenme todo lo demás y les contaré detalles increíbles, lo prometo) y también en la de sus amigos gringos, pobrecillos, no les va a quedar otra que volver a trabajar como cualquier mortal, y en la de menos hasta tienen que regresar a los Estados Unidos, adonde hay que pagar impuestos y las mujeres cobran cinco veces más y hay que llamarlas de una en una y no de diez en diez, como hacían aquí en los buenos viejos tiempos, es decir, de gur ol taims, que como las golondrinas de Bécquer, parece que no volverán.

En fin, el nuestro fue un amor de temporada algo extraño: sin luna, ni playa, ni guitarras, aunque bastante típico de nuestros días, digo yo.

Y ya que hablamos de cosas así, me queda claro que el de muchos de esos gringos que vinieron al país en los últimos años también fue un amor de temporada que duró mientras corrió la plata fácil, y hasta ahí nomás. Por ello, la misma alfombra roja que les tendieron al recibirlos, la pongo yo aquí para despedirlos: Gur bai mai fren; vaya con Dios, amigo.


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